Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 3 Emilia #2
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3 Emilia #2

—En la zona catastrófica no, desde luego —sonrió ella—. Vamos a estar fuera.

Nora hizo un gesto hacia el desorden que, algún día, convertiría aquella destartalada casita de estilo artesanal en un hogar bonito, moderno y acogedor.

Por el momento, en mitad de la reforma, las bombillas estaban colgadas de cables y las vigas de soporte estaban al aire.

Había tanto que hacer que me había visto obligada a determinar las prioridades, lo que suponía que el trabajo avanzaba muy poco a poco.

Por suerte, aunque la situación de la casa exigía dar prioridad a los problemas que no podían esperar, no estaba tan destrozada que se pudiera considerar un peligro para personas o animales.

Era posible seguir viviendo en ella mientras se completaban las renovaciones, aunque, en ocasiones, resultaba…

difícil. Era un desastre, pero gracias a mi abuelo, era mi desastre.

Antes de trasladarse a una residencia para mayores, me había dejado la casa para que me ocupara de ella.

Su única condición para acceder a ir a la residencia fue saber que yo me instalaría en la casa y me haría cargo del legado familiar.

De nuestro legado, y también de su mejor amigo.

Cogí dos botellas de vino y unas copas, y seguí a Nora al jardín trasero, el único lugar a salvo de las obras. Lo había convertido en el lugar perfecto para mi compañero de casa y para mí, con plantas frondosas y lucecitas colgadas de las ramas.

—Eh, Win, pequeño, ¿dónde estás?

Las tortugas tenían fama de ser lentas, pero la mía, Winston, una tortuga del desierto, podía echar a correr cuando estaba motivado, y saludarme le resultaba una buena motivación. Salió de debajo de un arbusto con media flor de hibisco colgando de su boca.

—Hola, colega —dije, poniéndome de rodillas—. ¿Tomando un aperitivo?

Él estiró el cuello y chocamos las narices en nuestro saludo habitual.

Winston parecía un anciano sabio, pero en edad de tortuga, aún era un crío a sus quince años.

Mi abuelo siempre decía en broma que Winston viviría más que él, pero, teniendo en cuenta que podría llegar a los ochenta, seguramente también viviría bastante más que yo.

—Adoro a este tío —dijo Nora—. Es un tipo duro.

—Y hablando de eso, tengo que enseñarte los sombreros nuevos que le he comprado en Etsy. La corona de flores hace que la gente se confunda de género, así que le he comprado una gorra de ganchillo, un sombrero de vaquero y un casco de rugby.

—Eh, Winston está muy seguro en su masculinidad, déjalo llevar flores si quiere.

—Cierto —admití, mientras le rascaba la concha un poco—. Bueno, ¿dónde está la comida?

—Lo que es más importante, ¿dónde está la bebida? —rio Nora—. Ven y siéntate.

Ella acercó otra silla a la pequeña mesa y se dejó caer sobre ella.

Durante las obras, el jardín era mi único refugio.

Cada vez que los escombros se salían por la puerta trasera y amenazaban su tranquilidad, me ponía de los nervios.

No me gustaba vivir en medio del caos, pero no tenía otra opción.

Las reformas que necesitaba la casa no eran solo estéticas.

Sin que mi abuelo se hubiera dado cuenta, las cosas se habían ido deteriorando a lo largo de los años de un modo que, aunque no era peligroso todavía, podía serlo en solo unos años si no tomaba medidas inmediatas.

Aquella casa significaba demasiado para mí como para dejar que se viniera abajo.

Bebí un largo trago de mi copa de tinto.

—Aaaah.

—Sí, yo estoy igual —asintió Nora—. Para mí también ha sido un día duro. ¿Por qué narices acepté trabajar con Brittany?

—Oh no. —La miré con los ojos entornados—. ¿Tú también? Hoy me ha enviado como dos docenas de mensajes.

—Yo también me he llevado algún tiro —confirmó ella—. Ahora ha pedido un filtro especial para todas sus fotos, ese tinte rosa tan feo que hace que todas las imágenes parezcan hechas por un novato. Estoy tratando de disuadirla, pero ya conoces a Brittany.

—Ups. —Arrugué la nariz—. Siento mucho haberte recomendado a ella.

—Bueno, es una novia cara, y la factura que me va a pagar no es ninguna tontería.

—Eso será un logro —corroboré—. Cuando he tenido un mal día, me gusta pensar en mis logros. ¿Cuál ha sido el tuyo?

—Esto —respondió ella, abarcando con un gesto mi pequeño jardín—. Estar aquí con Win y contigo. ¿Y el tuyo?

—Ver al abuelo y llevarle un trozo de la tarta de chocolate de Ashford Resorts. Ha sido su favorita desde que estuvo en una fiesta en el hotel hace tres años. Cada vez que puedo, le llevo un trozo.

—Oye, ¿y solo has comprado un trozo para él? —Nora me miró con una ceja levantada.

—No, también he comprado para nosotras —respondí riendo.

—¡Genial! Sabía que había una razón para quererte. ¿Cómo está tu abuelo?

Hice una pausa para valorar cómo había ido la visita.

—Estaba pálido, creo que no debe de salir mucho ahora que no vive con Winston. Pero, en general, estaba bastante bien. Siempre me pide que le enseñe fotos de cómo van las obras de la casa, y siempre le digo que se me ha olvidado hacerlas. No quiero que se preocupe por lo lento que va todo, ¿sabes?

—Sí, pero tienes buenas perspectivas, ¿no? ¿La boda de ese presentador de telerrealidad y su novia actriz?

Levanté las dos manos y crucé los dedos.

—Están a punto de firmar, y lo mejor de esa boda no son solo los ingresos, sino la publicidad. Los stans de Carten harán todo lo que ella diga y, si habla bien de mí, tendré la vida resuelta.

Nora hizo una mueca.

—Perdona, ¿de quién hablas ahora?

—Me da mucha rabia que ignores la cultura popular. —Hice ademán de darle una patada—. Ellos se llaman Kristen y Carter, así que sus fans los llaman «Carten».

—¿Y qué es un «stan»?

—Ay, por Dios, estás hecha una abuela —me reí de ella.

—Lo estoy —respondió ella con voz temblona, al tiempo que se encogía y se llevaba una mano a la cadera—. Déjanos en paz a mi marido y a mí.

Nora se inclinó hacia Winston, se sentó junto a él y, durante unos minutos, me permitió olvidar mi casa patas arriba, mis clientas difíciles y los desconocidos antipáticos, para centrarme en disfrutar del placer de tener una buena amiga y una mascota cariñosa.