3 Emilia
cDY
EMILIA
—¿Qué nos apetece esta noche? ¿Tinto? ¿Blanco?
Estaba hablando por teléfono con mi mejor amiga, Nora, mientras recorría la tienda de vinos. Después del día que había tenido, necesitaba llenar el carro hasta los topes.
—Lo que quieras —rio Nora—. Eres tú quien ha activado la alarma NdV.
Noche de Vinos. Sí, yo le había enviado antes ese mensaje para informarle de que necesitaba desahogarme, y la única manera de superar el día horrible que había tenido era con un par de copas de algo y una buena sesión de cotilleos.
—¿Y qué tal una de cada? —dije, mientras cogía una botella de chardonnay y otra de pinot y después, una más de cada cual, por si acaso—. ¡Y prosecco!
—Caray, chica, te estás aprovisionando bien —rio ella—. Qué ganas tengo de que me lo cuentes todo, pero ¿no podrías adelantarme ya algo?
—Claro que sí —respondí, colocándome mejor las botellas—.
Para resumir, mi primera clienta ha llegado una hora tarde, así que he tenido que reorganizar todo lo demás por su culpa, lo que ha resultado muchísimo más complicado, porque un trío de cachorritos me ha tirado al suelo en el vestíbulo del Carmel Luxe.
—Inspiré hondo y continué—. Me he caído al suelo de culo, se me ha escapado el teléfono y, sin querer, lo he intercambiado con el del capullo más grande del mundo.
Así que luego he tenido que quedar con él para devolvérselo, y eso me ha fastidiado el día aún más.
Y Brittany es inaguantable a más no poder —suspiré—. Así que estoy hecha polvo.
—¿Y quién es el capullo ese? ¿Qué ha hecho?
—Uff. —Hice una mueca—. Trabaja en el hotel, y ha estado a punto de estrangular a los perros que nos han tirado al suelo, junto con su propietaria, que era la señora Barclay, la abuela de Amanda. He tenido que intervenir para defenderla.
—Ja —respondió Nora—. Iba a decir que siempre defiendes a los desamparados, pero esa palabra no es aplicable a la señora Barclay, ¿verdad?
—Ni de lejos —confirmé—. Aunque, en lo que se refiere a sus perros, resulta muy entrañable.
—Quedamos en tu casa y me cuentas el resto de la historia. ¿Pad thai de gambas, como siempre?
—Sí, por favor. Y si puedes traer un poco de Ben and Jerry’s, sería fantástico.
—Hecho. Nos vemos luego.
Cortamos la llamada y volví a mis compras. ¿Y si necesitaba media docena de botellas?
Estaba tan concentrada en admirar las etiquetas de las botellas, mi criterio para determinar si el vino que contenían estaría bueno, que no me fijé en la persona que se había situado detrás de mí, hasta que retrocedí y choqué con él, lo que casi me hizo soltar mi cargamento.
—Perdona —protesté—. Podrías mirar por dónde…
Me quedé helada cuando vi con quién acababa de chocar, por segunda vez en un día.
El enemigo de los cachorritos en persona.
—Y yo que pensaba que mi día no podía ir a peor —suspiró él—. Otra vez tú.
¿Cómo era posible que alguien con aquella cara de asco permanente pudiera estar tan bueno? Era lo bastante alto como para que, sin duda, le preguntaran todo el tiempo si jugaba al baloncesto, y su cara era cien por cien de modelo. Aquellos pómulos, esa mandíbula…
Me había obligado a ignorar su aspecto cuando le había dado el ataque de ira contra los perritos, pero ahora, en mi estado de debilidad al final de un día muy largo, ya no podía ignorarlo más. Sobre todo, aquellos malditos hoyuelos junto a su boca.
Solo los había vislumbrado durante un instante, porque aquel hombre no parecía capaz de sonreír de verdad, pero, maldición, hacían que su cara pareciera algo más… No sé, ¿más encantadora?
Aun así, seguía siendo un capullo.
—Al menos podías disculparte. Eres tú quien se me ha echado encima —exigí.
—Tú has retrocedido y hemos chocado —respondió él—. Ha sido mutuo.
—No eres capaz ni de pedir perdón por cortesía —observé con un gesto de la cabeza—. Típico.
—Por favor —gruñó él—. No sabes nada sobre mí.
—Exacto —le espeté—. Y así es como va a seguir siendo. Ahora, si me disculpas, tengo que ir a ahogar mis penas. Ha sido un día duro.
—Sí. —Exhaló con ganas—. Eso me lo creo.
Levantó una ceja de un modo que sugería que la culpa de todo lo ocurrido entre nosotros era mía.
—¿Qué demonios quieres decir con…?
—Eh, eh, ¿qué está pasando aquí?
Me volví para ver a Ethan Mercer acercarse a nosotros. Me alegré de verlo, teniendo en cuenta con quién me estaba enfrentando.
—¿Emilia? Vaya, hola, ¡qué sorpresa más agradable! —dijo Ethan—. Veo que ya os habéis conocido.
Tenía sentido que el señor Cruella de Vil conociera a Ethan, dado que los dos trabajaban en el hotel. Ethan era el director general, y yo había organizado allí un par de bodas en las que él había sido mi principal contacto. Me caía bien, sabía lo que hacía y siempre era razonable.
Hice una mueca.
—Solo conozco su reputación —respondí.
—Ay, pobre —rio Ethan—. Créeme, Drew es mucho más que una cara bonita.
El señor Antipático, perdón, el señor Drew Antipático, se volvió para mirar con gesto desagradable a su colega.
—¿Conoces a esta persona?
La forma en que Drew me señaló sugería que yo tenía la peste.
—Sí, es una organizadora de bodas increíble. Andrew Ashford, permíteme que te presente a Emilia Marino.
Me alegré de ir cargada de botellas, porque no tenía la menor intención de darle la mano.
Entonces, caí en la cuenta. Andrew Ashford. Presidente de Ashford Resorts.
Vale, entonces… Ya.
No trabajaba en el hotel. Él era el hotel.
Qué incómodo.
Sobre todo, porque había oído que era él quien se estaba encargando de organizar los eventos en el Carmel Luxe en aquella época.
Tal vez debería sugerir a mis clientes otros lugares para sus celebraciones en el futuro inmediato.
Estábamos en Carmel, tampoco era que las opciones fueran limitadas.
Y ya tenía bastante con calmar a las novias insoportables, no necesitaba añadir a otro imbécil a mis problemas.
Pero sí, enterarme de que era el jefe supremo añadía una nueva perspectiva a nuestro encuentro anterior. No era de extrañar que se hubiera comportado como si fuera el dueño del lugar, porque… lo era.
Aunque saber que era el gran jefe no hacía que me resultara más simpático.
El dinero no me impresionaba, la amabilidad sí, y aquel hombre no tenía ni una pizca.
Pero no me cuadraba que fuera amigo de Ethan.
¿Qué podían tener en común un buen hombre y aquel gruñón empedernido, aparte de trabajar en el mismo sitio?
—¿Qué ha sido de la novia de la comida para gatos? —preguntó Drew.
—¿Eh? —Ethan reprimió una risa sorprendida.
—Resuelto —respondí en tono altanero—. Con amabilidad y cariño. Te podría enseñar un par de cosas sobre cómo tratar a los clientes.
—Oh, oh —murmuró Ethan por lo bajo.
—¿Y cómo están los tres mosqueteros? —pregunté—. ¿Ya has puesto a la pobre señora Barclay de patitas en la calle?
—Me he perdido —dijo Ethan, mirándonos del uno al otro, mientras nosotros nos lanzábamos miradas asesinas.
—He seguido tu consejo. —Drew sonó tenso—. A partir de ahora, darán dos paseos al día durante su estancia con nosotros, gracias a una empresa local de servicios para perros.
Era lo último que hubiera esperado pero, por supuesto, él no se molestó en agradecerme la buena idea.
—¿Necesitas ayuda para llevar eso al coche? —preguntó Drew, señalando con la cabeza las botellas que tenía entre los brazos—. Vas muy cargada. ¿Estás planeando una fiesta, o tenemos que preocuparnos por ti?
Enrojecí ante lo que implicaban sus palabras.
—¿No es curioso hasta qué punto un encontronazo con un pedazo de capullo o, lo que es peor, dos encontronazos en el mismo día, te hagan desear olvidarlo todo con un par de copas de vino?
—pregunté—. Porque eso es lo que me ha pasado a mí hoy.
Es superfrustrante, así que me voy a casa a tratar de borrarlo todo de mi memoria.
Y me sorprende verte en la tienda de vinos, porque me ha parecido que lo tuyo sería más bien beber whiskey de malta mientras acaricias a un gato sin pelo.
Pero no, seguramente también detestas a los gatos, ¿verdad?
Ethan nos seguía mirando con una sonrisa perpleja, y movía la cabeza de un lado a otro, como si estuviera viendo un partido de tenis.
Drew frunció el ceño.
—No odio a los gatos —gruñó—. ¡Y tampoco odio a los perros!
—Ah, ¿solo odias a los cachorritos encantadores? —sugerí—. Claro, eso es mucho mejor.
—Oye —empezó, enfadado y con pinta de ir a soltar una parrafada y esperar que me quedase a escucharlo.
No lo haría ni en broma. Me guardaba la paciencia para la gente que me pagaba.
—Mira, yo me voy a casa a beberme este vino con mi mejor amiga y pasar tiempo con mi mascota, como hace la gente con buena salud emocional —interrumpí—. Tú sigue con tus cosas.
Me volví hacia Ethan y le dediqué una sonrisa sincera.
—Me alegro de volver a verte. Espero que podamos trabajar juntos otra vez pronto.
—Yo también, y me encargaré de protegerte de este tío —respondió con una risa.
—Eh, no te preocupes por mí, mejor cuida de los animales de Carmel. Son ellos los que necesitan protección —dije, y me di la vuelta para alejarme, rogando por que no se me cayera ninguna de las botellas y arruinara mi salida perfecta.
Volví a casa a toda velocidad. A pesar de que, en aquel momento, estábamos en medio de una reforma, seguía siendo mi lugar favorito del mundo. Cuando llegué, el coche de Nora ya estaba delante de la casa.
La puerta se abrió cuando me acerqué, como si ella hubiera estado pendiente de mi llegada. Tenía una llave y no le daba ningún reparo utilizarla.
—Vaya, colega, ¿has comprado todas las existencias? —preguntó Nora riendo cuando entré.
Fui con cuidado para no tropezar con las cajas de madera que ocupaban buena parte de la entrada y, cuando dejé las bolsas, le di un abrazo.
—Tienes el pelo perfecto, como siempre. Te odio.
La melena de Nora llamaba la atención: una brillante cascada rubia que daba la impresión de que se la peinaba profesionalmente cada día.
—Tú quieres tener el pelo liso, y yo, rizado —rio ella—. Siempre pasa lo mismo.
—¿Dónde te has instalado?