2 Drew #2
Ya había visto sus piernas muy de cerca esa mañana pero, a medida que me acercaba, pude apreciarlas mejor.
Eran fuertes, con pantorrillas musculosas que me convencieron de que debía de correr bastante.
Y luego estaba su cara, con una expresión entre adorable y letal, una boca carnosa y muy apetecible y unos ojos que podían pasar de atractivos a asesinos en cuestión de segundos.
Pero ¿a quién quería engañar? Incluso a distancia, era evidente que estaba cabreadísima, así que me preparé para la batalla que tenía por delante.
—Caramba —dijo Kingston por lo bajo cuando detuvo el coche cerca de ella.
Eso mismo.
Ella levantó una ceja cuando salí del coche.
—Vaya, vaya, qué puntual eres. Sorprendente —comentó ella.
—Lo intento. —Saqué el teléfono del bolsillo—. Tienes el móvil más molesto que he visto nunca. Compadezco a la gente que te rodea y tenga que aguantar el ruido.
Ella sacó mi teléfono de su bolso.
—Pues el tuyo ha estado prácticamente en silencio todo el tiempo. Supongo que tu vida es muy tranquila. Eso debe de ser agradable.
—Para nada —reí, mientras intercambiábamos los móviles—. Es que prefiero comunicarme por correo electrónico.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Cuántos años tienes? ¿Setenta? ¿Correo electrónico?
No quise admitir que prefería el correo electrónico porque podía entenderlo. Daba igual que me hubiera criado con móviles, porque nunca me habían gustado. Y jamás, en la vida, admitiría que odiaba la tecnología porque no había conseguido hacerme con ella.
Habíamos terminado el intercambio, pero nos habíamos quedado mirándonos bajo la brillante luz del sol, como si quedara algo pendiente. Yo señalé su teléfono.
—Alguien llamada Brittany parece muy ansiosa por contactar contigo. No sé qué ha dicho sobre maquillaje, flores y comida para gatos.
—¿Has leído mis mensajes? —Su voz sonó muy aguda.
—¿Cómo no iba a hacerlo? Han aparecido en la pantalla bloqueada, y estaba intentando parar esa horrible sirena antiniebla que tienes.
—Bueno, si vamos a confesar que hemos estado espiando, tu departamento de recursos humanos quiere que te pongas las pilas antes de despedir a ese tío. Parece que tienes algo en su contra, pero no tienes un buen motivo. —Me miró con el ceño fruncido—. Y no me extraña nada.
Di un paso hacia ella.
—Ah, ¿eso crees? Entonces, supongo que no te importará que haya estado acosando sexualmente a una de nuestras especialistas en reservas.
La única prueba que tenemos es la palabra de ella, y yo la creo.
Pero supongo que habrás visto un mensaje de mis abogados, que no dejan de decir que necesitamos pruebas concretas.
—La miré, desafiante—. ¿Sigues queriendo juzgarme?
Ella cerró la boca de golpe.
—Oh.
—Sí, eso mismo. No te metas en lo que no te importa.
—Bueno, a veces es necesario defender a otros. Como lo que ha ocurrido con esa pobre anciana y sus perros. Necesitaba a alguien que la defendiera, y a mí no me ha importado hacerlo.
—No sabes ni la mitad de la historia. Esos malditos perros han estado aterrorizando…
—Oh, venga ya —respondió ella con un resoplido—.
¿Aterrorizando? Sí, bueno, alborotan un poco, pero tampoco es que sean salvajes.
Solo necesitan un poco de ejercicio. Trabajas en un hotel de lujo: si quisieras hacer que un cliente habitual se sienta bienvenido, podrías haberle ofrecido asistencia.
Estoy segura de que el conserje sabrá de alguna empresa de paseadores de perros que pueda encargarse de agotarlos durante unas horas.
Era evidente que no tenía ni idea de con quién estaba hablando. ¿Creía que yo trabajaba en el hotel? Era para morirse de risa.
Pero… su idea no era tan mala. De hecho, parecía bastante buena, y me hubiera dado de bofetadas porque no se me hubiera ocurrido antes.
Mi trabajo era hacer feliz a la gente, exceptuando a los presentes, y la señora Barclay llevaba alojándose con nosotros desde antes de que falleciera su marido.
En aquella época, solo habían tenido un perro, bastante bien educado, y ella había adquirido los otros dos para llenar el vacío en su vida tras perder a su esposo.
Los perros eran su razón para levantarse cada mañana, pero yo no quería entrar en todo aquello con la desconocida.
—¿Por qué tienes una tortuga?
—¿Perdona? —preguntó, con mala cara.
—En la pantalla de tu móvil. Esa tortuga con las flores.
—Es una vieja amiga, no te preocupes.
Estábamos allí de pie, en el aparcamiento, en una especie de empate silencioso, sin saber cómo terminar aquel encuentro tan desagradable. Yo tenía un montón de cosas que hacer en el hotel, y aun así…
—¿Qué? —preguntó ella.
Debía haber estado mirándola fijamente.
—Nada. ¿Necesitas algo más, o hemos terminado?
—Yo he terminado. Tú, no lo sé —dijo ella—. Tal vez deberías buscar clases de gestión de la ira. O terapia con cachorritos, para que puedas distinguir cuándo quieren jugar, en lugar de asumir lo peor.
Luché por controlarme. No estaba acostumbrado a que me sacaran las faltas a la cara pero, y eso era peor, no estaba acostumbrado a necesitarlo.
Por lo general, dominaba mucho mejor mi temperamento, pero ella me había pillado descolocado, algo inusual en mí.
Sin embargo, cuando me calmé y vi las cosas con claridad, comprendí que la señora Barclay debía estar llorando a su esposo todavía y utilizaba a sus perros para llenar el vacío.
Yo sabía, por experiencia propia, hasta qué punto perder a un ser querido podía cambiarle a uno la química del cerebro.
Aparté aquella idea de mi mente, porque ese no era el momento de perderme en los recuerdos de mi madre.
No, debía centrarme en aquella mujer tan preciosa que tenía delante.
Uno de los dos necesitaba alejarse de allí.
Ya habíamos terminado y, si tenía suerte, sería para siempre, pero mis pies parecían pegados al suelo.
Era la forma en que me estaba mirando. Yo no le gustaba lo más mínimo, eso era evidente, pero tenía los ojos clavados en mí de un modo que parecía sugerir algo así como admiración.
Y era mutua. Con esas ondas castañas perfectas y esa piel de porcelana, parecía salida de un cuadro clásico, y la manera en que no dejaba de morderse el labio inferior resultaba absurdamente adorable.
Permití que mis ojos se deslizaran a sus atractivos pechos durante solo un instante, pero fue suficiente para escucharla soltar un resoplido irritado.
—Bueno, ya está bien. Me marcho —dijo ella—. Que tengas una buena vida y, a partir de ahora, sé bueno con los animales.
Intenté replicar algo mordaz antes de que se marchase a grandes zancadas hacia su coche, pero, de un modo que no era propio de mí, me quedé sin habla.
Daba igual, no volvería a cruzarme con ella.