Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 2 Drew
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Aún estaba indignado durante el trayecto hasta mi siguiente reunión; en parte porque no podía creer que me hubieran inducido a dar otra oportunidad más a la señora Barclay y sus bichos, y en parte porque no podía dejar de pensar en la preciosa desconocida que me había obligado a hacerlo.

Yo era un negociador increíble. ¿Cómo podía haberme hecho ceder tan rápido?

Sí, estaba la hostia de buena, pero yo había estado con muchas mujeres espectaculares en mi vida. Sin embargo, el modo en que aquella chica se había negado a ceder, y cómo había defendido a aquella anciana, me habían obligado a claudicar a pesar de mí mismo.

Me consolé pensando en que tampoco había cedido mucho.

Aquellos perros eran una molestia constante, y estaba seguro de que, antes de que acabara el día, habrían vuelto a adueñarse de la zona de recepción, así que pronto me saldría con la mía.

Además, tampoco había sido cruel con la señora Barclay y su trío de amenazas a propósito.

No odiaba a los perros, pero tenerlos correteando por un lugar donde podían hacer daño a alguien o romper algo no era bueno para el negocio.

Me recosté en el asiento y suspiré. Me dirigía a una reunión muy importante para el imperio de hoteles de lujo y resorts que dirigía, para tratar un asunto que resultaba invisible a la mayoría de mis clientes.

Colchones.

Había llegado el momento de reemplazar los colchones en todas las habitaciones de nuestros hoteles y, aunque mi equipo se había encargado de analizar las alternativas, había llegado el momento de comprometerse con un fabricante.

Podría haber dejado que se encargaran ellos de la decisión final, pero yo era responsable de todas las decisiones, fueran grandes o pequeñas, y esta era muy importante, porque el gasto había llamado la atención en la junta de accionistas.

Algunas personas podían considerar que mi nivel de implicación era equivalente a microgestionar el negocio, pero yo lo consideraba mi responsabilidad.

Me implicaba a fondo en la comodidad de mis clientes, sobre todo en una cuestión tan importante como un buen descanso.

O la falta de descanso, si teníamos en cuenta algunas situaciones más sensuales.

La reunión en la oficina principal del fabricante de colchones sería rápida, solo unos cuantos apretones de manos y varias formalidades; luego podría volver a Carmel para ocuparme del resto de tareas de mi interminable lista, que ahora incluía encontrar a alguien que se encargara de gestionar la donación de los colchones actuales.

Odiaba desperdiciar nuestros recursos tanto como me gustaba mejorarlos, y por eso había decidido donar los colchones actuales a diversos albergues para gente sin hogar en todo el país.

Al igual que mis hermanos, yo trabajaba en el negocio.

Ninguno de los tres se había limitado a ser una simple figura representativa en las diferentes filiales de Ashford Corporation que dirigíamos: Harrison se ocupaba de Ashford Jets; Logan, de Ashford Voyages, y yo de Ashford Resorts.

Yo era quien soportaba más presión de los tres, porque los hoteles y resorts eran la base original del negocio, pero los tres nos matábamos a trabajar.

A veces daba la impresión de que competíamos por ver quién dedicaba más horas a la empresa, un impulso que habíamos heredado de nuestro padre adicto al trabajo, Oliver.

Mi teléfono vibró, y empezó a sonar una canción.

Despierta, amor, hace sol, empieza nuestro día. Eres mi sol, ¡escapémonos!

¿Pero qué…? Me palpé el bolsillo, tratando de sacar el teléfono para averiguar por qué sonaba en él la canción más irritante que había escuchado en la vida. Cuando por fin lo saqué, me di cuenta de que…

Ese. No era. Mi teléfono.

La hostia.

La pantalla bloqueada mostraba la imagen de una tortuga con una corona de flores; y, sí, era muy mona, pero también resultaba rara de cojones. Se me ocurrió que debía haber cogido el teléfono de la defensora de perros por error. A desgana, contesté la llamada.

—¿Sí?

—Tengo tu teléfono.

Joder, hasta su voz era sexi. Un poco falta de aliento, como si hubiera estado corriendo, y también profunda.

—Lo sé —confirmé—, y lo necesito, ya.

Ella soltó un suspiro irritado.

—Pues ya somos dos. Tengo un día muy complicado, y cada minuto está planificado en ese teléfono.

Como para recalcar sus palabras, el teléfono empezó a recibir una serie de notificaciones. Lo aparté de mi oído para mirarlo, y vi un informe del tiempo para el próximo fin de semana, un mensaje sobre una tarta y algo relacionado con el horóscopo.

Era ridículo.

—Bueno, pues yo estoy a veinticinco minutos del hotel y de camino a una reunión a la que no puedo faltar, así que tendrás que venir hasta aquí.

—Ah, claro, cómo no —soltó ella, con una risa sorprendida—. ¿Esperas que pase de ir a la reunión que he organizado en el hotel con un cliente, para poder ir a llevarte tu teléfono?

—Pues ven después de tu reunión —insistí.

—No, tú eres quien tiene que venir aquí —replicó ella.

No tenía tiempo para discutir con ella, aunque me estaba resultando muy entretenido provocarla.

—Muy bien, entonces nos podemos encontrar en algún lugar a medio camino cuando los dos estemos libres.

Seguimos discutiendo para acordar la logística del intercambio, hasta que conseguimos acordar una hora y un lugar donde llevarlo a cabo.

Cuando terminé la llamada, volví a ver aquella ridícula foto de la tortuga.

Su cara parecía la de una anciana sabia, como si hubiera visto de todo, y vivido para contarlo.

¿Era graciosa? Miré la foto con más detenimiento y, sí, aunque no quisiera admitirlo, lo cierto era que una tortuga con sombrero de flores podía describirse como adorable.

Claro, que no pensaba decírselo.

Dejé caer el móvil sobre el asiento a mi lado, porque me resultaba inútil.

Ni siquiera tenía el código para desbloquearlo y acceder a internet.

Volví a mirar por la ventana el paisaje que discurría a toda velocidad, hasta que escuché el sonido de una alarma antiniebla. Sonó una vez, y otra, y otra más.

¿Esa era su alerta de mensajes de texto? Volví a agarrar aquel trasto para bajar el maldito volumen de los mensajes que no dejaban de llegar, aunque también quería ver quién diablos le estaba enviando tantos mensajes, y por qué.

El florista dice que no puede conseguir hortensias en esta época del año sin cobrar un recargo.

La prueba de maquillaje ha sido horrible. ¿Me puedes recomendar a alguien más?

¿Cuántas habitaciones quedan libres en nuestro bloque del hotel? ¿Hay que reservar más?

Tenemos que cambiar el aperitivo de salmón, mi prometido dice que sabe a comida para gatos.

Uno de los vestidos de las damas de honor es de otro tono, y se nota un MONTÓN. Me quiero morir. Llámame porfa.

Todos los mensajes eran de la misma persona, identificada como Brittany NI.

Aquella lista de problemas me hizo pensar que aquella desconocida tan guapa y fastidiosa debía dedicarse a las bodas.

Yo me había encontrado en la periferia de algunos dramas relacionados con bodas desde que había empezado a trabajar en Ashford Resorts durante los veranos, cuando aún estaba en el instituto, pero, en los últimos tiempos, me había tenido que implicar más de cerca, a causa de una emergencia que me había obligado a encargarme yo mismo de la planificación de las bodas en el hotel de Carmel.

Se trataba de un trabajo que representaba la zona cero para ese tipo de comportamientos estúpidos y, por ese motivo, la primera tarea de mi lista era contratar a alguien para el puesto.

Necesitaba un planificador de bodas para ayer.

Los mensajes no dejaban de llegar, mientras yo pulsaba todos los botones del dichoso teléfono, pero solo conseguí que la sirena antiniebla sonara aún más fuerte.

—¿Va todo bien ahí detrás?

Kingston, mi chófer, me estaba mirando por el espejo retrovisor.

—He intercambiado mi teléfono por error con este trasto infernal, y no consigo…

Dejé la frase sin terminar, mientras seguía pulsando todos los botones disponibles. El sonido, que seguía subiendo de volumen, me obligó a hacer una mueca.

—Déjemelo un momento —dijo él, con una mano tendida para coger el teléfono—. Sé lo poco que le gusta la tecnología.

Aunque hubiera preferido tirar el aparato por la ventanilla, opté por entregárselo y, en un par de segundos, se hizo un bendito silencio.

—Ya lo tiene —dijo Kingston al devolverme el teléfono—. Si quisiera, estaría encantado de darle un par de lecciones. Los teléfonos se me dan la mar de bien, podría enseñarle trucos y cosas.

Llevaba siglos ofreciéndose a ser mi profesor de tecnología, pero yo siempre me había negado. Sabía cómo hacer las tareas básicas, y no necesitaba nada más. Mi vida ya era lo bastante complicada, así que, cuando podía, prefería optar por la simplicidad.

—No es necesario, pero gracias, de todos modos.

No podía creer la cantidad de alertas que se habían acumulado en aquel móvil para cuando hube terminado mi reunión. Esa chica debía ser controladora aérea en su tiempo libre para poder estar al tanto de todo aquello. Casi estaba impresionado.

Habíamos acordado encontrarnos en una cafetería a medio camino y, aunque yo estaba convencido de que me haría esperar, ella ya estaba en el aparcamiento cuando Kingston entró con el coche.

—Vamos hacia la parte trasera, por favor —dije, señalando el lugar donde estaba ella junto a un Toyota plateado muy antiguo—. Tengo que hablar con esa mujer.

¿Por qué tenía que ser tan guapa? Me hizo pensar en una sirena, atrayendo a los hombres hacia las rocas, pero no estaba dispuesto a permitirle que me hiciera naufragar.

Claro que… aquel maldito cuerpo suyo, con esas curvas peligrosas...

Se había cruzado de brazos para transmitir lo mucho que le irritaba nuestro intercambio, pero eso había empujado hacia arriba sus fantásticos pechos, que parecían a punto de salirse de su vestido blanco de verano.

¿Cómo me las iba a apañar para no mirarlos?