Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 1 Emilia #2
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1 Emilia #2

Me fijé en que mi teléfono, al caer, había terminado bajo una silla.

Debería cogerlo, marcharme de allí y dejar que ese hombre se encargara de todo, pero ya era demasiado tarde.

La señora Barclay me había visto, y eso significaba que estaba metida en el problema, lo quisiera o no.

Ya no podía arriesgarme a que se enfadara aún más.

—Eso es evidente, ya que se comporta como si aquí no hubiera nadie más —respondió aquel hombre—. Eso no es aceptable.

Ay, vaya. ¿Cómo se le ocurría decir eso? Me estaba imaginando la que se iba a liar cuando alguien publicara en las redes sociales un vídeo en el que se viera a ese tío alto, moreno y cabreado gritando a una abuelita que medía la mitad que él.

La señora Barclay se enderezó y echó los hombros hacia atrás. El gesto le quitó unos cuantos años de encima y, de repente, su expresión despistada se volvió regia, incluso exigente.

—Disculpe, pero ¿no recuerda quién soy?

—Por supuesto que lo recuerdo. Lleva años alojándose con nosotros.

Ella asintió con gesto altanero.

—Bien. Entonces recordará que el cliente siempre tiene la razón. ¡Especialmente esta clienta!

—Oh, pero en eso se equivoca —respondió Gruñón—. Cada vez que se aloja aquí y trae a sus perros, se le pide que firme un documento en el que se compromete a cumplir las normas del hotel sobre las mascotas. La primera de ellas es que mantendrá a sus animales controlados en todo momento.

Hizo un gesto para señalar a los tres animalitos, que se habían sentado a sus pies sin hacer ruido y observaban la conversación como si entendieran de qué se hablaba.

—Se portan bien —protestó ella—. Son buenos perros.

—Por favor —replicó él—. Pediré a Ronaldo que le dé una lista de hoteles para mascotas donde podrá dejarlos hasta que termine su estancia con nosotros. O, si no, también puedo sugerirle otro hotel que acepta mascotas, donde sus perros podrán aterrorizar a los clientes a placer.

Se dio la vuelta con brusquedad y empezó a mirar por el suelo, probablemente buscando su teléfono.

Mientras tanto, la señora Barclay le lanzaba miradas asesinas a la espalda y era obvio que no estaba nada contenta.

Parecía lo bastante insatisfecha como para negarse a firmar el contrato con la organizadora de la boda de su nieta.

Yo me había esforzado muchísimo por conseguir aquel trabajo, y no iba a dejar que ese hombre me lo fastidiara. A decir verdad, él no debería permitirse el lujo de estropear la situación hasta ese punto. ¿Acaso no se daba cuenta de las consecuencias que podría tener su mal humor?

Los dos descubrimos el teléfono perdido al mismo tiempo, pero yo me adelanté y, con cuidado, puse encima uno de mis tacones color piel. Levanté la vista para mirarlo con dureza, y él me devolvió una mirada similar.

—¿Qué estás haciendo?

—Corregir una injusticia —respondí—. Evitar un escándalo.

Conservar a mi cliente, añadí para mis adentros.

—Pues aplastar mi teléfono es una injusticia considerable —replicó él.

Puede que me equivocara, pero hacerlo sería muy satisfactorio. Aun así, no pensaba hacerlo si él cedía y se comportaba de un modo razonable.

—Tienes que darle otra oportunidad.

Miré hacia ella y me alegré al ver que la señora Barclay aún seguía allí, con sus tres perros sorprendentemente tranquilos, como si también les interesara lo que estaba ocurriendo.

Él señaló al público con un dedo.

—¿Sabías que ese de las manchas, el de la mirada asesina, mordió al conserje?

—Es un cachorro —expliqué, mirando al perrito moteado—, y eso es lo que hacen los cachorros. Seguro que no lo hizo con mala intención. Pero eso ya lo sabes, porque eres un hombre razonable, ¿verdad? —Ajusté mi pie sobre el teléfono y lo miré con una ceja levantada—. Es. Tu. Última. Oportunidad.

Don Antipático soltó un suspiro irritado.

—No tengo tiempo para estas tonterías.

—Pues yo tengo todo el tiempo del mundo —le sonreí.

Era otra mentira, pero de perdidos al río, y todo eso…

—Promete mantenerlos sujetos por las correas a partir de ahora, ¿verdad? —pregunté a la señora Barclay—. ¿Los tendrá bien controlados en las zonas públicas?

—Oh, sí —respondió ella con rapidez, volviendo a su actitud de abuelita encantadora—. Prometo que lo haré.

—De acuerdo —dijo él en voz baja—. Pero esta ha sido su última advertencia. En cuanto uno de ellos se le escape, los echaré a todos. ¿Entendido?

Ella asintió.

—Ahí lo tienes —dije, levantando el pie de su teléfono—. Sabía que llegaríamos a un acuerdo. Ha sido un placer hacer negocios contigo.

—Ya —resopló él, y se agachó para coger el móvil—. Que sea la última vez.

Mientras frotaba la pantalla del teléfono en la pechera de su camisa para limpiarlo, aproveché para admirar su cuerpo, a pesar de que su personalidad dejara mucho que desear.

Hombros anchos; ojos azules penetrantes; pelo claro y ondulado que parecía necesitar bastante atención para dominarlo y, cuando se dio la vuelta para marcharse, un culo que casi me hizo dar un respingo.

El que se alejara me alegró también, porque me permitió disfrutar de la vista.

Él salió por la puerta principal a toda prisa y se metió en un elegante Escalade negro con cristales tintados.

La señora Barclay se me acercó entonces.

—Muchas gracias, querida, has estado maravillosa. Mis perros no son malos, es solo que se excitan con facilidad.

En realidad, ella no era tan encantadora e inocente como intentaba aparentar.

Me daba cuenta de que la señora Barclay estaba acostumbrada a conseguir lo que quería y no tenía reparos en adoptar la personalidad que le resultara más adecuada para ello, ya fuera la de una abuelita indefensa, la de una reina majestuosa, o cualquier otra opción entre esas dos.

Bueno, mejor para ella. Yo también esperaba poder ser así algún día.

Me agaché para acariciar a los perritos.

—Me alegro de haber podido ayudar —respondí.

Mientras esperaba a Amanda, examiné los daños resultantes de mi caída. Me daba la sensación de tener huellas de patas por toda la ropa, como si me hubiera asaltado una manada de sabuesos, así que me dirigí a los aseos.

Me alegré de estar en un hotel Ashford, porque el baño era suntuoso, con una zona para sentarse y muchos espejos.

Me miré en uno de ellos por delante y por detrás, para asegurarme de seguir teniendo buen aspecto, y me alegró ver que mi vestido blanco con vuelo aún seguía intacto.

Solía vestir de blanco en la primera reunión con mis clientes, en una referencia velada al hecho de que se trataba de organizar una boda; pero, a medida que se acercaba cada gran día, sustituía el blanco por colores alegres.

Mi móvil empezó a sonar con una melodía poco habitual. Era el tono por defecto de la configuración inicial, que yo había cambiado hacía meses, después de comprar el teléfono. ¿Se habría reconfigurado el sonido después de alguna actualización?

Saqué el teléfono y miré el mensaje de texto que había recibido.

Entiendo que lo quieras despedir inmediatamente, pero tenemos que respetar los protocolos.

Una suposición no es causa suficiente, y habrá que documentarlo todo para defendernos frente a una posible reclamación.

Ahora mismo no podemos hacer nada. Lo siento, pero me niego a exponer la reputación de la empresa a más problemas.

Yo solía estar al tanto de cada detalle de todas las bodas que llevaba, por pequeño que fuera. No se me escapaba nada y, por eso, aquel mensaje no tenía ningún sentido. ¿Quién quería despedir a quién? ¿Y qué documentación? Yo era autónoma, no tenía ningún empleado al que despedir.

En ese momento, caí en que el peso del teléfono en mi mano resultaba diferente. Y la funda tenía un pequeño golpe en una esquina que no había visto antes. Maldición, ese no era mi teléfono: era el suyo.

Y aún más maldición: don Antipático era todavía más capullo de lo que me había parecido. Intentar despedir a alguien sin causa era superinjusto, aunque, a juzgar por la escena que acababa de presenciar, no me sorprendía.

El caso era que tenía dos problemas bastante serios. Me había quedado sin mi herramienta más importante en un día muy ajetreado y, lo que era peor, tendría que volver a enfrentarme al tío más antipático del mundo. Otra vez.

Yo era una solucionadora de problemas nata; ese era el motivo por el que siempre tenía la agenda llena durante meses.

Así que, en lugar de agobiarme por lo mucho que se me había estropeado el día, opté por concentrarme en arreglar las cosas.

Lo primero era llamar a mi teléfono para intentar hablar con él.

Me di un último retoque delante del espejo y volví al vestíbulo, ya libre de perros, para arreglar un problema que, una vez más, no había causado yo.