Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2) 1 Emilia
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Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2)

Cómo resistir a tu jefe (Los Hermanos Ashford 2)

Por Leslie North

© inepub.com

1 Emilia

EMILIA

Antes incluso de entrar en el vestíbulo, ya había dicho cuatro mentiras.

No hay prisa, escribí a Amanda. Mentira número uno.

Tengo tiempo de sobra. Mentira número dos.

No pasa nada. Eso debían de ser las mentiras número tres y cuatro, dependiendo de si negar mis emociones contaba.

La verdad era que no me encontraba bien, para nada.

Mi agenda se podía comparar a una torre de naipes, en la que alguien estuviera a punto de quitar uno de los soportes.

Tenía una reunión tras otra, un arco ornamental para una boda que había desaparecido, y cero minutos de margen antes de que todos los planes para el día se vinieran abajo.

Y, de alguna manera, debía mantener la calma.

En mi trabajo como organizadora de bodas, yo era la responsable de que todo marchara bien, incluso las cosas que estaban totalmente fuera de control.

Por esa razón, no era de extrañar que me encontrara atravesando a toda velocidad el vestíbulo de cinco estrellas del Carmel Luxe Resort y Spa, intentando dar la impresión de ser muy competente mientras, con los dientes apretados, leía un mensaje de mi clienta en el que me decía que llegaría dentro de cuarenta minutos. ¡Cuarenta!

Un instante después, me encontré volando por los aires.

Mi teléfono salió despedido.

Me torcí un tobillo.

Mi culo aterrizó en el suelo.

Un perro salchicha se encaramó a mi pecho como si acabara de escalar una colina y se me quedó mirando un momento. Yo le devolví la mirada, justo antes de que empezara a quitarme el maquillaje de la cara a lametones.

—¿Pero qué…? —dije sin aliento, mientras miraba pestañeando a una lámpara que colgaba del techo y debía costar más que mi salario anual.

El suelo de mármol estaba helado, el perro aquel seguía sobre mis costillas, y una docena de desconocidos me estaban mirando como si acabara de desmayarme en la iglesia.

—Si a alguien le interesa conservar su trabajo, que llame a la señora Barclay ahora mismo —gruñó una voz cerca de mí—. Y traed una correa, para ella o para el perro. Mejor, traed una red bien grande. Esto tiene que quedar resuelto ya.

¿Barclay? ¿Se refería a esos Barclay?

Me apoyé en los codos para incorporarme, y descubrí a un hombre muy guapo también en el suelo, apoyado sobre las rodillas y las manos mientras otros dos perritos correteaban a su alrededor.

Lo absurdo de la situación me hizo reír, y aparté al perro de mi pecho para poder levantarme.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

Aquel hombre se puso en pie despacio, miró a los perros con cara de pocos amigos y, después, por alguna razón desconocida, también a mí.

Intentó agarrar al perro más cercano, pero este lo esquivó con una cabriola.

La lengua del perrito asomaba por un lado de su boca, de un modo que daba la impresión de que se reía del señor alto, moreno y cabreado.

Con un gruñido digno de un pastor alemán, el hombre se lanzó de nuevo hacia el perro, quien, con un gemido, volvió a esquivar aquella mano enorme que amenazaba con poner fin a la diversión.

—Sabes que así no vas a conseguir nada, ¿verdad? —pregunté.

Conseguí ponerme en pie mientras aquel antipático volvía a gritar:

—¡Gordon! ¿Dónde está la señora Barclay?

Su voz resonó por el vestíbulo e hizo que los perros se excitaran aún más y empezaran a ladrar, cada vez con más intensidad, a aquel hombre grandote y aterrador.

—¿Sabes? Si les hablaras con calma, no estarían tan nerviosos —sugerí, y me agaché para intentar atraer a uno de los perros hacia mí—. ¡Hola! Pero mira que eres mono —le dije en tono cariñoso al pequeño misil con forma de salchicha, que se las apañaba para mantenerse justo fuera de mi alcance.

—Y tú ¿quién eres? ¿La mujer que susurraba a los perros? Porque tengo que decirte algo importante. —Hizo un gesto con la mano hacia los perros, que seguían ladrando—. No se te da demasiado bien.

—Pues te diré que los perros se me dan fenomenal.

Puede que no tuviera mucha experiencia con ellos, pero era evidente que daba mil vueltas a aquel imbécil en lo que se refería a no asustarlos aún más. Empecé a sisearles un poco.

—Estoy bastante seguro de que eso es lo que se les hace a los gatos —me espetó el señor desagradable.

Se lanzó hacia uno de los perros, pero este se escondió bajo una mesa y asomó la cabeza para gruñirle. Él le devolvió el gruñido. Me empezó a dar la impresión de que era de la clase de hombres que arrancaban las alas de las moscas solo por diversión.

—¿Se te ha ocurrido pensar que, tal vez, los estás asustando?

—Son un peligro con cuatro patas, y quiero sacarlos de aquí.

Tampoco es que a ti se te dé mucho mejor —respondió él—.

¡Gordon! Di a la señora Barclay que, si no viene ya a llevarse a estas amenazas andantes, puede ir a recogerlos a la perrera —añadió a gritos, lo que provocó que los perros aumentaran aún más la intensidad de sus ladridos.

Bueno, yo no pensaba dejarle hacer eso, porque la señora Barclay en cuestión era la abuela ricachona de mi última clienta, y quien iba a pagar todos los gastos de su boda.

Me habían advertido de que la abuela podía ser muy desagradable cuando estaba disgustada, y yo ya tenía una novia infernal entre manos, así que no pensaba añadir a su abuela a la lista.

Era hora de establecer prioridades.

El señor desagradable se movía con rapidez con sus pantalones de Tom Ford. Se lanzó de cabeza bajo la mesa y emergió con una bolita peluda y ruidosa.

—Te pillé. —La pequeña salchicha le mordió un dedo—. ¡Eh!

—Ve con cuidado, Gruñón, no vayas a empeorar las cosas.

—¿Y cómo iba a empeorarlas? Estos bichos están armando un escándalo en mi vestíbulo. —El perro le gruñó, seguramente en respuesta a su tono, y él le devolvió el gruñido, otra vez.

—El único que está armando un escándalo aquí eres tú —señalé—. Tal vez, si gritaras menos, los perros no estarían tan nerviosos.

—Y si, para empezar, no anduvieran sueltos, no habría tenido motivo para gritarles —replicó él.

El perro se las apañó para escabullirse entre sus brazos, saltar al suelo y alejarse corriendo. Aquél gruñón se quedó mirándolo hasta que yo me eché a reír, y entonces se volvió a mirarme con cara de pocos amigos.

—¿Te has dado un golpe en la cabeza, o algo así? —refunfuñó—. ¡Gordon!

En ese momento apareció un hombre joven, vestido de uniforme y muy azorado.

—Yo… No estoy seguro de dónde está. Lo siento señor. Esto… ¿necesita ayuda?

El gritón volvió a gruñir, y yo sentí la vibración hasta en los dedos de los pies.

—No, Gordon, suelo dedicarme a corretear por el vestíbulo persiguiendo animales.

De todas las preguntas estúpidas… Por supuesto que necesito ayuda.

Puedes empezar por encontrar a esa mujer insoportable y decirle que venga a recoger a sus perros antes de que abra la puerta principal de par en par y ¡los deje salir a la carretera!

—Ahora mismo, señor.

Solté un resoplido al ver a Gordon marcharse corriendo, sin duda con el fin de alejarse del señor desagradable cuanto antes.

—Supongo que todo esto te parece muy divertido —comentó él.

No pude evitar reír con más ganas aún.

—Sí, es para morirse de risa. Deberías ir de gira con esta representación. —Levanté las manos e hice un gesto como si estuviera viendo una marquesina—. La mala cara que aterró al mundo: asustando a niños y animales pequeños en tu teatro local.

Los perros se habían ocultado bajo una mesa en un rincón, y se asomaban de vez en cuando para mirar a su alrededor, buscar una salida, o lo que fuera que hacían los perros pequeños cuando se enfrentaban a humanos horribles.

—Te haré saber que la gente se me da muy bien —dijo él, mientras yo miraba al trío de caritas tristes, que gemían aún más fuerte.

Parecía que, por el momento, habían terminado sus travesuras—.

¡Le caigo bien a todo el mundo! —añadió con otro gruñido, que envió a los perros a ocultarse otra vez bajo la mesa.

—Es evidente que no a todo el mundo —respondí, con un gesto hacia la mesa. Habría jurado que le salía humo de las orejas.

—No pagan por su alojamiento —masculló él entre dientes— y su propietaria tampoco se va a quedar aquí mucho más tiempo.

Vaya, caray.

—Niños —dijo una vocecilla, que resonó entre las paredes del vestíbulo—. ¡Niños! ¿Dónde estáis?

Me fijé en una mujer encantadora con pelo blanco y vestida de Chanel de pies a cabeza, desde el sombrero de paja con cinta negra, hasta los zapatos de tacón cuadrado, que se acercaba con paso inseguro a don Antipático. Me preparé para el impacto.

—Señora Barclay, necesito hablar con usted. —La voz de Gruñón sonó como la de un agente de atención al cliente al final de un turno muy largo.

—Por supuesto, encanto. ¡Veo que ha encontrado a mis niños!

—Sí, los he encontrado —respondió él, enfadado—, cuando nos han hecho tropezar a mí y a esa mujer de ahí.

Esa mujer. Las palabras parecían neutras pero, de algún modo, consiguió que sonaran como un insulto.

—Señora Barclay, hemos tenido mucha paciencia con usted —continuó él—. No puedo permitir que sus perros vayan correteando por ahí de este modo. Están descontrolados. Si tiene intención de quedarse con nosotros, deberá encontrarles otro alojamiento.

La mujer pareció desilusionada.

—Oh no… No lo dirá en serio, ¿verdad? A los niños y a mí nos encanta este lugar. Es como nuestra segunda casa.

Empecé a pensar que, tal vez, el señor Gruñón tenía razón, porque había gente a la que le daban miedo los perros, aunque fueran pequeños, ruidosos y traviesos, con aspecto de salchicha.

Pero en lo que a mí se refería, necesitaba que aquella mujer siguiera siendo feliz.

Mi reunión con ella y su nieta no iría bien si ella pensaba que me había limitado a observar cómo la echaban del hotel junto a sus perros.