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–¿Va todo bien? —Henry, su chófer, mira a Morgan a través del retrovisor cuando detiene el Bentley en un semáforo.
Ella le devuelve la mirada desde el asiento de atrás y asiente con un movimiento suave de cabeza, sin dejar de sostener el espejito y el pintalabios.
Los ojos de la actriz están decorados por una corona de diminutas plumas negras que refuerzan la imagen de la mujer que se convirtió en cisne y en icono.
Al hacer La mujer que siempre sonríe , la idea de Daphne era que Morgan dejase por fin su disfraz de cisne, como el que deja un abrigo sobre el respaldo de una silla, y se convirtiera en otra cosa.
Sorprender al espectador. Renovarse. Repetir la fórmula que la llevó a lo más alto.
Pero Morgan Brooks, después de las polémicas que se han publicado sobre ella, viendo que la mitad de sus fans se han vuelto en su contra y que la cultura de la cancelación ha decidido que era su hora, ha cambiado de planes.
Ya no quiere dejar de ser el Cisne Negro.
Nunca ha querido dejar de serlo, en realidad.
Daphne, sentada en el asiento de al lado, le dice:
—Tenías una oportunidad maravillosa de seguir la línea que habíamos marcado juntas.
Morgan desliza el labial rojo de Chanel sobre su labio superior; lo hace mirándose en el espejito que siempre lleva en el bolso. Después, fingiendo una calma que no encuentra en ella, responde:
—Nunca he querido convertirme en otra cosa. El cisne forma parte de mí. Es lo que soy ahora y lo que llevo siendo desde que tengo veintidós años. Si hubiera intentado deshacerme del cisne, no me habría sentido completa.
—¿Te sientes completa ahora?
Morgan mira a Daphne, sonríe y alza el mentón.
—Lo estaré cuando termine la ceremonia.
Daphne sufre un déjà vu . Esas seis palabras y el aplomo con el que las ha pronunciado la hacen retroceder muchos años atrás: hasta la noche en la que Morgan, cuando era joven, se presentó en un evento para impresionar a un director de cine y convertirse en lo que es ahora.
Por eso sabe que esa Morgan Brooks tiene un plan.
Cuando el coche se detiene y Henry baja para abrirle la puerta, la lluvia de flashes lo llenan todo de luces blancas.
Morgan pisa la alfombra roja con sus Louboutin y alza la mano para saludar a los fans enloquecidos que gritan su nombre.
Todavía hay gente que la adora. Todavía ve el brillo en sus ojos cuando la miran.
Para ellos, Morgan sigue siendo la estrella de la que se enamoraron.
Responde algunas preguntas rápidas, posa en el photocall con su vestido negro y largo de Schiaparelli y extiende los brazos como si fuera un auténtico cisne.
Sus hijos, desde casa, siguen la retransmisión de la gala de los Óscar y ven a su madre saliendo en directo en televisión, posando para las cámaras.
Morgan echa una mirada fría e intimidante a las cámaras para que el espectador comprenda que ha regresado pese a todo lo que se ha dicho sobre ella, y que regresa más fuerte que nunca.
La ceremonia sigue su curso y llega el momento de la verdad: Morgan Brooks está nominada a mejor actriz por interpretar a Violette.
El actor que está en el centro del escenario tiene un sobre cerrado.
Primero dice los nombres de las cuatro nominadas mientras se ve un fragmento de cada película en la pantalla que tiene detrás.
—Y el Óscar es para… —Después abre el sobre, tan despacio que a Morgan le entran ganas de levantarse del asiento y hacerlo ella misma.
El actor se está haciendo de rogar, quiere exprimir cada segundo de tensión porque sabe, además, que Morgan Brooks es la gran protagonista de la noche.
Cuando saca el papelito del sobre, lee—: ¡Morgan Brooks, por La mujer que siempre sonríe !
El público estalla en aplausos. Incluso los que ahora la odian parecen volver a quererla, contagiándose de la euforia del momento.
La gente en sus casas grita de alegría o apaga la televisión.
Los hijos de Morgan, los nueve, se quedan completamente callados. Ninguno parece feliz, tampoco triste. Simplemente se quedan a ver cómo su madre sube a recoger el premio y agradece a Daphne por haberla animado a hacer esa película, al director, a todo el equipo y…
—También quiero dedicárselo a mis hijos.
A los diez. Hijos míos, si me estáis viendo, me gustaría pediros perdón.
Sé que os estoy haciendo competir por mi herencia, pero mi intención nunca ha sido haceros daño.
Lo único que quería era daros un incentivo para que os esforcéis por vuestro futuro y podáis valeros por vosotros mismos.
Esa es la herencia que los padres deberían dejar a sus hijos.
El público comienza a aplaudir, apoyando su discurso, pero Morgan no ha terminado.
—Quiero prepararos para la vida real, por eso hice la competición.
No lucháis entre vosotros, lucháis por vuestros sueños igual que yo sigo luchando por los míos.
Lo que he conseguido esta noche es el resultado de muchos años de trabajo y esfuerzo.
Para ganar el Óscar, también he tenido que competir contra tres compañeras maravillosas que se merecían ganar tanto como yo.
Más aplausos de apoyo.
—Entiendo que queráis que la herencia se reparta entre todos y que os parezca injusta mi decisión.
Ojalá este premio también pudiera repartirse, no solo entre las cuatro, sino entre todas las actrices que tienen un sueño y lo persiguen.
Ojalá todas las familias tuvieran una herencia que dejar a sus hijos…
Soy vuestra madre y, aunque me encantaría ser perfecta, yo también me equivoco.
Natalie, si me estás viendo… vuelve a casa, por favor.
Y perdóname por todo. Nunca debí sacarte de la competición.
Te doy la oportunidad, si quieres, de seguir en ella y de que las dos empecemos de cero.
Morgan derrama una lágrima y el público se emociona con ella.
—Hijos míos, quiero que sepáis que para mí esto tampoco es fácil.
Que intento aprender de mis errores y que me esforzaré por ser mejor cada día.
Sobre todo, quiero que sepáis que mi mayor premio siempre seréis vosotros.
Por eso —dice, levantando el Óscar—, esto es vuestro.
Gracias. Os quiero con todo mi corazón y siento si en algún momento habéis sentido que os estaba pidiendo demasiado.
Todos los invitados se levantan de sus asientos y aplauden entusiasmados.
Daphne, que también se levanta, sonríe con los ojos fijos en el Cisne Negro.
«Ahí está», piensa.
Sabía que Morgan no acudía a la ceremonia solo porque estaba nominada.
Ni siquiera iba con la esperanza de llevarse la estatuilla.
Su plan era otro.
Que el mundo la volviese a querer .