Cómo matar a un cisne 77
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U n espejo empañado, el vapor convertido en una nube densa y perfumada y diez velas aromáticas colocadas a lo largo de la bañera.

Morgan desata el nudo de su albornoz. La tela de seda se desliza por su cuerpo como una pluma y, al desnudarse, siente que además del albornoz se ha quitado un disfraz; que deja de ser el Cisne Negro para ser solo Morgan.

Comprueba la temperatura del agua introduciendo la punta del pie; está caliente. Se tumba como si la bañera fuera una cama y el agua le llega ahora al cuello.

Se queda mirando las diez velas encendidas. Piensa en que cada una corresponde a un hijo y se pregunta: «¿Debería detener la competición?».

Cuando comenzaron a salir los trapos sucios, el mundo decidió darle un voto de confianza a Morgan.

A día de hoy, saben que todo lo que dicen que ocurre dentro de la Casa del Cisne es cierto: sus hijos compiten por su herencia en un juego que pone en peligro sus vidas y trastoca su salud mental.

Un ejemplo de lo último es Natalie: la influencer está irreconocible, débil y enferma.

Pero Morgan se niega a ayudarla. Ni siquiera ha parado la competición. Y muchos de los que amaban a la actriz se sienten profundamente decepcionados con ella por no reconocer en sus decisiones a la mujer que idolatraban.

Esta versión despiadada, sin plumas ni distracciones, es la más incómoda para la mitad de sus fans, que sienten que cada película que ha protagonizado Morgan es un engaño y se arrepienten de haber amado a un cisne que nunca ha sido cisne ni tampoco una buena madre.

El personaje que había construido, la familia que había formado… todo se ha venido abajo.

Morgan también le echa la culpa a la película por la que está nominada esta noche; jamás debería haber aceptado hacerla.

La distancia entre el amor y el odio es tan corta que la gente olvida que todos tenemos un poco de luz y de sombra.

Y, en lugar de verlo todo en conjunto —de intentar entender por qué ella hace lo que hace—, deciden señalar el error y convertirla en villana.

Ahora, incluso la propia Morgan tiene miedo de que todo lo que escriben sobre ella sea verdad.

La misma pregunta, otra vez: «¿Debería detener la competición?».

Después se pregunta si algún día será capaz de amar de verdad. Si podrá quitarse el vestido negro, borrar su pintalabios rojo y ser solo la Morgan que se esconde tras la máscara del cisne.

El agua dibuja ondas sobre sus pechos blancos y resplandecientes; el pelo negro flota como algas marinas; la luz tenue de las velas —esas llamas que podrían provocar un incendio— permanece contenida en un hilo mientras el calor derrite la cera.

Morgan cierra los ojos y mete la cabeza en el agua. Cuando tienes los oídos taponados, el sonido es distinto: ahora siente que puede escuchar a través de las paredes de la bañera y se da cuenta del poder del agua, de que ella no tiene ninguno en comparación.

Aguanta la respiración y piensa en la gala de los Óscar. Se imagina que la persona que está en el escenario dice su nombre y ella sube a recoger la estatuilla. Se imagina barriendo al público con la mirada y buscando entre la multitud a Isobel Jones, igual que hizo Isobel con ella en el pasado.

Sabe que será imposible revivir ese momento, esta vez intercambiando los papeles, porque Isobel está muerta.

No la verá a ella, pero sí verá a sus compañeros.

La mayoría la juzgará porque, en lugar del Cisne Negro, verá lo que la prensa y las redes sociales dicen de ella: una madre horrible que obliga a sus hijos a competir por su herencia.

Los pulmones de Morgan se arrugan al vaciarse; necesita respirar.

Aun así, su nuca permanece pegada a la pared de la bañera. El aire que le quedaba escapa de su nariz y sube en zigzag a la superficie del agua con la fuerza del que exhala su último aliento.

Una pequeña convulsión, la fragilidad del ser humano, la vida apagándose en un instante…

«¿Debería detener la competición?».

Morgan abre los ojos dentro del agua .