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T ras su última conversación en la terraza, Jack, pensando en todas las piezas que no encajan y empujado por esas ganas de estar un poco más cerca de descubrir la verdad, atraviesa su habitación y decide bajar por las escaleras hasta la planta cero.
Lo hace muy despacio, procurando ser lo más sigiloso posible y sirviéndose de la linterna de su móvil para no encender la luz.
Su intención es dirigirse al salón y observar a Morgan a escondidas mientras ella ve el programa de Sally Rucco.
Si su madre no va a decirle la razón por la que lo adoptó, Jack tiene la esperanza de descubrir algo espiándola; cualquier cambio de expresión durante la entrevista de sus padres, por muy pequeño que sea, puede servirle de pista.
Por eso ha preferido acercarse en lugar de verlo desde la televisión de su cuarto.
Avanza por el recibidor mientras le llega de fondo el ruido de una conversación entre varias personas. Conforme se acerca a la puerta del salón, las voces son más claras.
—… entonces hice una serie para una cadena nacional y, después de eso, di el salto a la gran pantalla.
La puerta está entreabierta y en el suelo de mármol se reflejan luces de color morado y azul.
—Y luego… ¡ boom ! Haces tu primera película y conoces a Beth Thomson.
—Sí. Cuando nos reunimos para leer el guion ya era evidente la química que había entre nosotros.
Una vez que terminamos de rodar la película, la invité a salir.
Fuimos a tomar un café y después la llevé a comer a mi restaurante preferido.
Siempre he creído que las mejores historias de amor comienzan con un café.
Jack enmarca su cara en el espacio que hay entre la puerta y el umbral, lo justo para poder echar un ojo en el interior de la estancia.
Lo primero que ve es a Morgan con los ojos clavados en la pantalla.
Desde su posición, alcanza a ver la mitad de la televisión que cuelga de la pared: es un plano de Sally Rucco, la presentadora del programa.
Sally habla sentada en su sillón verde y los padres de Morgan ocupan un enorme sofá rojo.
Primero mira a la madre de Morgan: Beth Thompson tiene una larga melena rubia teñida, la cara retocada para intentar borrar las arrugas que el paso del tiempo dibuja sobre su delgado y hermoso rostro, y unas manos que revelan su verdadera edad.
Por otro lado, su padre, Elijah Brooks, aunque también está mayor, con su tupé gris y sus facciones marcadas, sigue teniendo algo que hace que sepas que en su día fue un hombre increíblemente atractivo.
—En la segunda cita —continúa Elijah—, fuimos a pasear al Central Park.
Una semana más tarde posamos juntos en la alfombra roja.
Algunos decían que estábamos intentando engañar al público para promocionar la película y conseguir que más gente fuera a verla al cine.
Dos meses más tarde, le pedí a Beth que se casará conmigo y ella dijo que sí.
A la presentadora no le interesa su historia de amor, lo que le interesa es que le hablen de su hija, el Cisne Negro. Es la razón por la que todo el mundo está viendo el programa desde sus casas, por eso no le cuesta nada interrumpirle.
—En tan solo un anuncio volvemos con Elijah Brooks y Beth Thomson.
El público no aplaude lo suficiente, así que la presentadora añade:
—Elijah y Beth, señoras y señores, ¡los padres del Cisne Negro!
Los aplausos se multiplican al escuchar ese nombre, y Elijah y Beth arrugan el entrecejo. Cada vez que Sally Rucco menciona a Morgan, el plató parece levantarse. Para ellos es una ofensa.
Cuando vuelven de la pausa publicitaria, Sally Rucco, que hasta entonces los había escuchado por educación, decide aprovecharse de que están saliendo en directo y sabe que ellos no van a hacer nada que vaya en contra de su imagen para decir: —Bueno, nos habíamos quedado en la boda.
Después tuvisteis dos hijos preciosos… Hablemos de Morgan Brooks.
Todos la conocemos como el Cisne Negro, pero… ¿cómo te conviertes en un cisne?
Elijah y Beth no quieren hablar de ella, pero ambos sabían que el programa intentaría dar ese giro en la entrevista.
La única razón por la que han aceptado acudir ha sido por el dinero que les han pagado.
El problema es que, ahora, todo el plató vuelve a levantarse al oír el nombre artístico de Morgan, lo que no hace más que remarcar el momento bochornoso al que se están viendo sometidos.
Contaban con responder alguna pregunta sobre su hija, pero no esperaban que el público mostrase tan poco o nulo interés por ellos.
Este contraste es toda una humillación, y lo peor es que tienen las manos atadas.
Si quieren mantener su imagen limpia, no pueden levantarse y marcharse sin más; están obligados a contenerse.
La presentadora observa a sus invitados con una sonrisa de tiburón.
Es Beth Thompson la que toma la palabra cuando los aplausos cesan.
—Nadie puede convertirse en un cisne.
Se escuchan abucheos. Es evidente que, aunque la imagen de Morgan se haya manchado y la actriz haya perdido muchísimo apoyo en los últimos meses, todavía sigue habiendo mucha gente que la quiere. Esa es la gente que ha ido esta noche de público, y, evidentemente, van a defenderla a capa y espada.
Beth se pone seria.
—Morgan es una mujer completamente normal, igual que tú y yo. —Ella no está acostumbrada a autodefinirse como una persona normal, pero hace una excepción con Sally para que se entienda que su hija no es tan especial como la gente cree.
El público del plató no parece estar de acuerdo con Beth, y el marido de esta sale en su defensa:
—De hecho, los métodos que Morgan empleó para conseguir que le dieran el papel no fueron… mmm… los más elegantes.
Más abucheos.
Jack desvía la mirada hacia Morgan, que está tan quieta que parece una muñeca y no aparta los ojos de la televisión.
La pantalla ilumina su pálido rostro mientras sus padres intentan defenderse.
Morgan escucha con atención lo que dicen de ella.
Hacía años que sus padres no se dejaban ver en una entrevista, y menos en un programa en directo.
Sally Rucco mira a su invitado con interés. Esto cada vez se pone mejor.
—¿Estás diciendo que Morgan no se merece el éxito que tiene?
Elijah asiente.
—Morgan ni siquiera pasó el casting .
—Pero entonces…
—Le dieron el papel porque mi hija se plantó en mitad de un evento y montó un espectáculo que al director le hizo gracia. Pero ese papel le pertenecía a otra actriz; todos sabemos que la persona que iba a hacer de Cisne Negro era Isobel Jones.
Alguien del público grita:
—¡Mentiroso!
Sally Rucco intenta continuar con la entrevista.
—Si no recuerdo mal, su hija era muy amiga de Isobel…
—Era su mejor amiga.
—¿Qué ocurrió para que dejaran de hablarse?
La cámara se acerca al rostro de Elijah.
El hombre se toma unos segundos en responder, mira a la presentadora y se imagina que tiene delante a su hija; la misma hija a la que no ve desde hace muchos años porque han cortado la relación.
Entonces, abre la boca para soltar una mentira disfrazada de medias verdades.
—Pues lo que pasa cuando alguien se obsesiona con el poder y la fama.
Morgan e Isobel habían trabajado juntas en Las despedidas y sus nombres empezaban a sonar con fuerza en el cine, pero todos sabemos lo despiadado que es ese mundo; en Hollywood no había sitio para las dos.
Isobel había ganado un Óscar, eso ya le daba ventaja sobre Morgan, y encima estaba a punto de grabar una película que podría darle el último empujón que necesitaba para convertirse en una estrella.
Cuando Morgan se enteró… se negó a aceptarlo.
La rabia y la envidia la comían por dentro, y al final lo que hizo fue crearse un personaje para convencer al director de que ella era una mejor candidata para el papel.
—Está claro que le dio muy buen resultado —comenta Sally, animándole a seguir.
Beth responde por su marido:
—Sí. Al final se salió con la suya. Nunca sabremos realmente qué habría sido de Isobel Jones si mi hija no le hubiese robado aquel papel…
La presentadora evita recordarle a Beth que Isobel Jones falleció junto a su pareja en un accidente de tráfico y que, por eso, aunque hubiese hecho aquella película, tampoco habría podido tener la larga trayectoria de Morgan.
—En mi opinión —añade Beth—, la noche en la que Morgan convenció al director para que le dieran el papel a ella también se cargó la carrera de Isobel. Por eso dejaron de ser amigas.
El público no está de acuerdo con esa versión.
—¡Fue porque Isobel traicionó a Morgan! —exclama una señora.
—¡Se estaba acostando con el novio de su mejor amiga! —grita otra.
Beth finge no escucharlos, y la presentadora aprovecha su silencio para preguntarle a Elijah:
—¿Estás de acuerdo con tu mujer, Elijah? ¿Tú también crees que nadie puede convertirse en un cisne?
—Completamente, nadie puede —afirma él—. Pero, si quieres, sí puedo decirte cómo matar a uno.
El plató se les termina de echar encima.
Sally Rucco pide calma, pero los abucheos no cesan.
Al final, la única forma que tiene de hacer callar al público es prometiéndole que, si dejan de hablar todos a la vez, le pasará el micrófono a una persona.
El plató recupera la normalidad, y ella cumple su parte del trato y decide pasarle el micro a un chico joven que está sentado en la primera fila.
—Solo puedes hacerles una pregunta. Piénsala bien.
El joven no lanza una pregunta, sino una acusación:
—Lo que pasa es que os revienta que vuestra hija se haya convertido en un icono.
Hace muchísimos años que Morgan dejó de ser la hija de los Brooks, y vosotros dos seguís sin superar que ella le haya dado la vuelta y que ahora se os reconozca por ser los padres del Cisne Negro.
A propósito, Elijah: no se puede matar a un cisne porque lo único que muere es aquello que se olvida.
Y nosotros siempre vamos a recordar al Cisne Negro porque ella es historia del cine.
El público rompe en aplausos.
Sally Rucco le quita el micrófono y dice que eso no ha sido una pregunta, pero contiene una sonrisa al ver que Elijah se levanta y se encara al joven enfurecido.
—¿Es que no veis las noticias? ¿No os habéis enterado lo que dicen de ella? ¡No es una buena madre! Y ahora también sabéis lo que le hizo a la pobre Isobel para poder convertirse en el Cisne Negro.
—¡Isobel Jones era una arpía! —grita alguien, entre el público.
—Morgan también lo es —dice Elijah—. Ella no duda en aplastarte para conseguir lo que quiere. Es una mujer fría, mentirosa y calculadora que solo se quiere a sí misma. ¿Veis? Así es como se mata a un cisne: desplumándolo vivo y viéndolo como lo que realmente es.
Los abucheos son atronadores.
Elijah vuelve a sentarse, rojo de rabia.
Mientras la presentadora intenta acallar los silbidos del público, Jack aprovecha para apartar los ojos de la tele y mirar a Morgan. Su rostro transmite una tristeza infinita.
La entrevista está a punto de llegar a su fin.
Sally Rucco intuye que los datos de audiencia van a ser muy buenos, pero aun así no quiere perder la oportunidad de elevar la entrevista al siguiente nivel.
Se salta el cue y se arriesga a dar un paso más.
—Sé que nunca respondéis a esto, pero creo que es algo que la gente se lleva preguntando muchos años y que a todos nos encantaría saber…
A Morgan, desde el sofá, le da un vuelco al corazón al darse cuenta de que la presentadora se está refiriendo a su hermano.
Elijah y Beth llegan a la misma conclusión porque sus rostros envejecen diez años de golpe.
Habían acordado previamente con el programa no tocar ciertos temas, y cualquier pregunta que tuviese que ver con su hijo mayor estaba completamente vetada; se suponía que no se podía hablar de él.
Sally Rucco se remanga la camisa y les lanza una pregunta que es a su vez una granada:
—¿Qué pasó realmente con Christian Brooks? ¿Por qué desapareció de un día para otro como si se lo hubiese tragado la tierra?
El público contiene la respiración. En todos los años que lleva emitiéndose el programa, nunca se había formado un silencio como ese.
Los espectadores, desde sus casas, suben el volumen de la tele y mantienen los ojos clavados en la pantalla.
El piloto rojo de la cámara indica que siguen en directo. El matrimonio comparte una mirada oscura y la cámara mete zoom para enmarcar sus caras en un primer plano.
Elijah tensa la mandíbula, y Beth ya no necesita disimular el rechazo que le despierta la presentadora.
La expectación es tan grande que nadie quiere parpadear por miedo a perderse algo de lo que vaya a ocurrir en los próximos segundos. No hay aplausos, ni abucheos, ni comentarios. No hay nada, solo silencio. Todos quieren saber.
Desde su sillón verde, Sally Rucco espera a que las dos leyendas del cine se decidan a hablar mientras se imagina cómo estará la gente viéndolos desde sus casas.
Solo por eso merece la pena poner en riesgo su puesto de trabajo.
Sabe que, cuando acabe el programa, probablemente Elijah y Beth irán a hablar con su jefe para pedir que la despidan por incumplir lo que habían firmado en el contrato.
Se está jugando mucho con esa pregunta, pero la gente quiere saber qué pasó con su hijo Christian y por qué desapareció de la noche a la mañana.
Si consigue arrancarles algo de información, será la mejor entrevista que haya dado en toda su carrera.
Además, lo que Elijah y Beth ignoran es que, aunque los denuncien por hacerles esta encerrona, al programa le sigue mereciendo la pena perder el juicio contra ellos si a cambio consiguen que los datos de audiencia se disparen.
Elijah separa los labios para hablar, y su respuesta revoluciona el plató y da la vuelta al mundo:
—Eso se lo tendrías que preguntar a Morgan Brooks. Ella es la última persona que lo vio con vida .