75
L a siguiente noche, con los ojos en las estrellas y desde esa terraza que se ha convertido para los dos en su casa del árbol, Jack murmura:
—Oye, Austin.
—¿Sí?
—Cuando llegué a esta familia, se me hizo extraño darme cuenta de que, a pesar de que sois hermanos y lleváis conviviendo juntos muchos años, no hay ningún tipo de vínculo entre vosotros. Tú y yo, por ejemplo, tenemos un vínculo y no nos conocemos de tanto, pero el resto…
—Lo nuestro es otra cosa —responde Austin, bajando la voz.
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Sí. —Austin respira hondo y luego le confiesa—: ¿Sabes qué pasa? Que antes de competir por la herencia, nosotros competíamos por el amor de nuestra madre.
Jack lo mira a los ojos en silencio.
—De algún modo, éramos rivales antes de serlo oficialmente —continúa explicándole—. Cuando era pequeño, Natalie, Rubí, Jessie, Maximus y Nolan se enfadaban conmigo cada vez que Morgan me acompañaba a plató. Me acusaban de habérsela robado, y por eso luego no querían jugar conmigo.
—¿Y Morgan no intentaba pasar tiempo con todos? —se extraña.
Austin tarda un poco en responder. No quiere hablar mal de su madre, pero tampoco quiere mentir a Jack para protegerla, así que decide ser completamente sincero.
—No —susurra, poniendo la voz de quien comparte un secreto con otra persona—.
Su prioridad siempre ha sido la misma: que nos esforcemos en ser los mejores en la profesión que hemos elegido.
Es alérgica a las personas corrientes. Ella se ha propuesto convertirnos en celebridades desde pequeños, quiere vernos brillar como las estrellas.
—¿Por qué?
—Nuestro triunfo siempre ha sido el suyo. Y si nosotros cumplíamos con nuestra parte, ella nos premiaba con su atención; era su moneda de cambio antes de que existiera el sistema de puntos.
Jack vuelve a repetir la misma pregunta:
—Pero ¿por qué? Me refiero, ¿de dónde nace esa obsesión de que todos sus hijos acaben convirtiéndose en estrellas?
Austin se queda un momento callado. Mira el cielo negro, se abraza a sí mismo, y después vuelve a girar la cabeza en dirección a Jack y lo mira a los ojos.
—Creo que le viene de sus padres —confiesa—.
Ni siquiera yo sé mucho de su infancia, pero conozco lo suficiente como para entender que ella fue invisible para sus padres hasta que se convirtió en el Cisne Negro.
Creo que lo hizo, en parte, porque buscaba que la quisieran de verdad; pero solo consiguió que ellos la vieran como una amenaza.
—Entiendo.
—De ahí que Morgan se obsesione tanto con el hecho de que todos nos vean. Es como si cada uno de nosotros fuéramos un recipiente vacío en el que ella puede verter todas sus inseguridades.
Jack lo mira atónito.
—Eso me parece cruel —dice—. Sobre todo que empezara a exigiros cuando apenas erais unos niños.
—Lo es y a la vez no. Es cruel para nosotros, pero sé que ella lo hace porque en el fondo piensa que es lo mejor para nuestro futuro. Y porque no sabe querer mejor.
Jack no está de acuerdo.
—Nunca entenderé que una persona que ha tenido una infancia complicada haga pasar por lo mismo a otra.
Austin se encoge de hombros.
—Supongo que las heridas que no terminan de curarse acaban infectándose.
Después se queda mirando a Jack sin verlo a él realmente porque está pensando en su madre, en el dolor que Morgan guarda por dentro y se esfuerza en ocultar bajo sus impresionantes vestidos negros de plumas.
Austin siempre ha creído que el personaje del Cisne Negro es su armadura y que, a través de ella, Morgan protege su vulnerabilidad.
Entonces, aparta los ojos de Jack y mira las estrellas.
Este no hace ningún comentario. Por la expresión triste y pensativa del actor, sabe que necesita un momento en silencio; por eso espera a que él decida cuándo le apetece romperlo.
—Hace no mucho —dice Austin, varios minutos después—, Bonnie me contó que estaba jugando con Grace en el jardín y que Morgan se acercó a ellas. ¿Sabes qué les dijo? «Mientras vosotras perdéis el tiempo, Austin está grabando una serie que le hará ganar más puntos».
—Joder.
—Sí… ¿Qué vínculo quieres que se cree entre nosotros si ella nos hace sentir culpables cuando ve que nos divertimos, porque piensa que podríamos estar esforzándonos en ser mejores, y si siempre ha alimentado los celos entre nosotros?
—¿Qué hicieron Bonnie y Grace?
—Dejar de jugar. Bonnie tomó la cámara y se puso a grabar contenido para su canal de YouTube como loca. Y Grace llamó a su representante para suplicarle, llorando, que le consiguiera una audición para una nueva serie porque necesitaba hacerse más conocida.
Jack calla. Piensa en todo lo que Austin ha compartido con él, piensa en Morgan y en la forma en la que los ha criado.
—Es mi madre, pero… no sé.
—Puedes decirlo —le anima Jack, porque resulta evidente que Austin necesita sacarlo.
Austin asiente y lo suelta a bocajarro:
—Nunca nos ha criado desde el amor, sino desde el entrenamiento. Estoy convencido de que, cuando ha ido a adoptar a cualquiera de mis hermanos, a cualquiera de vosotros, se ha asegurado primero de que vuestras notas fueran brillantes o tuvierais algún tipo de don con el que pudiera trabajar.
Entonces Jack le aclara:
—Morgan no sabía que yo podía cantar.
—Seguro que lo sabía. Ella lo sabe todo.
Jack lo duda, pero no le contradice.
—Quizá.
—Ella siempre ha buscado en nosotros algo que pueda explotar. «El Juego de Morgan» es como ese gran número final de un plan que comenzó hace muchos años.
—Tiene sentido —dice Jack—. Creo que eso lo explica todo. Por qué cada uno parece ir siempre por libre y… Oye, ¿y los demás? ¿Dónde están? —pregunta al no ver ni un alma en el jardín—. Todavía es pronto. ¿Por qué parece que todo el mundo que se ha metido en su habitación?
Austin sonríe.
—Porque es justo donde están. Morgan quiere esta noche el salón para ella sola.
—Pero ¿por qué? —insiste.
—Hoy emiten El show de Sally Rucco y está bastante nerviosa.
Jack parpadea.
—¿Ella, nerviosa?
—Sí, por los invitados. Sally Rucco va a entrevistar a sus padres.
—Y Morgan no se lleva bien con ellos —dice Jack, llegando a la conclusión por lo que Austin le ha contado.
Austin asiente.
—No, nada bien. Ni siquiera tienen relación. Cuando Morgan era pequeña les molestaba que fuera invisible y, cuando se hizo mujer y se convirtió en cisne, les molestó que su luz opacase la suya.
Esta noche Jack se da cuenta de que está descubriendo muchas cosas de los Brooks que no sabía.
Después cambian de tema y hablan de la competición; es algo que han estado posponiendo estos días y a lo que debían enfrentarse.
Los dos se sienten felices compartiendo tiempo y besándose en secreto, pero saben que el escenario en el que se encuentran no es el mejor: la Casa del Cisne sigue siendo un tablero en el que ellos compiten.
Eso es lo peor de que hayan terminado formando lo más parecido a un equipo: saber que deben seguir teniendo muy presente que ese equipo no dudará, que habrá un momento en el que uno de los dos se podrá ver obligado a elegir entre quedarse con el premio de la herencia o lo que sea que están creando juntos.
Conversan sobre ello sentados en el suelo de la terraza, con un hombro pegado al otro y los rostros tan cerca que podrían besarse.
Cuando Austin termina de compartir su idea con él, Jack responde:
—Lo que me propones es que hagamos una especie de alto al fuego.
—Sí. Pero solo entre tú y yo. Con el resto, no.
Ambos continúan hablando en susurros para que el topo no pueda oír nada de lo que dicen; ya han aprendido la lección y no van a cometer el mismo error dos veces.
—¿Y hasta cuándo tienes pensado que dure nuestra tregua?
—Hasta que tengamos que elegir.
Se quedan un momento callados. Observan las estrellas y se permiten viajar al laberinto y rescatar el beso que se dieron en él.
Recuerdan el movimiento de unos labios contra otros; también, el sabor agridulce que se les quedó después de lo último que hablaron y a lo que ahora tratan de encontrar solución.
Y es que, a pesar de que Austin al principio se resistía a verlo, cuando Jack planteó lo que sucedería tan pronto tuvieran que elegir entre la herencia o el amor, aquello marcó el final del camino que los dos tendrían que atravesar.
Por eso lo lógico y lo más prudente para ambos sería asumir que son rivales y ya está, que es lo que han sido desde el principio, y hacer de tripas corazón.
Pero ¿es lo que realmente quieren? No. ¿Y estarían dispuestos a renunciar al premio?
No lo saben. O sí lo saben pero les da miedo decirlo en voz alta y que eso vuelva a levantar un muro.
Así que, en lugar de quedarse de brazos cruzados y resignarse a seguir siendo rivales, intentan descubrir cómo podrían ayudarse mutuamente. Y Austin cree saber cómo, aunque Jack no parece tan seguro de que su plan pueda funcionar.
—Entonces, dices que mientras no tengamos que elegir…
Austin se gira hacia él y responde con aplomo:
—Nos ayudaremos el uno al otro como si no fuéramos rivales.
Jack le devuelve la mirada.
—En parte, es lo que hemos hecho hasta ahora, ¿no?
—Exacto. Esto es solo para hacerlo oficial. Como un trato que se cierra.
—¿Y qué pasa si Morgan le pone una prueba individual en la que tengamos que utilizar al otro?
—Nos avisaremos —resuelve el actor con sencillez—, tanto de en qué consiste como de los puntos que vayamos a obtener. Y, sea lo que sea, intentaremos ir sumando puntos los dos de manera equitativa.
A Jack no le cuesta mucho seguir encontrando fisuras en el plan que propone.
—No quiero ser aguafiestas…
—¿Pero?
—No sabemos qué pruebas nos va a poner Morgan en el futuro o qué va a pasar si uno de los dos consigue subir mucho más que el otro. ¿Qué hacemos entonces? ¿El que tenga más puntos en su marcador tiene que esperar a que el otro lo alcance?
Austin parece dudar por un segundo.
—Sí, ¿no? Nos esperamos. Así iremos a la par.
—¿Y qué pasa con el resto de nuestros hermanos?
—pregunta Jack—. Porque no somos los únicos que competimos por la herencia.
Bonnie, por ejemplo, va la segunda. ¿Qué pasa si en algún momento te supera y yo sigo estando mucho más abajo que tú?
¿Vas a esperarme o vas a intentar completar más pruebas para recuperar tu puesto?
—Creo que eso tendríamos que hablarlo llegado el momento.
Pero a mí me gustaría…, no sé, hacer esto contigo.
Sé que no es el plan perfecto —se adelanta antes de que Jack replique—, pero es lo único que está en nuestra mano para que podamos trabajar en equipo.
Porque yo no quiero verte como mi rival.
Esa es la principal razón de que te esté proponiendo que lo hagamos así, que nos ayudemos mutuamente para ser más fuertes juntos.
Jack lo mira durante unos segundos en silencio, debatiéndose entre quedarse con todo lo que puede salir mal o hacer un salto de fe.
Al final decide lo segundo, porque quiere elegir quedarse con él, con Austin Brooks.
Por eso exhala despacio, lo mira a los ojos y le pregunta: —¿Juntos hasta el final?
Austin esboza una sonrisa que le llega a los ojos.
—Juntos hasta el final.
Se besan.
Y con ese beso sellan un trato, pasan a formar un equipo y por fin se sienten completos .