Cómo matar a un cisne 74
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A ustin y Jack llevan las últimas noches viéndose en la terraza a escondidas; compartirla después de las clases de canto e interpretación se ha convertido en una especie de tradición entre ambos.

El cielo negro es el mismo fondo de siempre, pero ellos no.

Su relación ha evolucionado con el paso del tiempo.

El gran problema era la desconfianza, y esta ha ido desapareciendo como un vaso con agua que se vacía lentamente.

Gracias a eso, los dos han llegado a conocer el fondo de cada uno: lo bueno, lo malo y lo feo.

Ahora, sin cúpulas de cristal tras las que protegerse, se sienten más unidos que nunca. Eso hace que Austin se sienta libre para levantarse de un salto y proponerle que baile con él.

—¿Cómo dices?

—Vamos, rubio. Solo una canción.

—No.

El actor suelta una carcajada al ver que Jack se pone rojo.

—Venga, no seas soso.

Después, se agacha con la intención de atrapar sus manos y obligarlo a levantarse, pero Jack se echa rápidamente hacia el lado contrario y niega con la cabeza.

—Ni de broma. —Pero luego se muerde la cara interna de las mejillas para no sonreír porque, en el fondo, le apetece.

Austin se encoge de hombros, sin perder la sonrisa.

—Está bien. Bailaré yo solo. Pero a los chicos que no salen a bailar no les hacen ninguna peli.

—¿Y? No soy actor.

—Era una metáfora. O un consejo: no quieras ser el chico que se queda sentado. Baila, joder. La vida sucede cuando uno se mueve.

Jack vuelve a negar con la cabeza, así que Austin se rinde y luego comienza a mover los pies y los brazos torpemente mientras tararea una canción.

Cualquiera de sus fans pagaría por ver al actor que hace de vampiro en Besar o morder bailando en pijama bajo la luna.

A Jack le parece más atractivo ahora que cuando sale en la serie con esa mirada de perdonavidas y con las comisuras manchadas de sangre.

Además, la sonrisa que se le dibuja a Austin mientras da vueltas no se parece en nada a las que esboza con prisa: esta es una sonrisa preciosa con la que abre una ventana para que Jack pueda ver su niño interior.

Austin baila, canta y ríe en la terraza, con el pelo negro rebotando sobre su frente, los ojos de un azul eléctrico y los brazos extendidos.

Se mueve sin importarle estar haciendo el ridículo delante del chico que le gusta, y entonces Jack se lo imagina de pequeño, como si con cada giro Austin retrocediera un año.

Él, desde su posición, se muerde el labio y se derrite de ternura al verlo bailar de esa forma porque sabe que el objetivo de Austin con ese baile improvisado es hacerle reír.

Cuando termina de cantar, el actor deja también de girar y baja los brazos.

—Bueno, ¿qué? ¿Te arrepientes de haberme rechazado?

—Después de ver cómo te mueves, creo que he tomado la decisión correcta —responde el otro, solo para picarlo.

Austin ríe y niega con la cabeza.

—Pero si te ha encantado, fantasma. Que te he visto sonreír.

—¿Ah, sí? —pregunta Jack, permitiendo que sus comisuras se alcen.

—Sí… Así que deja de fingir que no te ha encantado, y dame lo que quiero.

—¿Qué quieres?

—Que bailes conmigo. —Le tiende la mano, intentándolo por última vez.

Y Jack, a pesar de notar la cara caliente, en parte por vergüenza, y en parte también por todas las otras emociones que el actor le hace sentir, decide aceptarla y levantarse del suelo.

Austin entrelaza los dedos con los suyos y coloca la mano libre en la parte baja de su espalda. Jack pone la suya sobre su hombro.

—Seguramente tropiece contigo un millón de veces.

—Cuento con ello.

Comienzan a bailar. Austin lo guía y Jack se deja llevar por él, igual que cuando se dieron su primer beso dentro del laberinto. Dan vueltas a lo largo de la terraza y, cuando llevan varios minutos bailando, sus cuerpos se abrazan y se quedan meciéndose y escuchando el corazón del otro.

Jack, con los labios rozando su oreja, le pregunta:

—¿Por qué no estás cantando ahora?

—Porque no quiero perderme ningún detalle.

Cuando el baile termina y vuelven a sentarse, se quedan un rato mirando el cielo negro.

En esa terraza, Jack ha encontrado una segunda salida de emergencia cuando nota que las emociones se le atascan y no consigue desenredarlas escribiendo en su libreta.

Estando ahí, abrazándose las rodillas y observando el cielo cubierto de estrellas, toma conciencia de lo insignificante que es él en comparación al universo.

Y, a veces, al verse como un punto muy pequeño, consigue que las preocupaciones adquieran la misma dimensión.

Pensando en ello, Jack le confiesa a Austin: —Nunca me ha gustado compartir mi soledad.

Cuando siento que me ahogo, necesito alejarme del mundo.

Pero en esta casa… es casi imposible alejarse. Siempre está llena.

—Por eso sales a la terraza. Es tu forma de huir.

—Sí.

—Has dicho que nunca te ha gustado compartir tu soledad. ¿Eso ha cambiado?

—Supongo que sí.

—Lo noté la primera vez que me pediste que me quedase más rato contigo —comenta Austin, y le choca el hombro con el suyo.

Jack, además de no negarlo, le hace otra confesión:

—Yo lo noté la primera vez que me di cuenta de que no me importaría huir contigo.

Austin lo mira con interés.

—¿Lo harías? ¿Huirías conmigo?

—Depende. —Jack finge pensárselo—. ¿Adónde iríamos?

—Donde no tuviéramos que ser rivales.

Jack inhala profundamente.

—Suena genial.

El actor se queda mirándolo con ojos cansados, el pelo negro despeinado y una sonrisa perezosa en los labios.

—¿Te soy sincero? No esperaba que al final fueras a animarte a bailar conmigo.

Creía que me mandarías a la mierda o que me amenazarías con pegarme una paliza si insistía demasiado.

Me ha sorprendido. También lo has hecho ahora diciéndome que no te importaría huir conmigo.

Tengo la sensación de que te conozco de toda la vida, y, luego, de que no sé por dónde me vas a salir.

—Eso hará que tardes más en aburrirte de mí.

—Nunca me vas a aburrir —le asegura Austin—. Lo que quiero decir es que aún hay cosas que sigo sin saber de ti, y eso que pasamos muchísimo tiempo juntos. Joder, prácticamente no nos separamos. Pero… no sé. Es como si, después de hacerte una pregunta, me surgieran cinco nuevas.

—¿Alguna que quieras hacerme en concreto?

—¿Vamos a empezar el juego de las preguntas otra vez?

Jack niega con la cabeza.

—No, esto solo es una conversación.

Y Austin sonríe.

—Mejor, así no estoy obligado a decirte la verdad.

—El caso es que yo también guardo una caja de preguntas sobre las cosas que aún no sé de ti —reconoce Jack.

—¿Qué te gustaría saber?

—Sobre todo son detalles, porque lo importante ya me lo has enseñado… o lo he descubierto por mi cuenta. Pero siempre se me escapa alguna cosa, aunque solo sean pequeños espacios en blanco dentro de un texto.

—Si quieres puedo ayudarte a rellenarlos —dice Austin, y su comisura derecha se eleva por encima de la izquierda por el doble sentido que encierra la frase—: Solo tienes que preguntar.

Jack achica los ojos.

—¿Cuál es tu número favorito?

Austin se lleva una mano al pecho.

—Pensé que nunca me lo preguntarías.

—No me vaciles.

—El dos.

—¿Por qué el dos?

—Para mí representa tener una opción B —responde Austin, ahora serio—.

Darse una segunda oportunidad, volver a intentarlo, no jugárselo todo a una sola carta, no tener la presión de quedar primero…

Buscar una segunda puerta si la que escogiste no te está llevando por el camino que quieres para ti, vaya.

Y también me gusta porque el dos tiene forma de cisne y…

, bueno, aquí todo está lleno de cisnes, ¿no?

Ahora te toca a ti, Jack. ¿Cuál es tu número favorito?

Pero él, en lugar de responder, pregunta:

—Y ese cisne… ¿de qué color es?

—Blanco.

—¿Como Christian?

Austin apoya los codos en las rodillas y se queda mirándolo mientras su sonrisa se expande hacia los lados. Le gusta que Jack sea tan listo como para hacer una pregunta al azar y, después, a la mínima oportunidad, cambie el rumbo de la conversación a lo que realmente le interesa.

—Sí.

—¿Lo llegaste a conocer?

—Ya no estamos hablando del cisne.

—Casi no hay información en internet sobre el hermano de Morgan Brooks.

—¿Por qué te interesas por él ahora?

—Porque Morgan le puso a su cisne el nombre de su hermano. Y desde que Natalie ha matado al cisne…

—Te preguntas quién era el hermano de Morgan y qué pasó con él.

—Sí.

Austin se levanta.

—Siento decepcionarte, rubio. Yo tampoco sé mucho sobre Christian.

—Pero algo tienes que saber. Al fin y al cabo, también es tu tío.

—Sé que estaba muy unido a Morgan y que luego desapareció.

—¿Y ya está? ¿Nadie lo ha buscado?

—No.

—¿Por qué?

—Porque él mismo pidió que no lo hicieran.

El actor abre la puerta de la terraza para poder acceder a su habitación, pero, antes de que pueda atravesarla, Jack se pone en pie y le agarra del brazo.

—Austin, espera. Es el uno, mi número favorito es el uno.

El actor observa los dedos de Jack rodeando su piel y la sensación tan agradable que eso le produce. Al final, decide volver a sentarse junto a él y preguntarle:

—¿Por qué el uno?

—Porque creo que las primeras veces tienen una fuerza que no se vuelve a encontrar: el primer beso, la primera vez que te acuestas con alguien, la primera vez que te enamoras…

—¿Te has enamorado alguna vez, rubio?

Jack nota el tirón en el estómago mientras niega con la cabeza y le dice:

—No.

El actor no se da por satisfecho, por eso insiste:

—¿Me responderías lo mismo si estuviéramos haciendo el juego de las preguntas?

—Sí.

—No eres un buen mentiroso; pero, tranquilo, eso ya lo sabía.

Jack le pega un codazo.

—Agresivo.

—Otra cosa que también sabías.

—Bueno, Jack, ¿alguna cosa más que te gustaría preguntarme antes de irnos a dormir?

—Sola una. —Traga saliva—. ¿Te… te quedas conmigo un poco más?

Austin sonríe.

—El tiempo que quieras .