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C hloe descubre a Natalie en el baño tratando de eliminar las pruebas.
—¿Qué…?
—¡No entres!
Pero Chloe ha visto la sangre, así que a Natalie solo le queda hacer una cosa: pedirle a su hermana que no la delate. Y eso hace, le ruega que le guarde el secreto; se tira al suelo de rodillas y la agarra de las manos con tanta fuerza que le clava las uñas en las muñecas.
—¡Chloe, te lo suplico!
La escritora da un paso atrás, horrorizada.
—¿Qué has hecho, Natalie?
Silencio.
—¿De quién es la sangre?
Natalie traga saliva.
—Del cisne.
Chloe abre mucho los ojos.
—¿Has matado al cisne?
—Sí.
—Suéltame.
Natalie le suelta las manos, pero se aferra a sus piernas y se engancha como un koala.
—Por favor, Chloe. Por favor.
La escritora inhala mientras interioriza lo que ha pasado. Se siente mal por el animal, pero se da cuenta de que no siente ninguna lástima por Morgan. Todo lo contrario: se alegra de que su madre sufra; la odia y quiere acabar con ella.
—Necesito que me ayudes, Chloe.
¿Ayudarla? La escritora sabe perfectamente cuál es el destino de Natalie, cómo va a terminar todo.
Aun así, se sorprende disfrutando del momento de desesperación de su hermana.
Lo disfruta porque se siente importante: su hermana mayor la necesita, se ha tirado al suelo para pedirle que la ayude y, aunque sabe que no hay nada que hacer, el poder que siente que tiene sobre ella le hace sonreír.
Por eso, en lugar de decirle la verdad, decide esperar y saborear su poder.
Empieza a acariciarle el pelo muy despacio y entonces Natalie alza la mirada hacia Chloe; una mirada brillante en la que ya no queda ningún ápice del odio que le ha hecho matar a un animal a sangre fría.
Asustada de sí misma, le ruega: —Ayúdame, Chloe.
—¿Cómo?
Natalie se pone de pie y le da la espalda a su hermana para acercarse al lavabo y tomar el arma blanca que había dejado en la encimera. Después se gira lentamente hacia Chloe sujetando la navaja en alto. La hoja de acero inoxidable tiene gotitas de sangre y restos de jabón.
—Tengo una idea —dice Natalie—. Y, antes de que me digas que es imposible, necesito que me escuches.
Chloe ve la navaja y comprende que eso era lo que estaba haciendo cuando la ha interrumpido en el baño: intentar limpiar sus huellas.
—Es la navaja de Austin —dice—. Se la has robado.
—Diremos que fue él quien lo mató.
—¿Esa es tu idea?
—Es el principio, aún no te he contado el plan entero.
—Natalie, nadie te va a creer. Todos van a saber que fuiste tú.
—Hablaré con Bonnie también, y con Jessie y Rubí. Seguro que puedo convencerlas. Si todas nos ponemos de acuerdo y decimos que fue él, quizá… Quizá vosotras tengáis alguna posibilidad de ganar la herencia.
—Natalie… no va a funcionar —insiste.
—Yo ya he perdido el premio. No quiero perder también mi casa ahora, no quiero tener que irme tan pronto. Por favor, Chloe.
Chloe no responde, y su hermana le advierte:
—Esta es la única forma de evitar que Austin gane. Sabes que tengo razón, así que piensa bien lo que vas a hacer. Si no me ayudas, no volverás a tener una oportunidad como esta. Te estoy ofreciendo algo que nos beneficia a las dos.
—Yo tampoco voy a ganar, Natalie. Si no es Austin, será Bonnie, pero no seré yo. Eso lo tengo más que asumido.
—Nos encargaremos de eliminar a Bonnie más adelante. Yo te ayudaré, te lo prometo. Si consigues sacarme de esta, haré lo que me pidas.
Chloe niega.
—Lo siento, pero no.
Los ojos de Natalie se llenan de lágrimas.
—¿Por qué no quieres?
Y la escritora, con su decisión tomada, responde tajante:
—Porque eres una asesina. Y ahora te toca pagar por lo que has hecho .