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A ustin abre la puerta de su habitación a la vez que lo hace Jack, como en un baile ensayado.
Algunas coincidencias pueden ser bonitas; otras deberían venir con un manual de instrucciones para saber cuál es la mejor manera de enfrentarlas.
¿Qué es lo primero que deberían decir o hacer en su situación?
Ayer se besaron dentro del laberinto, pero no fue solo un beso, fue un intercambio entre dos personas que decidieron desnudarse delante de la otra; fue guía, aprendizaje y un salto de fe. Pero después de aquello que se dieron el uno al otro, de todo lo que sintieron, ¿qué es lo siguiente?
El ser humano, cuando no sabe muy bien qué hacer, suele dar un paso atrás.
A veces para verlo con perspectiva, a veces por miedo.
En el caso de los dos hermanos, es por lo segundo y porque no saben si deberían volver a proteger aquello que ya se le ha dado al otro.
No lo saben, porque sienten que todo acaba de complicarse por culpa de Morgan.
Lo han visto primero en la pantalla del televisor y lo ven ahora escrito en los ojos del rival.
Se miran durante un minuto más, los dos en el rellano, despeinados y en pijama.
Austin hace una inhalación con la que expande su pecho mientras Jack exhala y se vacía como una bolsa.
Jack piensa en la cúpula que Austin rompió ayer y se pregunta cómo puede protegerse ahora; si debería o no hacerlo. Espera a que Austin hable antes de decidir, pero el silencio del actor y sus labios apretados parecen indicarle que, está vez, le toca a él dar el primer paso.
—Buenos días.
—Buenos días, rubio.
Jack se frota los ojos.
—Deberíamos… —deja la frase sin acabar porque sus ojos resbalan hasta la boca de Austin, y olvida lo que estaba diciendo.
—¿Bajar a desayunar?
Traga saliva y asiente.
—Sí. Deberíamos bajar.
Lo que deberían hacer es dejar de comerse con la mirada.
Desde que se miran la boca, han dejado el miedo y la sensatez en un segundo plano; ahora los dos parecen un animal hambriento que saliva mientras se acerca muy despacio a su presa.
Se están aguantando las ganas de repetir el beso. El recuerdo los pellizca con más fuerza que antes, y notan la cuerda que tira de ellos. Austin intenta soltarla antes de que se acerquen demasiado.
—Joder, Jack.
—Lo sé.
Están a un metro de distancia. Si se acercan más, corren el riesgo de perder la cabeza. Así que se quedan en el sitio, pero luego el actor se humedece el labio inferior y Jack lo imita como si fuera su espejo.
Entonces sí, Austin carraspea y rompe la burbuja de intimidad antes de verse atrapados en ella. Y lo hace diciendo algo que preferiría no tener que nombrar por todo lo que implica.
—Morgan ha puesto una nueva regla.
Eso es suficiente para que los ojos de Jack también abandonen su boca y suban.
—¿Crees que ella… lo sabe?
Hablan en voz baja para que nadie los pueda escuchar.
Austin inhala y exhala profundamente.
—Ni idea. Quiero pensar que no, pero la verdad es que no lo sé. Es raro que nosotros ayer… y ahora de repente esto. Bueno, no es raro. Es una putada.
—Tampoco es que te estuvieras planteando compartir el premio conmigo, ¿no?
Jack cree saber la respuesta, por eso le molesta que quiera que Austin le saque de su error, que le sorprenda y le diga que sí, que habría compartido el premio con él en el caso de ganar.
Le molesta ver lo poco que le cuesta agarrarse a una esperanza que es, a su vez, un callejón sin salida; porque la realidad es que, responda lo que responda, no va a cambiar nada.
—¿Tú lo habrías compartido conmigo?
—Eso no vale, Austin. Yo he preguntado primero.
—Pero ya no estamos jugando al juego de las preguntas.
—¿Quieres volver a jugar? —propone Jack.
—No.
—¿Porque te da miedo decírmelo?
El grito de Maximus interrumpe la conversación y los pone en alerta:
—¡¡Eh!! ¡¡Venid aquí!! —Su voz viene de abajo. Los hermanos se asoman por la escalera, pero no ven al mago—. ¡¡Todos al salón!! ¡¡¡Rápido!!!
Alguien está usando el ascensor. Austin y Jack tienen que bajar por las escaleras y, aunque se dan prisa, llegan los últimos: todos sus hermanos están ya de cara a la pantalla.
La imagen ha cambiado y ahora aparece la lista de la clasificación; pero no hay puntos y solo son nueve.
—No… no puede ser… —dice Natalie.
Rubí se aproxima a ella. La influencer se ha quedado pálida.
—No tienes buena cara.
Natalie no responde, apenas respira.
—A ver, a ver… Estoy yo… —Rubí señala su propio nombre en la pantalla y empieza a bajar como si fueran escalones—, está Austin…
, Jessie…, Bonnie…, Maximus…, Nolan…, Jack…
, Grace…, Chloe… y… ¿Me dejo a alguien? ¡Oh!
¡Faltas tú! Pero, bueno, ¿dónde te has metido?
¿Será cosa de Maximus? Voy a mirar dentro de su chistera, a ver si resulta que ahí está tu nombre…
—Rubí, para —le ordena Austin—. Te estás pasando.
—La que se ha pasado ha sido Morgan, no yo. Yo no la he eliminado.
Natalie tiene la mirada perdida en la pantalla.
—Ella nunca me haría… Ella… mi madre… ¡¡¡Hija de puta!!!
Todos se giran y la miran con los ojos como platos.
Rosario, que se encontraba haciendo las camas, baja lo más rápido que puede e intenta controlar la situación.
Se supone que eso le corresponde más a Scott que a ella —mantener el orden—, pero él no reacciona, solo bloquea la entrada del salón.
Es por ello que lo primero que ve la asistenta es la enorme espalda del guardaespaldas; el hombre tiene los brazos cruzados y la mirada fija en la influencer , vigilándola.
Rosario le pide a Scott que la deje pasar, y luego se dirige a Natalie para tratar de calmarla antes de que las cosas se descontrolen.
Morgan se ha ausentado porque sabía que la bomba estallaría y la asistenta debe minimizar los daños. Pero lo peor que le puedes decir a una persona a la que le está dando un ataque de nervios es que se tranquilice.
—¡¿Que me tranquilice?! ¡¿Después de que esa zorra me haya eliminado de la competición?!
—No llame así a su madre. Ella la quiere… Seguro que solo es un error.
Natalie suelta una risa tan fría como para cortar el aire.
—¿Lo crees de verdad, Rosario? Mírame a los ojos. ¿Crees que es un error?
Rosario recuerda a Morgan con el ordenador en la cocina; por eso abre y cierra la boca, boqueando como un pez.
—Ni siquiera eres capaz de negarlo porque sabes que tengo razón —espeta Natalie.
Después gira la cabeza hacia Jack como una muñeca, con la mirada oscurecida y una sonrisa que da miedo.
—¿Estás contento? Mira lo que has conseguido.
—¡Yo no he hecho nada! —se defiende el otro.
—Exacto —grita—. Te pedí ayuda y no quisiste hacer nada. Esto también es por tu culpa.
La influencer se la tiene jurada desde que él rechazó ayudarla con sus redes sociales. Cree que esa era su única oportunidad: grabar contenido con Jack para recuperar la atención. Por su culpa no ha ganado puntos y, después de tanto tiempo con el marcador a cero, Morgan ha decidido desclasificarla.
La sonrisa se congela en su rostro mientras barre con los ojos al resto de sus hermanos; después les da la espalda y sale al jardín. Todos, desde el salón, siguen a Natalie con la mirada hasta que su silueta se convierte en un punto.
Ninguno va detrás de ella; la mayoría porque creen que es mejor dejarla sola. En el caso de Bonnie, no lo hace porque está llorando.
—Eh, ¿estás bien? —le pregunta Austin.
El actor cree que la cocinera llora porque le da pena lo que le ha pasado a Natalie, pero en realidad llora porque le da miedo lo que ha visto.
—Natalie no parecía ella.
—¿A qué te refieres?
—Su sonrisa.
—Es verdad —coincide Rubí—. Parecía una loca.
—Solo está enfadada —dice Austin.
—¿Solo enfadada? —le replica Rubí a su hermano—. Parecía una loca que se iba a cargar a Jack. A lo mejor es eso, que ha perdido el juicio. Sinceramente, creo que si no nos ha hecho nada es porque era ella contra todos. Pero llega a tener una metralleta y de aquí no sale vivo ninguno.
Jessie, con los ojos clavados en los nueve nombres que aparecen impresos en la pantalla, murmura:
—Me preocupa lo que la desesperación hace con las personas.
—A mí me da pena —dice Grace.
—A mí miedo —reconoce Bonnie.
Jack se aclara la voz.
—No hay que tenerle miedo. No creo que Natalie nos haga daño, solo está disgustada.
Entonces Jessie se vuelve hacia él y le dice muy seria:
—Yo en tu lugar no estaría tan tranquila.
Los diez sabían que competir por la herencia acabaría sacando lo peor de cada uno, pero ninguno estaba realmente preparado para que les tocase vivir las consecuencias tan pronto.
La anterior sonrisa de Natalie es el resultado de lo que emerge de la parte más oscura de una persona cuando la desesperación y el odio toman el control.
Después de esa primera reacción, se forman tres grupos en los que siguen comentando lo que acaba de pasar: Bonnie, Grace y Austin por un lado; Maximus, Nolan, Rubí y Jessie por otro; y, luego, Chloe y Jack.
Jack no tenía ninguna intención de quedarse hablando con Chloe, pero ella lo ha interceptado y no lo suelta.
—Sinceramente, no me parece normal. Has sido el último en llegar, debería faltar tu nombre, no el de Natalie. Ni siquiera te mereces los puntos que tienes.
—Es Morgan la que lo decide todo —responde él.
—Pero ¿te parece justo?
—No.
Algo en Chloe cambia, algo que la hace más oscura.
—Yo odio las injusticias, Jack.
—¿Y qué culpa tengo yo?
—Ahora no te hagas el inocente.
—¿Qué quieres decir?
—Algo has hecho.
—No he hecho nada.
—Morgan te da un trato de favor. Algo has tenido que hacer que no nos has contado.
Jack susurra:
—Creo que tú también tienes mucho que contar.
Los ojos de Chloe brillan peligrosamente.
—Cuidado —dice, bajando la voz—: Otra persona podría pagar las consecuencias.
Entretanto, en otro grupo, Jessie pregunta:
—Pero ¿por qué ahora? No tiene sentido que la elimine. Si no tenía posibilidades de ganar el premio, ¿por qué sacarla de la clasificación? Podría haberla dejado con cero puntos y ya.
Nolan se encoge de hombros.
—Es «El Juego de Morgan» —resume Maximus—. Ella puede hacer y deshacer a su antojo. No hay mucho más misterio. Es su herencia, ella pone las reglas y nosotros somos sus peones.
Natalie camina con los ojos fijos en el césped, pero lo mira sin verlo; está pensando en otra cosa. Ella creía que para estas alturas ya se habría vengado de Jack, pero al parecer nadie ha encontrado la llave en su habitación. Eso o la ha encontrado el propio Jack y se ha deshecho de ella.
La influencer se arrepiente de haberlo dejado en manos de Bonnie. Tendría que haberse encargado ella personalmente. Si lo de la llave hubiera salido según su plan, Morgan habría expulsado a Jack y quizá ella aún seguiría en la competición.
Aunque sabe que eso tampoco cambiaría su destino: su madre habría terminado eliminándola antes o después. Morgan nunca ha sido una madre de verdad, y Natalie nunca se ha sentido querida por ella.
Se lo ha quitado todo: le ha quitado la posibilidad de competir, le ha quitado su parte de la herencia, le ha quitado la esperanza, le ha quitado ha Gus. Y como Morgan se lo ha quitado todo, le parece justo que ella también le quite algo.
Camina por el jardín pensando en cómo vengarse, empujada por el odio y la tristeza.
La respuesta aparece delante de sus narices cuando, después de sortear las raíces de los árboles que la llevan hasta el estanque, Natalie pisa la tierra húmeda y blanda y sus ojos suben hasta chocar con los del cisne .