Cómo matar a un cisne 67
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L os besos son pequeños desastres naturales.

Cada vez que una boca se fusiona con otra, en ese punto de unión entre dos cuerpos independientes, algo en nosotros y en la persona que besamos cambia.

Hasta cuando creemos que no lo hará porque no hemos sentido mariposas, porque es un beso que regalamos borrachos a un desconocido, en una discoteca, a las cuatro de la madrugada.

Pero incluso entonces, hay un intercambio de energía; un trozo que la otra persona se lleva de ti sin tu permiso y que tú también te llevas de ella, y que, aunque el tiempo termine borrándolo, durante los próximos días se te queda pegado como una mancha de aceite en una camiseta blanca.

Los besos son portales.

Los besos pueden hacernos sentir un placer al que resulta fácil hacerse adicto; pueden hacernos perder la noción del tiempo al no poder dejar de besar a la otra persona, buscando quedarnos con un poco más de ella en cada beso: de su boca, de su olor, de su suavidad, de cómo nos hace sentir…

Como si quisiéramos absorberla para seguir bebiendo de esa fuente de deseo infinita.

Los besos pueden hacernos sentir completos si besamos a la persona que queremos; vacíos si buscamos en otros labios rellenar los huecos que no sabemos cómo tapar.

Muchos se dan a la persona equivocada. Unos pocos se convierten en un punto de inflexión; otros, en el comienzo de algo bonito que, si se cuida, puede durar toda la vida.

Algunos suponen una nueva oportunidad; otros se dan por venganza y rompen relaciones.

Pero da igual los besos que des: siempre se recuerda el primero. La primera vez que tu boca se une a la de otra persona, la primera vez en la que te ves cerrando los ojos para dejarte llevar en ese baile de lenguas, calor y saliva.

Es lo que le pasa a Jack, que nunca se había besado con nadie. Esta es su primera vez y Austin le lleva de la mano en el beso, guiándolo.

Cuando separa los labios para recibir la lengua de Austin, el calor explota en su boca y sus puños se relajan hasta dejar las manos muertas. Jack se deja llevar sin sentir que tiene que protegerse de algo o de alguien, porque decide confiar —ahora sí, por completo— en Austin Brooks.

Cuatro latidos después, empieza a ser consciente de lo que está pasando entre el actor y él, como si desde el momento en el que Austin lo ha besado se le hubiese olvidado todo: dónde está, qué está haciendo, cuándo ha cerrado los ojos…

Se da cuenta de que está besando al chico que se prometió que odiaría en el centro del laberinto de estatuas, ocultos por las altísimas paredes de ramas y hojas que forman los setos.

Está besando a su rival más fuerte, el que tiene más posibilidades entre los diez de terminar convirtiéndose en el único heredero del Cisne Negro.

Se da cuenta de eso y de algo que le llama aún más la atención: el beso de Austin es lo opuesto a su sonrisa.

El actor presiona los labios contra los suyos e inclina la cabeza para hacer que el beso sea más profundo, como si quisiera llegar a todos sus rincones. Pero lo hace despacio, dolorosamente despacio. A pesar de las ganas, a pesar de que ha roto su promesa porque ya no aguantaba más.

Cada roce y caricia es lenta y cuidadosa.

No es como cuando sonríe. Ahí sus comisuras reptan tan rápido que sus labios apenas tienen tiempo para dibujar la curva que se imprime en su rostro.

Su sonrisa parece una foto que sale borrosa.

En cambio, besa a Jack como si tuviera todo el tiempo del mundo.

No necesita hacerlo con la misma velocidad con la que sonríe porque no quiere esconderse; quiere que Jack descubra cómo es cuando se quita el disfraz de vampiro y de estrella.

Eso no significa que Austin no se muera por sentirlo cada vez más, de apretarlo contra su cuerpo y arrancarle la ropa.

Pero controla su instinto primitivo y se esfuerza en seguir haciéndolo despacio.

Porque hay algo más fuerte y más verdadero que la atracción que le despierta Jack Brooks: quiere demostrarle que lo que siente por él tiene poco que ver con una erección y mucho con aquello que protegemos por el miedo a que nos hagan daño.

Todo lo que le quedaba por decir en voz alta se lo deja escrito en los labios, de ahí la importancia de besarlo a cámara lenta: para que Jack no tenga más dudas, para que sepa que detrás de sus comentarios subidos de tono y de esa fachada de estrella, se esconde una persona a la que le asusta y le ilusiona a partes iguales haber conocido a otra que hace que su mundo se sienta cada vez menos vacío.

Eso es Jack para él.

El chico que tiene el poder de hacerle recuperar esa ilusión que había creído perder para siempre.

Durante los dos o tres minutos que dura el beso, el único punto de unión entre Austin y Jack son sus labios. Por lo demás, no se tocan; no se clavan los dedos en la cintura, no se tiran del pelo, no hacen todo lo que se suele hacer cuando el placer parece incontrolable y busca una puerta de salida.

Austin no toca otra parte de Jack porque besarlo se siente como estar delante de un pájaro lleno de colores y en peligro de extinción; le da miedo hacer cualquier movimiento brusco que lo asuste y salga volando. Podría no volver a verlo nunca más.

Jack, por su parte, piensa en que el momento que está viviendo con Austin es una de esas cosas que no se vuelven a repetir, que suceden una vez y ya.

Para él, ese beso es el primero y también parece el último.

Es como si no necesitase visitar otras bocas para saber que con ninguna funcionará igual de bien; que, si besa alguna después de la suya, no será lo mismo.

La culpa la tiene Austin, que se ha entregado por completo en el beso.

Se ha entregado, pero no ha querido dárselo todo de golpe.

En lugar de correr, ha ido moviendo los labios despacio sobre los suyos, fraccionando el beso a conciencia.

No con la intención de que Jack se desesperara y le pidiera más, sino para estar seguro de que este no se perdía ninguna parte de todo lo que quería que supiera de él.

Gracias a eso, Austin le ha hecho sentir que se ha pasado toda la vida besando; le ha enseñado todo lo que sabía por su experiencia, y todo lo que también podría llegar a aprender besando otras bocas.

Por eso Jack decide saborearlo antes de que termine, intentando encerrar el recuerdo de ese beso en un tarro de cristal para cuando necesite volver a él.

Y mientras intenta memorizarlo todo —como la presión y huella de sus colmillos sobre su lengua o la suavidad con la que sus labios se mueven—, se pregunta si Austin también estará aprendiendo algo nuevo en este beso, y si siente que con él ha sido mejor o peor al tener con qué comparar.

El beso no va a más: Austin presiona sus colmillos sobre el labio inferior de Jack y este responde apretando aún más los ojos.

Juegan a morder y chupar, pero siempre manteniendo las manos a los lados, los dedos apuntando al suelo.

Con los pechos separados, pero tan cerca a la vez que los latidos parecen compartidos.

La respiración acompasada y el aire que choca sobre la piel del rival como una brisa suave.

El beso termina, se separan con cuidado y abren los ojos a la vez.

Austin murmura:

—¿Te imaginabas que sería así? Besar a alguien.

Y Jack responde sin pensar:

—Si esto fuera una película, creo que sería mi favorita. No podría haber sido mejor.

—Y… ¿tengo yo algo que ver?

—Sí —reconoce, ahora con un hilo de voz.

Austin dibuja una sonrisa rápida y torcida.

—Me alegro.

Los dos se miran en silencio, viendo si encuentran algo distinto en el otro. Porque son los mismos y a la vez no.

Jack da un paso atrás para estudiar mejor la expresión de Austin.

Le interesa comprobar si todo lo que le ha entregado durante el beso sigue ahí o si es una puerta que se ha vuelto a cerrar.

Y lo que encuentra le sorprende y no debería: el actor sigue mostrándose igual que lo ha besado, entero y sin disfraz.

En realidad, ambos se lo han q uitado. Austin lo ha hecho al besarlo de esa forma, y Jack al aceptar sus labios y dejarse enseñar por él.

—Aunque he descubierto que no tengo tanta fuerza de voluntad como creía, porque he roto mi promesa —comenta Austin—. Te dije que el beso lo dejaría a tu elección y he elegido por ti.

Si Jack tarda demasiado en responder, volverá el miedo y no será sincero.

Y quiere seguir siendo sincero con Austin porque no solo le ha regalado su primer beso, también ha puesto todo de su parte para hacerlo especial.

Por eso, como siempre es más fácil responder desde el corazón si cierras los ojos, vuelve a cerrar los suyos y se escucha decir: —No lo has hecho, Austin. Yo ya te había elegido hace tiempo.

Después abre los ojos de nuevo, muy despacio, y descubre otros azules que lo miran con una sonrisa inmensa pegada en el rostro.

—Gracias.

—¿Por decirte algo bonito que mañana negaré y diré que te has inventado?

—Por sentir que no necesitabas protegerte de mí.

Es cierto, no se ha protegido de él. Tomar conciencia de ello le gusta y a la vez no. Se siente desnudo aunque Austin no le haya quitado la ropa, porque, mientras se besaban, se ha relajado tanto como para permitirle que lo vea por dentro.

Desde el principio, Jack ha estado metido en una cúpula de cristal que lo separaba de Austin, pero este ha sido capaz de ir rompiéndola poco a poco y cada recuerdo compartido estiraba la grieta o creaba una nueva.

El beso ha reventado el cristal.

Y ahora que Jack no tiene cúpula en la que esconderse, siente que Austin puede acceder a su mundo. Que puede saberlo absolutamente todo de él. Que puede llegar a todos los rincones de su mente y de su cuerpo. Eso tiene un lado bonito…, pero también otro profundamente peligroso.

—Yo he hecho lo mismo contigo —continúa Austin—. No me he protegido. ¿Me crees si te digo que, aunque haya besado a muchas chicas, lo que hace que este beso sea distinto a los demás no es que tú seas un chico?

—Entonces, ¿qué lo hace distinto?

—Te vas a reír, pero… siento que es la primera vez que beso a alguien de verdad.

Jack no se ríe; esa confesión no le hace ninguna gracia. No le hace gracia, porque le hace sentir cosas que no quiere sentir por él aunque ya sea tarde. Le asusta tanto la facilidad con la que Austin consigue que su mundo se tambalee que podría darse la vuelta y echar a correr.

—No te creo —dice, poniéndose a la defensiva por culpa de su inseguridad.

A Austin le vibra el pecho al soltar una carcajada.

—Te estoy diciendo la verdad.

—Y yo te estoy diciendo que no te creo.

—Pues eres tonto. ¿No has sentido mi boca? Mi boca ha hablado por mí. Ni siquiera tienes que mirarme a los ojos para saber que no te estoy mintiendo, solo necesito que recuerdes el beso.

Al recordarlo, todas las cosas buenas que ha sentido Jack se arremolinan unas con otras formando un tornado en su pecho. Hace una respiración profunda e intenta que todo vuelva a ser calma, pero tiene las emociones a flor de piel.

—Como ya he dicho, mañana lo negaré todo y diré que te lo has inventado.

Austin enarca una ceja.

—Vale. Para que yo me entere…, ¿tu plan es hacer como si nunca nos hubiéramos besado?

—Mi plan es hacer como si no hubiera sido importante para mí.

—Entonces, sí lo ha sido.

—Sí.

—Pero no quieres que lo sea.

Jack se toma un momento para responder.

—Quiero olvidarlo —murmura.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—«Porque sí» no es una respuesta.

Jack inhala profundamente.

—Porque esto está destinado al fracaso, Austin. Porque no importa que ya no pensemos solo en el premio.

—Yo creo que sí es importante.

—No lo será cuando… —Jack hace una pausa y piensa la mejor manera de explicarse—.

Mira, hasta ahora, nosotros hemos tenido que elegir entre ganar puntos o ayudar al otro.

Elegiste creerme cuando encontraste la llave de Maximus en mi cuarto, y te lo agradezco.

Si no hubieras confiado en mí, o si me hubieses creído pero hubieses preferido usarlo en mi contra, yo no seguiría en la competición porque ya no viviría en esta casa y Morgan te habría recompensado.

—No me jodas, Jack. Pues claro que te creí. ¡Tú me salvaste la vida! Y ahora has elegido no usar el juego de las preguntas para superar una prueba individual.

—Sí… Pero sigue sin ser el premio. Son solo puntos.

La mirada de Austin se ensombrece al comprenderlo y traga saliva.

—Entonces, lo que dices es que, cuando se acerque el final y nos toque elegir entre la herencia o nosotros…

—Los dos sabemos qué pasará .