66 #2
El problema es que a Austin cada vez se le hace más difícil esperar, tener cuidado…
Está cansado de tener que ir con pies de plomo, de que los dos tengan que apartar la mirada cuando el silencio los invita a acercarse, de sentir que una cuerda tira de ellos y que deben soltarla como el que retira la mano del fuego…
Por eso responde: —Pero es que quieres hacerlo. Los dos queremos.
Austin lo nota en la boca del estómago, siente cómo sube y se le expande por el pecho; una pelota en llamas que gira y toma velocidad.
Cada vez se le hace más difícil controlar su instinto natural, taparle la boca al corazón y sostener la mentira.
Pero se ha prometido no hacer nada de lo que Jack no esté seguro.
Este mira un segundo su boca, y luego suspira y dice:
—Era más fácil cuando te odiaba.
—Nunca me has odiado de verdad, Jack.
—Pero en algún momento se me ha olvidado que era peligroso encariñarme contigo.
Austin esboza una pequeña sonrisa.
—¿Por el premio?
—Por todo.
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿Y crees que te arrepentirías de besarme?
—Sí.
El actor da un paso hacia él.
—¿Estás siendo sincero, rubio?
—Estoy siendo cobarde.
—¿Hasta cuándo lo vas a ser?
—Hasta que las consecuencias pesen menos que las ganas.
—¿Qué es lo que te da más miedo?
Jack sigue el recorrido que hacen los ojos de Austin por su rostro hasta que caen sobre su boca, y entonces humedece la suya.
—Que el topo encuentre algo que pueda usar contra nosotros. Todo lo que pasará si eso sucede. —Dice «el topo» cuando en realidad podría decir «Chloe»; este es un secreto que Jack le oculta a Austin.
Austin levanta la mirada hasta sus ojos verdes; lo hace con la rapidez del que suelta el arma del crimen para que nadie piense que ha sido él, pero la intensidad con la que luego se queda mirando a Jack lo delata.
Da igual dónde ponga los ojos, si se trata de Jack, siempre brillarán de una forma distinta.
Separa los labios y responde:
—No creo que el topo encuentre nada mientras los dos sigamos aquí encerrados.
—Bueno —dice Jack—. Podría estar en la puerta grabando la conversación.
Austin piensa en las consecuencias. Su carrera se vería afectada aunque Sarah declarase públicamente que ella y el actor nunca habían estado juntos de verdad.
Nadie podría tachar a Austin de ser infiel, pero eso no cambiaría mucho su nueva realidad: cuando un actor sale del armario, aunque se declare bisexual, muchas personas ya no lo ven con los mismos ojos y prefieren que sea un actor heterosexual quien interprete algunos papeles.
Es algo que también se lo ha advertido Robert, su representante.
—¿Quién crees que es el topo?
Jack no le dice que él ya lo sabe. No le dice que, si no ha delatado a Chloe, ha sido para que ella no saque a la luz su secreto. No se lo dice porque no quiere que Austin sienta que le debe algo por protegerlo.
—No tengo ni idea. Podría ser cualquiera de nosotros.
—Está bien. Oye, si te llevo a un sitio donde nadie nos va a poder escuchar, ¿jugarías a un juego conmigo?
Jack frunce el ceño.
—Depende del tipo de juego.
—Tranquilo, no va por ahí. El juego es sencillo: yo te hago una pregunta y tú me haces otra.
Podemos preguntar lo que queramos. La única condición es que tenemos que ser sinceros y que no se lo podemos contar a nadie.
—Nada más proponérselo echa a andar hacia la puerta, seguro de que Jack lo va a seguir.
Efectivamente, el otro lo sigue empujado por la curiosidad.
—¿Adónde vamos? —pregunta cuando ve que llama al ascensor.
Las puertas metálicas se abren y Austin hace una reverencia para dejarlo pasar primero.
—Al fin del mundo, rubio.
—No empieces con tus bromas.
Austin pulsa el botón marcado con un cero y el ascensor empieza a bajar.
—¿Vendrías conmigo?
—¿Es esa la pregunta que quieres hacerme?
—No, esta no cuenta. Y vamos a jugar a hacernos dos.
Jack finge meditarlo por un segundo. La idea de irse con Austin al fin del mundo le gusta: hacer las maletas, alejarse de las cámaras y de la fama que los persigue, de lo que puedan decir sobre ellos, de la competición…
Los dos dejándose llevar y descubriendo quiénes son y qué sucede cuando no hacen caso al miedo.
La respuesta es sí: sí se iría al fin del mundo con Austin Brooks.
Pero como él no ha querido gastar su primera pregunta, no responde.
Las puertas del ascensor se abren y el actor lo lleva hasta el laberinto de estatuas; caminan entre dos altísimas paredes de ramas y hojas.
Jack echa la cabeza hacia atrás y observa el cielo gris enmarcado por la vegetación.
Las paredes del laberinto los obligan a cambiar de dirección continuamente.
No saben cuánto tiempo llevan caminando, el suficiente como para perderse y que sea seguro lanzar la primera pregunta.
Austin es el primero en empezar:
—¿A cuántas personas has besado?
—A ninguna.
—La gracia del juego es que no se puede mentir.
—Es la verdad. Nunca he besado a nadie.
El actor parpadea despacio y no se molesta en disimular su cara de sorpresa.
—Está bien, te toca.
Jack lo mira a los ojos.
—¿Para ti es solo atracción?
—No. —Su voz tiene tanto aplomo que no permite ningún resquicio de duda.
Jack se muerde la cara interna de las mejillas para evitar sonreír. Fija la mirada en la pared verde a la que se acercan y diez pasos después giran a la derecha.
—Te queda una pregunta, Austin.
—¿Desde cuándo sabes que te gustan los hombres?
—Esa pregunta ya me la has hecho otras veces.
—Pero entonces no estabas obligado a ser sincero.
Las manos de Jack se convierten en puños porque su primera reacción es negarlo y ponerse a la defensiva, pero enseguida hace el esfuerzo de calmarse. Austin tiene razón, los dos se han comprometido a ser lo más honestos posible.
—Me atraen las mujeres. Tú eres el primer chico que me gusta. Y… bueno, es que no sé. Aún no sé quién soy, Austin. Esa es la verdad, que me siento perdido. Creo que eso es lo que más miedo me da.
—¿No saber quién eres o descubrirlo?
—Las dos cosas.
—Por eso no me has besado.
—Sí.
—Pero hubo una vez en la que me pediste que lo hiciera, que te besara.
—También te dije que te dieras prisa porque sabía que no tardaría en cambiar de opinión. Porque sí: me da miedo que nos descubra alguien y que se haga público, pero, sobre todo, me da miedo lo que vaya a descubrir de mí mismo; que cuando me encuentre y sepa quién soy, no me acepte.
Austin no responde. No porque no tenga nada que decir, sino porque ve que es un tema delicado y prefiere que Jack decida hasta dónde le quiere contar. Así que no sigue hablando del tema y, como Jack tampoco añade nada más, los dos se quedan en silencio.
Solo se escucha el sonido que hacen al pisar la tierra y el que susurra el viento al atravesar las ramas.
Las paredes del laberinto se estrechan según avanzan, y llega un momento en el que sus hombros se rozan sin querer. Cuando eso ocurre, Jack recuerda que antes le ha dado la mano a Austin y piensa en lo mucho que le gustaría volver a tomarla.
Como esta vez no encuentra el valor, carraspea y dice:
—Me toca a mí. Y es la última pregunta.
—Vamos, Jack. Dispara —responde Austin, y achica los ojos mientras los clava en él.
Sabe lo que le va a preguntar, por eso contrae el gesto de la cara, porque prevé que va a tener que viajar a su infancia para escarbar en la herida y no va a ser agradable.
—Si esto fuera una película, ¿qué te gustaría que pasara?
Austin se detiene en seco, sin dejar de mirarlo a los ojos. Jack también deja de caminar y se vuelve hacia él.
—No entiendo nada.
—Es una pregunta sencilla.
—Estaba convencido de que me preguntarías por mi secreto. Podrías haberte llevado los treinta puntos de tu prueba individual.
Jack frunce el ceño.
—Así que era por eso, ¿no? Creías que aprovecharía esto para ganar una prueba…, pero al final resulta que la prueba me la estabas haciendo tú a mí. Por eso querías jugar a las preguntas.
—Sí, pero yo con esto no voy a ganar puntos —asegura—. Lo que quería era saber qué decisión tomabas si te daba la oportunidad de elegir entre el premio o yo.
—Pues ahora ya lo sabes.
—Sí, lo sé, y… sigo sorprendido. ¿Puedo preguntarte por qué?
—El juego ha terminado, Austin.
—Va, no seas así.
Jack lo mira.
—Porque sé que es doloroso para ti y no quiero hacerte pasar por eso. Además, hay cosas que solo nos corresponden a nosotros. Y esto te corresponde a ti. Puedes contármelo algún día si quieres, o puedes no contármelo nunca. Es tuyo y tú decides.
Austin sabe poco sobre el amor, pero al escuchar a Jack comprende que el amor tiene mucho que ver con eso: con proteger al otro, con cuidarlo, con la lealtad.
—¿Puedes repetirme la pregunta?
Jack se la repite:
—Si esto fuera una película, ¿qué te gustaría que pasara?
La primera regla del juego es que los dos tienen que decir la verdad.
El actor toma a Jack de la cintura y lo atrae hacia él mientras con la otra mano tira de su nuca.
Cuando sus labios están lo suficientemente cerca como para que no se toquen pero puedan sentir su calor, Austin Brooks, entre un latido y otro, murmura: —Esto me gustaría.
Y, entonces sí, cierra los ojos y lo besa .