66
U no de los grandes errores del ser humano es tratar de medir cuánto es el tiempo exacto que tiene que pasar para que los latidos de un corazón se enreden con otro.
Cuantos meses, días, horas, minutos y segundos se necesitan para que el «todavía no», se convierta en un sí.
Para que la gente pase de decir: «Es demasiado pronto», a decir: «Es demasiado intenso».
La historia entre Austin y Jack no trata de un amor incontrolable, sino de uno que nació siendo tan pequeño que ni los propios protagonistas fueron capaces de ver que la semilla ya estaba.
Han pasado nueve semanas desde aquella tarde de principios de agosto en la que casi se dan un beso en la habitación de Jack.
Siete semanas, desde que decidieron que era el momento de hablar de lo que estuvo a punto de ocurrir cuando se olvidaron del miedo, el premio y de todo lo que podía salir mal.
Esa noche, ellos estaban en la terraza y Chloe los espiaba desde la suya.
Lo último que hizo Austin antes de regresar a su cuarto fue dejar su puerta abierta para Jack, literal y metafóricamente; le dio la opción de escoger sin prisa.
Si Jack cambiaba de opinión, sabría dónde encontrarlo.
La única norma de la que no habían hablado, pero que estaba implícita, era que todo tenía que ser a escondidas.
Jack llega a la Casa del Cisne después de su segunda audición con Carter Edwards.
Le hace demasiada ilusión compartirlo con Austin. Por eso, cuando coincide con el actor en el rellano de la tercera planta, actúa sin pensar: toma la mano de su hermano para que le siga y se meta en la habitación con él.
Austin mira sus dedos entrelazados a los de Jack. Primero se sorprende y después disfruta de aquello que es efímero y que sucede pocas veces. El contacto dura diez segundos, el tiempo que tardan en cruzar el pasillo, atravesar la puerta y cerrarla por dentro.
Jack le suelta mano y Austin se arrepiente de haberlo permitido.
—Tengo que contarte algo.
—Por tu cara, deduzco que es bueno.
—Es mucho más que eso. Es… esto me podría solucionar la vida.
—Te escucho.
—Voy a firmar con Carter Edwards.
Austin esboza una sonrisa que le ocupa toda la cara.
—Joder. Me alegro muchísimo por ti. De verdad, esto es genial.
Jack lo abraza. No lo ha pensado porque está demasiado feliz como para ser consciente de lo que acaba de hacer, pero lo normal hubiera sido no compartir esta noticia con Austin.
Al final los dos son rivales y compiten por el mismo premio.
Esto que le acaba de decir supone un triunfo para Jack, que se traducirá en más puntos para él y en seguir avanzando a pasos agigantados; lo que es, para Austin, una enorme putada.
Pero si Austin se ha tomado tan bien la noticia, si se ha alegrado de corazón, es porque lo que le dijo a Jack era cierto: ya no piensa solo en el premio. Y eso es algo que debería cambiar si quiere convertirse en un buen jugador.
Si no actúa rápido, Jack podría quitárselo todo.
Pero ahora no quiere pensar en eso; quiere pensar en que Jack es feliz y en el abrazo que le está dando. En lo bien que huele su pelo y el punto de calor que crean al unir un cuerpo con otro.
Cuando dejan de abrazarse, Austin se muerde el labio inferior y se pregunta cómo es posible que Jack aún no se haya decidido si está claro que los dos se mueren de ganas.
Este se separa de él y le cuenta los planes de futuro que tiene el señor Edwards para impulsar su carrera como cantante.
—¿Ángel Caído? ¿Por qué ese nombre y no otro?
—Cree que puede funcionar.
—¿A ti te gusta?
—A mí sí.
—Bueno, pues si a ti te gusta, entonces genial. Eso es lo importante. Enhorabuena, Jack, estoy deseando tener tus canciones en mi Spotify.
A Jack le cambia un poco la cara.
—A Carter no le gustan mis canciones.
—Pues pídele a Morgan que te busque otro profesor de composición.
—Austin, esto es serio.
—Vale, vale. Entonces, si no le gustan, ¿qué vas a cantar?
—Él tiene once que cree que podrían funcionar. Solo tengo que meterme en el estudio de grabación y cantarlas.
—¿Y te parece bien? Al final vas a grabar un disco que no es tuyo.
—Será mi voz y llevará mi nombre, que no es poco.
—Tú no eres el Ángel Caído.
—A partir de ahora sí. Me convertiré en el Ángel Caído igual que Morgan se convirtió en el Cisne Negro.
—¿Crees que eso te dará más puntos?
—Creo que, si sale bien, os podré barrer a los nueve del tablero.
Austin ignora su amenaza. Ahora mismo, le preocupa más que Jack sea consciente de que va a firmar por un disco que no nace de él, y que tendrá que guardar sus canciones en un cajón.
—O sea que vas a aceptar todo lo que te pida ese productor, ¿así, sin más?
—«Sin más», no. ¡Él es Carter Edwards!
—Y tú eres Jack Brooks.
—No es lo mismo y lo sabes.
—Yo lo único que sé es que a mí me encantan tus canciones. Me refiero a la que has escrito solo tú.
Jack se relaja y sonríe.
Austin se queda con las ganas de sacar el móvil y tomarle una foto. Como eso sería raro, mira su sonrisa con mucha atención para proyectarla en su mente cuando quiera recordarla.
Aguanta unos segundos más así hasta que termina diciéndole:
—No te lo he dicho nunca, pero al principio no sonreías y ahora cada vez te cuesta menos.
—Es por tu culpa.
Le encanta esa respuesta.
—Creo que es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo.
Jack se pellizca el labio inferior cuando nota el inicio de una nueva sonrisa, que apunta a ser más grande que la anterior.
Ese gesto, que sirve para que sus comisuras no se eleven, es captado de nuevo por Austin, que lo recibe como un regalo.
Ve la forma en la que Jack se muerde el labio, y se imagina aplastando su boca contra la suya y tomando el relevo; se imagina mordiéndole, mezclando su saliva con la de él y luego mordiéndolo otra vez.
Tanta imaginación hace que cada vez tenga más calor.
—Deberías bajar eso de ahí.
—¿Qué?
Jack señala su entrepierna con el mentón.
—Ah. Joder. —Austin se lleva las manos para proteger el bulto. Le sorprende que el otro le haya hecho un comentario que podría haber salido de él.
—Sí… —dice Jack, con una voz que oscila entre la diversión y la timidez—. He estado a punto de preguntarte si tenías la navaja ahí escondida.
—La culpa es tuya, que no dejas de morderte el labio. No lo hagas más y listo.
A Jack no le gusta que le den órdenes. Quizá por eso se lo vuelve a pellizcar, o quizá lo hace porque se ha dado cuenta de que ese gesto tan pequeño le ha provocado una erección a Austin.
—Para. Estoy a punto de romper la promesa.
Jack frunce el ceño y le pregunta sin palabras: «¿Qué promesa?».
—Me prometí que no te iba a besar porque yo ya lo dejé en tus manos. Puedo intentar hacerte ver que los dos nos morimos de ganas, pero no te voy a robar un beso.
Entonces, Jack deja de morderse el labio y pronuncia, burlón:
—Todo un caballero.
—No me vaciles.
El otro sonríe de lado.
—¿Más tranquilo? ¿O necesitas que haga algo para que te relajes?
La mirada de Austin se oscurece.
—No sigas tirando de la cuerda si no quieres que me lo tome como una invitación.
—Vale, entonces, ¿cambio de tema?
—Sí. Puedes contarme cómo has conseguido firmar con Carter.
—Está bien. Me hizo dos audiciones… —Comienza a explicarle la primera.
El problema es que conforme habla se va animando más y más y, del entusiasmo, le cuenta sin querer en qué consistió la segunda—: …
entonces Carter me pidió que pensara en alguien a quién me apetecía besar antes de cantar y yo…
—Se interrumpe a sí mismo y nota que le arde la cara.
Austin sonríe de lado. Ahora es Jack el que está nervioso y él tiene el control de la situación, que es a lo que está acostumbrado.
—¿En quién pensaste?
—En nadie.
El actor se lleva una mano al pecho y finge que le han clavado una flecha.
—Oh, y yo pensando que ibas a decir mi nombre… Joder. Esto me ha dolido, Jack.
—Seguro.
—De hecho, puede que sea la segunda vez que me rompes el corazón —comenta con guasa.
Jack le sigue el rollo.
—¿Y la primera?
—La primera es que yo te dejara la puerta abierta a que sucediera algo entre los dos y que tú no hayas querido. —Se lo ha dicho con calma porque no quiere que Jack se lo tome como un ataque, sino como una forma de hablar del tema. Austin tenía esa espinita que necesitaba sacar.
El otro asiente con la cabeza y asume su parte. Nunca se ha acercado a él con la decisión tomada ni la pretensión de besarlo. Siempre ha sido para pasar tiempo con Austin porque con él se siente a gusto, escuchado y visto. Aun así…
—No es porque no haya querido.
—Sé que tú también quieres.
Sin ir más lejos, Jack se está esforzando ahora mismo en contener todo lo que Austin le despierta por dentro.
A lo que sí se ha rendido es a seguir haciéndolo por la noche: desde hace un tiempo, cuando está en la cama, se permite cerrar los ojos e imaginarse haciendo todas las cosas que no se atreve a hacer con Austin, como enmarcar su afilado rostro entre sus palmas, inclinarse hacia él y presionar sus labios contra los suyos; besar a alguien que es hombre, vampiro y rival.
—Lo que yo quiera no importa si nos pone en peligro a los dos —replica Jack.
Después de que Rebecca Collins hiciese pública aquella conversación privada entre el actor y el futuro cantante en la terraza, Austin y Jack han seguido creando recuerdos juntos; recuerdos que hacen más nudos y afianzan todo lo que ya sienten y que no se puede deshacer.
También se han visto obligados a ser aún más precavidos en público.
Gracias a eso, su familia ha sido testigo de la amistad entre los dos y no del amor que escapa por sus ojos cuando se quedan a un palmo de distancia.
Se han asegurado de que no escuchen ni vean nada que los pueda dejar expuestos.
Nadie en la casa —nadie salvo Chloe— cree lo que se ha dicho sobre ellos en las revistas del corazón.
En ese sentido, están a salvo. Pero no se la pueden jugar: el topo los vigila y solo necesita grabar la conversación la próxima vez para que todo se dé la vuelta.