Cómo matar a un cisne 57
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A lguien golpea la puerta de Jack con los nudillos.

—El Cisne Negro lo está esperando en el jardín. —Es la voz de Rosario.

Jack, que se encontraba componiendo una canción, cierra su libreta y baja por el ascensor hasta la planta principal.

Fuera, el sol se refleja en la piscina; el agua está tan calmada que parece un plato brillante.

Jack sigue a Morgan, obediente, y también inquieto por saber qué quiere de él.

Ella se mueve con la elegancia de una bailarina de ballet.

Lleva un kimono de seda con estampados de Celine, el pelo recogido en una coleta floja y echado sobre su hombro derecho.

Su rostro parece lavado y sin una gota de maquillaje.

Lo único que ha hecho ha sido pintarse los labios con el mismo tono rojo de Chanel de siempre y ponerse un poco de rímel.

Los dos dejan atrás la zona del parque con toboganes, columpios y cama elástica y, cuando Jack cree que se van a internar dentro del laberinto de estatuas, Morgan marca una nueva dirección que los lleva a pasear por el rosal.

Allí, sus finos dedos recorren el tallo de varias rosas hasta detenerse en una amarilla.

Y, en lugar de arrancarla como haría cualquier persona que descubre la belleza de la naturaleza al alcance de su mano, la actriz termina soltando la flor.

El tallo, lleno de espinas, escapa de sus garras y se balancea antes de quedarse completamente quieto.

—Se parece a tu tono de pelo —comenta Morgan, señalando la rosa amarilla.

—Según tengo entendido, tú también lo tienes igual de dorado, en realidad —responde Jack, porque recuerda el comentario que hizo Nicholas en la peluquería.

Morgan asiente con un leve movimiento de cabeza, como si su cuerpo se hubiese quedado ahí pero su mente estuviera en otra parte.

—Sí, también se parece a mi color natural.

Da la sensación de estar a punto de añadir algo más, pero luego se queda callada.

Algo extraño flota entre los dos.

Algo invisible que los une y que Jack no consigue descifrar.

—¿Por qué empezaste a teñirte el pelo de negro?

—Para dejar atrás la chica manipulable que era y convertirme en cisne.

—¿Tú, manipulable?

Morgan asiente y piensa en Adam Miller.

—Hubo una vez un hombre que hizo lo que quiso conmigo.

Jack intenta imaginarse a la mujer que tiene delante de joven, con el cabello dorado y sin sus alas de cisne; una Morgan maltratada por un hombre que no sabía la estrella en la que acabaría convirtiéndose y toda la influencia y el poder que ejercería sobre los demás.

¿Cuánto dolor puede soportar una persona antes de pegar un golpe sobre la mesa y hacer lo necesario para sobrevivir?

—¿No echas de menos a la Morgan de antes? No me refiero a la parte mala, me refiero a la otra. Porque supongo que también viviste cosas buenas.

—De pequeña estaba muy unida a mi hermano Christian. Tengo recuerdos bonitos de esa época con él, cuando los dos éramos pequeños y jugábamos en el parque.

Jack sabe que no se lo está contando a él, sino a alguien o a algo que está a lo lejos, escondido entre los árboles. Lo que no sabe es que Morgan también se guarda otros episodios que vivió con su hermano; episodios en los que no hay luz, solo oscuridad.

Al empezar a hablar de su hermano, la mirada de Morgan se queda fija en los árboles que rodean el estanque.

Sus ojos parecen capaces de moverse en zigzag a través de las ramas y apartarlas una a una hasta llegar al animal que se encuentra oculto tras ellas.

La pregunta la ha hecho Jack, pero la respuesta se la ha dado al cisne.

—Parece que echas de menos a esa Morgan, a la que era una niña —concluye él.

Morgan parpadea como si hubiera escapado de un recuerdo y se vuelve hacia Jack. Su mirada ha cambiado a un azul más sombrío.

—No puedes echar de menos algo que nunca se va del todo.

Aunque dejara atrás a la Morgan que era para convertirme en algo más grande, siempre queda un espacio reservado para guardar el dolor y los recuerdos de los que pretendía escapar.

Por eso cada uno arrastra su propia mochila; porque las heridas se curan pero también marcan nuestra piel.

—Nadie puede huir de su pasado —coincide Jack.

—Y, aunque consiguieras huir de él, el pasado siempre encuentra la forma de volver a ti. Hasta que un día descubres que lo mejor es enfrentarlo en lugar de darle la espalda y permitir que poco a poco, casi sin darte cuenta, acabe contigo.

Eso último deja pensando al chico.

—¿A qué le estabas dando la espalda? —Porque intuye que ya no habla de la Morgan que fue y de la que quiso escapar, sino de alguien más.

Pero lo que realmente quiere y no se atreve a preguntarle es: «¿Por eso me has adoptado?».

Morgan no responde, y Jack se queda con esa pregunta dando vueltas en su cabeza .