55
J ack deja de cantar antes de llegar al final de la canción y se queda en silencio al recibir el calor que emana del rostro de Austin como una caricia suave.
Abre los ojos y todo parece pintado de azul. Austin está tan cerca de él que su mirada llena su campo de visión, y le gusta lo que ve.
Su voz le hace cosquillas en los labios.
—¿Por qué has dejado de cantar?
—¿Por qué has parado tú?
—¿Yo, parar?
—Sí, Austin.
—El que ha parado de cantar has sido tú, no yo.
Por una vez, Jack se cansa de negar lo evidente:
—No estoy hablando de cantar, sino de dejar de hacer las cosas que nos apetecen.
Austin abre mucho los ojos, sin ocultar lo mucho que le sorprende la respuesta de Jack. Después agita la cabeza, negando, y también se le escapa una carcajada que dura un segundo y parecen puntos suspensivos.
—Joder, Jack. Sabía que eras impredecible, pero empiezo a pensar que contigo necesito un manual de instrucciones.
De verdad que no te entiendo. No… no sé qué quieres de mí.
O si lo que pasa es que te da miedo que juegue contigo porque es lo que haces tú conmigo, y no quieres que la partida se vuelva en tu contra.
Jack sube las piernas a la cama y las cruza, deja los codos sobre sus rodillas.
—No estoy jugando contigo —le promete. Después se siente raro por decirlo él en lugar de escuchárselo decir a Austin.
—¿Entonces? ¿Por qué insistes tanto en negar lo que pasa entre los dos y ahora, de repente, me preguntas por qué no te he besado?
Porque llega un momento en el que el ser humano ya no tiene fuerzas para seguir huyendo.
Porque Austin ha tenido detalles con él que a Jack lo han ido ablandando los últimos días.
Porque los dos se han protegido mutuamente.
Porque a Jack cada vez le cuesta más no dejarse llevar con Austin.
Porque, después de cantarle al oído en su cama, se ha creado una intimidad nueva a la que es imposible no rendirse.
Por eso se lo ha preguntado: porque, al igual que Austin, Jack también se muere de ganas.
Y porque esta vez sus ganas han sido más fuertes que el miedo.
—Sé que parece que no tiene sentido —reconoce Jack.
—Ninguno.
—Pero en realidad es muy fácil. Creo que… bueno, creo no: estoy hecho un lío. Eso es lo que me pasa. No sé qué hacer, Austin, porque quiero besarte y a la vez no.
—Vale.
—Ahora, por ejemplo, sí quiero.
—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión tan rápido?
—Supongo que tenerte tan cerca. Eso… o a lo mejor es que estoy harto de tener miedo a descubrir quién soy o a que todo salga mal. O puede que sea todo a la vez.
—Entiendo, pero… ¿y luego qué? ¿Qué pasará cuando recuerdes el beso? ¿Te arrepentirás o te alegrarás?
—¿Qué importa? Hace un segundo querías comprobar si la tenía dura o no. Ahora te estoy dando permiso para eso y más. Así que haz lo que quieras conmigo, Austin; pero hazlo antes de que vuelva a acojonarme y cambie de opinión.
Austin duda. Se queda mirando a Jack, muy quieto y muy cerca de él.
Se pregunta quién es ese chico de ojos verdes y por qué se parece tan poco al que le tiene acostumbrado, al que se agobia con todo y se enfada con nada, al que le dice «no» porque sus propios miedos le vencen la batalla al deseo…
¿Cuántas versiones de Jack conviven dentro de sí mismo?
¿A cuál de todas puede besar? ¿Y qué pasará cuando el miedo regrese después del beso y ninguno pueda borrar lo que haya pasado en la habitación?
—Vamos, Austin —insiste—. Termina lo que has empezado.
El actor no responde; sigue sorprendido con ese cambio de actitud aunque se lo haya explicado.
Ahora es Jack el que pone las cartas sobre la mesa.
La versión que conocía de él se pone a la defensiva cada vez que le dice cosas subidas de tono, pero en esta versión es directo y también parece más liviano; como si al quitarse el miedo se hubiera quitado un peso de encima.
—Te estoy dando una segunda oportunidad. Puedes besarme si quieres.
Austin traga saliva despacio, después parpadea.
—En serio, ¿quién eres y qué has hecho con Jack?
El otro sonríe.
—¿No decías que no había que tenerle miedo al amor?
—Tampoco pensaba darte un beso de amor verdadero.
Austin ha sido cortante, pero solo porque, aunque le resulte extraño, se siente vulnerable frente a esa versión tan segura y lanzada de Jack.
Creía que tenía la situación controlada con él, que era inofensivo.
Sin embargo, acaba de darse cuenta de que el otro puede enamorarlo con una canción y que también puede pisotear su corazón si se lo entrega.
Así que ahora tiene que asegurarse de que tiene el corazón bien agarrado; no vaya a ser que se le escurra y caiga en las manos de un chico que no sabría qué hacer con él.
—Ni yo a ti, imbécil —se defiende Jack—. Eso está reservado para alguien que me importe de verdad.
—Y yo no te importo. ¿Es lo que intentas decirme?
—Sí.
Austin se pregunta si ese cambio de actitud de Jack viene realmente de la explicación que este le ha dado o si hay algo más detrás. Lo medita durante medio minuto en silencio y, luego, creyendo haber descubierto la verdadera razón, sonríe y expone su hipótesis.
—Esto es por lo de la revista. Por eso estás tan confiado.
—¿ All The News ? ¿Qué tiene que ver eso con que haya cambiado de opinión?
—Sabes que dentro de unos días se publicarán las fotos del camerino y que la gente se pondrá de tu parte.
Tienes la sartén por el mango, por eso eres tan lanzado, porque es la primera vez desde que estás aquí que sientes que tienes el control.
Te acabas de dar cuenta, ¿a que sí? Y has decidido mandarlo todo a la mierda en cuanto has comprendido que, en realidad, no necesitas seguir poniéndote a la defensiva porque ya no tienes una razón de peso para sentirte vulnerable.
Ahora eres un Brooks, has ganado muchos puntos y tienes todo al alcance de tu mano, incluso a mí.
La sonrisa de Jack es opuesta a la de Austin. La del primero se dibuja con calma y se expande lentamente hacia arriba; la del segundo…
—¿A ti también te tengo, Austin?
El actor se pone algo nervioso.
—No en un sentido romántico, claro.
—Ya.
—Lo digo en serio.
—Lo que me tienes que decir es si al final vas a besarme o no. El tiempo se agota.
—Es una pregunta difícil de responder.
—¿Dónde está la dificultad?
—En las consecuencias que podríamos tener que pagar.
Otro silencio compartido en el que ninguno deja de mirar al otro.
—Del uno al diez, Austin, ¿cuántas dudas tienes?
Al actor se le escapa una sonrisa rápida e incontrolable al pensar: «¿Quieres jugar con fuego? Perfecto. Juguemos con fuego». Se ha cansado de ir de puntillas y tampoco se siente cómodo en ese papel. Que pase lo que tenga que pasar.
—Ninguna duda, rubio. Desde que has empezado a cantar tu canción, no dejo de pensar en las ganas que tengo de comerte la boca.
Después de esa confesión, Jack suelta el aliento de golpe y siente que algo dentro de él se desprende. Una fuerza que cae en su estómago; el principio de algo que podría complicarlo todo.
Es la primera vez en la que siente que la línea roja sobre la que se escribe la historia con Austin —una historia basada en el deseo y la atracción— se diluye, dejando así espacio para dar cabida a algo más poderoso.
Si Jack no controla esa emoción a tiempo —una emoción que ahora mismo solo es una pequeña llama que puede soplar y apagar—, podría llegar a estropearlo todo.
De pronto, la seguridad que había adquirido Jack comienza a resquebrajarse.
Entonces Austin inclina la cabeza y se acerca de nuevo.
Esta vez lo hace dolorosamente despacio para que Jack pueda retirarse en caso de que las dudas o el miedo le asalten en el último segundo.
Pero Jack no se va a apartar; ni siquiera sabiendo que la atracción que siente por Austin podría convertirse en algo más puro, en eso que se sigue quedando con nosotros después de hacer el amor porque tiene un lugar especial reservado en nuestro interior.
Quiere besar a Austin Brooks aunque sabe que no es una buena idea.
Porque, en cuanto deje que esos labios rocen los suyos, no conseguirá sacárselo de la cabeza jamás.
Ve su destino escrito como el que siente temblar la tierra bajo sus pies y sabe que va a abrirse una grieta, por eso tensa la mandíbula, aprieta los puños por encima de las rodillas y contiene el aire en los pulmones.
Y cuando sus labios están a punto de rozarse, Austin echa el cuerpo hacia atrás y se separa de él. Se separa, y el beso que no se llega a materializar se queda escrito en el aire como una promesa de lo que podría haber sido.
Jack parpadea confuso. Ni siquiera sabe cómo debería sentirse.
—¿Al final era todo mentira?
¿Austin ha herido su orgullo? Sí. ¿Ha jugado con él? Sí. ¿Se alegra de no haberlo besado? También. Porque, gracias a eso, acaba de evitar el desastre natural que vaticinaba para sí.
Pero Austin no está jugando a nada.
Sí pensaba besar a Jack. Si no lo ha hecho, es por otra razón.
Lanza una mirada rápida a la puerta y luego vuelve a girar la cabeza en su dirección.
—No estamos solos.
Los dos escuchan una voz que suena detrás de la puerta. No de la puerta de Jack, sino de la de Austin, que está al lado.
—¿Austin…? Soy yo, Sarah. Vengo a hablar contigo.
Jack y Austin se quedan muy callados.
—Sé que debería haberte avisado que venía —continúa diciendo Sarah desde fuera—, pero me daba miedo que tú también hubieras terminado enfadándote conmigo. Quiero arreglarlo y quiero hacerlo aquí. No quiero hablarlo contigo en plató. Por eso he venido.
Jack le susurra a Austin:
—Creo que deberías irte.
—Lo siento.
—No lo sientas. Quizá es mejor así.
Fuera, Sarah sigue hablándole a la puerta.
—Sé que he confundido las cosas —reconoce con la voz cada vez más llorosa—.
Lo que pasó la otra noche… fue mi culpa.
Estaba borracha y fui una caprichosa egoísta.
Quería salirme con la mía, quería que desearas acostarte conmigo igual que deseas acostarte con otras mujeres y terminé obligándote a tener sexo conmigo en la piscina.
—Se queda callada un momento, su voz ahora sale entrecortada, le cuesta hablar porque le duele en el alma lo que está a punto de decir—: Pienso en cómo te presioné para que lo hicieras…
, cómo te hice beber para que te fuera más difícil decirme que no…
y me siento fatal. Me avergüenzo de mí misma. Soy una mierda de persona.
Se lleva las manos a la cara, escondiendo la culpa entre sus dedos, las lágrimas salen calientes por sus ojos y se enfrían al llegar a su barbilla.
—Joder, te obligué —repite, como si al decirlo en voz alta fuera cada vez más consciente de la gravedad de los hechos—: Lo que te hice es horrible. Perdóname, Austin. Por favor, necesito que me perdones.
Austin se levanta de la cama despacio y se despide de Jack con los ojos. Después accede a su habitación por la terraza. Una vez allí, la voz de Sarah le llega con más claridad que antes.
—Sé que me estás escuchando. Por favor, ¡dime algo! ¡Háblame! ¡Insúltame si quieres! Pero necesito que hablemos.
Austin no dice nada. Avanza hasta la puerta y luego se queda quieto, con la mano en el picaporte y el recuerdo de todo lo que bebieron y de lo que se rompió aquella noche en la piscina con Sarah rondándole la cabeza.
—Te prometo que a partir de ahora voy a intentar verte con otros ojos —insiste ella, tras la puerta—.
No quiero perderte, Austin. Si la única forma de que sigas formando parte de mi vida es que seamos amigos, seremos amigos.
Aunque eso no signifique que a mí me hubiese gustado que lo nuestro funcionase.
Pero sé que tú no sientes eso por mí, y no pasa nada.
Nadie elige de quién se enamora. Créeme que yo nunca habría elegido enamorarme de un idiota como tú.
Pero aquí me tienes: suplicándote que me perdones y que me dejes intentar ser solo tu amiga.
Austin abre la puerta y sus ojos chocan con los de Sarah, que están brillantes.
Tiene el rímel corrido y la nariz moqueando.
La chica sonríe con tristeza mientras le cae una nueva lágrima; la culpa y la vergüenza escapan por sus ojos.
Se muere de ganas de lanzarse a los brazos de Austin, pero hace un esfuerzo por contener ese primer impulso y dejar que su amigo —porque eso es lo que ha sido desde el principio, un amigo— decida si está dispuesto a darle una segunda oportunidad.
Con la voz estrangulada por la emoción, Sarah le pregunta a Austin:
—¿Crees que algún día podrás perdonarme?
Él la abraza con tanta fuerza que no necesita responder .