Cómo matar a un cisne 54
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A Austin le resulta muy fácil picarlo. Y encima al pobre Jack se le da fatal esconder sus verdaderas emociones.

Está inquieto y es un manojo de nervios.

En un segundo se pone a la defensiva y lo tienes con los puños cerrados, listo para atacar.

No le gusta mostrar su vulnerabilidad, pero no puede evitar ser transparente.

Eso lo convierte en una bomba, y lo peligroso de las bombas es que nunca sabes cuándo te pueden explotar en la cara.

Aun así, Jack se está esforzando por controlar esa parte de él. Puede que solo lo haga porque hay una herencia en juego o porque no quiere volver al orfanato, pero está claro que no se la va a jugar porque con Morgan no hay segundas oportunidades.

Al abandonar la terraza y meterse en su cuarto, Jack daba por hecho que la conversación había llegado a su fin, pero la curiosidad y las ganas de Austin son inagotables.

—Si no me vas a dejar que te toque —dice este, entrando en la habitación de Jack—, por lo menos vuelve a cantar tu canción. Creo que me puedo conformar con escucharte e imaginarme el resto.

Jack se sienta en el borde de la cama, se masajea las sienes con los dedos, levanta la cabeza y lo mira desde su posición.

—No.

—Podría ayudarte con la letra.

—A mi letra no le pasa nada, y ya tengo a un profesor para eso.

—A él no le has enseñado esta canción.

Jack lo mira atónito.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te voy conociendo, rubio.

—¿Y qué le pasa a mi canción?

—Le falta garra.

—¿Garra? Bueno, es igual. No necesito tu ayuda.

—¿No quieres saber qué cambiaría?

—Prefiero que me digas por qué te interesa ayudarme de repente. O si lo haces con otra intención, como para ganar una prueba.

Austin esboza su famosa sonrisa sin terminar.

—Lo hago de forma completamente altruista. Me apetece ayudarte y no hay otra razón.

—Ya.

—Vale. Sigues sin creerme.

Jack pasa de unas emociones a otras como si hubiese saltado un charco: de la rabia y el deseo a la desconfianza y las dudas. Porque sí: claro que sigue desconfiando de Austin Brooks. ¿Cómo no va a hacerlo? Da la impresión de que siempre oculta algo.

Austin podría estar a punto de ganar más puntos a su costa…

Eso le lleva a pensar en los que podría ganar él: cien puntos a cambio de dar un nombre es una oferta más que tentadora.

Además, Jack quiere que Austin desaparezca de su vista y que sus emociones bajen igual que la erección, y también quiere que Austin le deje tranquilo en lugar de obligarle a mirar dentro de él por cada tirón que le provoca en el estómago.

Pero, ni con todo eso, duda de su decisión. Por mucho que le saque de sus casillas, Jack lo protegerá y evitará que le hagan daño. Eso es lo que más rabia le da: ser consciente de que, mientras él lo protege, el otro parece jugar con su corazón porque se aburre y necesita «sentirse vivo».

—¿Puedo hacer algo para que cambies de opinión? —insiste Austin.

—Demuéstrame que no vas a ganar puntos con esto.

—No te voy a enseñar mis pruebas individuales.

—Entonces no, no puedes.

—Sí que puedo. Haz lo que hice yo contigo. Mírame a los ojos y descubre si miento o digo la verdad.

—Eso es una tontería. No va a funcionar.

Austin se sienta en la cama con él.

—Inténtalo. —Abre sus ojos como quien ofrece una bandeja con comida y deja que Jack bucee en ellos, que los mire todo lo cerca que quiera o necesite.

El otro comprueba nuevamente que esa mirada azul tiene un brillo peligroso que parece un aviso. Austin podría estar tramando algo.

—Tienes razón, sigo sin confiar en ti.

—Entonces no me queda más remedio que pedírtelo de rodillas.

—Espera, ¿qué…?

Austin se levanta de la cama, clava las rodillas en el suelo y hace una reverencia teatral.

—¡Oh, Jack! ¡Por favor, concédeme el enorme placer de deleitarme con tu voz y…!

—¿Qué haces? No grites, imbécil.

La puerta que conecta el cuarto con la terraza sigue abierta de par en par y sus hermanos podrían oírle.

Siete de ellos le traen sin cuidado, pero Jack no quiere que Chloe, el topo, descubra que Austin está en su habitación y le está pidiendo que cante para él.

No quiere, por las conclusiones a las que ella pueda llegar y, sobre todo, por lo que le pueda contar a la prensa.

—¡Solo una canción, por f…!

Jack le tapa la boca con la mano.

—Calla. Está bien. Una canción. Pero deja de gritar.

Cierra la puerta que da a la terraza, corre las cortinas y resopla. Aún no se cree lo que está a punto de hacer. Vuelve a la cama y se sienta junto a Austin, que espera paciente. Después, se aclara la garganta, cierra los ojos y comienza a cantar.

Su voz los envuelve y crea una intimidad especial entre los dos, como si el sonido que emerge de su garganta fueran unos brazos invisibles que unen el cuerpo de Austin al suyo; como si se estuvieran abrazando sin tocarse.

Jack conecta con su interior y canta con una mano en el estómago.

Austin le observa embobado. Y como Jack tiene los ojos cerrados y no puede verle, el actor siente que ya no necesita llevar el disfraz de estrella bajo el que se esconde de todo el mundo.

Puede relajarse y ser, durante los dos minutos y medio que dura la canción, el chico que nadie conoce, el chico al que le da miedo que le dejen de querer cuando los focos se apaguen y la gente comience a olvidar la estrella que fue de adolescente, el chico con ganas de enamorarse, el chico que se esfuerza por parecer peligroso para que nadie confíe en él y así protegerse de que él también llegue a confiar en alguien y después de entregárselo todo le deje las manos vacías…

Austin escucha cantar a Jack mientras sigue imaginándose que es ese chico que no tiene que protegerse de nada ni nadie.

Después cierra los ojos, igual que él.

Es una pena que Jack no pueda ver cómo sonríe ahora, porque la curva que se dibuja en su cara no se parece a las que le tiene acostumbrado. Esta es una sonrisa desnuda, llena de luz, ausente de miedo; está hecha despacio, sin prisa. Es una sonrisa con la que el actor abraza su niño interior.

Eso hace que Austin Brooks se sienta capaz de todo.

Y entonces se deja llevar por esas ganas que crecen entre los dos cada vez que están a solas.

Y la fuerza invisible que tira de él hace que su cabeza se incline buscando la de Jack .