Cómo matar a un cisne 53
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C hloe se marcha tal y como ha venido, silenciosa como una sombra.

Jack echa una última mirada a su retrato antes de entrar en su habitación.

Toma su libreta mientras no deja de pensar en que la escritora es el topo.

Tiene sentido; ella no tiene nada que perder.

Por eso puede hacer las cosas que antes no se atrevía, por eso puede intentar destruir al cisne y enfrentarse a Morgan, la mujer que dice ser su madre y a la que ella siempre le ha tenido miedo.

Para Chloe, destrozar a su propia familia suena mucho mejor que quedarse de brazos cruzados esperando el día en el que uno de sus hermanos la eche de su hogar.

El chico pasa las páginas hasta llegar a la última canción que ha compuesto y comienza a cantarla; al principio tímido, cada vez más alto.

Morgan, después de que Jack le hiciera una demostración de los avances que ha hecho con el piano y del control que tiene ahora de su voz, le prometió que le conseguiría una audición con el productor musical Carter Edwards.

Dice que es el mejor entre los mejores, y que un abogado se encargará de revisar el contrato en caso de que lleguen a un acuerdo con alguna discográfica. Si todo sale bien…

Solo de pensarlo le tiemblan las manos.

«Me lo merezco»; esas tres palabras aparecen en su cabeza sin avisar.

Luego, cuando lo medita en serio, se da cuenta de que en realidad no sabe si se lo merece o no; pero es lo que se repite a sí mismo cuando la preocupación se apodera de él.

Es cierto que se está esforzando mucho con las clases de canto y de piano porque quiere demostrarle a Morgan que puede llegar a ser el mejor. Sin embargo, sigue siendo demasiado pronto en comparación a la oportunidad que su madre le va a ofrecer.

Eso le lleva a volver a preguntarse qué secreto se esconde detrás de su adopción, de qué intenta protegerlo Morgan manteniéndoselo oculto, por qué le ha regalado un colgante con cisnes de plata o cómo puede eliminar de su cuerpo esa horrible y pegajosa sensación de que nada de lo que esa mujer le está dando es porque sí y que todo es a cambio de algo o para limpiar su conciencia.

Piensa en si Morgan se lo terminará contando algún día o si lo descubrirá él por su cuenta; si seguirá viendo al Cisne Negro con los mismos ojos cuando no hayan secretos o si dejará de verla como una estrella de cine porque se convertirá en otra cosa…

Con todas esas preguntas vagando por su mente, Jack sigue cantando, aplicando toda la técnica que ha ido adquiriendo en los últimos días. Las notas no deshacen los nudos por completo, pero sí aflojan los que se apiñan en su garganta, calmándolo.

Media hora más tarde, sale a la terraza con la libreta bajo el brazo y la deja sobre el pasamanos de la balaustrada de piedra, donde también apoya los codos.

Se pone a buscar a sus hermanos en ese jardín infinito que se extiende frente a él, y encuentra a cinco de ellos: Maximus ensaya un truco de magia con su conejo Manuel; Chloe lee con la espalda apoyada en la corteza de un árbol; Natalie graba contenido para sus redes sociales y su sonrisa se borra cada vez que la cámara del móvil deja de apuntarla; Rubí se columpia en el balancín mientras escucha música con sus auriculares y trabaja en su próxima canción; y Bonnie camina con una cestita repleta de galletas.

Todos parecen tranquilos y todos parecen estar mintiendo, como un monstruo que duerme durante el día y se despierta por la noche.

—¿Es tuya? —La voz de Austin, detrás de él.

Jack pega un respingo y está a punto de soltar la libreta. Se gira con los ojos muy abiertos.

—¡Entre tú y Chloe me vais a matar de un susto!

—¿Chloe? ¿Has estado hablando con ella? —pregunta, y Jack asiente—. ¿De qué?

—Nada. Cosas.

Austin se acerca y coloca los brazos sobre el pasamanos, igual que él. Su codo roza el de Jack y los dos notan una fuerza recorriéndoles el brazo de arriba abajo; una corriente eléctrica que les pone la carne de gallina.

—¿Por qué no estás grabando la serie?

—Hoy no me necesitan en plató. La canción que estabas cantando —Austin vuelve al tema que le interesa—, ¿es tuya o no?

Jack asiente con un gesto rápido. Pero no quiere hablar de él ni de sus canciones, así que vuelve a fijar la vista en el jardín mientras lanza una pregunta al aire:

—¿Cómo va lo tuyo con Sarah?

—Solo me dirige la palabra cuando nos ponen una cámara delante.

—Ah. Entonces estáis genial.

Austin ríe por su sarcasmo, y el otro se descubre compartiendo una sonrisa con el enemigo. Como si, después de que el actor lograra hacerle sonreír la primera vez, a Jack se le hubiera desbloqueado ese gesto facial y ahora le saliese casi sin querer.

—Tienes una sonrisa bonita —dice, mirándolo a pesar de que Jack no lo mira a él.

—Cállate, Austin.

—Lo digo en serio.

Las mejillas de Jack se encienden por el cumplido, pero Austin, en lugar de aprovechar ese detalle para meterse con él, decide retomar el tema de Sarah como si aquello fuera una pequeña tregua.

—Oye, a ti Sarah te cae como el culo, ¿no?

—Antes la admiraba.

—Así que veías nuestra serie.

—Tranquilo, no soy un friki fan.

—Oh, vaya. Y yo que pensaba que me ibas a pedir que te firmase las tetas. Estaba a punto de sacar el rotulador.

Jack pone los ojos en blanco. Después barre con la mirada el inmenso jardín, desde la piscina hasta el porche, como si retrocediese en el tiempo y volviera a su vida en el orfanato: recuerda la televisión que compartían entre todos, a Luna, que los obligó a empezar a ver la serie, y la facilidad con la que todas —y algunos, en secreto— se fueron enamorando del vampiro.

No fue su caso; Austin Brooks no le llamó la atención de esa forma hasta que lo conoció en persona.

—A lo que voy es que me gustaba cómo actuaba ella, tu…

—Amiga. Mejor amiga.

—Tu mejor amiga. Luego la conocí y, bueno, ya sabes… Yo no le caigo bien a ella. Y entiendo que no me trague después de lo que te hice.

—Ese puñetazo lo tenía bien merecido. El problema es que Sarah no sabe ser imparcial. Ella solo piensa en cómo me dejaste la cara y se olvida de que yo te amenacé con rajarte el cuello.

—Así que está enfadada con los dos.

—Lo tuyo se le pasará. A mí no me va a perdonar en la vida que le haya roto el corazón.

Los ojos de Jack siguen peinando el jardín, ahora en dirección ascendente, y llegan de nuevo a la piscina. El agua está tan tranquila que parece una lámina de cristal.

—No quiero enamorarme nunca —confiesa Jack.

Austin lo observa con tanta intensidad que el otro se ve obligado a dejar de mirar el fondo de la piscina y volverse en su dirección. Ahora los dos hermanos se miran a los ojos.

—¿Te da miedo el amor? —quiere saber Austin.

Jack tiene la sensación de que el actor se ha acercado a él unos centímetros más.

La realidad es que no se ha movido, ni siquiera un milímetro, pero siente que Austin ya no le toca solo con el codo.

Ahora lo toca con el cuerpo entero; y es por la forma en la que le clava la mirada, como si pudiera atravesarlo.

La culpa siempre ha sido, desde el principio, de esos ojos azules enormes; del uso que Austin les da, de cómo los afila para convertirlos en arma. A Jack, sus ojos cada vez le parecen más bonitos y peligrosos.

—No me da miedo el amor. Lo que me da miedo es no saber qué hacer con él. Imagínate que me enamoro y que no es correspondido. —Se siente raro después de compartir algo tan profundo con Austin. No sabe si es por lo que empieza a sentir o si es por la persona a la que se lo ha confesado.

El actor se encoge de hombros.

—Bueno. Esas cosas se notan, creo.

—¿Tú sabías que Sarah se estaba enamorando de ti?

Austin se queda muy callado.

—¿Ves? A eso me refiero.

Y cuando el actor encuentra las palabras, las usa para poner las cartas sobre la mesa.

—Con miedo o sin él, es innegable que cuando estamos juntos algo cambia. Hablar contigo no es como hablar con Maximus, Natalie o Nolan, por ejemplo.

—Sobre todo porque Nolan no habla.

Austin suelta una carcajada. Jack, en cambio, se queda mirándolo con el ceño fruncido y las mejillas calientes y rojas.

—¿Sabes lo mejor de todo, Jack? Que aunque te enfades conmigo…

—No estoy enfadado.

—Aunque te enfades, casi siempre te dejo con la polla dura.

Jack abre y cierra la boca, intentando cazar alguna palabra que le deje formar una frase completa.

—¿Por qué me miras así? Es la verdad. De hecho, esa contradicción que coexiste dentro de ti me tiene fascinado.

Quiere decirle que es mentira, aunque en el fondo sepa que Austin no le va a creer por todo lo que han compartido juntos, la tensión que los envuelve y de la que parece imposible escapar. Precisamente por eso, y porque Jack no se esperaba que soltase ese comentario ahora, se ha quedado callado.

Durante el silencio que comparten, el viento revuelve el pelo negro del actor como si una mano le hubiese frotado la cabeza, y Jack olvida que le toca hablar porque el impulso de querer guardarle un mechón detrás de la oreja lo distrae.

Por supuesto, se contiene. Y luego intenta recordarse a sí mismo que debería desmentirlo todo, y para hacerlo y resultar creíble tendría que levantar un muro que no le deje ver lo otro que Austin también despierta en su interior.

Como las ganas de tocarle el pelo y después seguir acariciándolo por debajo de la camiseta, o las ganas de inclinar la espalda hacia él para acortar la distancia a la que queda su boca, de mirarlo hasta que uno de los dos bese al otro.

—¿Jack?

Este sale del trance y traga saliva; la cara le arde.

—Una vez más, te sigues equivocando conmigo.

—Una vez más —comenta Austin, imitándolo—, tu cuerpo te sigue llevando la contraria.

Jack, incómodo por la erección, cambia el peso de una pierna a la otra y luego hace el amago de cruzarlas, como el que intenta tapar un secreto y termina exponiéndolo del todo.

Los ojos de Austin resbalan desde la boca de él hasta su entrepierna; reconoce el bulto y decide seguir tirando de la cuerda.

—Entonces.…, ¿puedo? Te prometo que solo te pasaré la mano por encima.

No le hace falta comprobarlo, en realidad. Pero quiere ponerle más nervioso, ver qué responde y cómo se empeña en seguir desmintiendo aquello que no se puede ocultar porque salta a la vista de todas las formas posibles.

Aun así, la vergüenza y la rabia son emociones que se complementan, por eso Jack cierra los puños y escupe:

—¿Te pego una paliza?

Austin ríe.

—Tienes una forma muy extraña de demostrarme que te gusto. Me recuerdas a un niño que no sabe cómo hacerse amigo de otro y termina dándole un empujón porque quiere jugar a la pelota con él. Si quieres, nos ahorramos el empujón y te pones directamente a jugar con las pelotas.

Jack levanta el puño y lo deja suspendido cerca de su cabeza, como una película de acción en pausa.

—Ahí está —comenta Austin con tono burlón—. «El chico del momento».

El puño en alto vibra con violencia, pero no se acerca más a su rostro, así que tampoco llega a tocarlo.

Austin está confiado, incluso tranquilo.

En ningún momento ha hecho el amago de retirarse hacia atrás y tampoco le ha temblado la sonrisa; mantiene su posición porque Jack no le da miedo, todo lo contrario.

Le gusta haberlo visto venir esta vez, le gusta tirar de la cuerda y hacerlo enfadar, le gusta provocarle una erección. Y, sobre todo… le gusta Jack.

Espera hasta que este baja el puño y relaja la mano.

Después, con toda la rabia que no ha sido capaz de descargar contra él y que por eso sigue tan presente, Jack le dice:

—Si ya has dejado de reírte de mí, vete .

—No me estoy riendo de ti —le asegura Austin—. Y todavía quiero tu permiso para tocártela por encima del pantalón. Solo te pido eso. Si resulta que no está dura, tú ganas. Y si lo está…, creo que ganamos los dos. Ya sabes, por lo que pueda pasar después.

Jack hace tres cosas, y las hace casi a la vez: primero traga saliva; después, baja los ojos hasta la boca de Austin y, por último, se escucha soltándole una mentira que no quiere que se convierta en verdad.

—No va a pasar nada.

—No mientras le sigas teniendo miedo al amor.

—Que te den .