Cómo matar a un cisne 52
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A principios de agosto, tras unas nuevas filtraciones sin importancia —algunos detalles sobre la vida en la Casa del Cisne que no desvelan nada, pero que los ponen a todos en alerta—, el listado de pruebas generales se actualiza y aparece una nueva en la pantalla.

Más de la mitad de los hermanos comienzan a revisar habitación por habitación, invadiéndose los unos a los otros el espacio personal, desesperados por encontrar alguna pista que señale a uno de ellos como el culpable de que se esté filtrando información a la prensa.

Jack ve a Jessie y a Grace saliendo de su propio cuarto, pero no les dice nada. En lugar de eso, se alegra de que Austin encontrase la llave y le ayudase a esconderla; de no ser por él, hoy sería hombre muerto.

Unas horas más tarde, cuando los hermanos se aburren de no encontrar nada que les sirva y comienzan a relajarse, Jack sale al rellano de la tercera planta y observa su retrato colgado en la pared de la escalera, al lado del de Austin.

El pintor lo terminó hace unos días y, ahora, el hueco que estaba reservado para él muestra el retrato de alguien que se parece a Jack, pero que el propio Jack no reconoce del todo.

Es como si el chico del cuadro, de mirada verde y vacía, se pareciera más a la persona en la que acabará convirtiéndose por culpa de la fama y el lujo, y no a lo que sigue quedando de él.

—Enhorabuena por ganarte tu sitio en la pared —dice Chloe. Él da un respingo con el que casi se cae—. Perdón. No quería asustarte. —La sonrisita que se le escapa señala lo contrario.

Jack no entiende cómo no ha oído a Chloe subir las escaleras. Su hermana está a cuatro peldaños de él; los sube y se coloca a su izquierda.

—Nada, tranquila. Es que no sabía que estabas aquí.

—Me pasa desde que llegué a la Casa del Cisne.

Supongo que eso es lo bueno de ser escritora dentro de una familia con profesiones más llamativas: la gente no suele prestarme atención.

Puedo estar en todas partes y en ninguna a la vez.

Ah, eso, y que se me da genial moverme por la mansión sin hacer ruido.

—A mí que seas escritora me parece bastante llamativo, la verdad.

—Gracias, Jack. Pero Morgan me dijo que, si quería tener alguna posibilidad de ganar, quizá debería probar a dedicarme a otra cosa.

—¿Por qué?

—Ella no considera que ser escritora esté a la altura de ser, por ejemplo, actriz.

—¿Y tú qué le dijiste?

Chloe respira hondo, y recuerda la conversación que tuvo con su madre hace apenas unos días…

—La primera vez que nos conocimos —le dijo Morgan—, te pregunté qué querías ser de mayor y me dijiste que querías ser actriz, igual que yo.

—Sí. ¿Y?

La mirada de Morgan se oscureció.

—Que yo confié en ti. Te di una oportunidad, un precioso hogar y una familia maravillosa. Y luego tú me decepcionaste diciendo que querías dedicarte a escribir.

—Tenía ocho años —respondió Chloe, visiblemente molesta por la acusación—. Era demasiado pequeña como para saber qué quería realmente.

—Los escritores no son estrellas. Pasarás tu vida siendo invisible.

«Pues me aprovecharé de ello», se prometió Chloe a sí misma, quedándose callada.

—Si quieres tener alguna posibilidad de ganar mi herencia, dedícate a otra cosa que pueda convertirte en una celebridad —insistió Morgan.

—Me gusta ser escritora. Lamento mucho que eso nunca te haya parecido suficiente como para merecer tu atención.

Morgan torció el gesto; nunca le ha gustado que la acusen de ser como eran sus padres con ella.

Pero Chloe tenía razón: ella y sus hermanos han competido siempre por llamar su atención.

Todos han deseado conseguir algo de su madre: un gesto de cariño, un beso o un abrazo, unas palabras bonitas, un beso de buenas noches en la frente, pasar más tiempo con ella…

Todos han querido conocer a la Morgan más humana, y no a la que se presenta con el vestido de plumas.

El problema es que a la actriz de Hollywood nunca se le ha dado bien demostrar el amor que siente hacia sus hijos, salvo en ocasiones muy concretas.

Eso, y que a algunos los quiere más que a otros.

Ella tiene sus favoritos, y Austin y Bonnie acostumbran a despertar la envidia del resto de sus hermanos…

Chloe, que se ha quedado absorta en el recuerdo del enfrentamiento con su madre, vuelve al presente y mira a Jack.

—No recuerdo qué le respondí. Pero no importa, porque sabía que nada de lo que le dijera la iba a hacer entrar en razón. Ella es el Cisne Negro y se cree que está por encima de todo.

Jack no dice nada.

—Me he cansado de que nos haga sentir que nunca somos suficientes —añade Chloe—. Y creo que, con lo de hacernos competir por su herencia, se ha pasado. Hay que poner a esa mujer en su sitio. Alguno de nosotros debería…, no sé, lanzar la primera piedra.

—¿Te refieres a…?

—Sí —dice, y algo en Chloe se oscurece. Jack lo ve a través del cristal de sus redondas gafas; sus ojos se vuelven más oscuros, más salvajes—. Estoy hablando de que deberíamos dejar de competir entre nosotros e ir a por ella, todos a una.

Al descubrir esa oscuridad que no había visto antes en la escritora, el chico se pregunta si Chloe podría ser quien cambió una llave por otra poniendo en riesgo la vida de Maximus; pero luego sacude la cabeza para borrar ese pensamiento.

—No me parece una buena idea —le dice—. Me parece mejor que intentes demostrarle a Morgan que se ha equivocado contigo.

Chloe fuerza una sonrisa.

—Ya te lo he explicado: ella prefiere que elija una profesión que sea más…

vistosa. El Cisne Negro no cree que ser escritora tenga mérito.

Siempre dice que la vida sucede fuera. Si lo piensas, tiene gracia.

Eso de que para ella la vida suceda fuera y luego nos tenga a todos aquí encerrados como ratas de laboratorio.

Jack es consciente de que Morgan podría estar escuchándolo todo.

—A mí me dijo que lo de quedarnos en casa era para protegernos del mundo exterior. Por eso nos pone seguridad. Quiere lo mejor para nosotros, Chloe.

—Y tú te has creído el cuento. Ay, Jack… Esa mujer dice muchas cosas. Lo importante es saber distinguir las que son verdad de las que son mentira.

Entonces Jack recuerda que, cuando él le preguntó a Morgan por qué le había adoptado, ella le respondió: «Te aseguro, Jack, que, aunque haya una razón por la que te haya adoptado, también existe otra razón por la que no te lo quiera decir.

Y esa es la razón que yo elijo, porque, si pongo las dos en una balanza, es la que hará que no sufras». ¿Aquello era verdad o mentira?

Sus ojos se deslizan hasta otra pared donde está el enorme cuadro del Cisne Negro y, sin dejar de mirar su retrato, le dice a su hermana:

—No quiero parecer desagradecido…, pero cuando me adoptó creí que las cosas cambiarían.

—Han cambiado muchísimas cosas. La principal de todas es que ahora eres famoso.

—Esto no tiene nada que ver con la fama. No hablo de esos cambios, Chloe; hablo de que sigo sintiendo que no tengo una familia. Supongo que lo de que nos estemos peleando por quedarnos con la herencia de Morgan tiene mucho que ver.

—No —dice Chloe—. Yo soy la primera que está en contra de que nos obligue a competir entre todos, pero no es la principal razón que hace que te sientas así.

—¿Y qué es?

—Pues lo malo de que te adopte una estrella de Hollywood. Aunque Morgan y tú establezcáis una relación de madre e hijo, solo sentirás como madre una parte de ella. La otra parte siempre les pertenecerá a los fans.

—Eso suena un poco triste, ¿no crees?

—Supongo. —Chloe se encoge de hombros—. Bueno, solo venía a darte la enhorabuena. Oficialmente ya has pasado la prueba y te has convertido en un Brooks. Ahora solo te falta ganar la herencia para echarnos a todos como perros.

—Sabes tan bien como yo que no voy a ganar.

—Es cierto, no tienes ninguna posibilidad.

Y me da igual lo que opinen los demás: no eres ninguna amenaza.

¿Sabes por qué? Porque es evidente quién de los diez será el ganador.

El problema es que las personas no son inmunes a la esperanza y, cuando les das un poco, se aferran a ella con uñas y dientes.

—Va a ganar Austin.

Chloe asiente.

—Todo ese tema de los puntos y las pruebas es una estupidez que solo sirve para prolongar un final escrito desde el principio. Un día el Cisne Negro no estará y Austin Brooks se hará con las llaves de la mansión. Eso es lo que pienso que va a pasar: él será quien nos eche a todos de aquí.

—Entonces, ¿qué? ¿Al final no vas a luchar? ¿Te vas a quedar de brazos cruzados?

Los ojos de Chloe brillan peligrosamente.

—Yo no he dicho eso.

—Así que tienes un plan.

Chloe sonríe.

—Saber que no tienes ninguna posibilidad de ser la heredera te da mucha libertad. Puedes hacer las cosas que no te arriesgarías a hacer si tu situación fuese otra, porque, te descubran o no, ya te has perdido lo más importante: ganar.

Jack abre mucho los ojos.

—Eres el topo.

Chloe no dice nada, pero tampoco lo niega.

—Nos has delatado, a Austin y a mí.

—No tengo nada en tu contra, Jack. Pero tenía que hacerlo.

—¿Por qué?

—Para desestabilizar a Morgan. Quiero que sepa que alguien se está yendo de la lengua y que se vuelva loca intentando descubrir al culpable.

—¿Por qué me lo cuentas? ¿Es que no has visto la nueva prueba general? Puedo ir a hablar con ella y delatarte ahora mismo.

—Exacto. Puedes delatarme y llevarte cien puntos de golpe. Pero, si lo haces…, yo le contaré a la prensa por qué Morgan comenzó a contratar seguridad y les diré a todos qué fue lo que pasó con Austin Brooks.

Jack frunce el ceño.

—¿Y? A mí también me gustaría saber qué pasó. Se lo pregunté el otro día y no conseguí sacarle nada. —Se guarda para él que si se lo preguntó fue por una prueba individual—. Vamos, que me da igual.

—Eso es porque no sabes lo que le hicieron de pequeño.

Si no, no te daría igual. Pero cuando hable con la prensa será demasiado tarde.

Se habrá enterado todo el mundo y ya no podrás hacer nada para protegerlo.

—No solo parece muy segura, también parece que disfruta usando el secreto de Austin para amenazarlo.

Jack, por su parte, quiere convencer a Chloe de que a él no le importa lo que le pase a Austin, y también convencerse a sí mismo.

Pero luego recuerda cómo le cambió la cara a su hermano al hacerle la pregunta que podría hacerle superar una prueba, el dolor que reflejaba y las lágrimas imposibles de contener.

—Si Austin te importa de verdad —continúa Chloe—, esperarás a que sea él quien te lo cuente y tú mantendrás la boca cerrada.

Jack desvía la mirada y miente:

—A mí lo único que me importa es ganar.

—Bueno. Entonces ya sabes qué hacer con la información que te he dado: habla con el Cisne Negro y llévate los puntos. Hazlo, Jack. Así estarás más cerca del premio y… quién sabe, lo mismo me equivoco y al final consigues que haya otro ganador.

—Pero si te delato, tú…

Las comisuras de Chloe reptan.

—¿Ahora dudas? Tienes dos opciones, Jack. Puedes callarte y proteger a Austin o decirle a Morgan que soy el topo y estar más cerca del premio. Tú decides.

—¿Por qué me das a elegir?

—Porque quiero saber si él te importa más de lo que intentas hacerme creer.

Jack lo nota en cuanto Chloe termina la frase: el sentimiento anticipado de querer proteger a Austin.

Pero ¿por qué quiere evitar que ella saque su secreto a la luz?

Porque una cosa es darle a Austin la posibilidad de contárselo o no, y otra que alguien ajeno lo cuente por él.

Además, debe ser algo mucho más grave de lo que imaginaba cuando se lo preguntó el otro día.

Y lo más importante: Chloe lo haría público. Eso lo cambia todo.

Jack se da cuenta de que no quiere hacer pasar a Austin por esto. No le merece la pena engañarlo para obligarle a hurgar en su dolor y llevarse treinta puntos, ni tampoco ganar cien a cambio de que todo el mundo lo sepa.

La balanza se inclina hacia un lado: no ganará puntos a costa de su dolor.

—Por cierto —añade Chloe—, aunque al final no hable de Austin, ya he concertado una cita con Rebecca Collins para hablar sobre Morgan.

Jack se tensa al escuchar el nombre de la periodista; nada bueno puede salir de hablar con esa harpía.

—Collins acabará diciendo quién es su fuente si la gente la sigue acusando de inventárselo todo.

—Oh, no lo hará. Le interesa demasiado tenerme de su parte.

—¿Seguro que quieres hacerlo, Chloe? Todavía puedes echarte atrás.

—No voy a echarme atrás.

—Pero ¿por qué?

—Quiero que Morgan anule la competición.

—¿Y de verdad crees que lo vas a conseguir sacando sus trapos sucios?

—Lo que creo es que alguien tenía que empezar a hacer algo, y esa voy a ser yo. No tengo posibilidades de ganar y dentro de unos años lo perderé todo. Así que, si al final resulta que tampoco puedo detener este estúpido concurso, por lo menos me aseguraré de que el Cisne Negro caiga conmigo .