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–No sabía que eras tan intenso.
La voz de Austin lo despierta.
Jack abre los ojos y mira hacia ambos lados. Los primeros rayos de sol se filtran por la cortina y bañan sus sábanas de seda con una luz dorada como su pelo. Todavía adormecido, se pasa el dorso de la mano por los ojos y parpadea hasta que la imagen se vuelve nítida ante él.
Lo que se encuentra a unos metros de distancia no le hace ninguna gracia: Austin Brooks está sentado encima de su buró, balanceando las piernas adelante y atrás como si estuviera en un columpio. Sus manos, grandes y fuertes, sujetan una libreta que lee con interés.
Es la libreta de Jack. En ella escribe sus canciones, se desahoga y hace las veces de diario.
Jack se levanta de la cama de un salto y se planta delante de Austin.
—¡¿Qué te crees que haces?!
—Solo lo estaba leyendo. ¿Esto lo has escrito tú solo o te ha ayudado tu profesor?
El otro le arranca la libreta de las manos.
—¡No te he dado permiso!
—Ni que te hubiera mirado el móvil.
A Jack no le hubiese importado que mirase su teléfono, porque ahí no tiene nada que esconder. Además, ¿con quién va a hablar si no tiene amigos? ¿A quién va a agregar en Instagram?
—Esa libreta es personal. No tenías ningún derecho a leerla.
—Así que lo has escrito tú.
Jack lo fulmina con la mirada.
Austin levanta los brazos en son de paz, aunque una sonrisa incontrolable escapa de su boca al ver lo furioso que se ha puesto su hermano.
—Tranquilo, solo he leído un par de canciones.
Por supuesto, Jack no está tranquilo.
—Fuera de mi habitación —le ordena.
—¿No vas a preguntarme qué hago aquí?
—Me da igual. Solo quiero que te vayas.
Austin sonríe.
—Ya… Pues resulta que tienes que cambiarte de ropa. Y rápido.
—¿Qué?
—Nos vamos.
Si no estuviera enfadado con Austin por haber leído su libreta, si no tuviera tan reciente el recuerdo de la piscina sobre la que se encontró su cuerpo flotando antes de sacarlo, si no le molestara ser solo un capricho para el actor o si este no le hubiera presionado para hablar de su sexualidad, esas dos palabras, ese «nos vamos», habrían tenido otro efecto en él.
Seguramente se habría puesto un poco tenso y un poco nervioso.
Seguramente sus manos se habrían convertido en puños porque, también seguramente, le habría gustado oírselo decir.
«Nos vamos»; Austin Brooks y él. ¿Adónde?
Daba lo mismo. «Nos vamos», los dos solos, a cualquier parte, lejos de la Casa del Cisne, lejos de piscinas y cuerpos flotando bocabajo, lejos de una herencia que ganar.
Y más importante aún: lejos de todas esas dudas acerca de lo que pasa con ellos, de la tensión que flota en ambas direcciones, del deseo que despierta y no se puede tapar, aunque tampoco saben muy bien qué hacer con él. «Nos vamos».
Si todo fuera distinto, quizá Jack habría encontrado el valor para responderle: «Pues espero que sea muy lejos, que ahora soy yo el que necesita comprobar algo».
En cambio, con voz muy fría, sentencia:
—Yo no me voy contigo a ninguna parte.
El actor lo mira como diciendo: «No tienes otra opción».
—¿Has leído All The News ? —pregunta, y Jack niega moviendo la cabeza—. Ah, entiendo. Aún no lo sabes.
—¿Qué es lo que no sé?
—Han descubierto lo que pasó la noche que nos conocimos. Alguien se ha puesto en contacto con Rebecca Collins y se lo ha contado todo. Resulta que hay un traidor entre nosotros. ¿Qué te parece?
—Me parece que te he dicho que salgas de mi habitación y todavía sigues aquí.
Mientras Jack escupe esa última frase, sus ojos se distraen observando las curvas que dibujan los mechones más rebeldes de Austin; esos que primero se deslizan hacia su frente y luego cambian de opinión y vuelven a subir hacia arriba.
Cada mechón señala una dirección diferente y atraviesa el azul de su iris con otro rayajo negro, como si el artista hubiese querido contener el mar en los ojos del actor a base de líneas curvas que se cruzan desordenadas.
—Ya deberías saber —dice Austin—, por el tiempo que llevas viviendo con nosotros, que no soy el tipo de persona que cumple las reglas.
—Y yo no soy de los que tienen paciencia, así que, como no te largues de mi habitación…
—Sí, sí, lo que tú digas, Jack —lo interrumpe, agitando una mano como si barriera sus palabras—.
Escúchame. Morgan cree que para zanjar la polémica lo mejor es que posemos juntos para All The News .
La revista suele publicarse online , pero van a hacer un número especial de verano, a mediados de agosto.
Nosotros saldremos en la portada. Lo van a anunciar esta misma semana, así que necesitan tener alguna imagen ya para ir creando expectación.
Lo sé, a mí tampoco me hace especial ilusión todo esto. No hace falta que me mires así.
—¿Y si me niego?
Austin ríe por la nariz.
—¿No lo entiendes, verdad? Da igual si quieres o no. Es lo que quiere Morgan. Nosotros solo obedecemos.
Jack exhala el aire con lentitud y se cruza de brazos sin soltar su libreta.
Su mirada recorre el pijama que lleva puesto Austin: camiseta celeste que resalta el azul eléctrico de sus ojos y se estira en la zona de los hombros y los pectorales para abarcar su volumen, y un pantalón corto y blanco atado con un lazo flojo.
Austin se baja del buró y, ahora de pie, mirando al chico desde su altura, se pone a jugar tirando suavemente por los extremos del lazo del pantalón, arriesgándose a deshacerlo y que este resbale por sus piernas y se quede desnudo de cintura para abajo.
Tira del lazo hasta llegar al límite y después se detiene.
No deshace el nudo, todo sigue en su sitio, pero tampoco le hubiese importado que Jack le viera la polla.
Si ha estado jugando con el lazo ha sido porque está tanteando el terreno.
Quería saber cómo reaccionaría él, si se daría la vuelta o no, llevarlo al límite.
Le gusta la idea de jugar con fuego para descubrir quién de los dos se quema primero.
Jack, por su parte, nota la garganta seca y prefiere no pensar en lo que ha estado a punto de ocurrir para que no se le ponga dura. El problema es que, aunque intente no pensar en lo que casi ve, se ha quedado mirando lo que no debía.
Y por eso Austin le dice:
—Vale, me hago una idea de lo que sí quieres.
—En tus sueños.
—Los que estabas teniendo tú conmigo mientras me mirabas el paquete.
Jack nota que le arde la cara, así que intenta reconducir la conversación.
—Bueno, ¿y qué tendríamos que hacer?
—Tú te pones de rodillas y yo…
—Austin —le corta, con la cara más encendida que hace un segundo—. La revista. La sesión de fotos. Que cuál es el plan.
El otro sonríe y, como quien no quiere la cosa, se recoloca el paquete.
—En media hora salimos y nos llevan al estudio de fotografía que tienen en la sede de la revista. Primero pasaremos por maquillaje y vestuario. Luego tendremos que posar juntos y fingir que nos llevamos de puta madre, esas cosas.
—Vale —dice Jack, haciendo un gran esfuerzo para no bajar la mirada nuevamente a la parte que Austin se está rascando—. Entonces, ¿nos hacen las fotos y volvemos a casa?
—No. Esa es la primera parte. Luego viene… la segunda.
Entonces Austin se mete las manos en los bolsillos. El bulto se ha hecho más grande.
Y Jack nota que el suyo crece igual de rápido. Así que también se lleva las manos a los bolsillos, imitándolo.
—Después de las fotos —continúa, con los ojos fijos en Jack—, Rebecca Collins nos hará una entrevista conjunta y nos preguntará sobre lo que pasó realmente entre los dos. Es la razón por la que vamos a salir en la revista.
El otro asiente mientras hace todo lo posible para que la erección no se le marque en el pantalón. El actor tiene el mismo problema.
Jack es consciente de que algo dentro de él sigue cambiando con una fuerza imparable. Y se obliga a recordar que, para Austin, solo es un juego.
—Espero que en la entrevista no digas ninguna estupidez.
Austin suelta una carcajada.
—¿Te da miedo que le hable de la tensión sexual que hay entre los dos?
—No hay ninguna tensión.
—Ya sabes que a mí me encantan los retos y que al final siempre consigo lo que quiero. Así que, cuanto más te resistas a admitir lo obvio, más ganas tendré de señalar las mentiras que ni tú mismo te crees.
Jack lo ve escrito en sus ojos azules. Ese tira y afloja hace que el actor se sienta vivo. Entonces se pregunta: si al final se besan, ¿cuánto tiempo tardará Austin en aburrirse de él? Eso es lo segundo que más le preocupa. Lo primero es descubrir quién es, y, después de eso, Austin Brooks.
Está convencido de que el interés que siente este por él es muy distinto al que él siente por Austin.
Para Jack, lo que Austin siente tiene que ver con combatir el aburrimiento y quedarse en la superficie.
Lo suyo, en cambio, tiene que ver con sentir el vértigo y que su mundo pueda ponerse del revés.
Por eso se enfada. Con Austin, por usarlo como entretenimiento. Pero también consigo mismo, porque ahora se siente estúpido.
También por eso, cuando el actor da un paso hacia él, Jack se pone a la defensiva.
—No te acerques más.
Austin levanta las manos.
—Tranquilo. No haré nada que tú no quieras.
El cuerpo de Jack recibe un tirón en el estómago y se prepara para pelear. Y luego se queda mirando a Austin sin saber cómo luchar con él; porque el verdadero conflicto, la batalla que tiene que librar, sucede desde dentro.
—Como te decía… —continúa Austin—. Tendremos que responder las preguntas que nos haga Rebecca Collins y cortar el problema de raíz. Seguramente intentará que mordamos el anzuelo para conseguir un buen titular.
Jack respira por la nariz y responde con firmeza.
—No se saldrá con la suya.
—Si queremos que Morgan esté contenta con nosotros, más nos vale que no.
—Solo son preguntas. No parece complicado.
Austin asiente mientras se chupa el labio inferior. Jack no puede dejar de mirarlo y de pensar cómo sería rozar su boca con la suya, en ese cosquilleo inocente que se convierte en un pistoletazo de salida.
—Solo tienes que decir que yo nunca te he puesto una navaja en el cuello. Y yo diré que tú nunca me has pegado un puñetazo.
—¿Algo más?
Austin tarda unos segundos en responder porque está atento a su respiración.
—Nada. Luego volveremos a casa y… problema resuelto. Tú podrás seguir odiándome si quieres.
—Eso se me da todavía mejor.
—Sí —coincide Austin—, a los dos se nos da bastante bien. Aunque yo prefiero saltarme toda esa parte en la que te convences a ti mismo de que soy un cabrón para no tener que asumir que en el fondo te gusto.
Jack está a punto de mandarle a la mierda, pero entonces se queda callado porque ve que algo en la expresión de Austin, hasta hace un segundo divertida, cambia de golpe. No solo esta serio, es… como si además reflejara sorpresa, alarma y decepción.
El actor frunce el entrecejo mientras su mirada se clava, con una gravedad que Jack no había visto antes en él, en una pata de la cama.
—Jack… ¿Fuiste tú?
—¿A qué te refieres?
Austin se acerca a los pies de la cama, se agacha despacio y estira el brazo para recoger un objeto metálico que brilla en cuanto le da la luz. Vuelve a levantarse y a girar en dirección a su hermano. Lo sostiene frente a él.
Es una llave.
Se queda esperando una explicación mientras el otro descubre que la llave estaba ahí diez segundos más tarde que Austin. Y comprende por qué parece haberse enfadado de golpe, la razón de que lo mire ahora con esa oscuridad.
—No fui yo, Austin.
—Pues explícame por qué he encontrado la llave de Maximus debajo de tu cama.
Jack traga saliva.
—Alguien la ha dejado ahí para hacerme parecer culpable.
—Ya. Claro.
—¡Te estoy diciendo la verdad! ¿En serio…? ¿En serio crees que yo intentaría matar a Maximus?
Austin lo medita en silencio, por eso tarda unos segundos en responder:
—Lo que creo es lo que yo te enseñé y tú me repites siempre: no se puede confiar en nadie.
—Pero sí puedes confiar en que no fui yo.
—¿Y por qué te iba a creer a ti?
—Porque no te estoy mintiendo —insiste.
—Bueno. Eso que lo decida Morgan. A ver qué opina ella.
A Jack se le encienden todas las alarmas.
—Austin, espera, por favor. Si se lo cuentas, ya sabes qué pasará. Ella no me va a creer a mí. Me echará sin miramientos.
—Desde luego.
—¿No te das cuenta de lo que está pasando? Eso es justo lo que quiere la persona que dejó la llave ahí a propósito: que crean que fui yo para que nadie la descubra.
—O… puede que, en realidad, hayas sido tú.
—No sé qué me ofende más: que me veas capaz de matar a alguien o que pienses que sería tan tonto como para no esconder la llave mejor.
—¿Y por qué te han elegido a ti?
—Porque ahora todos me odian, ¿no? Fue lo que me dijiste.
Silencio. Después:
—Está bien.
Jack abre mucho los ojos.
—¿Me crees?
—Sí. O, más bien, decido creerte. Por lo menos esta vez.
—¿Por qué? —pregunta, dubitativo.
Austin suelta el aire que estaba reteniendo en los pulmones y, mirándolo a los ojos, le responde:
—Bueno…, tú me salvaste de morir ahogado en la piscina. Digamos que, con esto, ya estamos en paz.
—Pero esa no es la verdadera razón —adivina Jack.
—¿Estás buscando la otra cara de la moneda?
—Estoy esperando a que seas sincero.
Austin niega mientras sus comisuras se estiran hacia arriba.
—Está bien. Lo hago porque, si soy sincero conmigo mismo, no te veo capaz de matar a nadie. Y me parece que es mejor que busquemos juntos al que sí lo es, en lugar de usar esto para deshacerme de ti.
—Gracias, Austin. De verdad.
Los dos se quedan mirando la llave hasta que el actor se aclara la voz.
—Será mejor que la escondamos antes de que alguien más la encuentre.
Jack asiente moviendo la cabeza de forma automática. Es una suerte que Austin haya encontrado la llave antes que Rosario. Si llega a ser al revés, está convencido de que la asistenta se lo habría contado a Morgan y el final para él habría sido otro.
Mientras sigue a Austin, Jack es consciente de que el actor tenía la oportunidad perfecta de acusarlo y dejarlo fuera de juego de un plumazo, pero, en lugar de pensar en lo que le conviene de cara a la competición, ha elegido confiar en él y protegerlo.
Al esconder la llave juntos, crean su primer secreto.
Y ese salto de fe los une más de lo que imaginan .