Cómo matar a un cisne 44
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M organ deja que el lunes Austin vaya a plató para seguir grabando Besar o morder .

Él, tal y como le comentó a Jack, no le dice a Sarah en ningún momento que la noche del viernes, justo después de que ella se fuera, estuvo a punto de ahogarse en la piscina.

Graban las escenas de la serie, cada uno metido en su papel, repiten alguna toma y, durante el descanso, Sarah permanece lejos de Austin.

No quiere hablar con él; ya es suficientemente doloroso tener que besarlo y sentir por los dos todo lo que él no siente por ella.

El chico habla por teléfono con Robert, su representante, y le dice que está siendo un buen día. Cuando terminan de grabar el capítulo, el director les da la enhorabuena y se despide de ellos.

Hasta que Austin no regresa a la Casa del Cisne y su madre comprueba que no le ha pasado nada, que sigue de una pieza, no se queda tranquila.

Haberlo visto tan cerca de la muerte le crea una falsa sensación de alarma; como si las probabilidades de volver a perderlo se multiplicasen, como si alguien fuera a bajar del cielo a reclamar la vida de su hijo.

Esa sobreprotección que siente hacia Austin se irá diluyendo poco a poco a lo largo de la semana.

Los días pasarán, todo regresará a su sitio y la mansión volverá a convertirse en ese pequeño mundo en el que nada malo puede pasar, porque Morgan encerrará el episodio de Austin ahogándose en la piscina en un cajón; igual que ha hecho con otros episodios vividos en los que prefiere no pensar para que su recuerdo no la persiga.

Lo que no sabe es que ahora, por su culpa, todos sus hijos le tienen envidia a Jack y lo ven como una nueva y sorpresiva amenaza. Incluso Austin.

Cuando el actor coincide con Jack, lo detiene agarrándolo del brazo. Al otro le arde el punto en el que su hermano lo toca, pero lo disimula tan bien que ni siquiera el propio Austin, experto en mentiras, se percata.

—No sé si darte la enhorabuena o ir pidiéndote la mitad de la herencia. Ahora tienes más de doscientos puntos gracias a mí.

Jack pega un tirón para que le suelte.

—Y toda la casa en mi contra —responde este, sin mirarle a los ojos.

—Sí, esa es la contrapartida del éxito.

—¿Tú también?

Austin contiene una sonrisa que amenaza con reptar por sus comisuras.

—Bueno, nunca hemos dejado de competir por el mismo premio.

—Pero hasta hoy no habías contemplado la posibilidad de que yo pudiese ganar.

—Ni que fueras capaz de reventarme un jarrón en la cabeza.

—Lo lancé contra la ventana.

—No importa. Sigues siendo jodidamente violento. Dime, Jack, ¿por qué lo hiciste?

—No lo sé. —Sí lo sabe: necesitaba borrar la imagen de Austin a punto de morir. Estaba desesperado y la desesperación lo llevó a actuar así—. Fue un impulso.

—¿Tan poco te gustaba ese jarrón?

Lo que no le gustaba era la idea de perder a Austin.

—Era una horterada. Y ahora, respóndeme tú: ¿te da miedo que gane y llegue a quitártelo todo?

El actor deja escapar la sonrisa que estaba conteniendo. Suelta el aire por la nariz y dice:

—Siempre hay un momento en la batalla en la que parece que el otro bando puede sobreponerse y ganar.

—Pero crees que no va a suceder.

Austin asiente.

—Creo que algunos finales están escritos desde el principio.

—Y yo creo que puedo cambiar el mío.

A Jack le sorprende que el otro suelte una risotada.

Lo cierto es que, una parte de Austin, la más destructiva, es feliz viendo el revuelo que se ha formado en la casa con la última actualización de la clasificación.

La otra parte, la más razonable y la encargada de no tomárselo todo a broma, está también algo preocupada.

Por mucho que le divierta que Jack se haya convertido de la noche a la mañana en un rival fuerte y el nuevo giro le dé más emoción al juego, eso no quiere decir que no le dé miedo perderlo todo.

Aunque sigue confiando en que Morgan se asegurará de que la herencia acabe siendo para su único hijo biológico; él mismo.

Además, que Jack haya pasado de ocupar el último lugar a escalar hasta el tercero de golpe, tiene sus ventajas. Ahora todos los hermanos están pendientes de él. Por eso, cuando termina de reír, Austin dice:

—Crees que Morgan te ha hecho un favor, pero en realidad solo ha agitado el avispero. Ahora todos te odian y van a ir a por ti.

Jack traga saliva despacio.

—¿Algún consejo?

—¿Le pides consejo a alguien en quien no confías? —pregunta el actor, mitad burlón y mitad sorprendido.

—Eso parece.

Los dos se miran, por fin, a los ojos.

Austin estira el momento todo lo que puede porque quiere seguir mirándolo de cerca y, luego, le responde con sencillez:

—Intenta no restregarle a nadie los puntos que has obtenido.

—De acuerdo. ¿Algo más?

—Sí…

Sus ojos trazan un nuevo camino por el rostro de Jack: primero se deslizan sobre la nariz y luego llegan hasta unos labios que cada vez conoce mejor porque ya se ha fijado en ellos antes. No tiene ni idea de cómo besan, pero podría dibujarlos porque se los ha aprendido de memoria.

Jack, por su parte, nota una punzada en el pecho; es más intensa que las anteriores.

Quizá, también por eso, la recibe como si el actor le hubiera asestado un golpe que le deja más confuso y vulnerable de lo que acostumbra a sentirse cuando se encuentra a solas con él.

Es una sensación nueva y desagradable, eso de sentir que algo te controla por dentro y que no puedes hacer nada para evitarlo.

Aprieta los puños y exige una respuesta que no llega.

—¿Austin?

—Eres un impaciente.

—No tengo todo el día. Y prefiero que me mires a los ojos cuando estés hablando conmigo.

El esbozo de una sonrisa nueva, de pronto, plasmada en su cara como una obra sin terminar.

—O puedes ser más listo e imitarme —le propone Austin, y después baja la voz y murmura—: Aprovecha y toma aquello que tanto deseas.

Jack cruza los brazos sobre su pecho.

—No tengo ningún interés en mirarte la boca. —Pero lo hace: su mirada verde resbala y echa el ancla al llegar al arco de Cupido. Y luego no sabe qué más hacer, si dar un paso más o no. O quizá sí lo sabe, pero no le parece una buena idea.

Y por eso al final se queda esperando en silencio, mirando la boca de Austin con la misma intensidad con la que él observa la suya, a que el otro decida por los dos.

Lo que decide Austin es darle una respuesta en lugar de un beso, y eso supone para Jack un alivio y también una pequeña decepción.

—Cuidado con los aguijones —le advierte el actor, dando un paso atrás—. Ese es mi último consejo.

Jack despega la mirada de su boca.

—Tendré cuidado.

—Una cosa más antes de que te vayas: si algún día te sientes preparado para reconocer que estás igual de roto que yo, siempre podrás acudir a mí.

Los músculos de Jack se agarrotan, y entonces recuerda que, para Austin, él solo es un capricho.

Así que escupe:

—Se te da genial cagarla y hacer que te odie.

—Quizá deberías estar más agradecido por eso que por los puntos que tienes ahora. Odiar es más sencillo que amar. Mientras te concentres en esa cara de la moneda, podrás seguir ignorando la otra para no tener que enfrentarte a quién eres en realidad.

—No hay dos caras, Austin. Es solo una y siempre es la misma.

El otro sonríe por toda respuesta, y Jack, sintiendo que tiene el corazón en un puño y que el actor está jugando con él, se gira con brusquedad y se encierra en su habitación.

Al marcharse tan rápido, ha vuelto a dejar ese aroma a hierbabuena que le obliga a Austin a cerrar los párpados y morderse superficialmente el labio.

Piensa en Jack, en su olor, y lo hace mientras él también entra en su cuarto y se tumba en la cama bocarriba.

Después busca el nombre del chico en internet y echa un vistazo rápido a las últimas noticias.

Según parece, no es solo dentro de esta casa: el mundo que existe fuera de la mansión sigue mostrando el mismo interés que suscitó el primer día, cuando Morgan fue a buscarlo al orfanato.

El nombre de Jack lleva un mes colándose en las primeras páginas de la prensa rosa; la gente quiere conocerlo.

Austin no entiende de dónde nace todo ese interés, pero la pregunta que se hace no es esa, sino la que afecta al juego: ¿cuántos puntos más estará a punto de ganar?

Y a esa pregunta le sucede otra que le afecta solamente a él: ¿cuánto más será capaz de aguantar sin besarlo?

Después de terminar su clase de canto, Jack sube a su habitación, apoya el dedo índice sobre el lector que hay bajo el televisor y espera a que se encienda una lucecita roja.

Una vez confirmada su identidad, el sistema le permite acceder a sus pruebas individuales.

Entonces descubre que Morgan le ha dejado una nueva.

30 puntos: Consigue que Austin te cuente su secreto.