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L o cierto es que, hasta ayer, ninguno de sus hermanos daba un duro por Jack.
A pesar de que no veían con buenos ojos que Morgan le hubiese dejado competir como al resto por su herencia, tampoco pensaban que él tuviera posibilidades reales de ganar; ni siquiera después de escucharlo cantar o verlo pasar las horas delante del piano.
Por mucho que se esforzase en aprender, el chico parecía tener todo en su contra: era el nuevo, apenas se sabía nada de él y no contaba con el favor del cisne. O eso creían.
A las ocho de la mañana, todas las televisiones de la mansión se apagan de golpe. La pantalla en la que hace un segundo se mostraba la clasificación parece haberse fundido. Permanece negra durante unos segundos y después se enciende y regresa… actualizada.
En el momento en el que eso sucede, cada hermano está en su habitación.
La primera en darse cuenta es Rubí, y su grito es una mezcla de rabia y sorpresa.
—¡Ah! ¡No puede ser…!
La segunda en gritar es Jessie.
—¡No, no! ¡Imposible!
La tercera es Grace.
—¡¿Qué es esto…?!
Pero la que grita más alto es Natalie.
—¡¡¡Hija de puta!!!
Bonnie despierta de golpe por culpa del alboroto y, nada más levantarse de la cama y ver la televisión, se echa a llorar.
Nolan, por el contrario, no emite ningún sonido. Permanece sumido en ese famoso silencio al que los tiene acostumbrado a todos, y se limita a llevarse el índice y el pulgar a la barbilla para rascársela como un pensador. Parece tranquilo, pero en su interior todo es ruido y envidia.
Chloe maldice a su madre por crear un juego que cada vez parece más difícil de ganar.
Austin es el único en soltar una fuerte carcajada que acompaña con un movimiento de hombros, disfrutando de que todo haya empezado a saltar por los aires.
—Vaya, vaya. Ahora es cuando el juego se pone interesante de verdad —celebra para sí.
Jack parpadea sin dejar de leer su nombre una y otra vez en la pantalla, convencido de que se trata de un error. Morgan ha tenido que confundirse, ella no puede…
«Espera», se corrige a sí mismo, «es Morgan Brooks. Claro que puede. Puede hacer lo que le dé la gana. Es su juego y ella pone las normas».
Pero eso no significa que el resultado, aunque le beneficie a él, le parezca justo.
En otra habitación, Maximus observa en silencio y de pie la pantalla. Da la sensación de que el mago no mueve ni un solo músculo; sin embargo, si te acercas a él lo suficiente, se puede ver la tensión en su mandíbula o la rapidez con la que los nudillos pierden el color al apretarlos en puños.
Morgan ha premiado a Jack con doscientos puntos por salvarle la vida a Austin.
Cuando Austin le salvó a él, el actor solo se llevó cincuenta puntos.
Ahí se da cuenta de que su vida y la de Austin Brooks no valen lo mismo.