Cómo matar a un cisne 41 #2
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—Sinceramente, fue todo muy deprisa. Yo estaba ahí, había bebido mucho, estaba agobiado y…

Sarah se acababa de marchar. Le había roto el corazón; a ella, a quien nunca he querido hacer daño.

Empecé a sentir que todo a lo me acerco demasiado termina rompiéndose, que siempre acabo haciendo daño a los demás.

Entonces miré el agua, se me cerraron los ojos y fue como si alguien me empujase por la espalda.

—Joder.

—Sí… Una parte de mí notó que me caía hacia delante, pero estaba tan borracho que no encontré las fuerzas para frenarlo. Y luego, en la piscina, sentía que ya no podía hacer nada porque mi cuerpo no me respondía.

—Tendrías que haber tenido más cuidado —le dice Jack, molesto.

Cuando recuerda su cabeza sumergida en la piscina, se le crea un nudo en el estómago. Intenta borrar la imagen, pero no puede librarse del malestar que el recuerdo le genera.

—Tienes razón. Era peligroso estar tan cerca del agua en mi estado. Pero no quiero que pienses que yo en algún momento intenté…

—Cuando saqué tu cuerpo de la piscina, no respirabas. No sé si sabes lo que eso quiere decir. Estuviste muerto durante unos segundos y luego no.

Austin primero asiente, y luego añade, inclinando ligeramente la cabeza:

—¿Qué pasaría si lo hubiera intentado?

—¿Te refieres a…?

—A acabar con todo.

Jack tensa la mandíbula.

—No tiene ni puta gracia.

—Solo era una pregunta.

—Pero no se puede jugar con eso.

—Jack… —El actor intenta tomarlo del brazo, pero el otro lo retira bruscamente.

—¡No! ¡Escúchame bien! Si en algún momento se te pasó por la cabeza… Entonces tendrías que pedir ayuda profesional.

—Nunca he querido suicidarme —le asegura Austin—. Pero tampoco voy a fingir que no me siento vacío y que, de alguna forma, desde que tú has llegado me siento mejor.

—¿Mejor?

—Sí, Jack, mejor . Es la historia de siempre: el chico que se hace famoso y que, cuanto más dinero tiene y más fama consigue, más infeliz es.

Yo soy ese chico. Me he comprado los caprichos más excéntricos que te puedas imaginar, como la lámpara de oro con forma de león que todavía no he sacado de la caja o el jarrón que tengo en la mesita de noche.

—El jarrón me parece horrible.

—Es de la dinastía Ming —le informa el actor, señalando el jarrón de porcelana blanca y azul—. ¿Sabes cuánto dinero cuesta? Muchísimo. Se trata de una pieza única y… Bueno, no importa. Me compro cosas y luego me olvido de ellas, y eso me ha hecho creer que todo está a mi alcance.

—No sé qué tiene que ver eso con…

Austin lo interrumpe.

—A lo que voy es a que el dinero no compra nada.

Desde que soy pequeño, he perdido la ilusión.

Colma de regalos a un niño durante todo el año, cómprale todos los juguetes que quiera y, cuando llegue la Navidad, será el niño más triste de todos.

La gente me ve y cree que soy afortunado, pero yo por dentro me siento vacío.

—Hace una pequeña pausa antes de añadir—: Pero ahora, desde que has llegado, siento que por fin vuelvo a tener ilusión por algo.

Que… que hay algo que quiero y que se me niega constantemente. Eso me hace sentir vivo.

Austin esperaba ver una sonrisa abriéndose paso en el rostro de Jack, por eso no entiende que se enfade. Lo mira a los ojos y le pregunta:

—¿He dicho algo que te haya molestado?

—Entiendo que la fama y el dinero no dan la felicidad y que por eso puedas sentirte triste… Pero hablas de mí como si yo fuera un puto capricho tuyo. Y yo no soy el capricho de nadie. Eso es lo que me cabrea, que me digas que te sientes vivo porque no me tienes.

La sonrisa que esboza Austin es oscura y parece capaz de cortar si intentas besarla.

—¿Te parece gracioso? —pregunta Jack, cada vez más molesto con él.

—Si sonrío es porque veo que te afecta, y eso significa que tengo algo de poder sobre ti aunque luego finjas que te caigo mal.

—Eres un desgraciado.

Austin ignora el insulto porque quiere explicarse mejor:

—Cuando te enfrentaste a mí la primera noche, me sentí más vivo que nunca.

No esperaba que llegase alguien con tu mal genio.

Hay algo de ti que me resulta adictivo. Al principio no sabía qué era.

Sé que vas a pensar que estoy loco, pero desde el principio tengo la sensación de que te conozco.

Te veo y me pareces alguien predecible, pero luego haces algo impredecible y me obligas a volver a la casilla de salida, y todo lo que había ido descubriendo de ti deja de tener sentido.

Es como si tus acciones no se correspondieran con la persona que escondes dentro, pero tampoco supiera cuántas personas escondes en realidad.

Eso me crea la necesidad de estar siempre vigilándote.

Jack se cruza de brazos, incómodo por sentirse observado y deseando terminar lo antes posible esta conversación.

—No quiero que me vigiles.

La sonrisa de Austin vuelve a dibujarse con más fuerza que antes, llenando toda su cara y mostrando todos sus dientes.

—Ya, bueno… Resulta que yo necesito saber qué haces, entender cómo funciona tu cabeza o por qué te pones nervioso cuando me ves en bañador.

—¡No me pongo nervioso! —se defiende Jack, aunque eso le da lo mismo ahora. Lo que importa es que, para Austin, él es solo un capricho; o un enigma que quiere descubrir, llámalo como quieras.

—Cuando te di el masaje en la espalda y se te puso dura, me miraste a los ojos y los tuyos me parecieron tan grandes y verdes que me hablaban. ¿Sabes qué me dijeron?

—¿Que eres imbécil?

—Me contaron las cosas que no quieres decir en voz alta porque te dan miedo.

Pero no solo es miedo. Cuando te pedí que me miraras porque quería comprobar una cosa, encontré más de lo que pensaba: sorpresa, vergüenza, excitación, desconfianza.

Y lo que también vi es que yo era la primera persona que te hacía sentir todas esas cosas juntas, que despertaba ese deseo en ti: las ganas de tocar a un chico, de besar a un chico, de acostarte con un chico.

Jack se queda callado. Es la primera vez que no niega lo evidente. Ha pensado en cómo sería besarlo y hacer todas esas cosas con él. Cosas que jamás se habría imaginado que desearía hacer con Austin Brooks.

El actor se levanta despacio, en pijama, y se queda a un palmo de distancia de él.

—Tú me haces volver a ser un niño, Jack. Gracia a ti, ahora sé que hay personas que pueden llegar a tu vida y cambiarlo todo porque consiguen que haya algo, aunque sea mínimo, donde antes no había nada.

A Jack, al principio le agrada lo que escucha, pero luego recuerda que esto para Austin solo es un juego. Tarde o temprano el actor se aburrirá de él y solo volverá a acercarse cuando necesite usarlo para ganar más puntos.

—No intentes venderme lo de que te obsesionas con aquello que se te niega como si fuera algo romántico.

Austin se queda unos segundos callado. Después se pone serio y dice:

—Bueno, yo no intentaba venderte nada. Tampoco confundamos ahora las cosas. No me he enamorado de ti. Esto no va de sentir un flechazo, Jack; esto va de conocer a alguien que parece igual de roto que tú y que, cuando te mira a los ojos, sientes que dentro de ese vacío cae un grano de arena.

—Yo no estoy roto como tú.

—Y yo no te pedí que me salvaras. —Son las palabras de Austin, pero es como si otra persona hubiera hablado por él; como si lo hubiera dicho Andrew, el vampiro que interpreta en la serie.

Esa frase, para Jack, son tres golpes en uno.

El primero lo recibe al recordarlo flotando bocabajo en el agua y él observándolo desde lo alto de la terraza.

El segundo es una imagen de él corriendo por el jardín mientras grita el nombre de Austin.

El tercero es cuando trata de reanimarlo después de sacarlo de la piscina y creer que está muerto.

Jack se esfuerza en eliminar esas imágenes para siempre de su mente.

Desesperado y sin ser consciente de lo que hace, alarga el brazo y toma lo primero que encuentra; un objeto frío y redondeado que no identifica porque sigue con los ojos clavados en Austin.

Entonces lanza el objeto con todas sus fuerzas como si, en lugar de una ventana, tuviese delante una piscina; como si lanzando algo fuese a romper el recuerdo tan horrible que proyecta su cabeza.

Lo ve una milésima de segundo antes de que se estrelle: es el precioso y carísimo jarrón de la dinastía Ming, que estalla con un ruido seco y sordo.

Trozos de porcelana y de cristal, con formas punzantes que cortan como hojas de cuchillos, salen disparados por la habitación y la terraza.

Austin cubre su rostro con los brazos para protegerse.

Después del estallido, la habitación se queda en silencio, aunque escuchan gritos que vienen de fuera.

Alguna hermana que chilla alarmada. La voz de Morgan, preguntando qué ha pasado, y luego sus pasos firmes y rápidos subiendo por la escalera .