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M organ se entera a la mañana siguiente.
Una asistenta —que se levantó de la cama al oír los gritos de Jack y descubrió que este y el actor estaban en el borde de la piscina, abrazados— le cuenta que anoche Austin estuvo a punto de ahogarse.
Los ojos de Morgan se abren como platos, sin poder creérselo al principio.
Después el miedo se apodera de ella y la convierte en una persona débil que pierde su seguridad de golpe; como si alguien se lo hubiera quitado todo y la hubiese dejado sin nada.
Siente la urgente necesidad de ir a la habitación de su hijo para comprobar que todo está bien, que respira, que todo sigue en su sitio, y lo encuentra dormido en su cama, respirando mecánicamente.
Ayer era un adolescente y hoy parece un niño, como si al haber estado tan cerca de la muerte el tiempo hubiese retrocedido diez años para él.
Ahí la actriz se da cuenta de que la Casa del Cisne —esa mansión en la que tanto tiempo y dinero ha invertido para que se alce como una gran cúpula que proteja a sus hijos de cualquier mal del exterior, esa jaula de oro en la que nunca les faltaría nada y en la que siempre estarían a salvo— no es el espacio seguro que ella había creído que era.
El hecho de que dos de sus hijos hayan estado a punto de morir lo cambia todo.
Con Maximus, podía excusarse en que el incidente había sucedido fuera.
Pero ahora, con Austin, la casa se desmorona ante ella como un castillo de naipes.
No importa el dinero ni lo poderosa que seas: al final, la vida sigue siendo igual de frágil para todos; un día estás aquí y al siguiente te atropella un coche, te dispara un fan loco en un evento público, o te bañas en la piscina en la que te diviertes con tus hijos los días de sol y mueres ahogado.
Habla con Austin mientras lo toma de la mano. Le clava en la palma sus uñas larguísimas terminadas en punta.
Austin, a pesar del pinchazo de dolor, no la aparta y deja que su madre le siga sujetando la mano. Sabe que ella necesita aferrarse a él hasta que su cabeza procese que está bien y que solo ha sido un susto.
Morgan llama al médico privado de la familia de los Brooks para que venga con la mayor brevedad posible.
Lo bueno de tener dinero es que puedes comprar a las personas.
Ese médico firmó un contrato de confidencialidad hace muchos años y, desde entonces, entra y sale de la Casa del Cisne siempre que la estrella se lo pide, y luego regresa a su casa como si nunca hubiera estado allí; así la prensa no se entera.
Los medios sensacionalistas siguen hablando de Maximus. Si descubren que Austin también ha estado a punto de morir, todos cuestionarán su papel como madre y la pondrán en el punto de mira. Tiene que evitarlo como sea.
El médico examina a Austin y le dice que está bien, que solo tiene un fuerte resfriado. Aun así, Morgan le prohíbe a su hijo salir de la cama durante todo el fin de semana. Reposo absoluto. Rosario se encarga de subirle la comida. Él solo puede levantarse para ir al baño.
Sus hermanos suben a verlo como cuando llevas flores a un muerto; solo que los muertos no sonríen, y menos de esa forma tan extraña.
Austin habla con sus hermanos tranquilamente, como si el episodio de la piscina no hubiese ocurrido y todos hubieran tenido la misma pesadilla la noche anterior, pero en realidad él nunca hubiera estado a punto de ahogarse.
—Se nota que llevas fatal no ser el protagonista —le dice Maximus.
Desde hoy el mago tiene el permiso de Morgan para salir de la cama y se ha acercado a la de su hermano, que ahora parece hacerle el relevo.
—Dices que fue Jack quien te salvó —menciona Chloe con interés.
—Sí.
—¿Estabais juntos?
—No.
—Entonces, ¿cómo se dio cuenta de que te estabas ahogando?
Austin carraspea antes de contárselo todo y, mientras él habla, Chloe presta especial atención al rostro de su hermano con la esperanza de encontrar nuevas pistas escondidas en él.
La escritora sigue preguntándose si esos dos se llevan tan mal como parece o si hay algo más.
En realidad, se lo pregunta desde aquella cena en la que Jack se enfrentó a Sarah y a Austin.
Aquel día, Chloe se fijó en cómo Austin miraba a Jack, pero no ha vuelto a ver indicios reales de que haya nada entre ellos.
Además, ni las respuestas ni el lenguaje corporal del actor le dicen nada ahora, así que regresa a su habitación pensando en otra forma de averiguarlo.
Austin, por su parte, aprovecha las horas que pasa encerrado en la suya para estudiarse el guion. En eso anda cuando alguien llama a la puerta.
—¿Cómo estás?
Sonríe desde la cama. Se alegra de ver a Jack.
—Con una resaca horrible. Pero sobre todo vivo, gracias a ti.
Jack parece sentirse incómodo en su papel de héroe, como si ese disfraz con capa le quedara grande.
—¿Qué te ha dicho el médico?
—Que he tenido mucha suerte.
—¿Y Morgan?
—Se lo he contado todo. Bueno, casi todo.
Le he dicho que lo de beber en la piscina fue idea mía, y que la botella también la había conseguido yo.
No quiero que tenga nada en contra de Sarah.
También le he dicho que tú me salvaste. Creo que a ti ya no te envía de vuelta al orfanato, rubio.
Y supongo que también ganarás puntos con esto.
—Eso espero. Fue la única razón por la que te saqué del agua.
Austin ríe con los hombros y luego se queda mirándolo.
Ayer le recordó a un ángel; hoy vuelve a ser el chico rubio y perdido que no termina de encajar con los Brooks.
Se nota demasiado que viene de fuera, que no pertenece a este mundo; y parece imposible que el paso del tiempo vaya a ejercer la fuerza suficiente como para que su vida anterior se funda con la nueva.
Austin no tuvo esa sensación con el resto de sus hermanos adoptivos cuando llegaron aquí. Solo le está pasando con Jack. Hay algo en él que repele la mansión como los polos iguales de dos imanes.
A pesar de que el actor cree que ese chico sigue sin encajar, tampoco puede verlo con los mismos ojos. Cuando lo mira ahora, lo hace desde un profundo respeto. Se siente en deuda con él.
—¿Has hablado con Sarah?
—No. Supongo que seguirá enfadada conmigo.
—¿Por qué?
—Ayer le rompí el corazón.
—¿Ya no sois novios?
—En realidad, nunca lo hemos sido. Solo fingimos que somos pareja por un contrato que firmamos cuando empezamos a grabar la primera temporada de la serie.
A los fans les gusta creer que Andrew y Scarlett están juntos en la vida real.
Yo siempre le he dejado las cosas claras a Sarah, pero eso no hizo que ella…
Bueno, ya sabes, que confundiese las cosas.
Ahora es Jack el que mira a Austin y se queda callado.
Ayer tenía el pelo mojado y pegado a la frente; hoy lo tiene seco, alborotado.
El sol que entra por la ventana lo llena de luz.
Dos mechones negros caen desde el centro de la frente y se abren como un abanico, cada uno señalando con la punta un ojo.
A Jack no le extraña que Sarah se haya terminado enamorando de él.
—Cuando Sarah se marchó —dice Jack, rompiendo su silencio— me pareció ver que estaba llorando, así que me imaginé que habíais discutido. Os vi desde la terraza.
Austin levanta una ceja.
—¿También nos viste tocándonos en la piscina?
—Dios, no. Cuando salí, ella ya se estaba vistiendo.
—¿Y qué hacías tú en la terraza?
—No podía dormir. —Se lleva una mano al pecho de forma automática y toca el colgante que Morgan le regaló por encima de la camiseta.
El rostro de Austin se relaja al saber que Jack no lo vio todo.
No quiere seguir tumbado en la cama como si estuviera enfermo mientras Jack esté con él, por lo que retira las sábanas hasta dejarlas en su regazo y recuesta la espalda en el cabecero.
El cambio de posición hace que le duela más la cabeza, pero no sabe si se debe a la resaca o a que casi muere ahogado.
—Gracias otra vez.
—No tienes nada que agradecerme.
—Bueno, si estoy vivo es gracias a ti.
—Tú habrías hecho lo mismo por mí —responde Jack sin pensar.
Luego, cuando sí lo piensa, le viene la imagen de otra noche.
La noche en la que se conocieron y el actor casi le raja la garganta.
Pero a esa imagen le sigue otra más, esta vez en el teatro.
Austin fue el primero en levantarse para socorrer a Maximus cuando su hermano no podía salir de la jaula de agua, y Jack prefiere confiar en que con él se habría dado la misma prisa.
—Desde luego que sí —dice Austin—. Aunque vaya primero en la clasificación, necesito seguir ganando puntos como sea.
—¿Le vas a contar a Sarah lo que te pasó?
El actor sacude la cabeza y nota un nuevo pinchazo de dolor.
—¿A Sarah? Ni de broma.
—Pero estuviste a punto de morir justo después de que ella se fuera.
—Por eso no se lo puedo decir. Si lo hago, va a creer que todo ha sido culpa suya. La haría sentir fatal. Se echaría a llorar y me diría que fue su idea bajar a la piscina y beber esa noche. No se lo perdonaría nunca.
—Y prefieres que no lo sepa, porque le va a doler menos si es ella la que no puede perdonarte a ti.
—A veces, cuando queremos a alguien, nos toca ser el malo de la historia.
—Parece que tú te sientes cómodo en el papel de villano.
El actor esboza una sonrisa lenta.
—Mejor ser el malo que le rompe el corazón, a ser la víctima que se ahoga en la piscina. Además, al final todo ha salido bien, así que… ¿qué sentido tendría contárselo?
—Bueno, eso como tú veas.
—Tampoco sería justo para Sarah, teniendo en cuenta que, si casi me muero, fue porque no reaccioné a tiempo.
—¿Qué pasó?
Austin se pasa las manos por la cara.