Cómo matar a un cisne 40
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A unque al principio la idea de que su vida y la de la mayor estrella de Hollywood pudieran estar vinculadas de alguna forma le pareciera imposible, Jack ahora sabe que hay algo que le conecta a la mujer amada por todo el mundo y temida por su círculo más cercano; algo que lo ha llevado hasta ahí, a estar viviendo en la Casa del Cisne, y que Morgan no quiere que él descubra.

Jack se sienta en el borde de la cama sin dejar de mirar el collar y repasa las alas de los cisnes con la yema de sus dedos. Eso lo distrae y hace que deje de pensar en Austin.

Cada vez que agita el colgante, su sonido lo tranquiliza y siente que algo conecta con su interior; como si lo reconociera, como si lo hubiera escuchado antes.

¿Por qué se lo habrá regalado Morgan a él?

Quiere confiar en ella. Y, para demostrarle que sí confía, sabe que no puede volver a sacarle el tema.

El colgante pasa de una mano a otra. Su sonido le hace sentir mejor y, como se siente mejor y sigue sin tener sueño, intenta volver a componer una canción para comprobar si el secreto del cisne es más fuerte que el interés que le despierta Austin.

Toma su libreta y agita nuevamente el llamador de ángeles. Piensa en una melodía, se lo acerca a la oreja, cierra los ojos y lo agita otra vez. Después mira los cisnes, sus alas, y se pregunta qué le gustaría contar en esa canción.

Podría ser una canción triste; una que hable de los padres que no quieren a sus hijos, de las cosas que hacemos para protegernos…

Podría escribir una canción que hablase de las mentiras, de las buenas y las malas personas, del hecho de que todos tengamos un poco de las dos partes, que nada sea blanco o negro.

Podría hablar de que no sabe nada del amor porque no le han enseñado a amar de pequeño.

De ese amor que a él le falta y abre un agujero negro en el pecho, del amor con el que se busca rellenar los vacíos.

Una canción que hable de que todos nos sentimos un poco solos incluso cuando estamos rodeados de gente, de querer gritar y quedarse callado, y de cómo aprendemos a llorar en silencio para no molestar a nadie.

Con esas ideas dando vueltas y tomando forma en su cabeza, Jack se levanta de la cama y sale a la terraza. La luna es un círculo blanco pintado en mitad de un manto negro.

Apoya los brazos en el pasamanos de piedra y observa las gárgolas; esas criaturas dan un poco de miedo por la noche. Recorre el inmenso terreno que se extiende bajo sus pies hasta que, sus ojos, atraídos por la luz turquesa que emerge de la piscina iluminada, le llevan directamente a la pareja.

Los ve a los dos: Austin desnudo y sentado en el borde de la piscina, Sarah recogiendo su ropa de la hamaca y vistiéndose.

Le parece extraño que Austin no la imite.

En lugar de vestirse, se queda quieto, sentado.

Tiene las manos apoyadas en el bordillo.

La espalda echada un poco hacia delante, como si estuviera mirando el agua hipnotizado, como si fuera a caerse de cabeza en cualquier momento.

También hay una botella de ginebra vacía a su izquierda.

Sarah termina de vestirse. Echa un vistazo a Austin, pero no se acerca a él a darle un beso. Tampoco parece hacer ningún gesto de despedida. Quizá le ha dicho adiós y Jack no la oye desde la terraza, pero su visión sí alcanza a verla pasarse el dorso de la mano por debajo de los ojos.

Entonces Jack deduce que ella ha llorado, aunque no pueda ver las lágrimas desde allí. Y si ha llorado, ¿por qué lo habrá hecho? ¿Habrán discutido? Están enfadados, no hay duda. Por eso Sarah no se ha despedido de Austin.

La ve cruzar la verja. Su cuerpo se convierte en una mancha nada más poner los pies en el jardín, donde la luz turquesa ya no puede alcanzarla y la noche se convierte en su escondite.

Sarah desaparece y Austin se queda solo en la piscina.

Jack lo mira en silencio. No sabe durante cuánto tiempo.

Muchos segundos, quizá minutos; puede que tres, menos de una canción.

Está tan intrigado por saber qué es lo siguiente que hará —o quizá solo está esperando porque está desnudo y no quiere perderse el momento en el que se levante y se dé la vuelta— que permanece igual de quieto que Austin.

Él desde lo alto de la terraza y el otro sentado en el bordillo.

Tan atento a su espalda desnuda como para reconocer la leve inclinación que hace antes de caer, doblándose hacia delante, como si su cuerpo hubiese sido absorbido por un agujero, en la piscina.

El agua se agita al recibir el peso de Austin, furiosa, salpicando el borde sobre el que hace un segundo estaba sentado y donde ahora solo queda la botella de cristal vacía.

Jack, con una sensación de alarma y de déjà vu reptando por su pecho, abre mucho los ojos y se asoma por la balaustrada de piedra todo lo que puede para intentar alcanzar a verlo mejor.

Austin no mueve los brazos, no mueve las piernas, no saca la cabeza para respirar.

¿Cuántos segundos han pasado ahora? Los suficientes para ver que el agua turquesa se calma y comienza a abrazar el cuerpo que flota bocarriba.

La última imagen de Austin Brooks —la de su cuerpo que, después de caer al agua, ha visto volver a subir y quedarse flotando como un corcho en el centro de la piscina, con el arco de la espalda sobresaliendo como si fuera el caparazón de una tortuga, mientras que los brazos, las piernas y la cabeza permanecían inertes y completamente sumergidos—, esa imagen hace que Jack baje desesperado por las escaleras.

No ha corrido tanto en toda su vida.

Hace unos segundos estaba en la terraza.

Ahora cruza el salón, abre la puerta que da al jardín y lo atraviesa empujado por una fuerza que le hace ser más ágil, mover las piernas más rápido, pisar la hierba como si sus pies se hundiesen en ella para luego salir impulsados hacia arriba.

Sus brazos acompañan el movimiento balanceándose adelante y atrás, cortando el aire con la punta de los dedos, abriéndose paso y metiéndose de lleno en la oscuridad.

Lo único que piensa es: «Austin se está ahogando». «Tengo que salvarlo». «Tengo que llegar a tiempo y sacar su cabeza del agua».

Cada segundo que pasa lo siente más lejos de él, como si fuera a perderlo para siempre.

—¡Austin! ¡Aguanta, ya llego!

Sin poder dejar de pensar en que el actor sigue ahí, bocabajo, flotando en la piscina, Jack corre a través de las sombras de la noche como un gato callejero que conoce a la perfección las calles de la ciudad y sabe por dónde sí y por dónde no, en qué momento exacto agacharse para no darse con una rama, y así evitar que aquel árbol casi del mismo negro que el cielo, salido de la nada, no le golpee la cabeza.

—¡Austin! ¡¡¡Austin!!!

Cruza la verja y, cuando se lanza de cabeza a la piscina, extiende los brazos y junta las manos para convertirse en una flecha.

Y en ese segundo que tarda en tocar el agua y bucear hasta él, se da cuenta de que la posibilidad de llegar demasiado tarde y encontrárselo muerto le horroriza.

No quiere ver los ojos de Austin, grandes y azules, apagados, vueltos hacia arriba, mirando a la nada; ni sus labios, húmedos y morados, entreabiertos como si estuviera a punto de respirar, pero ya no fuera a hacerlo nunca más.

Lo primero que hace es tirarle del pelo hacia atrás para sacarle la cabeza del agua. Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta; el agua sale de sus labios como si su boca fuera un recipiente.

Sujeta al actor por los hombros y patalea para acercarse al bordillo mientras vigila que la cabeza no caiga por su propio peso hacia delante y se sumerja nuevamente. Nota el cuerpo de Austin rígido y blando a la vez, como un saco.

Cuando su pie derecho choca con la pared de la piscina, empuja con todas sus fuerzas para sacarlo de ahí.

A pesar de que el agua está helada, Jack tiene tanto calor que no se da cuenta de que el frío muerde.

Aprieta la mandíbula, sigue empujando y consigue sacarlo del todo.

El cuerpo de Austin cae tendido en el bordillo, aplastándose los brazos con su propio peso.

Jack sale del agua y le da la vuelta, poniéndolo bocarriba. Junta las manos con desesperación y, en mitad de un ataque de pánico, empieza a presionar su pecho rítmicamente para intentar reanimarlo.

La luz turquesa que emerge de la piscina ilumina las facciones de Austin.

Lo hace como si ese chico desnudo y recién sacado del agua —ese chico con el pelo negro pegado a la frente y que no abre los ojos— fuera su obra de arte.

Como si su cuerpo hubiese sido creado en esa piscina de la que Jack lo acaba de sacar.

Como si Jack, en lugar de intentar salvarle la vida a Austin sacándolo del abrazo mortal del agua, hubiese hecho lo mismo que hacen las personas que se encuentran una flor exótica, llena de colores vibrantes, y la arrancan para llevársela a casa y así capturar esa belleza tan rara con la que quieren llenar su hogar.

Esas personas que no comprenden que la belleza es lo más efímero que existe en nuestro planeta, y que por eso hay que dejar algunas cosas donde están, dejar que sean y luego mueran allí.

La luz turquesa ilumina el rostro de Austin Brooks de esa forma, como si ahora le perteneciera, como si ya no fuera a devolvérselo.

—¡Austin! ¡Despierta, por favor!

Jack no se rinde. Sigue presionando su pecho; cada vez más rápido, cada vez con más fuerza.

De rodillas sobre su costado, con la cara encima de la suya, contempla esos ojos que no se abren y reza en silencio para que al final despierte y lo mire.

Las gotas de agua que caen desde la punta de su pelo dorado se precipitan sobre las mejillas de Austin como si fueran lágrimas.

—¡¡¡Austin!!!

De pronto, unos ojos que se abren, que lo miran, que son azules, que respiran.

Austin Brooks está vivo.

Se dobla hacia la piscina abruptamente, sintiendo un intenso dolor.

Jack lo sujeta para que no caiga.

La espalda de Austin se dobla mientras vomita y toma bocanadas de aire. Sus movimientos son bruscos. Un líquido amarillento sale de su boca. Ver todo eso hace que Jack suspire de alivio. Significa que Austin respira, que ya ha pasado lo peor, que ha llegado a tiempo.

Jack siente que una emoción poderosa, más fuerte que cualquiera que haya sentido nunca antes, lo llena desde dentro.

Después de vomitar, Austin vuelve a tumbarse bocarriba y mira a Jack a los ojos.

—Estás aquí —dice con un hilo de voz.

—Sí, estoy aquí.

Entonces Jack se inclina hacia él y le pasa una mano por la mejilla, por la zona donde antes tenía el hematoma por su culpa y ahora su piel es lisa y blanca.

Austin, al mirar a Jack, cree estar viendo un ángel.

Jack lo sigue acariciando sin apartarse ni un centímetro de él.

No se detiene a pensar en lo que hace. No le importa que Austin pueda sentirse incómodo al recibir esa caricia, un gesto que sería demasiado cariñoso para ellos en circunstancias normales.

Ni en mil años se habría imaginado tocando a Austin de esa forma.

Pero ahora mismo eso le da igual. Le da igual porque lo único que importa es que él está vivo.

Austin, muerto de frío, siente una leve incomodidad al estar tumbado en el suelo de piedra, también congelado, pero no tiene fuerzas para incorporarse.

Sus labios se curvan sintiendo un profundo agradecimiento hacia Jack y esboza una de esas sonrisas suyas que parecen dibujadas con prisa; como si se le hubiese escapado antes de terminarla y, en consecuencia, mostrase al mundo su primera manifestación, el primer boceto de algo que es una sonrisa pero que aún está a medio hacer.

—Me has salvado —dice.

Jack le devuelve la sonrisa y luego empieza a llorar.

Entonces Austin, desnudo y con el cuerpo empapado y temblando por el frío, abraza a Jack con las fuerzas que le quedan. Y una vez su cuerpo y el suyo se tocan, lo aprieta contra él como si no fuera a soltarlo nunca.

Mañana podrán seguir siendo rivales y competir por quedarse con la herencia, pero esta noche Jack le ha salvado la vida y Austin siente que, mientras no dejen de abrazarse, todo irá bien .