Cómo matar a un cisne 39
50%

39

L a puerta se cierra tras él y Austin se deja caer con la espalda apoyada sobre el cristal doblando las rodillas.

Los vasos de plástico permanecen llenos de alcohol hasta la mitad; el cielo, cubierto por un manto negro y espeso.

También hay dos ojos marrones y enormes observándolo como si tuvieran delante a un mentiroso.

Y entonces, la voz de Sarah, fría, clavándose en él como una daga: —Te he escuchado hablando con Jack.

«En el fondo los dos sabemos que quieres que te enseñe a usar esa ducha».

«Qué aburrido eres. Diviértete un poco, rubio».

«Quiero ver si la tienes dura o no».

Sarah lo ha oído todo.

Austin toma el vaso de plástico y se traga lo que queda de alcohol.

Hace una mueca de asco mientras la ginebra baja por su garganta y luego, como si no estuviera nervioso, como si entre Jack y él no hubiera nada raro, responde: —Estaba bromeando, obviamente.

No iba en serio lo de ducharme con él. Ya sabes que a mí no me gustan los chicos.

Sarah lo observa en la oscuridad mientras se lleva su vasito de plástico a los labios. Bebe sin dejar de mirarlo y de escarbar en esos ojos azules que la observan de vuelta, intentando descubrir si Austin le está diciendo la verdad o no.

Parece decirle la verdad.

Pero luego piensa en que quizá solo le parece sincero porque no quiere creer que puede haber algo entre él y Jack, y aún tiene la esperanza de que su mejor amigo se dé cuenta de que siente algo por ella.

—Demuéstramelo.

—¿Perdón?

—Demuéstrame que no te gustan los chicos. Bésame.

—No tengo que demostrarte nada, Sarah.

—Creo que a él sí le besarías.

—¿A Jack? No digas tonterías.

Sarah rellena los vasos.

—¿Era por eso? ¿Por eso no podemos ser novios de verdad? No es que yo no sea tu tipo, es que a ti no te gustan las chicas y punto.

Austin tose al dar otro trago.

—Dios, Sarah, estás obsesionada con Jack.

—Entonces se cumple la frase de que te acabas pareciendo a tus amigos.

El actor vierte parte de la bebida en el suelo al apoyar el vaso.

—A mí ese tipo me la pela.

—Te conozco, Austin. No como para saber qué has visto en él, pero sí como para saber que te llama la atención.

Austin la besa para que se calle. Un beso que él no quería dar y que nace de la impulsividad, del intento de proteger un secreto al que no hemos prestado mucha atención porque nos da miedo mirarlo de frente.

Los labios de Sarah son suaves y saben a alcohol. Cuando los toca, él no siente nada; solo alivio al ver que su amiga deja de hablarle de Jack. Austin la ha besado para comprar su silencio.

Ahora, Sarah lo mira con un brillo especial en los ojos. Una corriente de felicidad la invade. Se han besado muchas veces grabando la serie, pero esta es la primera vez que se besan sin una cámara, sin que ese acercamiento venga escrito en el guion, con instrucciones.

Sarah se dice así misma que, quizás, Austin termine dándose cuenta de que nadie lo va a querer como ella y acabe correspondiéndola.

Vuelve a agarrarse de nuevo a esa pequeña esperanza.

Cuando estás enamorada suceden esas cosas: intentas creer que es posible, incluso si en el fondo sabes que él no siente lo mismo por ti y que por eso nada de lo que hagas será suficiente.

—Vamos a la piscina —propone.

Después del beso que le ha dado Austin, siente su cuerpo lleno de energía, como si acabase de dormir nueve horas seguidas y quisiera hacer mil cosas con él.

—¿Ahora? Es tardísimo.

Sarah toma la botella y se pone de pie.

—Sí, ahora. Es verano, hace una noche preciosa y me apetece nadar contigo. Y confieso que siempre he soñado con que un chico guapo me bese en la piscina.

Austin ríe.

—Estás loca.

—No estoy loca. Solo vuelvo a sentirme viva. Y es gracias a ti.

La culpa se instala en el estómago del actor y hace que le resulte imposible rechazarla.

La botella en el bordillo de la piscina, la ropa cayendo sobre la hamaca. Sarah se desnuda delante de Austin y él se da la vuelta por instinto cuando ella se quita el sujetador. Sarah ríe y le dice que no sea bobo. Austin, todavía dándole la espalda, gira la cabeza despacio para verla.

Sarah sonríe y entorna los ojos.

—¿Te gusta lo que ves?

Él recorre el cuerpo desnudo de su compañera y traga saliva: pechos bonitos y redondos, pezones rosas, la piel blanca como una muñeca de porcelana.

Austin siente que esto no está bien, que no debería verla desnuda; es su mejor amiga.

Sarah se recoge el pelo en un moño apretado y baja los escalones sin detenerse, aceptando el frío. Como si el agua no estuviera lo suficientemente congelada como para clavarse en su piel; como si el alcohol lo opacase todo.

—Bueno —dice, al ver que el otro sigue callado—. ¿Te metes o te vas a quedar mirando?

Austin bebe un trago a morro de la botella y se desnuda.

Cuando se mete en la piscina, tiene tanto frío que su cuerpo busca desesperadamente el calor de Sarah. Agita las piernas dentro del agua para no hundirse, sintiendo que, con cada movimiento, una lengua de hielo lo lame de arriba abajo.

Sarah mira por encima de su hombro y barre con los ojos el jardín que se extiende detrás de la valla: el laberinto de estatuas, los toboganes, el rosal; también los árboles apiñados a un lado que protegen el estanque en el que Morgan tiene a su cisne.

Lo observa todo como si tuviese unos prismáticos con visión nocturna.

No hay nadie. Ninguno de los nueve hermanos de Austin ni rastro del Cisne Negro; tampoco le parece ver a los empleados del hogar. La mansión está sumida en un silencio espeso, tan solo interrumpido por el suave chapoteo del agua contra el borde. Están solos.

Sarah se acerca a Austin e intenta besarlo de nuevo.

Él la rechaza. Primero la agarra de la cintura para alejar el cuerpo de la chica del suyo, apenas sin esfuerzo al estar dentro del agua. Luego niega con la cabeza, mirándola a los ojos.

—Esto no es una buena idea.

—Claro que lo es —protesta ella.

—Los dos estamos borrachos.

—A los dos nos apetece.

A Austin no le apetece, pero no sabe cómo decírselo. No quiere hacerle daño a Sarah, y tampoco quiere que ella piense que, si no follan, es porque él quiere hacerlo con Jack.

Al final, le dice algo que no es mentira:

—Me siento mareado, Sarah. Además… alguien podría vernos.

Ella suelta una risa falsa y seca.

—Vamos, joder. El Austin Brooks que yo conozco no se preocupa por nada.

—Quizá esté cambiando.

—¿Me vas a contar qué te pasa con Jack?

Austin saca el brazo del agua para tomar la botella de cristal que han dejado en el bordillo y le da otro trago. Se pasa el dorso de la mano por los labios relucientes de alcohol. El agua de la piscina chorrea bajo su brazo y moja la botella.

—¿En serio, Sarah? ¿Otra vez con eso?

—Desde que Jack vive con vosotros, tú pareces otra persona.

—Ves fantasmas donde no los hay.

Sarah le quita la botella y bebe ella también.

—Lo que veo es que a mí no me quieres follar y a él le ofreces enseñarle a usar la ducha.

Austin se queda unos segundos callado, sin saber qué responder.

La mira a los ojos; luego mira la botella, la piscina.

Todo parece volver a inclinarse extrañamente hacia un lado.

Cierra los párpados y nota una arcada, una fuerza que repta por su garganta y baja de golpe a su estómago, dejándole un sabor desagradable en la boca.

—Creo que he bebido demasiado.

Sarah apoya la botella en el bordillo.

—No te va a pasar nada. Estás conmigo, Austin. Yo nunca te voy a dejar.

Un segundo después, ella mueve los brazos para empujar el agua que lo separa de él y llegar hasta su boca.

Austin ni siquiera sabe cómo consigue devolverle el beso.

Cierra los ojos y mueve los labios mientras todo a su alrededor sigue girando como una ruleta.

El pecho de ella se aprieta contra el suyo.

Ese contacto, estar tan cerca de alguien, notar una pizca de calor en medio de tanto frío, le hace sentir a Austin un poco mejor.

La abraza buscando el calor humano, una salida de emergencia, que todo lo que no quería que empezase termine.

La mano de Sarah baja por el vientre de Austin, atrapa su miembro con los dedos y nota cómo se endurece bajo el agua.

—Eso es, eso es… —gime en su oreja, sin dejar de masturbarlo—. Déjate llevar.

—Sarah, no…

—Shhh. Tranquilo, estamos solos.

Pero no es eso. No le preocupa que alguien pueda verlos o no. Tiene que ver con otra cosa, con lo que nos obligamos a hacer con alguien mientras pensamos en otra persona.

—Sarah, en serio, mañana nos vamos a arrepentir.

—No pienses en nada.

Ella no se va a detener, y él está demasiado borracho como para impedírselo.

La siguiente vez que Austin cierra los ojos, la imagen de Sarah deja de girar, porque, en lugar de a ella, ve a otra persona: a Jack Brooks.

De pronto, una fuerza que parece venir del agua, como si su cuerpo se cargase de energía, lo llena por dentro.

A través de Sarah, Austin siente que Jack lo está masturbando. Se imagina que es él quien está en la piscina y decide que no va a abrir los ojos porque no quiere ver a Sarah; quiere tener delante unos ojos verdes, tocar su pelo dorado, enredar los dedos en él, sentir su cuerpo contra el suyo…

Austin empieza a tocar a Sarah debajo del agua.

Cuando la escucha gemir, se imagina que es Jack quien lo hace.

Cómo sería escuchar ese sonido escapando de sus labios, la forma en la que sus facciones se relajarían al sentir que el placer lo llena por completo y le hacen entregarse a otra persona…

Toca a Sarah engañando a su mente, engañándose a sí mismo, fingiendo que sus manos descubren el cuerpo de ese chico rubio que llegó un ocho de julio y que no se saca de la cabeza desde entonces.

El deseo de acostarse con Jack hace que el fuego le cosquillee en la punta de los dedos.

—Aaah… sí… Austin… Aaah…

El actor suelta un gruñido. Le muerde el cuello, luego el labio inferior. Le pellizca un pezón con el índice y el pulgar mientras empuja con suavidad el cuerpo de Sarah contra la pared de la piscina. Sigue buscando a Jack desesperadamente en el cuerpo de Sarah. Pero no encuentra nada.

Y como no encuentra nada, se agobia y siente que no es suficiente, que no se va a correr.

Aunque luego también tiene momentos en los que el alcohol y el deseo le nublan la razón y siente que Jack regresa con fuerza a sus brazos.

Es como un espejismo que aparece cuando estás lejos y desaparece cuando te acercas demasiado.

Sin abrir los ojos, se pone a masturbar a Sarah mientras ella le hace una paja bajo el agua. Cuando Sarah siente que ya no puede más, que va a llegar al orgasmo, esconde la cabeza entre el cuello y el hombro de Austin, y le muerde con fuerza para no chillar de placer y despertar a los Brooks.

En la serie, es Andrew el que muerde a Scarlett en el cuello.

En la vida real, es Sarah la que muerde a Austin.

Él, que todavía no se ha corrido, se concentra en Jack, en la forma de su boca, en la conversación que han tenido hace un rato con una puerta interponiéndose entre los dos…

Piensa en lo serio que está siempre, en que nunca lo ha visto sonreír, en su mal genio, en lo fácil que resulta hacerlo enfadar, en sus puños apretados, en la fuerza que se le escapa por esos ojos verdes que ahora le encantaría besar… Austin se corre pensando en Jack.

Y después no quiere abrir los ojos.

No quiere hacerlo, porque prefiere seguir imaginándose al chico que ahora lo observa en su cabeza con los suyos; verdes como una botella de vidrio, un poco cansados, un poco llenos de paz, y también felices.

En esos ojos que se imagina, Austin puede ver la forma en la que el placer se adormece después de haber sido completamente liberado y, al mismo tiempo, aún sigue ahí, en un segundo plano, sin llegar a desaparecer del todo.

Como cuando quitas el tapón de la bañera y el agua se filtra hasta vaciarse, pero las paredes de la bañera se quedan brillantes y húmedas.

—Vale, tenías razón. Te gustan las chicas. —La voz de Sarah lo devuelve a la realidad, a la piscina fría en la que los dos se han corrido, al dolor de cabeza, a la noche más oscura.

—No vuelvas a hablarme de Jack.

—Está bien. No hablaré más de tu hermano.

No le gusta cómo suena eso, lo mal que le hace sentir.

—Y no digas que es mi hermano. Él ahora es un Brooks, pero nunca será mi hermano. No compartimos la misma sangre; lo único que nos une desde hace tres semanas es el apellido.

—Pero sí tratas de hermanos al resto…

—Porque he crecido con ellos, Sarah. A Jack lo acabamos de conocer. Por eso también lo sentimos todos como si fuera un intruso.

—Vale. No te enfades.

—No me enfado.

Austin sale de la piscina, pero, en lugar de ponerse de pie, se sienta en el bordillo porque está tan mareado que cree que, si intenta levantarse, perderá el equilibrio y se caerá.

Sarah, sin salir del agua, deshace su coleta. Se deja el pelo suelto y se queda flotando con los brazos y las piernas extendidas. Sus mechones negros bailan alrededor de su cabeza como una corona de serpientes.

—Deberíamos hacer esto todos los días. A mí me gustaría, no sé… intentarlo.

—Pero, Sarah, ¿intentar el qué?

Sarah se incorpora y lo mira desde el centro de la piscina. El agua turquesa ahora besa sus hombros. Tiene las emociones a flor de piel al estar a punto de hablar de aquello que le duele.

—Tener una relación de verdad. Tú y yo.

—Yo no te quiero de esa forma y lo sabes.

Ella no quiere aceptarlo.

—Haré que te enamores de mí, Austin Brooks.

Él niega con la cabeza. Se siente mareado por el alcohol, pero también siente que tiene que ser del todo sincero con ella, aunque sea algo que los dos ya hayan hablado más veces.

—El amor no funciona así. Yo nunca te voy a querer de la forma que tú quieres porque solo te veo como una amiga.

Sarah sale de la piscina, desnuda. El pelo se pega a su espalda y deja un caminito de agua mientras se dirige a la hamaca sobre la que ha dejado su ropa tirada.

Se inclina a recogerla y empieza a vestirse despacio, en silencio, sin mirar a Austin, que sigue sentado en el bordillo con las piernas dentro del agua.

No tiene una toalla con la que secarse, pero tampoco le importa estar mojando la ropa y que se le pegue la tela al cuerpo. Solo quiere irse de ahí antes de que Austin la vea llorar.

—Dices que no eres frío, pero si no lo fueras, sabrías reconocer el momento en el que le estás rompiendo el corazón a otra persona .