38 #2
—Está bien —concede tras la pausa—, te dejo en paz. Pero no lo hago porque me parezca un buen trato, sino porque veo que estás congelado y no soy tan malo como crees. En el fondo tengo un corazón…
—Enorme —completa Jack, irónico.
—Pues sí. Y, para que lo sepas, no es mi único atributo que comparte el mismo tamaño.
—Eres asqueroso.
—Y tú un loco metiéndote a la piscina a estas horas. ¿Por qué lo has hecho?
Porque necesitaba alejarse de todo lo que ha sucedido los últimos días, y, también, de esa tensión que nota cada vez que coincide con Austin y este no deja de mirarlo a los ojos, como la que los envuelve ahora.
Pero como no puede decirle la verdad, se limita a responder: —Porque se me da de maravilla tomar malas decisiones.
Austin cumple su palabra y se echa a un lado con torpeza.
Cuando Jack pasa junto a él, deja una estela de olor que al actor le provoca un hormigueo en el estómago.
Austin respira por la nariz y le llega un aroma a hierbabuena, ropa limpia y sábanas blancas.
Es un olor dulce, fresco y agradable, que le hace pensar en una tarde de lluvia en la que te resguardas en tu habitación con un buen libro, rodeado de cojines y almohadas.
No tiene nada que ver con lo que conoce de Jack hasta ahora, y ese detalle no hace más que aumentar el interés que ya siente por él.
Y cuando su olor comienza a ocupar tanto espacio en su interior como para llenarlo todo, se rasca la nariz con fuerza, intentando deshacerse del aroma que lo ha atrapado y que, a partir de ahora, asociará con él.
Entonces, clava los ojos en la puerta del servicio y oye el pestillo desde dentro.
Sarah le está esperando. No van a seguir ensayando, van a seguir bebiendo. Ese es su plan de esta noche: beberse entre los dos una botella de ginebra hasta que Austin deje de rayarse por todas las veces que ayer se quedó en blanco grabando la serie.
Ha sido idea de Sarah. Sabe que está cabizbajo, así que, antes de presentarse en casa, ha comprado una botella, la ha guardado en la mochila y no la ha sacado hasta que han vuelto a encerrarse en la habitación después de cenar.
Mientras Jack nadaba en la piscina, ellos se han servido un par de copas en vasos de plástico y han bebido en la terraza.
Sarah contemplaba el cielo espolvoreado de estrellas.
Austin intentaba hacer lo mismo, pero sus ojos bajaban entre trago y trago a la piscina, sintiéndose atraído por el arco que dibujaban los brazos de Jack cada vez que estos se hundían con fuerza en el agua.
Ahora, después de dejar a Sarah en la terraza con la excusa de que necesitaba usar el servicio, Austin se vuelve a notar mareado. Apoya su frente sobre la puerta cerrada y llama con los nudillos.
—¿Sí?
La voz de Jack le hace sonreír.
No piensa antes de hablar. No quiere hacerlo, porque, si lo hiciera, le dejaría en paz tal y como le ha prometido hace un momento.
—¿Te importa si uso el baño yo también?
Jack se queda unos segundos en silencio antes de aclararse la garganta y preguntar:
—¿Por qué no vas a otro?
—Porque este es el mío.
—Ahora es de los dos.
La sonrisa de Austin se ensancha. Cuando despega la frente de la madera, tiene la sensación de que la puerta se inclina lentamente hacia un lado y que todo a su alrededor comienza a dar vueltas.
Cierra los ojos con fuerza e intenta enfocar.
La puerta gira un poco más despacio, aunque en realidad no se mueve; todo está quieto, incluso él.
—Necesito ducharme —consigue decir—, y en ese baño hay espacio de sobra. Es más, seguro que no has visto un baño así de grande en tu vida. Ni te vas a dar cuenta de que estoy.
—Pero solo hay una ducha.
—Sí…, pero creo que ahí también entramos los dos.
Espera. ¿Ducharse? Él solo quería mear… Austin no sabe a quién echarle la culpa, si al alcohol o a lo mucho que en realidad le apetece la idea.
Nota la erección pesada en sus calzoncillos. Los ojos se le cierran mientras se imagina que Jack le abre la puerta y le deja entrar. Las cosas que le haría…
La bebida le hace sentir dentro de una burbuja. Ahora mismo, le da igual todo; no piensa en las consecuencias de sus actos. Su cuerpo se inclina sobre la puerta y dice:
—Vamos, Jack. En el fondo los dos sabemos que quieres que te enseñe a usar esa ducha.
Una declaración de intenciones. Las cartas bocarriba.
A Jack se le acelera el pulso, pero también aprieta los puños.
—Espero que me estés vacilando.
—Qué aburrido eres. Diviértete un poco, rubio.
De repente, Jack se da cuenta de que Austin ha podido estar bebiendo por cómo arrastra la última palabra.
—Joder. ¿Estás borracho?
—Puede que sí, puede que no.
«Está borracho».
—Vete a la cama, Austin.
—Técnicamente, en esa ducha, entrar entraríamos los dos.
—Que no me voy a duchar contigo.
—¿En el orfanato no compartías duchas con los demás?
—Es distinto. Allí cada uno tenía la suya.
—Pero os veíais unos a otros, ¿no?
—Sí.
—Entonces no es tan distinto. Lo único que no compartíais era la alcachofa, pero os duchabais todos a la vez.
—Pero aquí sería jodidamente raro.
—¿Quién decide lo que es raro y lo que es normal?
—No sé, pero yo decido que no te voy a abrir la puerta.
Austin ríe como si Jack le hubiese contado un chiste buenísimo, y luego dice:
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—No.
—¿Desde cuándo sabes que te gustan los chicos?
Jack no debería tomarse en serio nada de lo que le diga ahora. Aun así, siente la necesidad de dejárselo bien claro; como si eso fuera a cortar de raíz el problema al que se enfrenta al considerar a Austin Brooks un chico atractivo.
—Creo que te estás confundiendo.
—Y yo creo que el que está confundido eres tú.
—No me gustan los chicos. ¿Cuántas veces necesitas que te lo repita?
—Que no tuvieses la polla dura mientras me lo dices te ayudaría a sonar más convincente.
—¿Qué…? Pero ¡si no la tengo dura!
—La otra vez sí la tenías, la recuerdo bien.
—Así que has pensado en ella. —Se da cuenta de que así parece que está tonteando con él, y se arrepiente al instante.
—Todos los días, a todas horas. —Austin quería sonar sarcástico, pero el alcohol lo traiciona y lo que iba a ser un juego se convierte en una confesión.
Después de eso, Jack se queda callado. No entiende qué le pasa con Austin: por qué consigue despertar su cuerpo con esa fuerza al soltarle cualquier estupidez; por qué siente que, cuando está con él, pierde el control.
Con la toalla aún anudada en su cintura y el frío haciéndole tiritar, Jack se pregunta qué tiene Austin que no tengan las chicas que intentaron besarle en el pasado, y que él rechazó al no experimentar esa magia que le habían contado que iba a sentir justo antes de dar un beso.
Él no ha tenido novia, pero tampoco problemas para ligar.
Y eso que generalmente espera a que sean ellas las que se acerquen a hablarle; él nunca da el primer paso.
No es una cuestión de timidez, tampoco de ego.
Es solo que, hasta ahora, nadie le ha llamado la atención lo suficiente como para sentir ese empujón interno que le haga querer tener algo con alguien.
Y por eso tampoco ha dado su primer beso y no conoce la sensación de unir su lengua con la de otra persona, la sensación de acariciar a alguien con la boca y que los ojos se cierren en ese baile lento de lenguas en el que el deseo explota y el instinto guía.
No conoce la sensación, pero sí ha fantaseado con hacerlo en el futuro: besar a una chica, enamorarse de ella… Lo que nunca pensó es que llegaría a fantasear con tener sexo con alguien de quien no estuviese enamorado.
Porque Jack siempre ha creído que el amor es más fuerte que el deseo, y que las ganas de tener a otra persona desnuda abrazándote llegan después de estar meses conociéndola… Pero la vida parece tener otros planes para él.
Después de esta conversación con Austin, vuelve a no sentirse él del todo; está cambiando por dentro y se siente desbordado por las emociones.
Todo es nuevo y confuso, y a la vez es simple y se resume en que se siente atraído por Austin Brooks; eso es lo que le da miedo de verdad.
No que ahora le guste un chico en sí. Eso lo descoloca un poco, pero en el fondo sabe que encontrará la forma de aceptarse a sí mismo.
Lo que no sabe cómo gestionar es que, de todos los chicos del mundo, se haya tenido que fijar en uno que tiene el tipo de sonrisa que promete destrozarte y dejarte sin nada.
—Bueno, ¿qué? ¿Has tomado tu decisión? —Austin, desde el otro lado.
Jack resopla y decide poner fin a esto. Se quita la toalla, la cuelga en el gancho y abre el grifo. Mientras el agua se calienta, se despide del actor y de la conversación tan extraña que acaban de tener.
—Adiós, Austin. Espero que la resaca de mañana no sea tan horrible como pinta.
—¡Espera, solo un segundo! Es para comprobar una cosa…
Jack cierra los ojos y se pellizca el puente de la nariz.
—La última vez ya te dejé comprobar lo que quisiste.
—Pero esto, como tú dices, parece que es distinto. Quiero ver si la tienes dura o no.
El agua caliente llena el espejo de vaho.
—Estás borracho. Vuelve a la cama.
—Entonces ya sé la respuesta .