38
E s de noche. Tras la cena, Jack sube a su habitación con la idea de componer.
Desde que vive con los Brooks, recibe clases de piano y su profesor de canto le está ayudando a llegar a notas que creía imposibles para él.
Se siente feliz y orgulloso por eso, pero últimamente solo ha escrito dos canciones que hablen realmente de él, porque ahora lo hace acompañado de un profesor de composición y no puede mostrar la vulnerabilidad que refleja en su cuaderno cuando compone a solas.
Antes, cuando estaba en el orfanato, escribía todos los días en su libreta.
Sin embargo, ahora siente que aquello fue en otra vida.
Recuerda la última vez que compuso en la litera en la que dormía, el ruido de las conversaciones, de las peleas, la falta de intimidad…
Jack usaba su libreta para crear entre sus páginas un espacio seguro al que solo él tenía acceso.
Solía escribir sobre cualquier cosa, y luego cantaba sus canciones acompañado de la guitarra.
Las palabras fluían a través de él enredándose con la melodía que sonaba en su cabeza.
Por eso le gusta tanto la música: porque le ha ayudado a sacar aquello que duele y que no se atreve a compartir con nadie.
Las canciones son un bálsamo, una salida de emergencia; es su forma de conocerse y entender el mundo cuando siente que todo se sale de su sitio.
Pero no le sale hacerlo con su profesor, así que su plan para esta noche era quedarse componiendo y reconectar con esa parte de sí mismo que echa de menos.
El problema es que todas las canciones que intenta componer lo llevan a él: a Austin Brooks, como un billete de ida y sin vuelta.
Todo lo lleva a sentir la hoja de la navaja en su garganta, a recordar su sonrisa dibujada con prisa, al interés que le despierta y pone todo lo que creía saber de sí mismo en duda…
Por eso cambia de idea y al final se pone un bañador, vuelve a bajar a la planta cero y atraviesa el jardín.
La piscina, iluminada por las paredes, brilla con una fuerza artificial y hace que el agua parezca turquesa, en lugar de transparente; como si al hacer un cuenco con las manos fueras a ser capaz de capturar ese color intenso y mágico.
Jack baja el primer escalón y encoge el estómago de la impresión; el frío repta por sus piernas como dientes afilados. Su cuerpo quiere salir, pero sus piernas siguen bajando escalón tras escalón. Aguanta la respiración cuando el agua besa su ombligo, cierra los ojos y mete la cabeza.
El problema es que, cuando los cierra, vuelve a ver otros azules, más fríos que la piscina en la que nada.
Él no lo sabe, pero Austin se ha enfrentado al mismo problema durante el rodaje de la serie, cuando intentaba concentrarse en los de Sarah y veía los suyos.
El frío disminuye conforme va moviendo las piernas y los brazos, y también se adhiere en su piel como una segunda capa que no se puede quitar. Sobre su cuerpo, ve cómo la luna pinta un agujero blanco en el cielo.
Sale de la piscina después de nadar durante un buen rato y se frota la cabeza con la toalla antes de anudársela sobre la cintura; el pelo se pega sobre su frente y su nuca.
Atraviesa el salón y sube las escaleras despacio, tratando de no hacer ruido y dejando un rastro de agua con la forma de sus pies.
Las luces de la primera y segunda planta están apagadas.
Jack confiaba en que todos sus hermanos, a esa hora, estarían dormidos, por eso se sorprende tanto coincidir con Austin Brooks en el rellano de la planta que comparten.
—¿Qué haces aquí?
—Resulta que vivo aquí —responde el actor, burlón—. ¿Y tú por qué te has bañado en la piscina?
—Resulta que tenemos una.
Austin ríe por lo bajo.
—Eres gracioso sin pretenderlo.
—Ya. Tú no.
—¿Por qué parece que estás enfadado conmigo?
Jack recuerda que la forma más sencilla de ganar puntos es llevándose bien con él. O, por lo menos, haciéndole creer a Morgan que es así. Tampoco tiene que fingir si ella no está delante para verlo.
—Ah, ¿es que deberíamos ser amigos?
—¿Es una propuesta? —inquiere Austin, procurando que no se note que ha bebido.
—No. Más bien, es algo que jamás sucederá.
—Pues qué pena. Creo que Nolan, tú y yo formaríamos un buen equipo. El otro día le salvamos la vida a un mago, hoy podríamos salvar el mundo; los tres juntos.
Austin solo incluye a Nolan para no exponerse en exceso. Lo cierto es que, después de todo lo que ha pasado con Maximus, la dinámica que se estaba estableciendo entre Jack y él se ha enfriado un poco.
Esa es la segunda sorpresa que se lleva Jack esta noche.
La primera ha sido intentar componer sin su profesor y darse cuenta de que todo lo que salía de él llevaba escrito el nombre de su hermano.
La segunda ha sido descubrir la facilidad con la que vuelve a despertar la química entre los dos, como una bomba que estalla cuando detecta movimiento.
Una química que se ha mantenido dormida los últimos días, pero que, al parecer, esperaba pacientemente a que la convivencia los hiciera volver a coincidir a solas para que ambos sintieran el tirón a la vez.
El problema es que Jack no quiere sentir nada, así que se obliga a recordarse que los dos están luchando por hacerse con la herencia. Aunque ahora Austin ocupe el primer puesto y él el último, sabe que el actor no dudará en ir a por él si en el futuro se convierte en una amenaza.
—Nuestras circunstancias no invitan a crear alianzas —responde Jack, muy serio.
—Pero pueden crearse. Maximus, por ejemplo, me ha prometido su apoyo. Dice que me debe una.
—Me alegro por ti. Pero que se sienta en deuda contigo no cambia las reglas del juego ni tampoco significa que te vaya a ayudar a ganar.
—Lo sé.
—Por eso, cualquier alianza que surja dentro de esta casa está destinada al fracaso.
—Ya veo que estás encantado con nosotros —responde Austin, irónico.
Jack respira por la nariz, hinchando su pecho.
—Lo que digo es que lo mejor es no formar equipo con nadie. Así nos ahorraremos la parte desagradable en la que uno de los dos termina traicionando al otro y se convierte en el malo y el otro pierde y se convierte en la víctima.
Austin cierra y abre los ojos con fuerza, cada vez más mareado.
Cuando logra enfocar la vista, aprovecha que todas las líneas que delimitan el cuerpo de Jack vuelven a ser nítidas para recorrerlo de arriba abajo, desde el pecho desnudo hasta sus pies descalzos.
Después, el alcohol le hace ser más sincero de lo que pretendía: —Si existiera la posibilidad de que hubiera dos ganadores…
—No la hay —le corta Jack.
—De acuerdo. Pero si la hubiera y empezásemos a formar equipos entre nosotros…, yo te escogería a ti.
Jack aprieta los dientes por distintas razones. La primera y la que más le cabrea es que siente que el actor le está tomando el pelo. La segunda es por la rapidez con la que su voz se le cuela bajo la piel y le enciende las mejillas.
—Deja de decir tonterías.
—Y tú deja de no creerte ninguna.
Jack lo mira a los ojos con fijeza, intentando descifrar su mirada: quiere saber si lo que le dice es verdad o no, pero no saca nada en claro.
—Aquí no se puede confiar en nadie, fue lo primero que aprendí de ti.
—¿Y lo segundo? —pregunta Austin—. ¿O no te he enseñado nada más?
El otro responde en su cabeza: «Me has enseñado que me puede llamar la atención un chico.
Aunque todavía sigo intentando entender qué me pasa por dentro.
Estoy aprendiendo a conocerme mejor, pero cada vez que intento acercarme a la verdad me siento más lejos de la persona que era antes de llegar aquí».
Y luego alza la barbilla y dice en voz alta:
—No. Solo a desconfiar de los Brooks.
—Entonces ya has aprendido la lección que te mantendrá con vida.
Austin termina esbozando una sonrisa que Jack no debería quedarse mirando, aunque lo hace. Tampoco debería seguir perdiendo más tiempo hablando con él, pero aquí está.
Siempre que habla con su hermano, le suceden cosas por dentro; cosas que no se atreve a descubrir aunque eso no las haga más pequeñas.
Por eso decide que lo mejor es entrar en el servicio, darse una ducha de agua caliente y ponerse el pijama y dormir.
Además, todavía no se ha secado del todo y está congelado.
Sin embargo, Austin Brooks tiene otro plan para él.
Sin quitarle los ojos de encima, recuesta la espalda contra el marco del cuarto de baño. Lo hace en parte para cortarle el paso y en parte porque el alcohol le ha hecho perder el equilibrio.
Jack pone los ojos en blanco y no duda en protestar:
—No me apetece pasar otra vez por esto.
—Lo dices como si fuera insufrible.
—Lo eres.
—No será para tanto, hombre. Seguro que has conocido a otros que te caían peor que yo.
«Pero se quedaban en la superficie».
En lugar de eso, Jack responde, tajante:
—No me toques más los huevos y déjame pasar.
Austin ríe con los hombros, y Jack traga saliva y se lleva las manos a la toalla para asegurarse de que el agarre no se ha aflojado.
No quiere que se deshaga en un descuido, la toalla se deslice por sus piernas y quedar completamente desnudo con el otro delante, mirando.
Así que se asegura de que el nudo sigue en su sitio mientras piensa en cómo podría deshacer el que se forma en su interior, ese que se anuda en su estómago por culpa de unos ojos azules que se deslizan, sin la menor intención de disimular, sobre las partes de él que sí ha dejado al descubierto y que el actor parece decidido a aprenderse de memoria.
—Puedo dejarte pasar, pero ¿qué gano yo a cambio?
—¿Quieres un trato? Genial. Si tú te apartas, yo no te vuelvo a reventar la cara. ¿Te parece bien?
—Me parece violento y algo que tendría peores consecuencias para ti.
—Pues es lo único que te puedo ofrecer.
Antes de volver a hablar, Austin lo mira con interés, y también un poco mareado. Su sonrisa se afila conforme su imaginación completa las partes de Jack que aún le quedan por descubrir.