Cómo matar a un cisne 36
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–Él se lo ha buscado, Sarah —comenta Austin, un jueves veinticuatro de julio, ya completamente recuperado del hematoma, que ha desaparecido—.

Gus sabía cuál era el riesgo de acostarse con mi hermana, y aun así lo hizo.

Es normal que Morgan lo echase de casa esa noche.

Para ella fue una traición en toda regla.

Imagínatelo: contratas seguridad para que acompañe a tus hijos siempre que tengan que salir de casa y un día te lo encuentras en la cama, desnudo, con una de tus hijas.

Yo… no sé qué habría hecho si me lo llego a encontrar en la habitación de mi hija.

Creo que me habría vuelto loco. Sí. Seguramente me habría dejado invadir por la ira.

Habría hecho algo de lo que luego me habría arrepentido, pero que en el momento habría disfrutado porque era lo que ese cabrón se merecía.

Sarah, que está sentada junto a él en las escaleras metálicas que dan acceso al set de rodaje, deja los ojos fijos en una de las tres caravanas blancas que tienen justo delante. Mira la caravana sin llegar a verla, pensando en Gus, en su secreto con Natalie, en los suyos propios.

—La violencia no soluciona las cosas.

—Y en tu opinión, ¿qué lo habría solucionado? Ya te lo digo yo: nada. Bastante buena ha sido mi madre con Gus dejándolo marchar sin más. Creo que, en el fondo, a todos nos sorprendió que Morgan no pusiera el grito en el cielo. En ese sentido, se podría decir que fue hasta generosa con él.

—Salvo por el hecho de que ahora a Gus le va a costar un mundo encontrar trabajo. Tu madre se está encargando personalmente de que nadie lo contrate. Es una mujer con una gran influencia sobre los demás y está usando su poder para hacerle la vida imposible a ese hombre.

—Es lo mínimo que se merece Gus.

Sarah baja la voz al ver que la ayudante de producción se acerca a ellos.

—No digo que me parezca bien lo que tenía con Natalie, los dos se llevan muchos años, pero tu hermana tiene veintiséis, ya es mayorcita. Ella también sabía lo que hacía con él.

Después sonríe a la ayudante de producción, que les ofrece una pieza de fruta a cada uno y un par de botellas de agua antes de volver a dejarlos solos.

Austin le quita el tapón a la botella y bebe un trago antes de retomar la conversación.

—El que se estaba jugando su puesto de trabajo era Gus, no mi hermana.

—Pero tu hermana también ha salido perdiendo con todo esto —replica Sarah, que está al tanto de que todos los hermanos compiten por la herencia de Morgan.

—Bueno, sí —reconoce el otro—. Natalie habrá perdido como mínimo diez puntos.

Aunque yo creo que serán muchos más… De hecho, no me extrañaría nada que Morgan le pusiera el marcador a cero.

Pero volviendo a Gus: él tenía la responsabilidad de hacer bien su trabajo y no traicionar la confianza de mi madre.

Y ya sabes lo que pasa cuando la confianza se traiciona.

Es de las pocas cosas en la vida que para mí son imposibles de recuperar.

—¿Cómo se llama tu nuevo guardaespaldas? —pregunta ella, mirando al gigantesco hombre de dos metros, que viste de traje, lleva gafas de sol y vigila a Austin desde una distancia prudente.

—Scott.

Sarah toma la manzana y la hace girar despacio entre sus dedos.

—¿No te da un poco de pena por Gus?

—¿Pena, por qué?

Le da un mordisco y, con la boca llena, le pregunta a Austin:

—¿No lo considerabas ya como parte de tu familia? Después de tantos años viviendo con él.

—Gus solo era un guardaespaldas, Sarah. Aunque llevase mucho tiempo cuidando de nosotros, al final solo era un trabajador.

Y de esos hay muchos en casa: Rosario, Owen, Henry, el resto de los empleados del hogar, los de cocina, el jardinero…

Esas personas que veo todos los días no son mi familia, solo son trabajadores. Incluso Robert.

Robert es el representante de Austin, la persona con la que habla casi todos los días.

—Tú siempre igual de frío con todos.

Austin clava sus ojos azules sobre Sarah.

—No soy frío.

—Sí lo eres, Austin. Eres la persona más fría que conozco. Eso es lo malo de quererte.

Ahora es Austin quien se queda mirando la caravana sin verla. Lo último que Sarah le ha dicho le hace sentir incómodo.

—Bueno, yo también te quiero a ti. ¿Ves? Si te quiero, no puedo ser tan frío como dices.

—Es distinto. Tú a mí me quieres como amiga.

Los dos saben que es verdad. Ya han tenido antes esta conversación y por eso él se queda callado; no se le ocurre nada porque no tiene nada más que añadir.

Sarah gira la cara en su dirección. Austin sigue mirando la caravana hasta que los ojos de ella terminan llamando a los suyos y se ve obligado a devolverle la mirada.

Los baja por su cuello blanco al ver que la sangre de mentira que ella tiene pintada cerca de la clavícula —donde antes él, cuando hacía de Andrew, le ha mordido— se agrieta tras haberse secado bajo el calor del sol.

—A los de vestuario no les va a hacer ninguna gracia —comenta el actor, señalando las virutas rojas que han caído sobre su vestido blanco.

—¿Es lo mejor que se te ocurre decirme?

—Lo otro ya lo hemos hablado muchas veces.

Ella fuerza una sonrisa, deja que el aire escape por su boca como si se rindiera, y vuelve a morder la manzana.

La puerta del set de rodaje permanece abierta a sus espaldas.

Dentro, los trabajadores desfilan de un lado a otro sin descanso.

Están los que se encargan del atrezo, los cámaras, el equipo de iluminación…

Todos trabajan sin descanso para ultimar los detalles antes de ponerse a rodar la siguiente escena.

—Y aun así, sigo haciéndome la misma pregunta.

—¿Cuál?

Sarah mira a Austin a los ojos.

—¿Por qué soy la única mujer con la que no te has acostado? —Después, como si quisiera convencer a Austin de que eso no le afecta en absoluto (aunque, de hecho, le afecta muchísimo), añade en tono de broma—: ¿Tanto miedo te da enamorarte de mí?

Si no llevasen tanto tiempo fingiendo tener una relación, Austin se habría reído por la pregunta.

Él se alegra de no haber cruzado nunca esa línea con su compañera.

Sarah quiere algo de Austin que él no le puede dar.

No porque no le resulte atractiva, al contrario, Sarah le parece espectacular; pero la ve como una amiga y no quiere fastidiarlo todo teniendo sexo con ella.

Menos, sabiendo que lo que ella siente por él va más allá de la atracción.

A Sarah le gustaría tener una relación con Austin. Pero una relación de verdad, no la que se ven obligados a fingir de puertas para afuera por un contrato abusivo que firmaron antes de empezar las grabaciones de la serie.

—Tampoco me he acostado con tantas chicas.

—Sigues sin responder a mi pregunta. ¿Por qué conmigo no?

Austin sabe que el sexo es consuelo cuando no quieres pensar en que no eres feliz.

Te acuestas con alguien que hace que cierres los ojos y te evadas momentáneamente de tu vida; te lleva a otro lugar, en un viaje rápido y a oscuras.

El placer se extiende por tu cuerpo como una corriente eléctrica que te deja agotado y, durante unos minutos, el regalo de la vida de sentirse pleno.

Te olvidas de lo vacío que estás hasta que los efectos del orgasmo se diluyen y la realidad cae sobre ti como un jarro de agua fría.

Bebe un largo trago de su botella antes de decir:

—No me quiero acostar contigo porque nuestra amistad está por encima de todo.

Lo cierto es que, ahora, a Austin no solo no le sale hacerlo con Sarah. No le apetece tener sexo con ninguna chica, así, en general.

Se queda pensando un poco en ello, intentando descubrir qué ha cambiado en él. Por qué siente que, lo que antes era una salida de emergencia, ya no va a ser suficiente porque no va a tener el mismo efecto anestesiante.

Por qué quiere más.

Por qué, al cerrar los ojos, se descubre pensando en otros ojos verdes.

Y entonces se imagina a Jack tumbado en la hamaca, a él encima echándole crema para ganar una prueba, a los dos metidos en el ascensor, discutiendo por ver quién se duchaba primero…

Él sujetándolo del brazo para detenerlo, obligándole a que se quedase mirándole a los ojos mientras la erección se les marcaba en el bañador y la tensión fluía en ambas direcciones.

Todo lo que descubrió y despertó durante esa mirada y que se guardó para él.

Sí, es por culpa de ese chico nuevo que vive en la habitación de al lado: Jack Brooks.

Por su culpa, lo que antes le parecía una mala idea —acostarse con Sarah, su mejor amiga— y por eso rechazaba, ahora ni siquiera le apetece.

—Seguro que estás deseando terminar la serie para ser libre —comenta ella, ajena a todo lo que sucede dentro de Austin—.

Podrás tener la relación que quieras. Ya no hará falta que las chicas con las que te acuestes firmen un contrato de confidencialidad para que ninguna le cuente a la prensa que eres infiel.

Austin la mira.

—Tú también serás libre de estar con el chico que quieras.

Ahora es Sarah la que se queda un momento callada.

—Quizá conozca a alguien, sí. Ojalá. Necesito sentir emociones fuertes, Austin. Necesito sentir que estoy viva. Es como si…

—Como si llevases muerta mucho tiempo.

—Sí. ¿Cómo lo…?

—Porque yo me siento igual la mayor parte del tiempo.

—¿Y cuándo no te sientes así?

Otra vez, esos ojos verdes que lo siguen a todas partes; Austin cierra los suyos como si de esa forma pudiese ahuyentarlos.

—Cada vez que subo a una chica a mi habitación. El sexo nos clava en el presente. Cuando tienes un orgasmo es imposible no sentirse vivo.

Sarah vuelve a quedarse en silencio, y Austin se da cuenta de que ha metido la pata con ese comentario. No le gusta hacer daño a las personas y no quiere que ella lo pase mal, pero tampoco sabe cómo hacer para que solo lo vea como un amigo.

La manzana mordisqueada gira sobre los dedos de Sarah hasta llegar al trozo que queda pegado al corazón.

La actriz se lo lleva a la boca, envuelve el trozo blanco y húmedo con los labios y lo despedaza con un crac.

Tira lo que queda de manzana en la bolsa de plástico y le roba a él la suya. Roja, entera, brillante.

Mira a Austin sujetando la manzana en alto y responde:

—El sexo, sin amor, es una mierda.

—Yo creo que el amor es mentira.

—Y yo creo que dices que el amor es mentira porque aún no has conocido a nadie que te guste de verdad.

Austin sabe que lo que siente por Jack solo es atracción. Por eso no entiende por qué piensa en él después de que Sarah suelte aquella frase que se siente como un disparo al corazón .