Cómo matar a un cisne 35 Antes
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35 Antes

Hace veinticinco años

L a primera vez que Daphne le habló de Isobel Jones, Morgan ya sabía quién era.

Había oído su nombre. Incluso había visto alguna película suya.

Isobel no solo era una buena actriz, también era joven y guapa, igual que ella.

Por eso, cuando Daphne le preguntó a Morgan si conocía a Isobel Jones, ella asintió con cierto recelo.

—Me quiere sonar.

A Isobel la crítica la ponía por las nubes y a Morgan le preocupaba que esa chica fuera a robarle todo el protagonismo. Al final, las dos no dejaban de ser una amenaza para la otra porque ambas estaban intentando ganarse su sitio en la industria.

Daphne vio a Morgan abrir y cerrar el bolso sin sacar nada de él. Estaba inquieta. Por aquel entonces la actriz aún no tenía la manía de pintarse los labios de rojo como remedio para combatir los nervios.

Daphne bebió un sorbo de café.

—Isobel será tu coprotagonista si aceptas hacer Las despedidas —comentó sin soltar la taza—. El director os quiere a las dos. He leído el guion y me parece un proyecto interesante. Trata sobre la guerra de Irak.

—¿Qué papel tendrá cada una?

—La guerra está a punto de acabar. Tú eres Emily, trabajas como enfermera en un hospital de campaña y atiendes a los heridos. Conoces a un hombre que ha perdido una pierna por culpa de una bomba. El hombre sobrevive gracias a ti. Os enamoráis. Él es hermano de Elisabet (Isobel Jones).

Morgan ni siquiera había probado el café.

—¿Elisabet es importante?

Daphne sonrió. A Morgan solo le importaba saber qué papel de los dos era mejor: si el que le ofrecían a ella o a Isobel. Como una niña que, después de abrir sus regalos, los compara con los de su hermana.

—Elisabet está buscando a su marido. Lo enviaron a la guerra, igual que a su hermano, que luego está bajo los cuidados de Emily, por eso las dos acabáis siendo amigas.

A mitad de la película, recibe una carta en la que le informan de que su marido ha muerto en combate.

Incapaz de soportar tanto dolor, ella intenta suicidarse.

Su hermano y tú seréis un gran apoyo para que Elisabet sobrelleve el duelo.

Morgan torció el gesto.

—Vamos, que, otra vez, yo solo soy la chica que se enamora y… y a Isobel le ofrecen un papel dramático que parece hecho para que le den el Óscar.

—No dudo de que su papel será de los que te encojan el corazón —reconoció Daphne—, pero el personaje que te ofrecen a ti sigue siendo mucho mejor que cualquiera de los que has interpretado hasta la fecha.

Aquí, por lo menos, además de una historia de amor, eres enfermera y estáis en guerra. Es un paso hacia delante, ¿no crees?

—Lo que creo es que yo quiero hacer de Elisabet. Ese es el personaje que la gente recordará.

Daphne volvió a beber un sorbo de café.

—Toma la oportunidad que se te ha presentado, Morgan. Es mi consejo.

Morgan lo meditó mientras jugaba con el sobrecito de azúcar. Sabía que Daphne tenía razón.

Y entonces se dio cuenta de que estaba a punto de decirle que sí sin haberlo consultado antes con Adam.

—Necesito pensármelo.

Su representante subió una ceja por encima de la otra.

—¿Necesitas pensártelo o… pedirle permiso a tu novio?

Morgan se tensó de golpe. El sobrecito de azúcar explotó en sus dedos y se esparció por la mesa.

—Ya sabes que Adam y yo somos un equipo.

—Adam está empezando a ser un problema.

—No es verdad.

Lo cierto es que Morgan había cambiado desde que salía con Adam Miller. Antes era una chica segura que sabía lo que quería y que luchaba por ello. Ahora se sentía insegura hablando de trabajo sin Adam al lado.

Su novio no confiaba en ella después de lo que había pasado con Bella e indomable , por eso, siempre que podía, él la acompañaba al estudio.

A Morgan le habían ofrecido varios papeles después de su última película. Pero Adam, tras leerse el guion, las había descartado. No iba a dejar que su novia volviera a hacer un desnudo. Ni siquiera pensaba dejar que se mostrara demasiado sensual.

El control que ejercía Adam sobre Morgan llegó a tal extremo que, incluso esto, quedar con su representante en una cafetería, las dos solas, sin él, le hacía sentir a Morgan que le estaba fallando.

—Ya te ha obligado a rechazar dos papeles —expuso Daphne, porque ella solo conocía esa parte de la relación de Morgan y Adam. Por supuesto, no estaba al corriente de las otras cosas horribles que también le hacía, como humillarla o pegarle.

—Adam solo lo hace porque quiere protegerme.

—Y tú le crees.

—Creo que el amor a veces es… complicado. Y que cada relación es un mundo.

Daphne hizo una señal de rendición.

—Está bien. Y para que tu novio se quede tranquilo, que sepas que en Las despedidas no te pedirán que hagas ningún desnudo.

—Vale. Aunque supongo que sí querrán que haya escenas de beso, ¿no?

Su representante asintió con la cabeza, y Morgan se sintió insegura otra vez.

—En ese caso… tendré que hablarlo con Adam.

Daphne estiró la mano para alcanzar la suya. La tomó y le dio un suave apretón.

—Tú eres actriz, Morgan.

Las dos se miraron a los ojos.

—Sé quién soy.

—Bien. Pues procura que ningún hombre te haga olvidarlo nunca.

Morgan vio la preocupación con la que su representante la miraba a los ojos y le llegó ese amor que a ella le faltaba.

A veces tenía la sensación de que Daphne formaba parte de su familia, que a las dos las unía algo más fuerte que la amistad.

Le gustaba fantasear con la idea de que, algún día, alguien vendría a decirles que, en realidad, eran madre e hija.

Entonces las dos se mirarían y dirían a la vez: «Lo sabíamos».

Había algo entre ellas que encajaba, que parecía estar pensado para encontrarse. Algo que las mantenía unidas, una cuerda invisible que no se podía cortar.

Esa misma unión era la que ahora incomodaba a Morgan: desde que salía con Adam, ella ya no podía recibir el amor puro y limpio de Daphne porque Adam siempre estaba en medio intentando distanciarlas.

Daphne, mientras miraba a Morgan, recordó el momento en el que la había conocido: llevaba un tiempo trabajando como representante cuando había visto llegar a una chica veinte años más joven que ella, de una belleza que parecía irreal y un cabello rubio dorado.

Daphne le había preguntado qué era lo que quería conseguir, y Morgan había contestado que lo quería absolutamente todo .

Daphne no había tardado en encontrar en esos ojos azules el anhelo de ser vista y querida por alguien, pero también la certeza de que Morgan Brooks acabaría convirtiéndose en el mayor logro de su carrera.

Las dos compartían el mismo propósito. Las dos luchaban por lo mismo.

Pero ahora había un problema.

Y no creía que fuera Isobel Jones.

Era Adam Miller.

Él la estaba apagando. Si no dejaba su relación, Morgan acabaría perdiendo la luz que desprendía por los poros de su piel y la hacía brillar como la estrella en la que podría llegar a convertirse algún día.

Daphne deseaba abrirle los ojos, quitarle la venda como quien arranca una tirita, pero cada vez que le sacaba el tema a Morgan, ella se tensaba y se ponía a la defensiva como había hecho ahora.

Retiró la mano, bebió de su café y decidió que intentaría abordar el asunto de otra forma para ver si así la respuesta también cambiaba.

—¿Tú me consideras una amiga?

Se querían tanto que a las dos se les hizo raro escuchar esa pregunta o que hubiese alguna duda, pero Daphne lo que intentaba era que Morgan bajase la guardia, que entendiese que ella era su lugar seguro.

—Claro que sí.

—Genial —dijo Daphne, y dejó que el murmullo de la cafetería, las conversaciones en otras mesas y el sonido de las tazas chocando con los platos de cerámica, las envolviese durante unos segundos antes de seguir—: ¿Puedo darte un consejo, como amiga tuya?

Morgan la miró extrañada.

—Siempre me das tu opinión.

—Pero nunca me escuchas. Ahora te estoy pidiendo que lo hagas, que me escuches y te plantees lo que te digo antes de levantar el muro y cerrarte en banda.

Morgan se retorció las manos sobre la mesa en la que el café se enfriaba.

—Está bien, te prometo que te voy a escuchar.

Daphne hizo una inhalación.

—Rompe con Adam Miller.

Ella meneó la cabeza. Estuvo a punto de sonreír como si Daphne le hubiese pedido una locura.

—¿Y dejar al amor de mi vida? No.

—No te has tomado tu tiempo para pensar.

—Lo he pensado. La respuesta sigue siendo «no».

—Sé que estás enamorada, pero ese chico no te va a traer nada bueno.

—¿Por qué? —preguntó Morgan, alzando la voz—. ¿Por no dejarme salir desnuda en una película? ¿Crees que es malo que mi novio no quiera que otros hombres se masturben con mi cuerpo?

Entonces vio la dirección que tomaban los ojos de Daphne, internándose por el cuello de la camiseta donde ella tenía un hematoma que el maquillaje no había podido disimular del todo, como ese tatuaje que intentas tapar, pero del que siempre queda una leve sombra.

Daphne lo vio y estuvo a punto de gritar.

—Tienes que denunciarlo.

—No voy a hacer eso.

—Tienes que hacerlo, Morgan. No te queda otra opción.

—¡Es mi vida! ¡Es asunto mío! ¡¿Por qué siempre tienes que meter las narices en todo?!

Daphne usó un tono más calmado. Quería que Morgan la viese como una aliada, y no como una enemiga.

—Solo intento ayudarte. No estás sola, Morgan. Y no eres la única mujer a la que…

Pero Morgan no la quería escuchar. Se llevó las manos al cuello con la excusa recolocarse el collar, pero con la intención de ocultar lo que el maquillaje solo había conseguido tapar a medias.

Se sintió fatal, como si eso también fuera culpa de ella: haber permitido que Daphne viese el tono amarillento y morado de su piel, y no haber sido capaz de guardarle el secreto a Adam y, por tanto, fallarle de nuevo.

—No fue Adam, ¿vale? No me mires así, te estoy diciendo que no fue él.

—Júramelo.

—Vete a la mierda.

—Morgan, por favor…

—No fue él y punto . No te metas.

—Solo quiero ayudarte. Necesito que sepas que me tienes a mí. Que estoy aquí y que yo nunca te voy a dejar sola, ¿vale? Lo digo muy en serio. Te quiero como si fueras mi hija. Confía en mí. Podemos solucionar esto juntas.

Morgan hizo girar la taza de café sobre sus manos, ya completamente frío, y todavía sin probar.

—Adam me quiere, Daphne. Y el amor nunca es como en las películas. Eso también lo he aprendido gracias a él.

—El amor no te deja el cuerpo lleno de hematomas. Mira, si quieres, me callaré hasta que tú decidas hablar. Pero, por favor, Morgan, hazme caso con lo que te voy a decir: por favor, cariño, no te hagas esto a ti misma.

Primero hubo un silencio. Después Morgan levantó lentamente la cabeza y la miró a los ojos.

—Adam no me ha pegado nunca. Me caí por las escaleras.

Las dos sabían que era mentira.

Se miraron durante un rato sin decir nada.

Los ojos azules de la actriz estaban cubiertos por una oscuridad que Daphne no había visto antes en ella.

Morgan no quería aceptar la realidad. Estaba completamente enamorada de Adam Miller y no se imaginaba una vida sin él.

Daphne no iba a conseguir que nada de eso cambiase. Y le daba miedo que, por seguir presionándola, al final la despidiera y la echase de su vida, porque entonces ya no podría hacer nada por ella.

—Está bien, te caíste por las escaleras.

Morgan sonrió aliviada.

—Eso es. Me caí.

Después se llevó la taza a los labios y le dio el primer trago a su café .