34
N atalie permanece de pie en su habitación con los ojos clavados en la pantalla. La lista de clasificación se acaba de actualizar y los puestos que ocupaban algunos de ellos han cambiado.
El mayor perjudicado es Maximus que, de ocupar el tercer lugar, baja drásticamente al sexto. Y no solo importa que le haya restado sesenta puntos de golpe, sino lo difícil que le resultará restablecer la confianza que Morgan ha perdido en él para que pueda recuperarlos.
Por otro lado, el mayor beneficiado de la actualización ha sido, cómo no, Austin Brooks.
—El favorito de madre —escupe entre dientes.
Después se fija en otro nombre. El de Bonnie, la pequeña cocinera.
A la influencer le sigue estremeciendo recordar lo que vivió en el teatro, la desesperación de Maximus dentro del tanque de agua al no poder abrir el candado ni respirar.
Sabía que la llave metálica afectaba a uno de ellos, pero cuando sorprendió a Bonnie cavando un agujero en la tierra, jamás imaginó que el plan que estaba en marcha incluía matar al mago.
¿De verdad eso fue idea de Bonnie? ¿Cabe tanta maldad en un cuerpo tan pequeño?
Por suerte, Maximus se está recuperando en su habitación y todo ha quedado en un susto.
«Además», se dice Natalie, «esto es incluso mejor de lo que me esperaba: cuando encuentren la llave en la habitación de Jack, cuando todos en la casa estén convencidos de que ha sido él, Morgan lo enviará de vuelta al orfanato del que jamás debió salir».
Natalie alza las comisuras mientras lee el último nombre de la lista. Ella se conformaba con perjudicarlo en la competición, pero este nuevo giro completamente inesperado saca a Jack directamente del terreno de juego. Sin él, más posibilidades de ganar.
Solo quedarán ocho más de los que ocuparse. Tiene que pensar qué hacer con ellos, cómo echarlos uno por uno para hacerse con la herencia.
También piensa en los puntos que perderá si hace enfadar a Morgan.
Sabe que no serán solo diez. No, si su madre descubre la aventura que tiene con Gus.
Es lo único que le preocupa. Perder puntos.
No le preocupa lo que le pueda pasar al guardaespaldas porque, para Natalie, la gran diferencia entre los dos es que él se juega su puesto de trabajo y ella su vida entera.
Apaga el televisor y se ve envuelta por una oscuridad que no tarda en compartir con otra persona.
El encuentro de la pareja tiene lugar veinte minutos después, cuando todos en la casa duermen.
El hombre entra a hurtadillas y se cuela en su cama.
Ella lo estaba esperando. Primero se besan sin lengua, después se desnudan el uno al otro y, entre la siguiente lluvia de besos y los latidos que se aceleran a la vez, Natalie le clava las uñas en la espalda y Gus le confiesa lo mucho que la echaba de menos.
Después se cuela entre sus piernas y empuja contra su cuerpo.
La frente perlada de sudor, la boca entreabierta por la que escapa el aliento como bolsas calientes de aire, el olor que se crea a raíz de mantener relaciones sexuales mezclándose con el miedo que siente cada uno por razones tan distintas…
Después de correrse, Gus le dice:
—Esto tiene que acabar.
Y Natalie responde:
—Pero a los dos nos gusta.
Gus se frota los ojos con fuerza. La culpa y la preocupación no le dejan tragar saliva.
Tiene ganas de insultar a alguien. De levantarse de un salto de la cama y estampar su puño contra la pared.
De agarrar lo primero que vea y romperlo.
De tirarse al suelo de rodillas y llorar como un niño.
Emociones diferentes, todas ellas entremezcladas, rozándose las unas c on las otras y haciendo que ese mismo roce abra nuevas grietas con las que se rompa todo un poco más.
—Pero tú no me quieres, Natalie.
Ella finge sentirse ofendida.
—¿Qué? ¡Claro que te quiero! ¿Por qué dices que no?
El guardaespaldas sabe que ella le miente y, aun así, no tiene ni idea de qué hacer: con Natalie, con el amor que siente por ella. Siempre que se dice que no va a volver a entrar en su habitación, rompe su promesa. Esa chica hace lo que le da la gana con él.
Natalie no es tonta; sabe que Gus puede perder su trabajo por esto, pero termina convenciéndolo para que vuelva a visitarla una noche más porque solo piensa en sí misma y, cuando está con él, se siente vista, deseada, amada…
Lo hace por lo bien que eso le hace sentir, lo emocionante que es tener un secreto, estar viviendo algo prohibido con un hombre mucho más mayor que ella y que además trabaja para su madre.
El problema es que ahora ella también tiene algo que perder.
—Porque es la verdad, Natalie. Tú no me quieres a mí.
De todas formas, no quiero que te sientas mal por ello.
Los dos sabíamos desde el principio que esto no iba a ninguna parte.
Está todo bien, tranquila. Lo digo en serio.
Pero no podemos arriesgarnos más. Si seguimos, el Cisne Negro acabará descubriéndonos antes o después.
—Eres el hombre más grande y fuerte que conozco y, a pesar de ello, siempre le has tenido miedo a mi madre. Igual que todos.
Gus encuentra un deje de decepción en su voz.
Como si finalmente él no fuera la persona que Natalie se había imaginado y, en consecuencia, la fantasía de todas esas noches prohibidas compartidas con él, de pronto, le resultase mucho menos emocionante.
Pero luego recuerda que, todas las veces que se han visto, él ha compartido con Natalie en voz alta que le daba miedo perder su trabajo.
Ella lo sabe, claro, solo se lo está diciendo ahora porque no quiere que él deje de visitarla.
—Me da miedo perder mi trabajo, no tu madre.
—Yo podría perder mi vida entera, Gus.
—Pero eso es ahora…
—¿Y? Lo que importa es que los dos nos estamos jugando mucho con esto. Así que no vuelvas a hablarme como si el único que se estuviera arriesgando fueras tú. No intentes que esto solo gire en torno a ti.
Gus sacude la cabeza y pone las palmas en alto.
—No hago eso. Joder, Natalie, ni siquiera lo plantees. Sabes que yo…
—Y no me mientas diciendo que no te da miedo Morgan. Porque sí te da miedo.
El guardaespaldas hincha sus pulmones y reconoce por fin:
—Pero porque creo que es mejor no hacerla enfadar. Ya sabes, por si acaso.
—Por si acaso, ¿qué?
—Por si acaso los rumores son ciertos.
Natalie frunce el ceño de forma exagerada.
—¿Qué rumores?
—Algunos creen que tu madre es una mujer peligrosa.
—¿Y tú te lo crees?
—¿Ahora me vas a decir que tú no piensas igual?
—Mira —dice Natalie—, hasta yo reconozco que le tengo miedo. Así que sí, claro que creo que es peligrosa. Pero también me da rabia eso, que todos le tengamos miedo. ¿Cómo consigue tener ese efecto en las personas más allegadas a ella, si luego, a efectos prácticos, no hace nada?
Gus suelta el aire por la boca pesadamente. Como si fuera expulsado por una fuerza que lo deja agotado.
—No… no lo sé. Entiendo lo que planteas, Natalie, pero es difícil de explicar con palabras.
Creo que es porque, cuando la miras a los ojos, si ella está enfadada contigo, te hace sentir que estás al borde de un acantilado.
Yo nunca he estado al borde de un acantilado, pero cuando el Cisne Negro te mira de esa forma, con esos ojos enormes y azules…
es como si tu cuerpo estuviera a punto de caer, como si tu vida dependiera solo de ella.
El hombre se queda pensando en lo que le ha dicho.
En que, cuando Morgan ve el poder que su fuerza ejerce sobre ti y te perdona, sientes que te ha salvado de ti mismo, de ella.
Y en cómo después ese miedo cambia de tamaño, se estira por las puntas como si fuera plastilina y se vuelve más grande, más oscuro, más real.
—No será para tanto el miedo… si te has vuelto a acostar conmigo.
Natalie ve en la oscuridad el efecto que sus palabras causan en Gus. El guardaespaldas tose abruptamente como si fuera a vomitar.
—Perdón —se apresura a decir Natalie, arrepentida—. No tendría que haber dicho eso.
—No, no. Si tienes razón. Es normal que pienses que soy un hipócrita.
—No pienso eso de ti.
Gus no sabe si creerla o no, pero sí que hay algo más fuerte que el miedo. El amor. Es lo que le gustaría que Natalie entendiera. Por qué ha hecho lo que ha hecho. Por qué lo ha arriesgado todo. La quiere. Tan simple y complicado a la vez que se siente estúpido.
El hombre vuelve a frotarse los ojos, agotado, sudoroso, sintiéndose cada vez peor. Con él, con Natalie, con lo que sea que tienen. Con esa tensión que nunca desaparece del todo, ni siquiera en los momentos más felices que ha compartido con ella.
Al cabo de un minuto, tapándose la cara, apretando los párpados para que todo duela menos, dice:
—Adiós, Natalie.
Ella se dobla sobre Gus para retirarle las manos de la cara y besar aquel secreto que parece a punto de terminar. Después lo abraza con fuerza mientras saborea los últimos momentos de su aventura, aceptándolo por fin.
—Ha sido un placer compartir este secreto contigo, Gus.
El guardaespaldas esboza una sonrisa triste y mira a la chica que le habría encantado conocer en otras circunstancias, con menos diferencia de edad, sin tanto miedo ni tanto que perder.
Los dos cierran los ojos como si fueran a dormir.
Permanecen un instante ahí quietos, abrazados en la cama, sintiendo el cuerpo caliente y cubierto de sudor pegándose en la piel del otro.
El olor a sexo flotando por encima de sus cabezas.
El condón cerrado con un nudo en la mesita de noche.
La puerta abriéndose despacio sin que ellos se den cuenta hasta que es demasiado tarde.
Una luz rectangular baña el interior de la habitación y descubre los cuerpos que hay tendidos en la cama.
Natalie y Gus abren los ojos a la vez, sorprendidos.
Giran su cara rápidamente en dirección a la luz.
La puerta termina de abrirse del todo.
En el centro, a contraluz, el Cisne Negro.
La pesadilla de Gus hecha realidad.
No puede respirar.
Natalie, que sí respira, suelta un grito de terror.
Morgan los observa sumida en un silencio que Gus no olvidará jamás.
Mira a su guardaespaldas, el hombre al que contrató para proteger a sus hijos, completamente desnudo y con el cuerpo de su hija mayor echado sobre él.
Ve el miedo en sus ojos después de haber sido descubierto, y dibuja una sonrisa ausente que a Gus le pone los pelos de punta.
Ella confiaba en él. Y él la ha traicionado.
Esa misma noche, Gus hace las maletas .