Cómo matar a un cisne 32
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–Vas a cancelar todas tus funciones. —Es lo primero que le dice Morgan a Maximus cuando entra en su habitación.

El mago ha cambiado la cama del hospital por la suya, pero Morgan no le deja poner un pie fuera de ella aunque él se siente mucho mejor.

—Espera, no… Yo… Te prometo que ya me encuentro bien. De verdad, mamá, puedo hacerlo. Además, el médico ha dicho que…

Morgan sacude la cabeza, negando.

—Oh, no me has entendido. No era una sugerencia, era una orden. No volverás a subirte a un escenario hasta que yo lo diga.

Maximus se incorpora de golpe. Estaba tumbado hace un segundo, y ahora tiene medio cuerpo levantado y los ojos muy abiertos.

—Pero si no puedo actuar… Los puntos…

La actriz chasquea la lengua, enfadada y también decepcionada con él.

—¡Lo que me faltaba por escuchar! ¿De verdad estás pensando en la clasificación?

¿Después de estar a punto de morir? Me sorprende, Maximus.

Y todavía me sorprende más que fueras tan estúpido como para no hacer una comprobación del número antes del show .

Sobre todo teniendo en cuenta lo peligroso que era.

A Maximus lo que le sorprende es que no haya visto a su madre derramar ni una lágrima por él. Sí la recuerda subiendo al escenario, gritando y golpeando la pared de cristal del tanque, segundos antes de que él perdiese el conocimiento. Pero ni una sola lágrima.

Ni siquiera cuando se lo llevaron en la ambulancia o cuando entró a verlo en la habitación del hospital. Intenta no pensar demasiado en ello y toma aire antes de defenderse.

—Tienes razón, debería haberlo comprobado. Pero solo para que lo sepas: la llave no estaba defectuosa.

—Está claro que algo le pasaba.

—Lo único que le pasaba a la llave es que no era la mía.

—¿Perdón?

—Era otra.

Morgan enarca una ceja y se cruza de brazos.

—¿Cómo que… era otra llave?

Maximus se estira para abrir el primer cajón de su mesita de noche y sacar las llaves de metal. Cuando le entrega las tres a su madre, señala la nota musical que hay grabada en una de ellas.

—Esa es la llave de Bonnie.

—¿Qué…?

—Es la que usa para abrir su caja de música.

Morgan abre mucho los ojos. Su piel parece perder toda la sangre de golpe porque queda completamente pálida.

—¿Qué significa esto, Maximus? ¿Y tu otra llave? ¿Dónde demonios está?

—Me la han robado. Pero eso ya no importa. Lo que sí importa es que alguien intercambió la llave de Bonnie con la mía para que yo no pudiera abrir uno de los tres candados. Esto lo ha planeado alguien.

Morgan se queda callada, asimilando toda la información.

El problema no es que no crea a su hijo, sino que le cuesta y le duele pensar que otro ha intentado hacerle lo que él insinúa.

Una parte de ella quiere que todo sea una horrible casualidad.

La otra parte, además de saber que lo que dice él es cierto, sabe que ella tiene algo de culpa por obligarlos a competir por su herencia.

Esa es la única razón por la que ahora, en lugar de que se traten como la familia que son, actúen como enemigos.

La estrella de cine deja las llaves en el borde de la cama y mira al mago con horror.

—Pero ¿quién podría ser capaz de…?

—Hay demasiado dinero en juego —responde él con sencillez.

Cuando Morgan les anunció que todos estaban compitiendo por su herencia, jamás pensó que alguno de ellos llegaría tan lejos como para convertirse en un monstruo.

Existen líneas invisibles que no se pueden cruzar.

Pero, como en cualquier otro juego, siempre hay alguien que se las ingenia para hacer trampas.

El problema es que, cuanto mayor es el premio, también es más fácil, en la misma proporción, darle la espalda a la ética y a la moral para conseguir aquello que tanto deseamos.

Y lo que ella les ha prometido es que el ganador heredará la Casa del Cisne y una fortuna por la que cualquier persona estaría dispuesta a hacer lo que hiciera falta.

Antes de hablar, la actriz echa una última mirada rápida a la llave de Bonnie mientras su garganta se llena de nudos. Ni siquiera sabe cómo le sale la voz.

—Entonces, crees que…

El mago asiente con la cabeza despacio.

—Sí, mamá. Uno de mis hermanos ha intentado matarme.

Alguien que sí llora por el mago, y a moco tendido, es Bonnie.

Maximus la abraza sin salir de la cama e intenta consolarla. Cree que su hermana pequeña está afectada por dos razones. La primera es que él casi no sale con vida. La segunda es que alguien ha robado su llave y, de alguna forma, también se siente culpable por ello.

—Eh, vamos, tranquila. —Le acuna la cara con las manos, roja y caliente de tanto llorar, y desliza el pulgar por debajo de su ojo para limpiarle una lágrima que trazaba un caminito por su moflete.

»Tú no tienes la culpa de nada, ¿vale? De verdad.

No es tu culpa. La persona que cambió mi llave por la tuya sabía que lo primero que todos pensaríamos es que fuiste tú.

Pero yo sé que tú no lo hiciste. Alguien te robó la llave.

Alguien que ya te vio usando la caja de música y que sabía que tenías una casi idéntica a las mías.

Bonnie no responde, solo llora. Se siente tan mal por lo que ha hecho que apenas puede respirar.

Maximus, por otro lado, está convencido de que no pudo ser ella. Por eso no duda en insistir:

—Tú no serías capaz ni de matar una mosca.

Su hermana llora más fuerte.

—Ha sido uno de ellos. —Y luego especifica—: Uno de los siete. A Austin también lo descarto porque fue el primero que vino a por mí. Gracias a él estoy vivo. Pero entre los demás se encuentra una persona que sería capaz de matar por un puto premio.

Termina la frase con cara de asco. La siguiente vez que habla, pone la misma voz que usaría alguien para confiar un secreto:

—Escúchame bien. Hay que andarse con ojo, Bonnie. Debemos tener cuidado. Esto cada vez va a ser más peligroso. Alguien ha intentado matarme porque cree que puedo hacerme con la herencia, y lo más seguro es que también intente ir a por ti y a por Austin.

Entonces, al ver que la cara de su hermana pequeña se contrae, el mago se arrepiente al creer que lo único que ha hecho es meterle más miedo.

Pero lo que no sabe es que, en realidad, Bonnie se pone así porque ella es la persona que casi lo mata.

Está mirando a la responsable directamente a los ojos.

—No te preocupes, yo te voy a proteger —le asegura—. No dejaré que nadie te haga daño. ¿Sabes por qué? Porque pienso encontrar al culpable.

Bonnie entre hipidos y miedo, consigue pronunciar:

—¿Y después…?

—¿Mmm?

—¿Qué harás si lo encuentras?

—Destruirlo .