Cómo matar a un cisne 31
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M aximus sabe que es peligroso, pero desconoce hasta qué punto. También, que las culpables de que su número de escapismo no vaya a salir bien están sentadas en primera fila.

Una de ellas es Rubí. La cantante confía en que, aunque las cosas se compliquen, todo quedará en un susto. Que, al final, por haber puesto su propia vida en riesgo, Morgan no dudará en castigar al mago restándole un buen puñado de puntos y haciéndolo bajar en la clasificación.

La otra culpable es Bonnie. La pequeña de la casa empieza a retorcerse las manos, cada vez más incómoda en su butaca.

Por primera vez, le preocupa más el bienestar de su hermano que seguir manteniéndose la segunda, por debajo de Austin.

Pero, preocupada por él o no, Bonnie, con su precioso vestido brillante y rosa, mantiene la boca cerrada.

Aún no es lo suficientemente madura como para saber que tiene que avisarle a Maximus de lo que ha hecho antes de que sea tarde.

Sabe que eso es lo correcto, pero también sabe lo mucho que Morgan se enfadará con ella.

Ese recordatorio es clave para reafirmar su decisión: no piensa confesar que le ha robado una llave y se la ha cambiado por la que abre su caja de música.

Se quedará callada y confiará en que él mismo se dé cuenta antes de realizar el número.

Con todo, Maximus sigue sin tener ni idea del verdadero peligro al que se enfrenta esta noche.

Además, por culpa de los nervios, se siente incapaz de conectar con el público que llena el teatro y ha pagado la entrada para verle.

Lleva más de una hora con la frente perlada de sudor y los esfuerzos por secarse con la manga de la camisa no han resuelto el problema.

A los pocos segundos, su piel vuelve a estar brillante y cubierta por una finísima capa húmeda.

Los focos que lo apuntan desde lo alto del techo del escenario aumentan su sofoco.

Como es natural, no solo han venido Rubí y Bonnie.

Toda su familia está aquí, desde Jack hasta su madre.

El Cisne Negro no acostumbra a acudir a las funciones del mago, pero esta vez ha hecho el esfuerzo tras la insistencia de su hijo y la promesa de que tenía un número especial reservado que deseaba compartir con ella.

Ahora Maximus está preocupado. Pero su preocupación no tiene que ver con Morgan ni con la mirada azul que clava en él desde que las cortinas de terciopelo rojo se han retirado al comienzo de la función.

Tiene que ver con las promesas que hacemos y que luego no sabemos si seremos capaces de cumplir.

Tiene que ver con las expectativas, los miedos y con aquello que ponemos en juego confiando en que el riesgo merecerá la pena.

Mientras el mago continúa realizando sus viejos números de magia, la mirada de Morgan parece cada vez más y más cansada.

Es una mirada con la que presume que, para ella, los secretos no existen porque es capaz de ver las costuras detrás de cada número de magia; las mismas con las que el mago pretende sorprender al público, lo cual aumenta significativamente el aburrimiento de la actriz.

El bostezo de Morgan sigue sin preocuparle a Maximus.

O, por lo menos, no lo hace en un primer plano.

Su preocupación real, la razón por la que le suda la frente y la espalda, es por ese gran final que les tiene preparado a todos: la jaula de agua, el número de escapismo con el que pretende terminar su show con un broche de oro.

Piensa en el tanque de cristal mientras realiza otros números que ya conoce el público. Cada vez que finaliza un truco, ellos responden con aplausos, pero el mago los escucha de fondo porque en su cabeza predomina una voz que le susurra: «Ya falta menos». También: «Podrías estar a punto de morir».

Maximus da paso a su ayudante, que sale entre bambalinas.

Es una mujer realmente hermosa, diez años mayor que él y con unas piernas finas que recuerdan a las de una gacela.

Empuja un baúl con ruedas y se detiene al llegar a la altura del mago.

Después, con una sonrisa de anuncio, se mete en el baúl y cruza los brazos sobre su pecho.

Maximus cierra las compuertas. La música que suena por los altavoces sube de volumen mientras él atraviesa el baúl con las seis espadas y luego lo hace girar para que el espectador vea que las puntas salen desde el otro extremo.

Las retira una a una, exagerando la expresión que refleja su rostro para darle mayor emoción.

Cuando la canción está a punto de finalizar, la ayudante sale del baúl con la misma sonrisa con la que se había despedido antes del público.

Los aplausos llenan el teatro, pero la mirada de Morgan sigue siendo de hastío.

Al número anterior le sigue otro en el que saca a Manuel —su conejo— de la chistera, un número de adivinación en el que elige a varios voluntarios del público y, entonces sí, llega el gran momento de la noche.

El telón se cierra para abrirse pocos minutos después y mostrar, en el centro del escenario, un tanque de dos metros de alto lleno de agua.

Maximus vuelve a aparecer en escena, más nervioso que nunca. Le tiemblan las manos más que la voz.

—Es-esta noche os tengo preparada una sor-sorpresa muy especial.

Primero se hace un silencio que se extiende sobre todas las butacas, después se oyen susurros acompañados de miradas que observan el tanque con curiosidad.

—Os presento… ¡la jaula de agua!

Al anunciarlo, solo mira a una persona. Morgan Brooks.

Se da cuenta de que sus ojos se han abierto al fijarse en el tanque que tiene detrás de él.

Su mirada ya no refleja aburrimiento, sino que se llena de una curiosidad que parece despertarla de golpe y la obliga a estirarse aún más sobre el respaldo.

Ahora que el Cisne Negro lo observa y tiene toda su atención, Maximus se insufla de una seguridad que dura muy poco, pero que le sirve para subir por la escalera que le deja en el borde del tanque de cristal.

Con sus pies clavados en el último escalón, el mago está a solo un paso del peligro que lo lleva persiguiendo toda la noche y que ahora se cierne sobre él como una sombra enorme de la que ya no puede escapar.

Todos están mirando. La expectación es enorme.

Es lo malo de hacerle una promesa al público: si no cumple su parte, sentirán que los ha engañado y los aplausos se convertirán en abucheos.

—Para el siguiente número voy a necesitar a mi ayudante.

La mujer vuelve a salir entre bambalinas. Esta vez, en lugar de un baúl, arrastra una larga y pesada cadena. Sube diez escalones, quedándose uno más abajo que el mago.

—Átame, por favor —le pide este—. Y asegúrate de cerrar bien los tres candados y enseñárselos al público.

La mujer asiente y comienza a enrollar la cadena sobre el cuerpo de Maximus, apretándolo para inmovilizarlo de pies a manos.

Detrás de ellos, sobre una lona blanca, se reproduce la imagen de los dos en directo y en tamaño gigante para que nadie se pierda ningún detalle de lo que sucede en el escenario.

Cuando cierra el primer candado, el chasquido que produce hace que a Maximus se le pongan los pelos de punta.

Con el segundo tiene ganas de vomitar. Con el tercero está tentado a pedir que lo libere porque ha cambiado de idea.

Sabe que no lo puede hacer. La función siempre debe continuar.

Si se echa atrás ahora, será el fin de su carrera.

—Por favor, muéstrales a todos las tres llaves. —La ayudante extiende el brazo hacia el público y la cámara graba un plano detalle de las tres llaves que tiene en su poder.

Bonnie, desde el asiento, no puede reconocer cuál de las tres es la suya, pero sabe que Maximus sí podría a esa distancia tan corta.

Solo tiene que observarlas bien y se dará cuenta de que una de ellas tiene una pequeñísima nota musical grabada en el tallo.

«Mira las llaves, Maximus. Por favor, date cuenta».

Él podría detener el número a tiempo, pero está demasiado nervioso como para fijarse en las llaves y el público demasiado ansioso por disfrutar de un buen espectáculo.

—Muy bien. Ahora, tíralas al tanque.

La mujer se inclina hacia el borde, gira la mano despacio y separa los dedos para dejarlas caer. Las tres llaves metálicas producen un chapoteo y resplandecen mientras caen rápidamente al fondo de cristal.

Después de un breve silencio, la ayudante baja las escaleras y se marcha mientras el mago vuelve a levantar la mirada y dirigirse a su público.

—Lo q-que hay a mis espaldas es una cuenta atrás —balbucea, refiriéndose a los números en rojo que se proyectan ahora sobre la lona tensada—.

Son dos minutos. Es el tiempo que soy capaz de aguantar la respiración bajo el agua.

Ciento veinte segundos para abrir tres candados y liberarme de la cadena.

Si lo consigo, podré sacar la cabeza y respirar.

Y si no lo consigo… —Traga saliva—. Bueno. Solo espero que esto no sea un adiós.

Hace una pausa dramática.

—Pero, por si las cosas no salen bien… Antes de saltar, me gustaría deciros que habéis sido un público estupendo. En serio, muchas gracias a todos por venir.

El público se toma su despedida a broma.

Maximus siente que el escalón sobre el que se apoya tiembla como si fuera a desprenderse. La idea de precipitarse al suelo de cabeza, desde esos dos metros de altura, le asusta menos que caer dentro del tanque.

Cierra los ojos, llena sus pulmones de todo el aire que es capaz de retener y, como está atado y apenas puede moverse, en lugar de saltar se deja caer hacia delante. Su cuerpo rompe la superficie de agua y se hunde hasta tocar el fondo. La cuenta atrás empieza a correr en ese preciso momento.