27
L a noche del dieciséis de julio, después de haber conocido a su profesora de piano y a su profesor de canto y comenzar las clases, Jack se cambia de ropa para ir a cenar y, nada más salir del cuarto, coincide con unos ojos marrones que ya ha visto antes en televisión: se trata de Sarah, la protagonista de Besar o morder y novia de Austin Brooks.
Cuando se dispone a saludar a la actriz, no puede evitar sentir una punzada de ilusión al estar delante de alguien a quien admira por su trabajo.
Su personaje es uno de sus favoritos de la serie.
Pero entonces se da cuenta de que algo va mal.
—¿Jack Brooks?
—Sí.
El rostro de Sarah se ensombrece, parece enfadada con él. Como si lo odiara por algo que Jack no sabe que ha hecho. Hasta que ella se lo dice. Y entonces él lo entiende todo: la mirada de odio, que se haya presentado en la puerta de su cuarto y por qué va a ser difícil llevarse bien con ella.
—Tú le pegaste un puñetazo a mi novio.
Él traga saliva.
—Sarah, yo…
—Cállate. No quiero verte cerca de Austin. Si vuelves a tocarle un pelo, te juro que te mato.
Antes de que ella lo interrumpiese, Jack pensaba pedirle perdón. Pero ahora lo que piensa es: «Presumida de mierda».
Sarah se dirige al ascensor enfundada en un vestido rojo. Los zapatos repiquetean contra el suelo y su cabello negro se mece sobre su espalda desnuda.
Jack se queda unos segundos quieto, con un pie fuera y el otro dentro de su cuarto.
A pesar de lo borde que Sarah ha sido con él, entiende que ella esté enfadada: le ha pegado un puñetazo a su novio, por su culpa se han visto obligados a pausar el rodaje de la serie, llevan una semana sin grabar y aún tienen que esperar a que pase otra para que el hematoma de Austin —que ahora oscila entre el verde y el amarillo— desaparezca por completo.
Es normal que a Sarah no le haga ninguna gracia que él se haya incorporado a la familia de su novio ni que su habitación esté pegada a la de Austin.
El chico cierra la puerta y baja por las escaleras.
Rosario sirve la cena en la bandeja de plata. Están todos: el Cisne Negro, sus nueve hermanos, y también Sarah, sentada junto a Austin. Tampoco falta el silencio tenso que los acompaña y envuelve a todos desde que Morgan los ha hecho competir por heredar su fortuna.
También hay una preocupación general entre nueve de diez hermanos: el hecho de que Jack esté saliendo en los medios constantemente. Si todo se mantiene igual, él podría empezar a ganar puntos muy pronto y convertirse en un rival para tener en cuenta.
La familia Brooks cena a la luz de las velas. Las llamas se reflejan en los ojos azules de Austin y los marrones de Sarah, ambos clavados en Jack, vigilando cualquier mínimo movimiento que hace cada vez que toma el cuchillo para partir un trozo de carne y llevárselo a la boca.
Sarah lleva mirándole toda la cena con cara de asco. Evidentemente, la opinión que Jack tenía sobre ella ha cambiado.
Los ojos de la pareja siguen pegados a él. No le dejan tranquilo.
Chloe también se da cuenta. Está vigilando el comportamiento de los tres, intentando empaparse de cada detalle. Entiende que Sarah esté enfadada con Jack y que lo fulmine con la mirada, pero no entiende por qué Austin mira a Jack con ese brillo en los ojos.
Y entonces Chloe se pregunta: «¿Es posible? ¿Podría haber algo entre Austin y Jack más allá del odio?». Luego niega con la cabeza, pero la duda se le queda enquistada como un enigma que le gustaría resolver.
—¿Tengo monos en la cara? —termina escupiendo Jack, dirigiéndose a la famosa pareja.
—¿Algún problema? —pregunta Morgan, desde la otra punta del comedor.
Niega con un gesto rápido y baja la mirada a su plato.
—Ninguno.
Sarah sonríe para sí, y Jack se da cuenta de que su forma de sonreír se parece bastante a la de Austin.
Ese detalle le basta para descubrir por qué, algo que comenzó como una historia de amor sangriento entre un vampiro y una chica corriente, ha terminado traspasando la pantalla: los dos actores desprenden una energía muy similar, una energía que te advierte casi desde el principio que es peligroso acercarse demasiado a ellos.
Ahora mismo, Jack no sabe qué pareja le despierta más desconfianza: Andrew y Scarlett, o Austin y Sarah.
Terminan de cenar y se levantan de la mesa.
Austin y Sarah suben a la tercera planta.
Jack no se siente cómodo con la idea de seguir teniéndolos cerca, así que decide salir a pasear por el jardín.
Camina despacio, sin rumbo fijo, con las manos dentro de los bolsillos y los pies pisando la hierba fresca.
No es el único que ha salido a dar un paseo esa noche: Morgan lo hace para dar de comer a su cisne. Accede al pequeño estanque que permanece oculto y protegido por un montón de árboles, como si levantaran una jaula de madera dentro del jardín.
Morgan saluda al enorme cisne blanco que hay junto a la orilla.
—Hola, Christian. ¿Me estabas esperando?
Sonríe al ver que el animal estira su cuello para dejar que ella le acaricie la cabeza.
—¿Tienes hambre? Espera, ten. —Le ofrece comida mientras no deja de acariciarlo con la otra mano—. No sabes lo feliz que me hace que ahora confíes en mí. Antes no te dejabas acariciar.
El cisne, como si la hubiese entendido, la mira con sus ojos negros.
«¡Biiiip-biiiip, biiip-biiip!». La llaman por teléfono.
El cisne se asusta. Ella intenta tranquilizarlo, pero no funciona. El animal ya no confía en ella. Sus ojos ahora están llenos de miedo y agita sus enormes alas blancas con fuerza para alejarse lo más rápido posible, salpicándola de agua.
Morgan retrocede un paso con la mano aún suspendida en el aire, donde antes tenía la cabeza de su cisne y ahora está completamente mojada y fría.
La pantalla del móvil sigue iluminando su bolsillo. Ya irá por el tercer tono. Cuando ve el nombre de Daphne escrito en blanco, acepta la llamada y se acerca el móvil a la oreja, disgustada porque alguien se haya atrevido a romper el momento que estaba viviendo con su preciado animal.
—Has asustado a mi cisne. Ahora que empezaba a confiar en mí… Con lo que me ha costado que me deje tocarlo.
—¿Estás en el estanque?
Morgan se seca la mano en el pantalón mientras sujeta el teléfono con la otra.
—Me gusta venir aquí por la noche y hablar con él.
—Con el cisne —repite su representante por el auricular.
—Sí, con Christian.
Daphne se queda un segundo callada, como si no la hubiese entendido bien. Luego, pregunta:
—Sigo sin entender por qué le pusiste a ese cisne el nombre de tu hermano desaparecido.
Morgan ignora su comentario. Aunque no puede evitar sentir una punzada de dolor al escuchar esas dos palabras juntas: «Hermano desaparecido».
—¿No es un poco tarde para que me llames?
—Sí, lo siento. Pero me lo acaban de confirmar y quería darte la noticia.
—Cuéntame.
—Tengo otra película para ti.
El año pasado Morgan grabó La mujer que siempre sonríe . La primera vez que Daphne le habló de ella fue por teléfono, igual que ahora, y, casualidades de la vida, también se encontraba dando de comer a su cisne. Para Morgan, esto es todo un déjà vu .
Retrocede un año en el tiempo y recuerda el entusiasmo con el que Daphne le habló de esa película y la tensión con la que respondió su cuerpo cuando le pasó el guion.
—Han dado luz verde a La mujer que siempre sonríe —le dijo Daphne—. Quieren que seas la protagonista.
—Quieren que sea la protagonista de muchas películas —replicó ella, como si no hubiera ninguna novedad.
—Pero esta película es diferente. Espera, te paso el guion para que le eches un vistazo y comentamos.
—Está bien. Envíamelo.
—Ya está. Lo tienes en el correo.
Morgan abrió el mensaje con el guion adjunto y leyó por encima la sinopsis:
Violette, una mujer canadiense de cincuenta años, es la esposa y madre perfecta.
Se sabe los cumpleaños de sus vecinos, los llama al timbre para felicitarlos y siempre les lleva una cesta repleta de galletas recién horneadas y tarta casera.
Es ese tipo de persona y todo el vecindario está encantado con ella.
Pero lo que nadie sabe es que la mujer que siempre sonríe no es quien dice ser.
Una noche, la vecina de al lado ve por casualidad salir a Violette al jardín con una pala.
Ve que entierra algo, pero no sabe qué es.
La noche siguiente, sobre la misma hora, Violette vuelve a salir al jardín con su pala.
La vecina de al lado comienza a espiarla, pero lo que descubra sobre Violette la pondrá en un grave peligro porque hay secretos que jamás deberían ser desenterrados.
Una ola de nerviosismo la asestó al leer la sinopsis.
Era como si los guionistas se hubiesen inspirado en ella; como si, después de descubrir la verdad y de escribir un guion inspirado en su secreto, se hubieran atrevido, además, a pedirle a la propia Morgan que hiciese de Violette para gastarle una broma de mal gusto.
Sabía que era imposible y que su secreto seguía a salvo.
Pero, por aquel entonces, las similitudes le provocaron náuseas.
La primera vez que Daphne se lo propuso, ella rechazó la oferta alzando una voz, fría y tajante, contra el auricular:
—Diles que no la haré.
Daphne trató de convencerla.
—Escúchame, Morgan. Creo que va a ser una gran película. Deberías pensártelo antes de rechazarla…
Por supuesto, ella no sabía que a Morgan le estaban temblando las piernas, que tenía ganas de vomitar, que el pasado regresaba a ella y la ataba de pies y manos.
—He dicho que no.
Recuerda el aplomo con el que lo dijo. También, que no creía que Daphne fuese a ser capaz de hacerle cambiar de opinión.
Ahora, un año después, esa película está a punto de estrenarse y ella la llama para ofrecerle una nueva.
—Envíame el guion —le pide Morgan.
—Será un placer. Además, el director me ha comentado que también tiene un papel para Grace. Ella podría hacer de tu hija en la película. Eso impulsaría notablemente su carrera. Seguro que Grace se pone muy contenta de poder trabajar con su…
Morgan pone los ojos en blanco. Daphne siempre intentando ayudar a cualquier mujer.
Lee el guion por encima. Es una película dramática, en la línea de la anterior.
—Me lo tengo que pensar.
Finaliza la llamada. Guarda el teléfono y alza la vista hasta su cisne blanco. Lo mira como si a través de él fuera a reencontrarse con su hermano Christian.
Ve al animal nadando en la otra punta del estanque, vuelto hacia ella, devolviéndole la mirada con sus inquietantes ojos negros en la distancia.
Lo más probable es que acepte este proyecto y se arrepienta del anterior. La mujer que siempre sonríe es una película que la perseguirá para siempre, pero ya no puede hacer nada: solo esperar a que se estrene y confiar en que el mundo no descubrirá su secreto en la mujer a la que interpreta .