25
A l salir del restaurante hay un ligero cambio de planes: no van a volver a casa; por lo menos, no todavía. Antes van a seguir de compras un poco más.
Dos horas más tarde, entonces sí, el chófer los lleva de vuelta a la Casa del Cisne.
Hay dieciséis ojos esperándolos en la entrada de la mansión.
Todos los hijos de Morgan, salvo Austin, que está en su cuarto, ven cómo Owen y Henry ayudan a Jack a cargar las compras y llevarlas hasta su habitación.
Las dejan amontonadas a los pies de la cama, y el chico, ahora solo, permanece un rato en silencio mirando las bolsas llenas de ropa nueva que han invadido su cuarto.
Los colores brillantes de las bolsas, el espacio que ocupan, el olor a textil y plástico…
Todo parece conspirar a favor de que el recuerdo de la tarde que ha pasado junto a Morgan lo envuelva momentáneamente: los fans agolpándose en el escaparate de la primera tienda, su pelo dorado brillando frente el espejo de la peluquería.
«Eso es porque no conociste a Morgan de joven.
Su color natural es igual de dorado». La mesa del fondo, el cruasán de chocolate blanco.
«¿Por qué le insististe tanto a Susan en que querías adoptarme a mí?
». Las mentiras que contamos para proteger al otro…
Haciendo un balance de todas las cosas sobre las que ha conversado con ella, Jack cree conocer un poco más y también un poco menos a su madre adoptiva. Morgan Brooks es a la vez cisne, mujer, madre, actriz y araña.
Mientras, los ocho hermanos pasan al recibidor. Natalie, Jessie y Rubí forman un pequeño grupo para seguir criticando a Jack a sus espaldas.
—Es un muerto de hambre —dice Natalie.
—Totalmente —secunda Jessie.
—Por mucha ropa que le compre, Jack seguirá pareciendo un indigente —añade Rubí.
La envidia y los celos les hacen olvidar que ellas tres también son adoptadas.
—No entiendo por qué recibe un trato especial —se les une Maximus, que lleva todo el día practicando su número de escapismo.
Lo que Maximus no sabe es que debería haber vuelto a cubrir el tanque de dos metros con la sábana para que nadie supiera lo que trama en el sótano.
Desde que compiten entre ellos, la mansión se ha llenado de ojos.
Por eso, cuando Rubí ha visto que la puerta del sótano estaba entreabierta, no ha dudado en bajar las escaleras y comprobar si todo seguía igual.
Maximus no sabe que Rubí lo sabe. Y Rubí y Maximus no saben —tampoco Natalie ni Jessie—, que Chloe los está escuchando. La escritora siempre se entera de casi todo lo que pasa dentro de la mansión gracias a que nadie parece reparar en ella.
Nolan se cruza de brazos y permanece completamente mudo, sumándose al corro.
A pesar de no emitir ningún sonido, asiente con la cabeza para dejar claro que opina igual que ellos.
Conforme sus hermanos hablan más del tema, sus celos crecen.
Nolan también se siente ignorado por su madre.
Lleva pidiéndole cinco minutos de su tiempo para que vea el show en el que está trabajando, y nunca es un buen momento.
A pocos metros, en otro grupo formado por Grace y Bonnie, la primera le dice a la segunda:
—No entiendo por qué ese chico parece tan importante para ella.
—Yo tampoco.
—No tiene nada de especial. ¡Es que me parece absurdo! ¿Cuándo fue la última vez que Morgan le dedicó una tarde entera a uno de nosotros?
Bonnie se queda callada, pensando, y se da cuenta de que Grace tiene razón.
Grace también reclama la atención de su madre: le encantaría sentarse con ella para leer juntas el guion de la tercera temporada de Mi mejor amiga es un hada y que le diese algún consejo para mejorar como actriz.
Incluso Bonnie, la pequeña de los diez hermanos, acostumbrada a ser la hija favorita, se siente amenazada por la llegada de Jack.
Sobre todo después de lo que ha hablado con Grace.
Acaba de recordar que le comentó a Morgan, hace unas semanas, que necesita ropa nueva para no seguir repitiendo los mismos looks en su canal de YouTube y ella le prometió que, cuando tuviese una tarde libre, irían juntas de compras.
Pero su madre ha elegido a Jack, así que también se ha olvidado de ella.
¿Significa que ha dejado de ser la favorita?
Cada uno de los ocho hermanos vuelven a sus quehaceres y la mansión se impregna de una atmósfera espesa porque los celos y la envidia lo llenan todo.
—Falta una cosa. —Es la voz de Morgan, detrás de Jack.
El chico se da la vuelta y observa a la mujer en la puerta de su habitación.
Tiene las manos juntas y extendidas hacia él en forma de cuenco.
Sostiene algo plateado y brillante, como si se hubiera caído una estrella del cielo y ella se la estuviese entregando.
Una mano sube por encima de la otra para que el contenido se vierta sobre la segunda.
Es una cadena de plata que, al pasar de una mano a otra, parece una serpiente.
—¿Un collar?
—Sí, es un llamador de ángeles.
La actriz deja que la cadena de plata se escurra como agua entre sus dedos. La esfera queda atrapada entre el índice y el dedo corazón.
—No lo puedo aceptar.
—Es de mala educación no aceptar un regalo.
—Es demasiado, Morgan. —No solo ha terminado comprándole más ropa, también le ha comprado un móvil. Y ahora un collar de plata. Siente que todo esto está mal, que no se merece tantas cosas.
Morgan, por su parte, siente que nada de lo que le regale será suficiente.
Por eso no podían volver a casa solo con lo que habían comprado en las cinco tiendas en las que habían entrado con Nicholas; la culpa no se lo habría permitido.
El cambio de armario y pasar por la peluquería le han parecido limosna después de la pregunta que Jack le ha hecho en relación con su adopción.
Tenía que compensárselo con algo más, así que ha hecho lo que hace la gente como ella: entrar en más tiendas y gastar cantidades absurdas de dinero en ropa para enmendar lo que no tiene solución y nos persigue sin descanso.
Solo la culpa nos hace ser extremadamente generosos con otra persona.
Incluso tiene pensado regalarle algunos puntos. Si no lo ha hecho aún es porque no quiere que sus hijos sospechen de que está haciendo trampas.
—Esto es lo único que no he comprado —le informa Morgan—. Me lo regaron cuando era joven y quiero que ahora lo lleves tú.
Jack toma el collar. Dos cisnes de plata envuelven la esfera con un pequeño cierre para que la bola pueda girar en su interior. Al agitarla con suavidad, la esfera choca con los cisnes y crea un sonido agudo y agradable.
—¿Por qué me lo regalas a mí?
—Pregúntame otra cosa.
Jack se da cuenta de que ya han tenido antes esta conversación. Recuerda las dos razones y la que Morgan elige para que él no sufra.
—Está bien —dice, y no vuelve a insistir para que ella no tenga que mentir—. ¿Quién te lo regaló?
—Alguien.
No se lo va a decir.
—Y quieres que ahora lo lleve yo.
Morgan responde con una mentira:
—A mí me dio suerte.
—Crees que la voy a necesitar.
Y luego dice una verdad:
—Sí.
Se despide de su hijo.
Jack vuelve a quedarse solo en su cuarto. Sin soltar el collar, estudia los pequeños cisnes que envuelven la esfera de plata.
Él aún no lo sabe, pero cuando descubra por qué ha terminado en la Casa del Cisne, por qué su madre adoptiva le ha regalado ese collar y cuál es el secreto que le une a la actriz de Hollywood querida por todo el mundo…, odiará a Morgan Brooks con todas sus fuerzas .