24
M organ Brooks esperaba que Jack le hiciera esa pregunta algún día, pero no que fuera en ese momento.
Estira la espalda sobre el respaldo, presiona la hebilla dorada de su bolso para abrir y sacar un espejito y se repasa los labios ya pintados de rojo.
Lo hace con cuidado, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si Jack no estuviera esperando, impaciente, una respuesta que esclarezca por qué él y no otro.
—Pregúntame otra cosa.
—Me has dicho que podía preguntarte lo que quisiera —insiste el chico, porque en la balanza pesa más conocer la verdad que proteger unos puntos que aún no tiene.
Pero ella no está dispuesta a compartir con él el secreto que los une.
—He cambiado de opinión. No, no puedes.
—¿Por qué no?
Decidida a cortar el asunto de raíz, le clava una mirada fría que él no se esperaba y le sorprende.
—Porque no quiero mentirte. Y ahora —dice tajante—, hazme otra pregunta.
Al chico le cuesta encontrar su propia voz.
Desde que ella lo mira con esa frialdad, tiene la sensación de que se hace pequeño en su asiento.
Es como si, por un segundo, hubiera olvidado con quién hablaba y Morgan acabara de recordarle quién es, el poder que tiene y lo insignificante que es él en comparación.
Al final aparta la vista, incómodo. Luego mira a su alrededor esperando que se le ocurra una pregunta nueva antes de que Morgan se enfade con él de verdad.
Se fija en las otras mesas: todos los clientes intentan comer con normalidad, sentarse con normalidad, mirar a la persona que tienen enfrente…
Pero desde que la actriz ha pisado el restaurante, están distraídos.
Les supone un esfuerzo tremendo seguir el hilo de la conversación.
Ya no les parece tan interesante seguir hablando de negocios, de problemas familiares o de lo difícil que es encontrar el amor y echarle la culpa a internet.
Siempre la misma conversación, los mismos problemas.
¿Y qué si no me gusta mi trabajo? A casi nadie le gusta su trabajo, en realidad.
¿Y qué si no me hablo con mi hermana? ¿No dijo alguien un día que los amigos son la familia que uno elige?
¿Y qué si no me ha escrito? Tampoco me gusta tanto y, de todas formas, en unos años se habrá quedado completamente calvo.
No importa. Lo que sí importa —y esto es un pensamiento general, que se extiende por las mesas del restaurante como si unas a otras se diesen la mano hasta formar un corro— es que el Cisne Negro está aquí.
Eso sí es importante, eso es algo que no pasa todos los días.
El Cisne Negro, la estrella de Hollywood, está aquí .
No dejan de mirarla de reojo.
Jack se percata de ello y lo usa para complacer a Morgan y hacerle una nueva pregunta:
—¿Cómo gestionas la presión de saber que todo el mundo parece estar pendiente de ti?
Morgan relaja los hombros y su mirada se vuelve más amable. Se siente mejor al no tener que hablar de algo relacionado con Jack o con lo que le ha llevado hasta él.
—Convenciéndome a mí misma de que es mentira.
Cuando recibo el cariño de los fans, cuando veo que la gente grita mi nombre, llora, me abraza, me dicen que les he salvado la vida, que gracias a mí son ahora la persona que son…
Cuando recibo toda esa información, pienso que todo es falso, que no está pasando en la vida real, que estoy en un set de rodaje, que los que gritan e intentan tocarme son extras a los que la productora les ha pagado para que estén allí y que yo solo soy una actriz que va a hacer su trabajo para luego volver a su casa con sus hijos, y que su familia es lo único real que tiene.
—Engañas a tu cerebro.
—Si no lo hiciera, me volvería loca. Imagínatelo: todos los días de tu vida te encuentras a personas que creen saber todo sobre ti.
Personas que te tienen endiosada y creen que eres la mujer más increíble del mundo.
Otros creen que eres una zorra y que estás donde estás por haberte acostado con todos los directores de la industria…
Lo mejor es aprender a convertirse en una araña y tejer una red de mentiras que te ayude a que tu vida sea más fácil.
—Entonces, ¿con qué Morgan me tengo que quedar? ¿Con la que dice ser un cisne o con la que juega a ser una araña?
—Quédate con que ahora soy tu madre.
—Me cuesta confiar en alguien que reconoce abiertamente que me está mintiendo. —¿Esa acusación le ocasionará puntos negativos? Jack espera que no.
—La verdad está terriblemente sobrevalorada —dice Morgan—.
A veces creemos que queremos saber la verdad hasta que la descubrimos, nos hace daño, y ya es demasiado tarde.
Te aseguro, Jack, que aunque haya una razón por la que te haya adoptado, también existe otra razón por la que no te lo quiera decir.
Y esa es la razón que yo elijo, porque, si pongo las dos en una balanza, es la que hará que no sufras.
Jack lo medita un momento antes de reconocer:
—Eso… eso lo cambia un poco todo, creo. Quizá tengas razón y es mejor dejarlo así.
Morgan le da otro sorbo al capuchino, otro mordisco a su tostada.
Se limpia dando toquecitos suaves con la servilleta de tela, que regresa a la mesa con manchas rojas.
Le da igual haberse llevado un poco de pintalabios.
No necesita repasarlos para que su boca esté perfecta porque Jack la está mirando con otros ojos.
Lo hace con respeto, como si por fin aceptase la situación, como si confiase en ella y en que, si le ha mentido antes, ha sido para protegerlo.
Y por eso ahora ella se siente en paz, tranquila.
El Cisne Negro sonríe para sí y se lleva a la boca el último trozo de tostada.
—Aún no te he hablado de las clases —dice después de tragar—.
Ya ha terminado el curso escolar, así que, hasta septiembre, no conocerás a los profesores particulares de tus hermanos pequeños.
Pero te voy contando un poco la dinámica: cada uno tiene el suyo; los que son mayores de edad ya han dejado de estudiar.
Todavía no me has dicho qué quieres hacer tú.
Tienes diecisiete, estás en la edad para trabajar o seguir estudiando. ¿Qué te gustaría hacer?
«Ganar». Esa sería su primera respuesta.
—Lo que quiero es hacer música, componer, cantar… Quiero encender un día la radio y que esté sonando mi canción. Es algo con lo que llevo soñando toda mi vida y ahora…
—Ahora que eres un Brooks, lo puedes conseguir. Yo te voy a ayudar, Jack. No te preocupes. Con dinero y contactos, puedes hacer lo que te dé la gana.
Al chico le sorprende que lo vaya a ayudar. Si no le falla la memoria, Morgan mencionó que firmar un contrato también sumaba puntos. No especificó la cantidad, pero, en cualquier caso, seguiría siendo mucho más de lo que tiene ahora.
—Pero, por supuesto…
Jack sabía que había un «pero».
—¿Sí?
—Antes tienes que demostrarme que se te da bien, así que te voy a pedir que cantes.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Canta.
Jack gira la cabeza hacia el resto de los comensales.
—Estamos en un restaurante.
Morgan lo mira como si no comprendiese cuál es el problema.
—¿Quieres cantar en estadios, pero te haces pequeño cuando te toca hacerlo en un restaurante? Si no puedes hacerlo aquí, lo mejor será que cambies de sueño y persigas otra cosa. El tiempo es lo único que no regresa, Jack. Te recomiendo que no pierdas el tuyo y que no me hagas perder el mío.
Jack termina cediendo bajo presión.
—Está bien. Tú ganas.
Y entonces canta para ella. La mitad de la canción lo hace con los ojos cerrados, la segunda mitad mirando al Cisne Negro.
Morgan lo mira directamente a los ojos. Asiente con un gesto de cabeza cuando Jack termina de cantar, dando la prueba por superada. Sus comisuras se alzan dibujando una sonrisa roja que no esconde su asombro.
—Los padres que te adoptaron antes que yo, ¿te apuntaron a clases de canto?
—No.
—¿Nunca has estudiado nada de conservatorio?
Jack vuelve a negar.
—Vaya —dice Morgan—. Sinceramente, no entiendo que una persona sin formación tenga esa técnica.
Supongo que tienes un don. Mi trabajo ahora es asegurarme de que te formas bien para terminar de pulirlo como un diamante.
No quiero que seas solo «bueno», quiero que seas perfecto.
Pero, claro, todo dependerá de hasta dónde estés dispuesto a esforzarte por conseguirlo.
—Haré lo que haga falta.
Morgan sonríe mientras junta los dedos y hace chocar las puntas de las uñas unas con otras.
—Está bien, te diré lo que vamos a hacer: te voy a apuntar al conservatorio y vas a tener un profesor de canto que vendrá todas las semanas a darte clases. Deduzco que tampoco sabes tocar ningún instrumento, ¿no?
—En el orfanato teníamos una guitarra que usábamos todos. Aprendí a defenderme con ella viendo vídeos de YouTube.
—¿Te gusta el piano?
—Pues, la verdad es que prefiero la guita…
Morgan levanta la mano y lo corta.
—Genial. Entonces el piano, está decidido.
¡Ah! Casi se me olvida. Si en algún momento quieres salir de la Casa del Cisne, tienes que avisarme con antelación para que te asigne un guardaespaldas que te acompañe.
Casi siempre irás con Gus, a no ser que ya esté fuera con otro de tus hermanos y tenga que llamar a otro.
Jack trata de asimilar que su plan de vida se está decidiendo sobre la mesa y a una velocidad impresionante y que todo lo está decidiendo Morgan.
Él parece estar obligado a adaptarse a sus deseos porque no hay otra opción.
Así es como ella hace las cosas. Él solo puede limitarse a aceptar sus condiciones.
A cambio, su nueva madre le promete el éxito.
La mira y entonces le pregunta: —¿Por qué no puedo ir yo solo?
—¿No has visto lo que pasa cuando salimos a la calle?
—Pero te quieren a ti, no a mí.
—Pero tú ahora eres parte de la familia Brooks. Y, como todo en esta vida, cada cosa tiene sus ventajas y sus desventajas. Imagino que has oído hablar mucho de nosotros.
—Como todo el mundo.
—Ser mi hijo te hará famoso, pero también te pondrá en peligro. La envidia es un animal que siempre tiene hambre. Es mi deber, como madre, proteger a mi familia para que no os pase nada malo.
—¿Alguna vez han intentado hacer daño a alguno de tus hijos?
La mirada de Morgan se ensombrece. El recuerdo le pesa y sus ojos delatan el dolor que siente por dentro.
—Es mejor que te lo cuente él.
—¿Quién?
—Austin .