23
E n el reflejo del cristal de la peluquería, el pelo de Morgan parece una cascada negra mientras que el de Jack se ve como una cascada de luciérnagas chispeantes.
—Si te lo hubiesen cortado, no llamarías la atención —le dice Morgan a Jack—.
Tendrías el mismo corte de pelo que la mayoría de los chicos de tu edad.
Soy la primera que sabe lo importante que es encontrar algo que te haga diferenciarte del resto.
La gente no solo tiene que saber quién eres, tiene que verte pasar y no poder apartar los ojos de ti.
Ahora, cuando te miro, sí pareces un Brooks.
Nicholas chasquea la lengua, disconforme. Siente que acaban de herir su orgullo de artista, pero se alegra de que Morgan esté contenta con el resultado y termina atribuyéndose el mérito.
—Mi trabajo aquí ha terminado —dice, abotonándose el traje.
Poco después, Jack se encuentra a solas con Morgan, sentados al fondo de un restaurante, en un sitio más recogido y discreto que el resto de las mesas.
—Es un placer tenerla aquí de nuevo, señora Brooks.
Morgan no responde. Se quita las gafas de sol y entonces dirige una mirada fría al camarero, esperando que el hombre recuerde, por su propio bien —en caso de que desee mantener su trabajo—, lo que pide siempre que viene.
—¿Capuchino y dos tostadas de aguacate con salmón?
Sonríe. Sí se acuerda.
—Y para mi hijo, un café con leche y un cruasán de chocolate blanco.
El camarero se retira y Morgan vuelve la cara hacia Jack.
—¿Cómo sabías que me gusta el cruasán relleno de chocolate blanco?
—No lo sabía, solo he decidido que eso era lo que ibas a pedir.
—Ah. —Jack parpadea, pero tampoco dice nada. De todas formas, le encanta el chocolate.
—Bueno, háblame de ti.
—¿Qué quieres que te cuente?
A Morgan le irrita que la hagan insistir.
—Pues todo: quién eres, cuáles son tus inquietudes, tus sueños… Esas cosas que tiene que saber una madre. Lo poco que sé de ti es que prefieres llevar el pelo largo.
—Y que me sé defender solo. —Jack se da cuenta nada más decirlo, por la forma en la que la mirada glacial de Morgan se oscurece, que debería haberse callado.
—Supongo que ya te lo imaginas, pero… si vuelves a ponerle la mano encima a Austin, regresarás al orfanato.
—Lo de Austin no volverá a pasar —le asegura. Lo último que Jack quiere es volver con Susan.
Las personas que están sentadas en las otras mesas, aunque no puedan oír la conversación, observan a la actriz desde la distancia.
Lo llevan haciendo desde que la han visto entrar.
Han interrumpido sus conversaciones, han dejado de hacer lo que estaban haciendo para mirar de cerca a la estrella de Hollywood.
En esta ocasión, ninguno se ha acercado para pedirle una foto.
Son gente de la alta sociedad, con dinero y poder.
Pero incluso los que más tienen, sienten que nunca llegará a ser suficiente cuando se encuentran cerca de la mujer que lo tiene absolutamente todo.
Una camarera, que lleva poco trabajando, se detiene a mitad de camino y se queda embobada mirando a Morgan.
Otro compañero no tarda en llamarle la atención.
La camarera reanuda la marcha, pero cuando llega hasta la mesa en la que tenía que servir la comida, gira su cabeza para volver a mirar a la actriz de reojo.
—Os habéis bañado esta mañana en la piscina —le comenta Morgan a Jack—, Austin y tú.
—También estaban Maximus y Nolan. —Jack siente la necesidad de recalcar que no estaban solos. Por si acaso ella piensa que, entre Austin y él, además de una rivalidad, hay una tensión extraña.
Pero Morgan no iba a llegar a esa conclusión. Eso sí sería extraño.
Además, enseguida recuerda que Austin solo lo ha hecho para superar una prueba individual.
El camarero coloca los cubiertos envueltos en una servilleta de tela blanca. También deja dos vasos con agua hasta la mitad. El de la actriz tiene un hielo y una rodaja de limón.
—Están preparando su tostada.
Morgan hace un gesto con la mano para que se retire, como el que ahuyenta una mosca.
—Bueno, en cualquier caso, me alegro de que Austin y tú empecéis a llevaros mejor.
—Yo también. —«10 puntos: Demuéstrame que te llevas bien con Austin», recuerda Jack.
—Pero aún no te puedo dar tu prueba por válida, si es en lo que estabas pensando. Antes necesito asegurarme de que las cosas van bien y que no es algo puntual.
—De acuerdo. —Ya no le sorprende que Morgan parezca adivinar sus pensamientos.
—Y… no me olvido de lo que le has hecho a tu hermano. Cómo le has dejado la cara… He tenido que hablar con la productora y mentir para que suspendan las grabaciones durante dos semanas.
Jack traga saliva, porque lo ve escrito en sus ojos azules: está enfadada.
Solo espera que eso no le haga perder puntos.
A eso hay que añadirle que Austin es su protegido. Lo que criticaban los hermanos sobre él es cierto: Morgan protege a su hijo biológico por encima de todo; algo que le ha quedado claro con los puntos que ha recibido.
Jack parte desde cero, pero la clasificación puede actualizarse en cualquier momento.
Quizá Morgan se lo piensa mejor y al final decide quitarle diez puntos por hacerla enfadar…
O incluso podría quitarle veinte más por haber perjudicado a Austin, lo que le dejaría con un total de treinta puntos negativos.
Pero ¿y qué pasa con Austin? Él le puso una navaja en el cuello.
Se supone que eso también debería restarle al actor treinta puntos, ¿verdad?
Aunque puede que no le reste ninguno. Morgan no parece que siga enfadada con él, y ella es la que lo decide todo.
Eso convierte a Austin Brooks en un oponente casi imposible de vencer.
Lo único que le queda, dada la situación, es agachar la cabeza y disculparse.
—Lo siento.
—Eso está mejor.
Pero Jack no puede evitar añadir:
—Lo hice porque… bueno, tenía que defenderme.
Me acababa de poner una navaja en… —se interrumpe al ver el ceño fruncido de Morgan—.
Vale, sé que eso no justifica nada. Pero no lo hice porque sí .
Solo quería dejarlo claro, aunque ya lo sabes.
—En realidad, lo que intenta decirle es: «Si me vas a quitar treinta puntos, deberías quitárselos a él también».
—Lo que sé es que no lo volverás a hacer —responde Morgan. Después se estira para dejar sitio al camarero, que sirve lo que han pedido y vuelve a retirarse en silencio—. Y ahora, cuéntame, ¿en el orfanato te metías en muchas peleas?
Jack duda si debería ser completamente sincero o si es una pregunta trampa. Al final decide decirle la verdad. También le cuenta su primera pelea con Mason, y que todo empezó porque los niños se reían de él por llevar el pelo largo como una chica.
Morgan termina de masticar su tostada de aguacate y salmón y le pregunta:
—¿Y por qué no te cortaste el pelo? Así te habrían dejado en paz.
—No voy a renunciar a lo que me gusta solo porque a otros no les guste esa parte de mí.
A Morgan le agrada su respuesta.
Jack aún no lo sabe, pero se parece más a la actriz de lo que cree.
Morgan se convirtió en el Cisne Negro para conseguir alcanzar la fama.
Él, en alguien que se enfrenta a los problemas golpeando el doble de fuerte para así sobrevivir a sus años en el orfanato.
Al final los dos cambiaron y se hicieron más fuertes.
Aunque también se convirtieron en personas más complicadas, con más sombras.
—En cualquier caso, ya no estás allí —le recuerda ella, poniéndose seria de nuevo—. Ahora vives conmigo y las cosas funcionan de otra forma. Por eso, si me entero de que pegas, aunque solo sea un empujón, a uno de tus hermanos… Haces las maletas y te vas.
Jack se queda callado. De hecho, ya le ha dado un empujón a Austin, hace solo unas horas, en el ascensor…
Morgan apoya los codos en la mesa mirándolo de cerca, se lleva la taza de café a los labios y bebe un sorbo manteniéndole la mirada.
Jack se siente incómodo e increíblemente expuesto, como si esos ojos pudieran desengranarlo hasta descubrir secretos que él no está preparado o no desea compartir en voz alta.
—¿Cómo era Susan contigo? ¿Te trataba bien?
Jack baja la mirada a sus manos.
—Sí, bueno. Nuestra relación era… complicada.
—¿Contigo en particular o con todos?
—Con todos —recalca—. Nos castigaba con bastante frecuencia.
—¿Qué tipo de castigos?
—Nos hacía sujetar dos libros en alto durante una hora y, si bajábamos los brazos, teníamos que volver a empezar.
—Supongo que a ti te castigaba por meterte en peleas…
—Y por cantar.
—¿Te gusta cantar?
—Sí. Pero a Susan no le gustaba que lo hiciera. Decía que por mi culpa le dolía la cabeza.
—Cuando la conocí no me cayó bien —confiesa Morgan—.
Sabía que tenía algo oscuro. En cuanto a ti…
Bueno. Digamos que sé reconocer las armaduras que nos ponemos a nosotros mismos porque alguien nos ha hecho daño.
Yo veo tus armaduras, Jack. Pero no quiero que tengas miedo de nosotros, ahora somos tu familia.
Austin es mi hijo, sí; pero ahora tú también eres un Brooks.
Jack aparta la mirada bruscamente por el giro que ha tomado la conversación. Una parte de él no confía en que lo que le está diciendo Morgan sea verdad. Pero la otra, la que conecta directamente con su herida, hace que le escuezan los ojos.
A Jack le encantaría sentir el amor de una madre. Tener una familia que le quiera y que no le abandone nunca. Las personas a las que ha querido luego se han alejado de él. Por eso le da miedo volver a abrir su corazón. Por eso siente que tiene que defenderse todo el tiempo.
—Espero que termines llevándote bien con Austin —añade Morgan—. Y que no lo hagas solo por superar una prueba.
Alarga el brazo sobre la mesa para llegar hasta Jack y le acaricia el dorso de la mano con las uñas. Él siente que la mujer que le acaricia la mano no se parece a una madre ni tampoco a un cisne. Pero sí se parece a una araña.
Bajando la voz, Jack le pregunta:
—¿Cómo consigue uno llevarse bien con la persona con la que compite?
Ella no responde a su pregunta, tan solo toma los cubiertos y corta una esquinita de su tostada. Mastica despacio, saboreando la comida sin dejar de mirarle a los ojos.
—Háblame más de ti. Sigo sin saber casi nada…
Jack le da un mordisco al cruasán y el chocolate blanco explota en su paladar. Le gusta tanto esa bomba de azúcar que cierra un segundo los ojos antes de probar el café y responder:
—Bueno, me encanta el chocolate blanco —dice para complacer a Morgan—. También me gusta cantar y componer mis propias canciones. Me encantaría dedicarme a la música, llenar estadios e ir de gira por el mundo en una autocaravana. Aunque sé que es casi imposible que yo pueda…
—Será imposible mientras no luches por eso. No basta con solo intentarlo, tienes que dejarte la piel. Además… luchar por ser cantante es algo que, si te va muy bien, te puede hacer ganar la competición.
Otra cosa que le parece casi imposible a Jack. Como no dice nada, Morgan añade:
—¿Te has enamorado alguna vez?
—No. —Y luego, envalentonándose, suelta—: ¿Puedo preguntarte yo algo?
—Claro, lo que quieras.
—¿Por qué le insististe tanto a Susan en que querías adoptarme a mí?
Se hace un silencio incómodo en el restaurante. Nadie puede oír la conversación que están teniendo y, sin embargo, es como si todos a su alrededor hubiesen callado a la vez, esperando una respuesta que probablemente Jack no esté preparado para escuchar .