Cómo matar a un cisne 22 Antes
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22 Antes

Hace veintiséis años

M organ y Adam salieron del cine agarrados del brazo. Era la noche del estreno. Una noche oscura, fría y llena de niebla que a la actriz se le quedaría grabada para siempre.

Ella tenía veinte años, el pelo rubio natural y estaba perdidamente enamorada de Adam Miller.

Se habían conocido cinco meses atrás rodando la película Bella e indomable , la cual acababan de ver en el cine. Morgan era la protagonista. Adam, ahora su novio, un figurante.

Cuando comenzaron a salir, Adam no podía creerse que estuviera conociendo a la mismísima Morgan Brooks. Tampoco sus compañeros de piso, que se reían de él porque pensaban que era mentira, hasta que la llevó a casa.

Todavía faltaban dos años para que Morgan se transformase en el Cisne Negro y se convirtiera en el icono que es en la actualidad, pero por aquel entonces ya se hablaba de ella en Hollywood.

Morgan había participado en varias películas románticas que habían funcionado en taquilla, era la hija pequeña de los Brooks y poseía una belleza hipnótica que hacía que no pudieras dejar de mirarla cada vez que salía en pantalla.

Algunos críticos se referían a ella como el futuro de la industria del cine.

Adam Miller venía de una familia humilde, trabajaba en el desguace con su padre y soñaba con ser actor.

Estaba harto de que solo lo llamasen para hacer de figurante y pensaba que salir con la hija de los Brooks iba a cambiar su suerte.

Una nueva vida empezaba para él. Cada vez que Adam miraba a Morgan a los ojos, veía a la mujer deseada por todos, de una belleza única e inigualable.

Pero sobre todo veía la forma más rápida de cumplir sus sueños.

Cuando Morgan lo miraba a él, en cambio, solo veía al amor de su vida.

Le daba igual que Adam no tuviese dinero y tampoco le preocupaba que el sueño de su novio fuera ser actor.

Sabía que salir con ella era algo que claramente a él lo beneficiaba, pero Morgan creía que lo que Adam sentía por ella era más fuerte que sus deseos de hacerse famoso.

Estaba enamorada, era joven y aún no le habían roto el corazón.

Daphne, su representante, que a veces trataba a Morgan como si fuera su hija, se despidió de la actriz con un abrazo maternal.

—Llámame para que sepa que has llegado bien.

—Primero vamos a tomar algo en casa de Adam. Pero te llamo cuando esté en la mía.

Daphne asintió y le lanzó una mirada rápida a Adam, detrás de Morgan.

Había algo en él que no le gustaba. De joven, ella también había soñado con convertirse en una gran actriz y sabía reconocer a un depredador si lo tenía delante.

Solo necesitaba mirarlo a los ojos para ver en ellos sus ansias por alcanzar el éxito.

Lo había visto muchas veces en el pasado durante los castings , en otras compañeras con las que competía por un mismo papel.

Y era lo mismo que veía cada vez que cruzaba la mirada con Adam.

Ese chico iba a utilizar a Morgan. Estaba con ella por interés. Daphne lo había tenido claro desde el principio, por eso respondió:

—¿Por qué mejor no vas a casa de tus padres? Seguro que Christian se muere de ganas de que le cuentes cómo ha ido.

Adam se acercó y habló por Morgan.

—Ya te ha dicho que primero vamos a mi casa, Daphne. ¿Algún problema?

—Ninguno.

La mujer se despidió de ellos al tiempo que el director se acercaba a la pareja.

—Has hecho una interpretación excelente —le dijo a Morgan—. Estás deslumbrante, querida. Enhorabuena. Los vas a volver locos a todos.

Ella no podía sentirse más feliz y orgullosa de su trabajo.

Subió al taxi con Adam y agitó la mano por la ventanilla, despidiéndose de todo el elenco que se quedaba rezagado.

—¿Adónde os llevo?

Morgan recordó la recomendación de Daphne, pero su voz fue silenciada por la de Adam cuando dio su dirección. Veinte minutos después, cuando llegaron al pequeño apartamento en el que vivía su novio junto a dos amigos, este la ayudó a quitarse el abrigo de visón.

Si Elijah y Beth vieran el lugar en el que se encontraba su hija, la habrían encerrado en su habitación para que nunca volviese a quedar con ese chico: salón y cocina en una misma habitación, los platos sucios apilados como en uno de esos juegos en los que hay que ir quitando pequeños tablones de madera sin que se caiga la torre, una bombilla pelada que parpadeaba en el centro de la habitación a punto de fundirse, el sofá que parecía caerse a trozos, la mesa del centro llena de colillas y con un plato con restos de macarrones con tomate…

Adam sacó dos refrescos de la nevera, se sentaron en el sofá y hablaron un poco bebiendo directamente de la lata.

Una hora más tarde, Adam le preguntó:

—¿Te quedas a dormir?

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres ?

Morgan no comprendió por qué Adam le hablaba con ese tono. Su novio, que siempre era dulce, bueno y caballeroso con ella, esa noche parecía otra persona.

—Claro que quiero. Pero, si me quedo, mis padres me matarán.

—Ellos nunca han aprobado que estemos juntos. —No era una pregunta. Adam sabía perfectamente la opinión que tenían Elijah y Beth sobre su relación: no les hacía ninguna gracia que su hija estuviera saliendo con él, un chico de clase baja.

—Me da igual lo que mis padres quieran o no. —Morgan besó a Adam y lo abrazó con fuerza—. Nadie va a separarme de ti.

Adam expulsó las palabras sobre su pelo rubio dorado.

—Dices que nadie va a separarte de mí…, pero ahora quieres irte.

Morgan se echó hacia atrás, deshaciendo el abrazo. Lo miró a los ojos y se dio cuenta de que Adam estaba demasiado serio.

—¿Estás enfadado conmigo?

Desde que habían salido del cine, la cabeza de Adam no paraba de reproducir la misma secuencia de la película en la que a su novia casi se le veían las tetas. También la había estado recordando mientras se bebían el refresco y hablaban de otras cosas.

Era la primera vez que Morgan Brooks hacía un desnudo, aunque era una secuencia muy corta, de tan solo cinco o diez segundos, en la que no se le llegaban a ver los pezones.

La cámara hacía un primer plano de sus ojos, bajaba por su melena rubia y cambiaba de plano justo cuando llegaba a la zona del pecho, blanco y voluminoso, del que solo dejaban ver la forma en la que estos se balanceaban suavemente al estar ella moviéndose sobre el cuerpo, también desnudo, del otro protagonista.

Era erótico. No tanto por lo que Morgan mostraba, si no por lo que dejaba a la imaginación.

Adam Miller pensó en todos los hombres que se masturbarían en sus casas recordando esa escena. Se los imaginó sentados en sus butacas viendo a su novia desnuda y provocándoles una erección.

Cuando Morgan intentó besarlo otra vez, la abofeteó tan fuerte que la tiró al suelo .