21
M organ estaba esperando a Jack en el asiento de atrás, igual que cuando fue a recogerlo al orfanato. Owen, su guardaespaldas, va de copiloto.
Parece mentira que hayan pasado solo cuatro días desde que Jack entró en ese mismo coche.
Cuando Henry saluda a Jack por el retrovisor, el chico vuelve a ser consciente de lo poco que encaja en esa familia.
Nunca se acostumbrará a vivir en la Casa del Cisne, rodeado de fama y dinero.
La idea se ve reforzada cuando, veinte minutos después, el Rolls-Royce se detiene en un barrio rico de Los Ángeles con las calles muy cuidadas.
Owen se baja del coche para abrirle la puerta a Morgan Brooks.
La actriz, con un traje negro con falda de Chanel de tres piezas, parece extender sus alas de cisne cuando saca una pierna fuera del coche y capta todas las miradas.
Ella oculta la suya bajo unas gafas de sol.
Su pelo oscuro y liso cae sobre su hombro derecho.
Sus labios, de un rojo chillón, dibujan una mueca de agradecimiento a sus fans, que intentan acceder a ella en cuanto la ven salir del coche.
Owen se interpone como un muro de hormigón para evitar que los fans se acerquen demasiado a la actriz.
Todas las miradas están puestas en ella, y ahora también en Jack, que sale del coche y se enfrenta a esos ojos curiosos que los observan como si Morgan y él fueran la atracción principal de un zoo.
—¡Cisne Negro! —grita una señora llevándose una mano al pecho.
—¡Morgan! ¿Me puedo sacar una foto contigo? —pregunta la más valiente.
Los primeros gritos llaman a más gritos y la gente no tarda en enloquecer.
Los que están a su alrededor se detienen para mirarlos sin disimular.
Están pendientes de ver adónde se dirigen.
Y el que no le pide una foto a la actriz, le saca varias con el móvil.
También a Jack. Él, que no esperaba nada de esto, a pesar de que la recogida en el orfanato fue televisada y caótica, sigue torpemente los pasos de Morgan mientras Owen los escolta a ambos hasta que consiguen entrar en Armani.
A Jack le sorprende ver cómo Morgan, en lugar de ponerse nerviosa cuando la situación comienza a descontrolarse y los gritos de los fans empiezan a ir a más, mantiene esa elegancia perfectamente estudiada, esa que puede verse en cada paso que da o en cada movimiento que hace con los brazos y las manos.
Él no lo sabe, pero esa elegancia le viene de cuando hacía ballet de pequeña, por eso da la sensación de que en ella todo forma parte de una danza.
La encargada de la tienda cierra la puerta con llave y pone el cartel de Cerrado. No es seguro dejar que entre esa oleada de gente.
Los clientes que ya estaban en la tienda se vuelven hacia Morgan, Jack y Owen, y luego miran a los fans que se amontonan en el escaparate.
—¿Os puedo ayudar en algo? —pregunta la encargada.
—Ya has hecho suficiente, gracias —responde Morgan—. Intentaremos tardar lo menos posible para no causarte… problemas.
—Oh, no, por favor. Estáis en vuestra casa.
Detrás de la encargada, aparece un hombre con aires de presentador de televisión: alto y delgado, nariz angulosa, ojos pequeños y chispeantes, pelo azul.
Se acerca a Brooks con los brazos abiertos.
Tiene los zapatos tan brillantes que parecen recién sacados de la caja y una dentadura grande y blanca.
Morgan sonríe encantada de saludar a Nicholas, su estilista.
Se dan dos besos sin llegar a tocarse las mejillas para no estropearse el maquillaje. Y, después, el cisne le presenta a su nuevo polluelo.
—Nicholas, este es Jack. Jack, te presento a Nicholas Line.
El tipo da vueltas alrededor de Jack como un coche que gira varias veces sobre la misma rotonda sin saber qué salida es la correcta.
—Mmm. Veamos qué tenemos aquí… —Le pide al chico que extienda los brazos como un maniquí y lo estudia de arriba abajo con el ceño fruncido, sujetándose el mentón.
Morgan confía en su criterio. Nicholas la ha vestido para sus eventos más importantes y sabe cómo sacarle el mayor partido a su figura.
Él también es parte de que la leyenda del Cisne Negro viva, de que cada vez que ponga un pie fuera de casa y haga una aparición pública la gente no pueda dejar de mirarla, hechizada por esa belleza exótica imposible de alcanzar.
—La situación es grave —concluye Nicholas, adoptando un dramatismo exagerado—. Este chico necesita parecer un Brooks, y no parece un Brooks. Sin embargo, la materia prima no está nada mal.
Nicholas se estira y se desabrocha el botón dorado de su traje blanco impoluto.
Después se quita el pañuelo gris que envuelve su fino cuello, porque le entra calor solo de pensar en todo el trabajo que tiene por delante con ese chico de diecisiete años, que parece perdido y no tiene ni idea de lo expuesto que está ahí fuera.
—También hay que cortarle el pelo —dice sujetando un mechón rubio y largo con sus dedos de araña.
La voz de Jack se afila antes de salir de su boca:
—A mí el pelo no me lo corta ni Dios.
Jack se siente un impostor con los trajes de Armani que le ha comprado Morgan, como si le hubiesen puesto un disfraz. Y, al mismo tiempo, una parte de él no puede evitar sentir que ahora es alguien importante, como si el traje le insuflase una seguridad de la que no sabía que carecía.
También visitan las tiendas de Ralph Lauren, Dolce & Gabbana, Valentino y Gucci. Cuando terminan las compras y regresan al coche, Henry ayuda a Owen a guardar las cinco bolsas en el maletero y luego los lleva a una peluquería dos calles más adelante.
Allí, Jack y Nicholas se enzarzan en una discusión delante de la peluquera, hasta que el estilista, viendo que el chico no le va a dejar que le corten más de un dedo, se da por vencido y acepta las condiciones del joven a cambio de que, por lo menos, le deje quitarle algo de volumen.
—Tienes un color de pelo precioso —le comenta la peluquera en tono confidente.
—Pero hay que alisárselo. —Nicholas mira a Jack a través del espejo, visiblemente enfurruñado—.
¿No te lo quieres cortar? De acuerdo, pues nada, si el niño no quiere, no cortamos, qué le vamos a hacer.
Pero cuídate el pelo. Usa los productos que te voy a dar y úsalos bien .
Como no te cuides este pelo, vas a salir en todos los titulares como el Tarzán del siglo xxi, y yo no trabajo para salvajes.
Cuando terminan de lavar, secar y alisar su melena rubia, el pelo le brilla como nunca.
—¡Mira esto, sí, señor! —Celebra la peluquera, orgullosa del resultado—. ¡Pareces toda una estrella! ¡Qué cambio! ¡Y eso que ni siquiera te hemos teñido!
Morgan sonríe y asiente validando su trabajo. No le han pasado mucho la tijera, pero le han arreglado las puntas y aplicado productos caros y milagrosos.
Parece contenta, y Jack no puede evitar preguntarse si acaba de ganar diez puntos con esto.
Todos coinciden en que nunca han visto un pelo tan brillante y dorado como el suyo. Todos menos Nicholas, que mira al Cisne Negro a través del espejo mientras informa a la peluquera:
—Eso es porque no conociste a Morgan de joven. Su color natural es igual de dorado .