20
L laman a la puerta. Jack está en su cuarto, tumbado en la cama, mirando el techo. Cree que es Austin. Puede imaginar su figura alta, sus fuertes brazos, los ojos medio escondidos bajo un pelo negro desordenado y la sonrisa torcida y mal dibujada como si la puerta fuera de cristal.
Por eso no responde; porque no quiere volver a estar a solas con Austin. No después de que los dos hayan acabado mirándose intensamente a los ojos con la respiración agitada y empalmados.
Pero… ¿qué más quiere Austin de él? Ya le han sumado los diez puntos, acaba de verlo en la pantalla.
A lo mejor viene a pedirle perdón por haberlo arrinconado en el ascensor. Jack no tiene ni idea de por dónde le va a salir el actor esta vez. Es imposible adivinar cuál será su siguiente movimiento —o su siguiente prueba—, y eso es algo que le pone muy nervioso.
Vuelven a llamar.
Al final el chico se incorpora, saca las piernas de la cama, se levanta de golpe y grita dirigiéndose a la puerta con largas zancadas.
—¡¿Es que no tienes otra cosa mejor que hacer?! —Abre la puerta.
Rosario, la empleada del hogar, le mira un poco asustada.
Jack se siente fatal al instante.
—¡Perdón! Pensaba que eras otra persona.
Rosario asiente, acepta las disculpas, y le dice aclarándose la voz:
—Morgan lo está esperando en el coche.
—¿A mí?
—Sí. Y le aconsejo que se dé prisa. No le gusta que la hagan esperar.
Natalie, Jessie y Rubí vigilan desde la ventana de la cocina el Rolls-Royce negro que está aparcado en la entrada de la mansión, en el que han visto entrar a su madre hace apenas dos minutos.
—¿Adónde irá? —se pregunta Jessie.
—Pero… ¿por qué no arranca? —se suma Natalie.
—Está esperando a uno de nosotros —concluye Rubí.
Bonnie aparece poco después en la cocina, saca del horno una bandeja repleta de galletas y les ofrece una a cada una de sus hermanas.
—¡Esperad! —dice Natalie, haciendo que Rubí y Jessie se detengan antes de tomar una—: Podría ser su prueba individual.
—¿No les has echado nada raro, verdad? —pregunta Jessie, la humorista.
—Tranquila, de momento no me dan puntos por envenenar a mis hermanas —responde Bonnie.
—Pero igual lo que quieres es que enferme para que yo no pueda hacer mi show —dice Jessie, entrecerrando los párpados.
La cantante toma una galleta y la muerde sin dudar.
—¡No, Rubí! —exclama Natalie.
—Veinte puntos menos si perjudicas a otro hermano —les recuerda a la influencer y a la humorista—. Nosotras somos tres. Si las galletas nos sientan mal, Bonnie perderá sesenta puntos de golpe. Así que haced el favor de meteros las dos una puta galleta en la boca.
Natalie y Jessie obedecen de inmediato. Bonnie, durante una milésima de segundo, hace el amago de retirar la bandeja. Las galletas están buenas, no les ha echado nada raro, pero ahora la cocinera teme que a alguna de las tres le siente mal y le diga a Morgan que ha sido a propósito.
—Quizá solo es amable porque nos va a pedir que la ayudemos con su prueba —comenta Natalie mientras mastica con la boca abierta, como si Bonnie no siguiera delante.
—¡No os iba a pedir nada!
—Ya…
Así van a ser las cosas a partir de ahora: cualquier buena acción será cuestionada por los demás.
Bonnie deja la bandeja sobre la mesa y sus hermanas le hacen sitio para que mire con ellas por la ventana. Pegan las caras en el cristal hasta que ven aparecer a alguien en su campo de visión.
—¡Es Jack! —grita Bonnie.
La puerta del coche se cierra y las cuatro se despiden de él con la esperanza de que nunca regrese.
Mientras, desde una de las ventanas de la segunda planta, Chloe sigue al coche que se aleja de la mansión hasta que se pierde en el bosque.
Después vuelve a clavar los ojos en la pantalla de la televisión.
La escritora relee la clasificación que ha publicado Morgan e intenta buscarle alguna lógica a la forma en la que ha repartido los puntos.
«¿Solo cincuenta? ¿Por qué empiezo con una puntuación tan baja?».
Ella es la penúltima en la lista.
Dentro de poco, Austin llegará a cuatrocientos, lo que significa que estará a seiscientos puntos de ganar.
Bonnie es la siguiente mejor clasificada.
Y los dos tienen en común que son la debilidad del Cisne Negro.
—Claro… En realidad, tiene todo el sentido —se dice a sí misma.
Chloe, cruzándose de brazos, acepta a regañadientes que así es como va a ser la dinámica.
Se da cuenta de que los puntos solo sirven para marcar qué tan cerca o lejos están de conseguir ganar la herencia, pero sigue siendo Morgan la que decide cómo repartirlos.
Por mucho que ella quiera fingir que es un sistema justo, en la práctica, la medición se basa en un criterio completamente subjetivo.
La única opción para alguien como Chloe, que no se va a ver beneficiada por parte de su madre, sería centrar todas sus energías en las pruebas comunes e individuales.
Y aun así…
—Es casi imposible que gane.
Se frota las sienes mientras camina en círculos por la habitación.
—Piensa, Chloe —murmura—. Piensa, piensa, piensa…
Porque tiene que haber otra forma.
Siempre la hay .