Cómo matar a un cisne 18
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D espués de saludar a sus hermanos, Austin se mete en la piscina y Jack se tumba en la hamaca, bocarriba, mientras Maximus y Nolan eligen las suyas dejando la toalla sobre ellas.

Jack intenta disfrutar de que el sol le haga cosquillas en la piel.

El mago y el mimo se lanzan de un salto a la piscina. La onda expansiva le llega a Jack y en sus piernas aterrizan gotitas brillantes de agua que el sol no tarda en secar.

Se alegra de no seguir a solas con Austin. Necesita descubrir qué le ha pasado antes. Por qué se le ha puesto dura al recordar las manos del actor deslizándose sobre su abdomen. Y necesita que no se vuelva a repetir.

Jack se pone una mano sobre la línea de las cejas para protegerse del sol y mira la piscina: Nolan hace largos y piensa en cómo darle una vuelta a su show para hacer algo innovador.

Maximus aguanta la respiración bajo el agua, cronometrándose para ver si es capaz de superar los dos minutos.

Él también necesita sorprender a su público.

Desde que Morgan les ha dicho que todos compiten por su herencia, el mago se ha estado preguntando si debería o no incluir en su próximo espectáculo de magia el número de la jaula de agua.

Hace un año estuvo practicándolo durante varios meses, siempre con supervisión, y al final lo descartó por lo peligroso que es.

Pero ahora que hay tanto en juego, sabe que necesita hacer algo verdaderamente asombroso si quiere impresionar a Morgan y ganar muchos puntos.

Esta es la razón por la que Maximus le ha propuesto a Nolan ir a la piscina, aunque no se lo ha dicho porque prefiere no compartir información con sus o ponentes.

Mientras uno sigue nadando y el otro sigue aguantando la respiración, hay una tercera persona que permanece en el centro de la piscina, completamente quieta.

Jack se da cuenta de que Austin lo mira fijamente. Sus ojos están al ras del agua y, si no fueran tan azules, los confundiría con los de un cocodrilo.

A Jack le atraviesa un nuevo tirón, así que corta el contacto visual.

Después gira bruscamente su cuerpo y se tumba bocabajo.

Nota los latidos de su corazón golpeando la toalla y cierra los ojos con fuerza.

Sus dedos pellizcan el borde de la tela húmeda porque necesita estar agarrado a algo.

Luego, poco a poco, gracias al sonido del agua y a las conversaciones que le llegan desde su posición, consigue relajarse.

Pero el momento de paz acaba cuando los tres hermanos salen de la piscina y se tumban en las hamacas.

Él no los puede ver porque tiene la cara vuelta hacia el lado contrario, pero sí oye cómo las hamacas crujen bajo el peso de sus cuerpos. También oye que alguien toma algo de la mesita de plástico, y luego el sonido de un bote que hace al agitarse.

Entonces una de las tres hamacas vuelve a crujir.

Alguien se levanta, unos pasos que se acercan… Sea quien sea, su cuerpo ahora le tapa el sol y proyecta sobre él una sombra alargada.

Jack espera a que la persona se aparte y el sol vuelve a tocarlo, pero el siguiente roce no lo provocan los rayos de sol, sino el contacto directo de una segunda piel.

Uno de los tres hermanos se acaba de subir encima de él y la hamaca cruje soportando ahora el peso de los dos.

Nota cómo abre las piernas y se acomoda sobre las suyas.

Eso le sorprende tanto que permanece quieto, sin saber cómo reaccionar.

Ni siquiera se atreve a llenar los pulmones de aire.

La persona que está sentada sobre él le planta las manos, frías y pegajosas, en el centro de su espalda.

Las mueve trazando círculos blancos que se desaparecen hasta repartir toda la crema.

Son manos fuertes y grandes que lo tocan desde los hombros hasta la cintura.

Luego se inclina y ejerce más presión cuando las vuelve a subir a la altura de los hombros, como si quisiera quitarle una contractura.

Jack sigue sin saber qué hacer.

Le da miedo volverse y ver los mismos ojos azules, ahora recortados por el sol.

Le da miedo que el hermano que se ha sentado sobre sus piernas sea Austin.

Y le da miedo que se le vuelva a poner dura.

Al final su propio instinto lo empuja a girarse. Pero todo queda en un intento, porque, al hacer fuerza, ve que no puede moverse. La persona que tiene encima pesa demasiado.

Contra la toalla, en un tono alto y tenso, pregunta:

—¿Qué demonios haces?

—Echarte crema.

Mierda.

Es él, Austin Brooks.

Las manos del actor siguen amasando su espalda desnuda y blanca.

Traza curvas y dibuja caminos por su piel, ejerciendo con sus yemas la presión necesaria para desatar todos los nudos que el agua no ha podido desenredar cuando Jack nadaba en la piscina e intentaba evadirse de todo lo que le preocupa desde que vive con los Brooks.

Nota el pulso acelerado. Podría pedirle que se levante, pero se queda callado y deja que el actor siga sentado sobre él un rato más. Le deja porque, en lugar de sentirse incómodo, se siente bien. Está a gusto así, con el cuerpo de ese chico, caliente y mojado, pegado al suyo.

Eso le hace sentir bien y mal a la vez.

No entiende nada.

Toma una bocanada de aire y respira su perfume. Austin huele a resina, madera y humo con notas cálidas, ahumadas y florales. Un aroma oscuro, elegante e intenso que ni siquiera el agua ha podido borrar porque se queda adherido a los poros de su piel.

Al aspirar su olor siente como si se le cerrasen más los ojos después de haberlos cerrado, como si los párpados le pesasen más.

Entonces, Austin le retira la melena dorada a un lado para tener acceso a su nuca y mueve las manos con esa seguridad que solo adquieren aquellos que saben dónde presionar y cómo moverse para activar todos los puntos de placer y dejarte siempre con ganas de más.

A Jack le recorre un escalofrío. Nota la erección de Austin cada vez más grande, más pesada, sobre él.

Es imposible que el actor no se haya dado cuenta de cómo la tiene, o por dónde le está rozando con ella.

Y, sobre todo, es imposible que no sepa que él también la está notando porque la tiene encima, y que, aun así, no ha dicho nada.

Jack solo reacciona, dando un pequeño sobresalto, al escuchar la voz de Maximus.

—Esto se me hace un poco raro, ¿a ti no?

Nolan se encoge de hombros.

—No sé —sigue Maximus—. Yo pensaba que estos dos se llevaban mal…

Al mago le sorprende lo cercanos que parecen ahora, como si se hubieran hecho íntimos de golpe. Sobre todo cuando Austin sigue teniendo un hematoma en la mejilla izquierda que empieza a cambiar del rojo oscuro al azul violáceo.

Entonces Jack se dice a sí mismo que sí, que esto es raro. Austin no debería estar sentado sobre él, ni siquiera con la excusa de echarle crema. Y no quiere que Nolan y Maximus piensen algo que no es. Eso provoca que su espalda, que hace un momento parecía de mantequilla, se tense.

Se arrepiente de haber bajado la guardia con el actor, y ahora le preocupan las consecuencias.

Hace un segundo tenía los ojos cerrados mientras las manos de Austin avanzaban a lo largo y ancho de su espalda.

Y, por un momento, lo ha llegado a disfrutar; se ha relajado con él encima.

Pero escuchar el comentario del mago ha hecho que regrese a la realidad y que ese bienestar efímero se desvanezca de golpe.

Lo único que le despierta Austin ahora es rechazo.

Lo que se contradice con que vuelva a tenerla dura.

—Una cosa es que nos llevemos mejor o peor —se justifica Austin— y otra muy distinta es que no me preocupe por mi familia. Jack se estaba quemando. También os habría echado crema a vosotros si veo que os empezáis a poner rojos.

—¿Eso significa que, cuando termines con él, me vas a echar crema a mí? —pregunta Maximus, encantado con la idea de recibir un masaje gratis.

Nolan se señala el pecho. Él también quiere ponerse a la cola.

Austin sonríe, pero niega con la cabeza.

—Entonces no le has echado crema por eso —protesta Maximus.

—Vale, sí —finge reconocer mientras se inventa una nueva excusa—: Digamos que… es mi forma de pedirle perdón por haber estado a punto de rebanarle el cuello como a un cerdo.

La respuesta del actor parece dejar más tranquilos a Maximus y Nolan. Y la forma en la que contemplaban la escena, cada vez frunciendo más el ceño, cambia. Ahora sus cejas se relajan y ya no les parece tan extraño. Además, los dos tienen cosas mejores de las que ocuparse.

Pero Jack sabe que lo que les acaba de decir Austin es mentira.

No es su forma de pedirle perdón, es su forma de provocarlo para conseguir…

¿Para conseguir qué? ¿Quiere que estalle?

¿Que se enfade con él, le pegue otro puñetazo y Morgan lo eche de casa por violento?

¿O todo esto forma parte de una prueba individual?

Y si hay una razón detrás, ¿por qué al actor también se le ha puesto dura?

Jack sigue sin saber cómo reaccionar con él. Austin lo enfada con una facilidad asombrosa, pero, según parece, también es capaz de hacerle sentir a gusto en situaciones que deberían ser incómodas para él por la intimidad implícita que las acompaña.

Pero Jack sí sabe que es justo ahí donde nace un nuevo miedo para él. Miedo a lo desconocido. A no reconocerse. A sentir una fuerza invisible que empuja en la boca de su estómago, como un hilo que tira de él y abre una puerta que no sabía que estaba ahí.

Lo que más le jode de todo es que Austin parezca ser el único que tiene esa llave.

Porque, aunque ahora él vaya a fingir que no le ha hecho gracia que se sentara encima y le echara crema, lo cierto es que, en su interior, ha despertado el anhelo de tener el cuerpo del actor completamente pegado al suyo para saber cómo le hace sentir eso: si podría llegar a gustarle notar el pecho del actor sobre su espalda, su cara enterrada en el hueco que hay entre el cuello y el hombro, o su respiración haciéndole cosquillas.