16
L a energía es similar a la que hay en la guerra. Solo falta que Morgan inicie una cuenta atrás para que sus diez hijos se lancen a por un arma y luchen hasta que haya un único vencedor.
Después de explicarles la dinámica de la competición y el sistema de puntos, la estrella de cine sale del salón con Owen siguiéndola por detrás. Rosario y Gus también se retiran.
Los hermanos se quedan solos.
Rubí es la primera en levantarse del sofá.
—Espero que todo esto sea una broma.
Ahora que no está su madre, pueden quitarse la máscara de hijos perfectamente educados y sumisos.
—¡¿Un único heredero?! —protesta Natalie—. Pero ¡si somos diez! ¿Por qué tiene que haber solo uno?
—No he visto ninguna regla que diga que no podemos compartir el premio —expone Maximus—. Cuando se muera, que el ganador reparta la herencia entre todos y listo.
—Aunque nos pongamos de acuerdo en eso ahora… —dice Chloe—. ¿De verdad crees que el ganador, a la hora de la verdad, cumplirá con su palabra?
—Le obligaremos.
—Nadie estará dispuesto a renunciar al noventa por ciento de su herencia para donársela a sus hermanos, Maximus. Lo sabes tan bien como yo. Solo nos parecerá una buena solución mientras creamos que no tenemos posibilidades de ganar.
Todos comienzan a hablar a la vez.
—¿Y qué pasa si más de una persona consigue llegar a mil puntos? —pregunta Rubí.
—Ya ha dicho que ganará el que llegue primero —responde Chloe.
—Pero si está clarísimo que va a ganar Austin —escupe Grace.
—Hombre, desde luego, él es el que va a tener más puntos acumulados —confirma Jessie.
—Tampoco sabemos cuántos le va a poner —dice Chloe.
—¡Seguro que muchos! ¡Siempre ha sido su favorito! —lo acusa Maximus.
El mago está de los nervios. Se quita el sombrero de copa y se pasa la manga de la camiseta por la frente, enjugándose el sudor y asustando a su vez al conejo blanco que, hasta hace un segundo, permanecía sentado sobre su cabeza como la rata de Ratatouille .
El animal pega un salto y escapa corriendo al jardín.
—¡Manuel! ¡Vuelve aquí!
—¿Manuel? ¿Qué nombre es ese para un conejo? —se ríe Jessie.
—Es español, idiota.
—Me importa una mierda tu conejo —escupe Natalie, perdiendo la paciencia.
—Entonces —dice Grace—, ¿Austin se queda con todo y nosotros nos sonamos los mocos con el sobre?
Nolan saca de su bolsillo un sobre imaginario, finge que lo abre con autentica ilusión y luego deja caer su cabeza sobre los hombros mientras llora al descubrir que el sobre está vacío.
Austin esboza una sonrisa perezosa.
—Parece que los lobos se me echan encima.
—Porque está claro que vas a ganar tú —dice Natalie—. Lo sabemos todos. ¡Es tan evidente!
—Natalie tiene razón —comenta Grace—. Los demás no tenemos ninguna posibilidad de competir contra ti.
Austin se encoge de hombros. Finge que no ha pensado en ello y que está tranquilo, pero por dentro es un manojo de nervios, igual que todos. Le preocupa que no sea así y tener que abandonar en un futuro la Casa del Cisne.
—¡Vas a ganar seguro! —Jessie le planta un dedo en la cara a Austin, y él tiene que echar la cabeza ligeramente hacia atrás para que no le dé en el hematoma—. La gente te llama Andrew por la serie, igual que a Morgan la llaman Cisne Negro por la película.
Todos los hermanos miran a Austin. Todos salvo Chloe, que se queda mirando a Jessie a través de sus enormes gafas rojas y niega con la cabeza.
—No, Jessie, no es lo mismo. Hay gente, sobre todo la gente mayor, que no ha visto la serie Besar o morder y no sabe quién es el vampiro Andrew. Pero todo el mundo sabe que Austin Brooks es el hijo de Morgan Brooks.
Austin se alegra de que el razonamiento de Chloe consiga que el peso de los celos y la rabia que sienten sus hermanos no recaiga tanto sobre él.
—Chloe tiene razón —dice Austin—. Se trata de que todo el mundo nos reconozca por nuestro trabajo, no solo una parte, que, en mi caso, es sobre todo la gente joven.
—No importa —protesta Natalie—. Sigues siendo el que más puntos va a tener y al que menos le va a costar alcanzar los mil. Además, ¿cómo vamos a compaginar el tener que competir por el premio mientras seguimos formándonos para ser los mejores?
—Mujer, al final las dos cosas están estrechamente relacionadas —le explica Chloe—. Si no consigues ser el mejor en tu profesión… pues lo tendrás complicado para ganar.
Jessie asiente y se cruza de brazos.
—Morgan y su obsesión con la perfección.
—Pero, Jessie, precisamente tú, eres la hija que se revela… —la pincha Rubí.
—¿Por qué dices eso?
—Porque tus monólogos no le hacen gracia a nadie. Algunos dan hasta ganas de llorar de lo malos que son.
—Rubí, no es el momento —la corta Grace.
—Lo siento, pero es la verdad. Todos lo sabéis: Jessie no conecta con el público. —Vuelve a mirar a la humorista—. En serio, se te da fatal. Alguien te lo tenía que decir.
—¿Sí? Pues que sepas que tus canciones son ¡una puta mierda! —le grita Jessie a Rubí—. Y luego que por qué no suenas en la radio. ¿Cómo que por qué? A mí me parece completamente normal. ¿A vosotros no? A ver, ¿a quién le va a apetecer escuchar a una cabra gritona?
Ahora es Rubí la que se pone roja de rabia.
—Siempre me has tenido envidia.
Austin ríe y disfruta del espectáculo.
—¿Yo? —pregunta Jessie, acercándose a su hermana—. ¿Qué tengo que envidiar de ti?
—Soy más lista, más guapa, y más famosa que tú. Y Morgan me quiere más a mí que a ti.
—¡No te quiere más a ti!
—Oh, claro que sí. —Rubí sonríe—. Y en el fondo, hasta tú lo sabes. Por eso te duele. Además, yo todavía tengo alguna posibilidad de triunfar en el mundo de la música, pero tú… ¡Tú no tienes lo que se necesita para ser una estrella!
A Bonnie y a Grace les preocupa que Rubí y Jessie lleguen a las manos.
Natalie se cansa de escucharlas discutir y decide meterse en medio, haciendo de muro para que ninguna se siga acercando a la otra.
—¡¿Queréis hacer el favor de parar de una vez?!
—Ha empezado ella.
—¡Me da igual quién haya empezado! ¡Lo que quiero es seguir hablando de la competición!
Reconducen la conversación y cada uno vuelve a dar su opinión sobre el tema. Todos menos Jack. Él no participa, tan solo escucha; pero lo hace como si él en realidad no pintase nada. Acaba de llegar y se siente un intruso.
Ve cómo el resto de sus hermanos se ponen de los nervios y siguen protestando.
Al final se han acostumbrado a vivir una vida que no quieren que les sea robada e intentan protegerla con uñas y dientes.
Ninguno está dispuesto a renunciar a ella.
Ese miedo a perderlo todo y a quedarse sin nada les hace ver a Morgan como una madre retorcida que, en realidad, no quiere a sus hijos tanto como presume en público.
Ninguno se ha planteado ir a hablar con su madre para hacerla entrar en razón.
En el fondo saben que no servirá de nada porque ella no cambiará de opinión.
Ni siquiera aunque vayan todos juntos y le digan que están de acuerdo en que cada uno se quede con un diez por ciento de la herencia.
Morgan solo explica las cosas una vez y luego todo sale como ella quiere.
—Os olvidáis de Jack. ¿Es que nadie va a hablar de él? —pregunta entonces Rubí—. Yo no veo bien que compita igual que el resto. ¡Acaba de llegar! ¿Me estás diciendo que un tipo que hace tres días no vivía aquí podría llegar a quedarse con mi herencia?
— Nuestra herencia, querida. No tu herencia. ¡La herencia es de todos! —le recuerda Maximus, que regresa al salón con Manuel, su conejo, dentro del sombrero de copa.
—Bueno, creíamos que era de todos —lo corrige Jessie—. Ahora solo uno de nosotros se quedará con la mansión. Y a los demás… a los demás que nos den por culo.
—Y, Rubí, por esa regla de tres —dice Natalie—, yo podría decir lo mismo de ti. Llevo más tiempo que tú en esta familia. Yo era una Brooks cuando tú eras… en fin, cuando no eras nadie .
—Por esa regla de tres —repite Chloe mientras empuja sus gafas de pasta rojas por el puente de su nariz—, Austin Brooks es el verdadero heredero. ¡Es su único hijo biológico! Ninguno de nosotros tiene más derecho a recibir la herencia que él.
Nolan señala a Chloe para indicar que piensa igual que ella.
Rubí, que no está de acuerdo, se enerva al escuchar a su hermana.
Le gustaría gritarle que se calle. Le gustaría quitarle esas estúpidas gafas, romperle los cristales y luego hacérselos tragar a la fuerza.
Le gustaría asfixiarla con uno de esos libros que tanto le gusta leer para luego hacerse la lista; le metería una de las esquinas del libro por la boca después de obligarla a tragarse las gafas y luego empujaría con fuerza, igual que cuando alguien le cubre la cara con la almohada a otra persona y no deja de apretar hasta que el otro se rinde.
Rubí se imagina la forma en la que los labios de Chloe se estirarían como una goma hasta abrirle una raja profunda y roja en las comisuras.
Se imagina el libro manchado de sangre, la cara de su hermana cortada por la mitad y los ojos en blanco.
Se imagina asesinándola y, por un segundo, se siente mucho mejor.
Porque su primer pensamiento, antes de darse cuenta de que matar está mal, es que, con Chloe fuera de juego, quedaría un hermano menos al que eliminar.
Jack habla después de haber permanecido todo el tiempo callado.
—Yo creo que llegar a mil puntos va a ser más complicado de lo que parece.
—¿Y este quién demonios es…? —escupe Jessie, levantando una ceja en su dirección para intentar ridiculizarlo.
—El que puede terminar quitándooslo todo.
Rubí gira la cabeza hacia Jack y se imagina eliminándolo a él también.
—Se supone que ganaremos más puntos si destacamos, pero Morgan no quiere que nuestro nombre siga estrechamente ligado al suyo —comenta Maximus—. ¿Cómo destacamos nosotros sin que se nos asocie con el Cisne Negro?
—¿No la has escuchado? Precisamente de eso trata la competición —dice Chloe—. No va de ser más famosos que Morgan. No. Lo que ella quiere es que se nos reconozca por nuestro trabajo, no por nuestro apellido.
—Así que vamos a competir entre nosotros, como en el Monopoly —dice Bonnie, dirigiendo la mirada al enorme televisor en el que están escritos sus nombres.
—Parece que ese era su plan desde el principio. —Asiente Chloe—. Nosotros ya éramos rivales, pero no teníamos ni idea.
—Y ahora que lo sabemos —continúa Austin—, es cuando el juego se pone interesante de verdad.
—Podríamos llamarlo «El Juego de Morgan» —propone Maximus.
—El Juego de Morgan… —repite Grace.
Se quedan unos segundos callados mientras piensan en el nombre con el que lo ha bautizado Maximus. Lo hacen mirándose entre ellos con desconfianza, como esas señoras mayores que agarran su bolso con fuerza para que nadie les robe.
—Quién sabe… —dice Jessie, que se muere por subir corriendo a la habitación para descubrir si tiene alguna prueba individual—. Lo mismo hasta termina siendo divertido.
Rubí suelta una risa incrédula después de imaginarse haciéndoles cosas horribles a cada uno de ellos.
—¿Es que no os dais cuenta? Esto va a ser de todo menos divertido.
—Rubí tiene razón —dice Chloe—. Al fin y al cabo, Morgan no deja de ser una mujer que se obsesionó con conseguir que el mundo la reconociera por su propio éxito porque odiaba ser una nepo baby . Esa es su herida; por eso quiere lo mismo para nosotros.
—Estamos pagando su trauma. Pero lo único que va a conseguir es que nos matemos entre todos hasta que solo quede uno .