Cómo matar a un cisne 15
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«Ha llegado el momento de hablar de lo que pasará cuando yo muera».

El silencio que le sigue tiene el poder de congelar una imagen.

Jack observa la forma exagerada en la que reaccionan sus hermanos a las últimas palabras de Morgan. Todos esos ojos abiertos de par en par… Los nueve se muestran visiblemente preocupados. Aun así, la única que parece preocupada por su madre, y no por su propio bienestar, es Bonnie.

—¿Te vas a morir?

—Falta mucho para eso, cariño. Pero algún día yo ya no estaré aquí, y es importante que hablemos de lo que pasará cuando llegue mi hora.

—¿Me prometes que vivirás muchos años más?

—Te lo prometo.

Bonnie hace un puchero, pero lo que nadie sabe es que ni siquiera su preocupación es real, solo está fingiendo.

Parpadea con fuerza y se esfuerza en derramar una lágrima que no sale de sus ojos, pero nadie va a sospechar de ella porque se trata de la pequeña de la casa.

¿Quién pone en duda la inocencia de una niña?

Jack, por su parte, se sorprende al ver una cara más dulce y maternal de Morgan que hasta ahora desconocía.

—Cuando muera —continúa ella—, tendréis que reuniros todos para hacer la lectura del testamento. Habrá un abogado que os dará un sobre a cada uno y, al abrirlo, descubriréis si vuestro nombre figura en el testamento o no.

A Rubí, la cantante, le saltan las alarmas: «¿Cómo?

Su fortuna da de sobra para ahogarnos en una montaña de oro a los diez…

¿y ella no piensa incluirnos a todos en su testamento?

Entonces, ¿cómo piensa repartir su herencia?

¿Y la Casa del Cisne? ¿Podremos seguir viviendo aquí?

¿Adónde irán a parar los millones de dólares que acumula?

Espero que Morgan no sea tan estúpida como para donar parte de su fortuna a alguna organización benéfica».

Se retuerce las manos, nerviosa; no le gusta cómo empieza todo esto.

Ella esperaba no tener que llegar a preocuparse nunca por el dinero.

Desde que Morgan la adoptó, creyó que su vida siempre sería así.

Que moriría habiendo logrado un par de hits y un disco de platino.

Que un día sería una vieja ricachona con el pelo lleno de laca, bien vestida, y con un collar de perlas y otro lleno de pesados diamantes adornando su arrugado pecho…

De repente, la idea de esa vida soñada se ve truncada.

Su madre podría hacerlos ricos a todos, pero al parecer tiene otro plan.

Por eso su cuerpo se tensa: quiere recuperar algo que no es suyo, pero que daba por hecho que heredaría al ser la hija de una estrella de cine.

La siguiente vez que se dirige a Morgan, lo hace con la misma dulzura y sumisión de siempre, aunque por dentro empiece a verla como una enemiga.

—Yo pensaba que se repartiría todo a partes iguales —comenta, imaginándose el patrimonio de su madre como una tarta que hay que cortar en diez trozos.

—No —responde Morgan con tirantez. Su voz se ha vuelto fría y cortante; ya no hay rastro de la ternura con la que se ha dirigido a Bonnie.

Jack se da cuenta del trato de favor que recibe la pequeña de los diez hermanos.

—Pero, entonces…, ¿adónde irá el resto de tu dinero? —pregunta Natalie, la influencer .

Morgan levanta una mano para que no se adelante.

—Antes de seguir hablando de dinero, me parece importante recordaros una cosa: nueve de vosotros habéis pasado de no tener familia a vivir en la Casa del Cisne.

Os he acogido, me he convertido en vuestra madre y os he dado todas las facilidades del mundo, y unas oportunidades que no tiene el resto de la gente.

Sois unos afortunados. ¿Sabéis a cuántas personas les gustaría estar en vuestro lugar?

Chloe asiente.

—Todo el mundo querría tener la vida que tenemos.

—Exacto, todo el mundo. Pero en la vida no todo se consigue por la suerte del azar.

Lo que vosotros estáis viviendo, la calidad de vida que tenéis…

es algo que nadie os podrá quitar nunca.

Ya solo vuestro apellido os abre un sinfín de puertas, así que nunca os faltará trabajo.

Pero llegará un día en el que yo ya no estaré y alguien tendrá que hacerse cargo de llevar la mansión.

Austin apoya los codos sobre sus rodillas y le pregunta:

—¿Qué pasará con los demás?

—Eso dependerá de cada uno de vosotros.

—¿Podremos seguir viviendo en la Casa del Cisne?

—No.

Nolan señala la lágrima negra que tiene pintada debajo del ojo.

Nadie se atreve a protestar en voz alta, pero Morgan nota que la tensión se extiende sobre el salón como un nubarrón gris.

—Sé que no os gusta mucho la idea, puedo verlo en vuestras caras. —La mayoría agachan la cabeza o la voltean hacia otro lado por miedo a ofender a su madre—. Pero, a veces, la única forma de valorar lo que tenemos es haciéndonos conscientes de que podemos llegar a perderlo.

Bonnie, marcando su papel de niña asustada, fuerza una voz temblorosa.

—Yo no… yo no quiero perder mi casa.

—Cariño… —La voz de Morgan vuelve a ser suave—.

Algún día te convertirás en una mujer adulta.

Tendrás un marido, hijos… y querrás formar un hogar.

Imagínate que los diez os quedáis viviendo aquí para siempre; cada uno con su pareja, sus hijos y sus mascotas.

Piénsalo. Si todos queréis seguir viviendo en la Casa del Cisne, por muy grande que sea…

—Sería una locura —confirma Maximus.

Grace y Rubí clavan las uñas en la tela del sofá como si tuviesen miedo de que Gus y Owen las echasen a la fuerza.

Ahora sí, Bonnie consigue derramar una finísima lágrima. Morgan se acerca a ella y peina su cabeza con sus uñas recién pintadas.

—Ahora no lo ves… Pero cuando seas mayor y te enamores, querrás crear un hogar con alguien y que solo sea vuestro.

—A mí me gusta vivir aquí.

—¿Por qué haces esto? —pregunta Rubí, que no ha dejado de mover la pierna derecha.

Morgan deja de acariciarle el pelo a Bonnie. Su mirada se oscurece, regresa al centro del salón, rodeando la mesa, y gira la cabeza lentamente hacia Rubí.

—¿Que por qué hago esto? —repite, con tono ausente—. Lo dices como si os estuviera haciendo algo malo a todos, cuando lo único que quiero es que os hagáis valer por vosotros mismos.

—Yo no quería… Perdón —balbucea la chica, tragando saliva.

Morgan le pide que se calle con los ojos.

—Hace muchos años —dice entonces, dirigiéndose a los diez—, yo solo era la hija de Elijah Brooks y Beth Thompson.

Como sabéis, vuestros abuelos son uno de los matrimonios con más prestigio de Hollywood.

De hecho, ambos ganaron su estatuilla antes de cumplir los treinta…

Eso hizo que yo creciese siendo la sombra del éxito de mis padres.

Es cierto que ahora todos me conocen, pero no siempre fue así.

De pequeña, yo era prácticamente invisible.

Al mirar a sus hijos, puede adivinar lo que están pensando: «Es imposible ser invisible si todo el mundo sabe quién eres. Y todo el mundo sabía, antes de que te convirtieras en el Cisne Negro, que tú eras Morgan, la hija de los Brooks».

Por eso añade:

—La persona más invisible es aquella que, cuando la miras, ves a otra. Y cuando la gente me miraba a mí, en realidad veía a mis padres. Yo solo era la hija de los Brooks.

—Y ahora nosotros somos los hijos del Cisne Negro —dice Austin.

—Porque ahora a ti sí te ven —completa Chloe.

Morgan asiente.

—He trabajado muy duro para que la gente me conozca por lo que soy y no por la familia de la que vengo, y quiero lo mismo para vosotros.

Quiero que consigáis que os reconozcan por los artistas en los que os habéis convertido.

Quiero que os hagáis un nombre y que tengáis tanto éxito que os deshagáis de mi sombra.

Austin se queda pálido al comprender de qué va todo esto.

—¿Eso significa que…?

El Cisne Negro esboza una sonrisa inquietante.

—Significa que el primero en conseguir llegar a mil puntos se quedará con todo.

Los diez hermanos, desde el sofá, se miran unos a otros. Parecen querer confirmar que todos han escuchado lo mismo.

—¿Qué puntos? —pregunta Jessie—. ¿Esto va a ser una especie de juego?

—Entonces —dice Austin—, solo hay que llegar a mil…

—Eso es.

—Y el que llegue primero se queda con tu herencia.

Morgan asiente de nuevo.

—Y… ¿cómo se supone que se consiguen los puntos? —quiere saber Chloe.

Para responder todas las dudas, Morgan necesita encender la televisión que tiene a sus espaldas.

La actriz se vuelve hacia la enorme pantalla en la que, de pronto, aparece la palabra «clasificación» escrita en mayúsculas y en rojo.

Hay un listado de nombres debajo. Son los nombres de sus diez hijos.

Jack ocupa el último lugar.

—Ahora mismo os he puesto por orden de llegada —les explica Morgan, volviéndose hacia ellos—.

Tengo que hacer un recuento de los puntos acumulados que lleva cada uno.

Como os he dicho, esto trata de alcanzar el éxito.

Y creo que cada uno puede imaginarse, más o menos, qué puesto ocupa hasta el momento.

Los puntos solo serán un reflejo de cómo estáis llevando vuestra carrera profesional hasta la fecha.

Rubí parpadea alarmada.

—¿Perdón? ¿Estás diciendo que estábamos compitiendo entre nosotros desde el principio?

—Hay distintas formas de obtener puntos.

—Morgan continúa con la explicación, haciendo caso omiso a la pregunta de su hija—.

La primera es consiguiendo destacar. No basta solo con ser buenos en vuestro trabajo, tenéis que convertiros en personajes públicos interesantes; la gente tiene que hablar de vosotros.

Ganaréis puntos si hacéis cosas como firmar un contrato importante para vuestra carrera artística, lograr un buen impacto en redes sociales, hacer sold out …

—¿Y cuántos puntos nos va a dar «destacar»? —pregunta Jessie, por lo ambiguo que le suena todo.

—Los que yo considere que os merecéis. Ni más, ni menos. —Lo que significa que no será imparcial—. La segunda forma de conseguir puntos es superando las pruebas que yo os vaya poniendo. Ahí sí que sabréis los puntos exactos que obtendréis por cada una.

Los ojos del Cisne Negro brillan con diversión y una pizca de maldad. Las pausas que hace mientras les cuenta el funcionamiento, sumado al movimiento de sus manos y a cómo los mira desde su posición, hace que parezca una presentadora de realities , y ellos, los diez concursantes.

—Algunas de las pruebas serán comunes y públicas para todos. Otras serán individuales y privadas. Las generales podréis consultarlas siempre que queráis desde el menú, así.

Apunta al televisor con el mando y, dentro del menú, pulsa donde pone «pruebas generales».

Aparece un listado de pruebas.

Los diez las leen desde el sofá.

200 puntos: Consigue un premio importante. 100 puntos: Consigue más de un millón de seguidores en alguna red social. 50 puntos: Consigue que el público te quiera. 20 puntos: Consigue que tu nombre salga durante ocho semanas consecutivas en una revista. 10 puntos: Haz feliz a Morgan.

—También hay cosas que os restarán puntos.

Muestra otra lista:

-200 puntos: Dañar la imagen familiar. -100 puntos: Contarle a alguien que compites por la herencia. -50 puntos: Si tu imagen pública resulta dañada. -20 puntos: Perjudicar a otro hermano. -10 puntos: Enfadar a Morgan.

—Las pruebas individuales son las únicas que no salen en el menú.

Para aseguraros que os la dé por válida, os recomiendo que busquéis la forma de adjuntar alguna evidencia de que lo habéis hecho.

Con una foto o un audio puede ser suficiente.

Por supuesto, si me entero de que habéis intentado engañarme, no solo os descontaré los puntos, también os quitaré diez puntos extra por hacerme enfadar. ¿Entendido?

Todos asienten, pensando en qué tipo de pruebas tiene preparadas.

—Pero… —dice Austin—, ¿qué relación tiene hacerte feliz o hacerte enfadar con el objetivo de la competición?

—Ninguno —reconoce—. Esos puntos serán una pequeña recompensa… o un pequeño castigo.

Después la actriz mira brevemente a Owen y le hace un gesto con la cabeza. El guardaespaldas abandona el salón y regresa segundos después con un maletín metálico que abre sobre la mesa de centro.

Los hijos de Morgan inclinan el cuerpo hacia delante, queriendo saber qué es esa tableta negra y por qué parece estar conectada a un pequeño lector de cristal.

Ninguno comenta nada, pero están nerviosos y se miran entre ellos.

La mirada que comparten confirma que no terminan de creerse lo que está pasando.

Tienen la esperanza de que su madre les diga que les estaba gastando una broma. Pero no parece una broma.

—Bien. —Morgan se pone delante del maletín metálico—. Esto es para que podáis acceder a vuestras pruebas individuales. Quiero que vayáis pasando uno por uno.

Por alguna razón, le clava la mirada a Jack, así que él siente la presión de levantarse.

—Coloca el dedo índice aquí.

El chico hace lo que le pide y una luz roja recorre su dedo de arriba abajo.

La siguiente en levantarse es Rubí, que presiona el dedo sobre el lector con demasiada fuerza. Bonnie, en cambio, apenas lo roza; le da miedo que el lector le provoque una descarga eléctrica.

—Las pruebas individuales se desbloquean con vuestra huella dactilar.

Cuando queráis consultarlas, tendréis que poner vuestro dedo índice sobre el círculo.

—Señala el lector que hay bajo el televisor—.

Solo vosotros sabréis qué os he pedido que hagáis y cuántos puntos ganaréis por ello.

Os recomiendo que reviséis todos los días si os he añadido alguna prueba nueva.

Jack recuerda que tiene una televisión anclada a la pared de su habitación e imagina que cada hermano tiene la suya propia. Lo que no sabe es que, un par de semanas atrás, Morgan las cambió todas por otras nuevas que vienen con un sistema de reconocimiento incorporado.

—Si conseguís superar una prueba individual, vuestros puntos se sumarán automáticamente a la lista de clasificación. Solo entonces se revelará a los demás participantes en qué consistía vuestra prueba.

—Espera —dice Natalie—. Entonces, ¿al final se sabe todo?

Morgan sonríe.

—¿Alguna pregunta más?

Jack tiene una: ¿cómo ha acabado metido en esto? Hasta hace un momento, lo que más le preocupaba de ser adoptado era que su nueva familia no llegase a quererlo de verdad. Pero ahora hay un premio en juego, y es más dinero del que podrá gastar jamás.

Ve la tensión que recorre el salón. Ve la crispación en los nueve rostros que lo rodean.

Definitivamente, lo que más le preocupa no es competir por quedarse con la herencia, sino pensar en cómo se las va a arreglar para sobrevivir al campo de batalla .