Cómo matar a un cisne 14
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M organ Brooks lleva muchos años esperando este momento.

Necesitaba a Jack. No quería hacer esto sin él. Ese es el motivo por el que Morgan lo adoptó.

Por eso era importante esperar a que Jack llegase a la Casa del Cisne. Por los secretos que nos unen con nuestro pasado.

Jack es una pieza importante. Es como cuando en un reality seleccionan cuidadosamente a los concursantes para que, cuando los encierren a todos juntos en una casa, se creen tramas y el programa funcione.

Pues bien, la relevancia que tiene que alguien como Jack participe, no se debe tanto a que su perfil vaya a hacerlo todo más emocionante, sino que tiene que ver con intentar enmendar, de alguna forma, los errores que hemos cometido a lo largo de nuestra vida.

Tiene que ver con los fantasmas que nos persiguen y con lo que se nos hace imposible perdonar.

Morgan podrá ser la actriz mejor pagada de Hollywood y podrá tener muchísimo más poder que la mayoría de las personas… Pero nada de eso sirve cuando lo único que te gustaría es ser capaz de retroceder en el tiempo y deshacer aquello que te convirtió en un monstruo.

Jack no puede descubrir la verdad.

Rosario, la mujer del servicio, alza la mirada hacia los diecisiete cisnes tallados sobre las dos columnas y el arco de medio punto que decoran la enorme puerta. Llama con suavidad. Espera a que Morgan le dé paso antes de abrir la puerta y asomar la cabeza.

—¿Me ha llamado?

Morgan está sentada frente a su manicurista, con una mano terminada y la otra en pleno proceso.

—Di a mis hijos que me esperen en media hora en el salón.

—¿Una reunión familiar?

A Morgan le irrita que le hagan perder el tiempo con preguntas que no necesitan respuesta.

—Que vayan todos vestidos de negro. No quiero ver a nadie de otro color.

Con la mirada perdida en el pincel que se desliza sobre su uña, Morgan piensa en ese pobre chico.

Sabe que incluir a Jack en la competición no soluciona nada, pero sí calma —aunque sea mínimamente— su conciencia.

Dándole la posibilidad de ganar el premio, ella conseguirá sentirse mejor consigo misma.

La actriz sale ganando y él tendrá la esperanza de hacerlo.

—… de negro.

—¿Qué? —pregunta Morgan.

—Nada, que no se preocupe —repite nerviosa—. Me aseguraré de que todos vistan de negro.

—Bien.

—¿Necesita alguna otra cosa?

Morgan gira la cabeza y clava los ojos en Rosario, a la que, hasta entonces, ni se había molestado en mirar a la cara.

—Sí. Vigila cómo te comportas con Jack. Recuerda que hicimos un trato.

Rosario asiente.

—Lo recuerdo.

—Bien. Ahora sal de mi habitación. —Morgan la despacha rápido. Tiene cosas más importantes de las que ocuparse, como comprobar que la manicura que le están haciendo quede perfecta.

Rosario cierra la puerta y respira hondo.

Cada vez que habla con Morgan, siente que le falta el aire, como si le diese miedo respirar demasiado fuerte cerca de ella y molestarla.

Pero, en lo que se refiere a Jack, el amor que se despierta en ella es más fuerte que el miedo; Rosario debe aprender a controlarlo antes de que se vuelva peligroso.

—Creo que ya está —dice la manicurista, y luego espera a que Morgan dé su aprobación.

La estrella de cine acerca las manos a sus ojos y mira las uñas una por una. Sonríe porque se las ha dejado largas y puntiagudas como las garras de un cuervo.

—Sí, has terminado.

La manicurista agacha la cabeza, recoge todo su material y se despide de Morgan. La actriz, ahora sola en su habitación, se queda sumida en sus pensamientos: «Aunque Jack termine siendo el ganador… ni siquiera eso compensaría lo que le hice».

Vuelve a mirar sus uñas y se imagina que cada una de ellas es uno de sus hijos.

Ahora que Morgan tiene colocadas las diez figuritas en su tablero, ha llegado el momento de anunciarles que, en realidad, siempre han sido rivales.

Todo esto era parte de un plan organizado.

Y el juego está a punto de comenzar.

Cuando Bonnie se sienta en el sofá, veinticinco minutos más tarde, lo hace con una falda de volantes negra con la que parece un cupcake chamuscado.

El sofá se va llenando antes de que se agote el tiempo.

Ninguno entiende muy bien por qué hay dress code si no van a salir de la mansión, pero Morgan sabe que esto será importante para todos.

Marcará un antes y un después. Cuando eche la vista atrás, quiere recordarlo con ella vestida de cisne y a sus hijos de polluelos.

Se ha imaginado tantas veces este día que necesita que todo sea perfecto.

Para la actriz los detalles son importantes, incluso los más pequeños. Desde hace muchos años, vive con el miedo a que alguien descubra lo que hizo. Por eso, y también por lo que la gente pueda decir sobre ella, le gusta tenerlo todo siempre controlado.

—Y… Jack. —Rosario, que está en la entrada del salón pasando lista, tacha su nombre después de decirlo en voz alta.

El chico lleva puesto un traje de Austin. Ha sido Rosario quien se lo ha dejado en su habitación, después de plancharlo y rociarlo de perfume, para que pudiera cambiarse.

—Perfecto, están todos. —Rosario se pasa la manga de la camiseta por la frente tras comprobar que le ha sobrado un minuto.

Nadie hace esperar a Morgan. Son los demás los que tienen que adaptarse a ella.

Jack busca a Austin con la mirada y decide sentarse lo más alejado posible de él.

Después del episodio de la cocina, lo más inteligente es mantener las distancias con la persona que más problemas puede causarle dentro de la casa.

Pero, cuando sus ojos chocan, ve que una de las comisuras del actor se alza por encima de la otra.

Es una sonrisa arrogante con la que le está intentando provocar para iniciar otra pelea.

Esta vez no piensa entrar en su juego, pero sí que aprieta los puños intentando contener su instinto más primitivo; ese que le hace ponerse en posición de ataque ante la mínima muestra de burla.

Austin, por su parte, ríe al ver lo poco que necesita hacer para sacar de quicio a Jack.

Los dos son de la misma edad y, de momento, el actor está encantado con la decisión de Morgan. La adopción de ese chico, que se atrevió a pegarle un puñetazo, promete que las cosas vayan a ser más divertidas a partir de ahora.

Austin echaba de menos que llegase alguien que agitase el avispero.

Con tantas normas, tanto control y tanto guardar las apariencias…

, que un perfil como el de Jack —con ese mal genio y esa mecha corta— haya aterrizado en un lugar como este, hace que la convivencia se vuelva mucho más interesante de lo que era.

Aún no ha pasado tiempo suficiente con Jack, pero, por lo poco que conoce de él, sabe que es una bomba de relojería.

El actor se recuesta en el sofá y coloca sus manos detrás de la cabeza. No despega los ojos de su nuevo hermano y hasta le guiña un ojo. La cara de Jack se vuelve roja de rabia.

«Definitivamente, va a ser muy divertido vivir con él».

Maximus está sentado a la derecha de Jack. Se aproxima a su oreja y baja la voz para que la conversación sea lo más privada posible.

—Oye, ¿te pasa algo?

Jack responde sin apartar los ojos de Austin, como si se estuviera dirigiendo a él en lugar de al mago.

—Nadie se ríe de mí.

Maximus se da cuenta de a qué hermano mira. Se da cuenta de eso, y de que a Jack se le está hinchando la vena del cuello.

—¡Bah! ¡No le hagas ni caso! Se cree que es el principito de Hollywood y está convencido de que puede hacer lo que le dé la gana con todo el mundo.

—Acaba de reírse en mi cara. ¿Es que no lo has visto? Me ha mirado y… se ha reído de mí. Hasta me ha guiñado un ojo. Este quiere que le vuelva a pegar.

—¿Y tú quieres un consejo? Pues ahí va uno: no le des a Austin ningún poder sobre ti. Si te busca, pasa de él y ya.

Jack hace una lenta inhalación. Su pecho se hincha y sus puños se aprietan aún más.

—Si Austin me busca…, me volverá a encontrar.

—No puedes resolver las cosas pegando puñetazos.

—Lo sé.

—No, no tienes ni idea. Si os volvéis a pelear… —Maximus piensa en las consecuencias y sacude la cabeza—. Esta vez te has librado por los pelos. Pero, créeme, con Morgan no hay segundas oportunidades. Si la cagas otra vez, no volverás a pisar la Casa del Cisne.

Jack resopla. Seis hermanos entre Austin y él no son suficientes para sentirlo lejos; sobre todo si el actor no deja de sonreír y de mirarlo fijamente.

Intenta ignorarlo, así que corta el contacto visual con él y sube los ojos hasta una de las enormes lámparas de araña que cuelgan del techo.

Quiere seguir el consejo de Maximus, pero no encuentra la forma de rebajar las ganas que tiene de ponerse de pie y agarrarle a Austin del cuello de la camiseta.

Le apetece borrarle esa estúpida sonrisa del rostro.

Rubí, que está sentada a la izquierda de Jack, no deja de mover una pierna con nerviosismo.

—¿Alguien sabe por qué Morgan ha convocado esta reunión?

Todos niegan a la vez.

Gus, el guardaespaldas de la familia, y Owen, el guardaespaldas personal de Morgan, permanecen de pie con los brazos cruzados. Cada uno en un extremo del enorme sofá con forma de U. Casi parece que se han colocado de forma estratégica por si alguno de los hijos del Cisne Negro intenta huir.

La presencia de los guardaespaldas pone de los nervios a Rosario, que siempre ha desconfiado de los hombres exageradamente grandes y fuertes.

Uno de ellos tiene la frente perlada de sudor y evita mirar a toda costa a Natalie; tiene miedo de hacerlo y que los demás descubran su secreto.

Nadie lo sabe, pero él está más nervioso que cualquiera de los diez hijos de Morgan.

Las manecillas del reloj avanzan y el Cisne Negro sigue sin aparecer. Algunos empiezan a mostrarse impacientes.

—Yo creo que nos va a decir que nos mudamos a Nueva York —dice Maximus.

—¿Nueva York? Ni de broma —protesta Grace.

—Creo que la siguiente película que va a protagonizar se graba allí.

—Pero si ahora no está rodando ninguna peli —dice Chloe—. Además, ¿cómo nos vamos a mudar a Nueva York? La Casa del Cisne es el sueño de Morgan. No va a renunciar al hogar que tanto le ha costado construir para nosotros.

—Y menos por una película —añade Grace.

—Que no hay peli, eso os lo habéis inventado.

—Entonces, si no nos vamos a mudar, ¿de qué va todo esto? —insiste Rubí.

—No tengo ni idea —dice Natalie.

—¿Seguro que tú no sabes nada? —le pregunta Jessie a Austin—. A ti siempre te lo cuenta todo el primero. Eres su favorito. —Hay un deje de celos en su voz.

—Sé lo mismo que vosotros.

—Tiene que ser importante si nos ha reunido a todos aquí.

El Cisne Negro entra en el salón y todos se quedan callados a la vez.

Entonces Jack relaja las manos. Se olvida de que Austin ha estado mirándolo fijamente, con sonrisa incluida, el rato que esperaban a Morgan. Se olvida de eso y de que ha estado conteniéndose para no levantarse y encararlo.

Es increíble la forma en la que una energía desaparece cuando otra más fuerte llega para reemplazarla. Lo único que él puede hacer ahora es prestarle toda su atención a su nueva madre.

La actriz avanza con pasos elegantes vestida completamente de negro. Su larga melena cae sobre el hombro izquierdo y le llega hasta la cintura. Se coloca en el centro, delante de la televisión que se confunde con una pantalla de cine.

Jessie y Chloe se muerden la pielecilla que rodea las uñas, Rubí no deja de mover la pierna y al resto se les acumulan las preguntas que no se atreven a pronunciar en voz alta.

Todos muestran otra cara delante de Morgan.

Una personalidad muy sumisa que no tiene nada que ver con cómo son cuando la actriz no anda cerca.

Morgan lleva una sombra oscura que intensifica el azul eléctrico de sus ojos y diminutas plumas negras pegadas en las cejas y en los párpados que alargan y afilan su mirada, ya de por sí intimidante. Sus ojos se desplazan desde el primer hijo hasta el último.

Sin querer hacerles esperar ni un segundo más, estira los labios para pronunciar la frase que cambiará el destino de todos.

—Ha llegado el momento de hablar de lo que pasará cuando yo muera .