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E n cuanto Morgan abandona el comedor, todos parecen relajarse a la vez.
Los diez hermanos, ahora que su madre no está, comienzan a levantar los ojos del desayuno y a mirarse y a hablar entre ellos, cada vez más alto.
Es como cuando un profesor deja a sus alumnos solos en clase y a los pocos segundos aquello se convierte en un gallinero.
Hablan sobre lo que escucharon o no anoche.
—A mí me despertaron sus gritos —se queja Grace, la actriz.
—Y a mí —dice Bonnie, la cocinera.
—Yo no me enteré de nada —dice Jessie, la humorista—. ¿Tú te enteraste de algo? —le pregunta a Maximus con cautela.
—Algo me pareció oír, pero pensaba que había sido en sueños.
—Yo tampoco oí nada raro —dice Rubí, la cantante.
—Ni yo —se suma Chloe.
Nolan, el mimo, niega con la cabeza y se encoge de hombros.
Rubí mira a Austin mientras parte un cruasán por la mitad.
—Hombre, ¿en serio le pusiste una navaja en el cuello? Pobre Jack, ahora me da pena.
—Bueno, él también se la ha devuelto —señala Chloe, que mira a su nuevo hermano con otros ojos después de conocer toda la verdad de lo que pasó.
—La pregunta no es si le puso una navaja o no —se mete Jessie—, la pregunta es quién de los dos lo hizo. ¿Fue Austin o fue Andrew?
—Estoy de acuerdo con Jessie —la apoya Rubí.
—Yo ya os avisé de que a Austin se le estaba yendo la cabeza y nadie me hizo caso —protesta Maximus.
Nolan hace mímica con las manos para emular que pierde, literalmente, la cabeza.
Se pone de pie y empieza a correr alrededor de la mesa como si estuviera persiguiendo una sandía que rodara en círculos y que no consiguiera atrapar.
Natalie y Bonnie sueltan una risotada al ver a su hermano hacer el tonto.
Austin parece encantado con la predicción del mago:
—Eso, eso, las culpas a Andrew.
Y, sin dejar de mirar a Jack, muerde la palmera de chocolate y se limpia las comisuras de los labios chupándose los dedos.
Mientras tanto, en el jardín, Morgan se interna en la zona en la que los árboles crecen y se amontonan como si fuera un bosque en miniatura.
Se agacha al pasar por debajo de una rama para que no se enrede en su pelo, avanza unos metros más sorteando las raíces y llega hasta un estanque en el que hay un animal. Es un cisne blanco.
—Te echaba de menos, Christian.
El ave gira su largo y majestuoso cuello hacia Morgan, que la observa desde el borde del estanque.
—Te he traído algo.
Saca de uno de los bolsillos un trozo de pan, y el cisne se acerca creando hondas que se expanden y desaparecen en el agua.
Morgan parte el pan en un trocito más pequeño y se queda esperando con el brazo extendido a que el animal llegue hasta ella.
Observa lo blanco y bonito que es; nunca ha visto un cisne como ese, tan grande y poderoso.
Mueve el trozo de pan con suavidad para incitarle a que coma.
Los ojos del animal observan a la mujer. Parece desconfiar de ella a pesar de que la actriz acude al estanque todos los días, desde hace diecisiete años, con la esperanza de que algún día se gane su confianza y se deje tocar.
—Vamos, no tengas miedo. No voy a hacerte daño.
El cisne, como si la hubiese comprendido, alarga su cuello y atrapa el trozo de pan.
Entonces ella intenta tocarlo con la otra mano y, cuando ve que sus larguísimas uñas se deslizan sobre la cabeza blanca del animal sin que este se aparte, siente que por fin se han hecho amigos después de tanto tiempo.
—No somos tan diferentes, ¿sabes? Tú vives escondido en un estanque, y yo, de alguna forma, me escondo en esta casa. Si no me escondo y la gente descubre lo que hice, acabaré en la cárcel .