Cómo matar a un cisne 9
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J ack avanza un paso y se encara a Austin.

—Como mínimo , deberías pedirme perdón.

—¿Pedirte perdón hará que dejes de sangrar?

Jack no tendrá los ojos azules, pero le lanza una mirada al actor igual de fría y punzante.

—¡Austin! —Natalie lo regaña.

—¿Qué pasa? Si ya lo he soltado. Es lo que querías, ¿no? Además, míralo: apenas sangra. Tampoco hace falta hacer un drama de esto.

Natalie pone los ojos en blanco.

—¿Te das cuenta de lo imbécil que pareces?

El actor suelta una fuerte carcajada.

—¿Qué me dices, Jack? ¿A ti también te parezco imbécil? —Vuelve a fijar los ojos en él.

—Alguien que ataca por la espalda es un cobarde —responde Jack—. Eso es lo que me pareces: un cobarde. —Después se lleva una mano al cuello para tocarse la herida.

Austin sonríe por toda respuesta. Lo hace como si Jack no tuviera que sentir nada en su contra y como si lo que le acaba de decir se lo hubiera dicho a otra persona.

—Bueno —suelta Natalie, viendo que Jack está fuera de peligro—, yo me voy a dormir —miente. Después mira solo a Jack y añade, muy seria—: Si este cabrón te da algún problema más, me avisas.

—¡Tranquila, hermanita! —dice Austin con una alegría forzada—. No le voy a hacer daño. Creo que el rubio empieza a caerme bien.

Natalie resopla y sale de la cocina, dejándolos solos.

Cuando abre la puerta de su habitación, la tímida luz que incide sobre su cama deja a la vista su secreto: hay un hombre desnudo metido bajo las sábanas.

—¿Estás loca? Cierra la puerta —dice él.

—Tienes que relajarte. Nadie se va a enterar.

Natalie se sube a la cama de un salto, se coloca detrás de él y le clava los pulgares para intentar deshacer los nudos que encuentra en su espalda.

El otro sigue rígido. No quiere que Morgan se entere de lo que está a punto de hacer con una de sus hijas. Le da miedo que le despidan. Aun así, lleva los últimos dos meses esperando este momento.

Todo comenzó como un juego inocente entre los dos, pero pronto el juego se convirtió en visitar a Natalie por la noche y pasar unas horas con ella antes de regresar a su habitación.

Al principio solo eran besos y caricias.

Hasta la semana pasada, jamás llegaron a estar completamente desnudos.

Hoy es la primera vez que tienen planeado llegar hasta el final y por eso él está tan nervioso, pero quiere hacerlo.

Además, cuanto antes acabe, antes podrá regresar a su habitación. Puede ser peligroso que se demoren tanto.

Por eso el hombre interrumpe el masaje de Natalie girando medio cuerpo hacia atrás, acerca su cara a la de ella y empieza a besarla. La mano izquierda se lanza al cuello de la chica. La derecha acaba en sus pechos y los estruja mientras nota que se le vuelve a poner dura.

Lo siguiente que hace es tirar de sus piernas para tumbarla sobre la cama. Le arranca el pijama, se pone un condón y, antes de dar el siguiente paso, la mira un instante.

—No pares ahora —le pide Natalie.

—Vale —responde él mientras se hunde en ella despacio.

Natalie suelta un gemido de dolor. Él cierra los ojos y comienza a moverse. Intenta pasárselo bien, pero la imagen de Morgan aparece en su cabeza. Retira la cadera, sin sacarla del todo. Natalie ve la preocupación impresa en sus ojos.

—¿Estás bien?

—N-no. Creo… creo que me estoy mareando. —El hombre termina de salir y se echa a un lado de la cama, bocarriba.

Natalie se incorpora y apoya los codos sobre su pecho. Después le pone la mano en la frente para tomarle la temperatura.

—No parece que tengas fiebre —comenta, aunque su piel está caliente y cubierta de sudor.

El hombre traga saliva y mira hacia la puerta. Sigue cerrada, pero tiene un nudo en la garganta solo de pensar que Morgan podría abrir la puerta y descubrir que ha mantenido relaciones sexuales con una de sus hijas.

—Creo que he cometido un error —confiesa para sí.

—Ya sabes que yo no se lo voy a decir nunca a nadie —le asegura Natalie—. Tranquilo. Seguirás trabajando en esta casa durante muchos más años.

—¿Lo crees de verdad?

—Lo creo de verdad. Ya verás. Todo va a seguir igual que antes.

El hombre mira a Natalie.

Asiente y dice:

—Está bien.

La chica lo besa mientras se sube a horcajadas sobre él. Después toma su erección y, antes de que el hombre pueda protestar, la guía hasta su abertura y empieza a moverse frotando su cuerpo contra el suyo.

—Tenía muchas ganas de hacer esto contigo.

—Y yo… —El hombre sacude la cabeza e intenta no pensar en nada que no sea Natalie, pero lo que él no sabe es que esto va más allá de arriesgar un puesto de trabajo.

Si el hombre conociera el secreto del Cisne Negro, jamás habría tenido nada con una de sus hijas, porque podría estar poniendo en peligro su propia vida .