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S on ocho hermanos en total. Jack calcula que la más pequeña tendrá once años y la mayor veintitantos.
Los ocho forman una línea. Parecen querer impedir que Jack acceda al interior de la vivienda, pero en realidad cada uno está ocupando la posición que le corresponde.
El espacio que guardan los hermanos entre sí está tan medido que Morgan no tarda en reparar en la ausencia de uno.
—¿Dónde está Austin?
Jack reconoce su nombre.
Es el protagonista de Besar o morder , la serie adolescente de vampiros que siempre quería ver Luna —una de las niñas del orfanato— en la única televisión que tenían, aunque Susan solo les permitía usarla cuando quería que la dejaran en paz.
Al principio a Jack no le gustaba la serie, pero como Luna se las arreglaba para hacerse con el mando de la tele, al final terminó enganchándose.
Austin en la serie es Andrew, un vampiro que en cada episodio se quita por lo menos tres veces la camiseta y que se enamora de Scarlett, una joven inocente y de buenas notas. Por supuesto, es un amor prohibido.
Todas las chicas del orfanato están enamoradas del joven actor, y a todos los chicos les gustaría tener su físico. Cuando corrió la noticia de que Austin Brooks iba a ser el nuevo «hermano» de Jack, la gente enloqueció.
Luna hasta le dio una carta de amor que había escrito al actor para que Jack se la entregara en persona.
Le pidió también que la leyera para corregirle las faltas de ortografía y darle su opinión.
Era una confesión de lo que sentía por él.
La carta terminaba pidiéndole a Austin que la mordiese para convertirla en vampiro, pues esa era la única forma de que pudieran estar juntos y vivir la historia de amor que la niña se había imaginado en su cabeza.
Jack le dijo que los vampiros no existen y que Austin es solo un actor.
Pero Luna se enfadó con él, le quitó la carta, le llamó mentiroso y empezó a llorar.
—Austin está en su habitación —responde Rubí, a quien Jack también reconoce porque le han salido sus covers en TikTok. Es una cantante pop con letras simplonas.
—Yo ya le he dicho que tenía que bajar —añade Natalie, la influencer .
—¿Quieres que lo haga aparecer? —Maximus, el mago, sonríe enseñando los dientes y hace el amago de meter la mano en un sombrero de copa negro.
Cada uno de los hermanos tiene una profesión diferente y un estilo muy marcado. Es como si entre todos compitiesen para ser la estrella que más brilla y buscasen la forma de sobresaltar con atuendos excéntricos y colores chillones.
Morgan busca la habitación de Austin entornando los ojos, como si esperase verlo asomado en la terraza.
—Hablaré con él —resuelve, visiblemente molesta. Después se vuelve hacia Jack para presentarle a su nueva familia—. Querido, ellos son tus nuevos hermanos: Maximus, Rubí, Bonnie, Natalie, Chloe, Jessie, Grace y Nolan.
Todos lo saludan al unísono. Todos excepto Nolan, el mimo, que no habla, aunque sí le hace una elegante reverencia. Tiene una lágrima negra dibujada debajo del ojo izquierdo y los labios pintados del mismo color, una camiseta de rayas blancas y negras y un pantalón negro con tirantes.
Jack les devuelve el saludo, algo cohibido.
—Te he hecho magdalenas. Prueba una. Todavía están calientes —dice Bonnie, de once años, la más pequeña.
Sus dotes culinarias la han hecho triunfar en su canal de YouTube y también ha publicado su primer libro de recetas especializado en cupcakes .
De hecho, con su falda blanca de volantes que imita el glaseado y su camiseta rosa chicle, Bonnie parece un cupcake humano.
—Gracias —responde Jack, tomando una.
Pero como no sonríe, la niña piensa que a él en realidad no le apetece probar la magdalena y arruga el gesto, ofendida.
Morgan se da cuenta de que el chico se siente intimidado con tantos ojos curiosos puestos sobre él y decide pedirle a su hija Chloe que lo acompañe a su habitación para que pueda instalarse y descansar.
Ambos acceden a la mansión por la puerta del porche, que lo conecta con el salón.
Jack se come la magdalena en tres bocados y se limpia los restos de migas y de grasa que se le han quedado en los dedos frotándose la camiseta. Las migas caen sobre el suelo de mármol, un suelo con mosaicos de cisnes blancos y negros.
Levanta la vista y barre el resto de la sala: lámparas de araña con cristal de Baccarat, espejos, cuadros, un piano de cola, un inmenso sofá con forma de U y, frente al sofá, una televisión que podría confundirse con una pantalla de cine.
Al lado del salón está el comedor y, a través de una puerta, se puede ver una mesa larguísima de mármol de Carrara.
Cuando llegan al recibidor, Chloe llama al ascensor y pulsa el número tres.
—Estamos en la planta cero. Tu habitación está en la tercera planta. En la primera y en la segunda hay cuatro dormitorios y dos baños. La tercera planta es la única con tres dormitorios porque uno de ellos es doble.
Salen del ascensor.
Chloe señala con la cabeza una puerta que está a la izquierda y que tiene otra unos metros más allá, pero Jack se fija en la de la derecha: una puerta más grande que las otras dos, revestida por dos columnas de mármol y un arco de medio punto igual que las demás que ha visto, pero con la diferencia de que es la única en cuyas columnas se han tallado unos cisnes; diecisiete, para ser exactos.
Algunos tienen las alas completamente extendidas, otros las tienen a medio camino y otros aparecen con las alas recogidas y el cuerpo flotando sobre ondas de agua.
Los cisnes, todos blancos, suben por una columna, rodean el hermoso arco y bajan por la segunda hasta llegar al suelo.
—Ah, sí —dice Chloe, como si hubiese recordado algo de suma importancia al ver a Jack mirando la puerta de los cisnes—, ni se te ocurra entrar ahí.
—¿Qué hay dentro?
—Nada para ti —resuelve cortante—. Es la habitación de Morgan y no le gusta que nadie la moleste si la puerta está cerrada.
—Entiendo. —No la magnitud de las consecuencias, pero sí lo suficiente como para decidir que no quiere tentar a la suerte.
—¿Ves los retratos?
Chloe señala los dos cuadros pintados al óleo que hay subiendo las escaleras.
El más grande es el de Morgan y medirá unos seis metros de ancho por dos de largo; es un retrato de cuerpo entero en el que sale tumbada sobre un sofá, con un vestido negro y elegante del que brotan un montón de plumas.
El otro es el de Austin, pero entre uno y otro hay un espacio sin llenar.
—Aquí colgarán el tuyo. Cada hermano tiene el suyo. Subiendo a la primera planta se encuentran los retratos de Bonnie, Natalie, Grace y Jessie. Subiendo a la segunda, están los de Maximus, Rubí, Nolan y el mío.
Jack se hace un lío con tanto nombre, aunque se limita a asentir con la cabeza como si los conociera a todos.
Mira el retrato de Austin. A pesar de haberlo visto en la serie, verlo ahora en pintura, con su rostro encerrado en ese cuadro, le sigue despertando curiosidad.
Quizá sea porque parece alguien inalcanzable.
Es la misma impresión que le despierta Morgan.
Los dos son personas a las que crees que no podrás conocer de verdad, solo la parte que ellos seleccionen; el resto permanecerá como un libro cerrado.
Austin Brooks es el único hijo biológico del Cisne Negro.
Cuando la actriz se quedó embarazada, fue un escándalo que nunca llegase a dar el nombre del padre.
Ella declaró públicamente que había sido un romance de una noche, que el hombre era una persona anónima que quería mantenerse alejado del foco mediático y que no quería hacerse cargo del niño.
Durante años la prensa ha intentado descubrir quién es, pero hasta la fecha no han encontrado nada. Ni siquiera Austin ha logrado obtener algo más de información. Es un secreto que Morgan no está dispuesta a compartir con nadie.
Austin tiene unas pestañas largas y negras, ojos azules e idénticos a los de su madre y su abuela Beth, y el pelo negro y revuelto, siempre con algún mechón que cae por su frente como si acabase de salir de la ducha.
—Has visto la serie. —La voz de Chloe obliga a Jack a apartar la vista del retrato de Austin y nota las mejillas ardiendo.
—¿Qué serie?
— Besar o morder . No hagas como que no sabes de qué te hablo.
Jack se rasca la cabeza.
—Ah. Ya decía yo que me sonaba de algo…
Chloe pone los ojos en blanco, aunque esboza una sonrisa perezosa.
Jack piensa en Austin y en los colmillos falsos con los que está acostumbrado a verlo en la pantalla. Se le va a hacer raro que a partir de ahora sea su hermano. Se lo llega a decir alguien cuando se enganchó a la primera temporada, y no se lo cree.
—Tu habitación es la de la izquierda. —Hay dos puertas, por eso Chloe hace hincapié en cuál es la suya—. No te equivoques de puerta. La de la derecha es la habitación de Austin y… Bueno. Con él nunca sabes lo que te puedes encontrar.
Chloe se despide y Jack entra en su nueva habitación.
El suelo es de mármol y la decoración le recuerda a la de un castillo: espejos, un tapiz, un buró, una jamuga…
Jack viene de compartir habitación con dieciocho chicos de distintas edades.
Dormía en la litera de arriba y está acostumbrado a dormir con ruido, a tener sus cosas bien guardadas para que no se las roben, a evitar tocar los chicles verdes que dejaban pegados en la escalera de metal que unía una litera con otra, a no tener intimidad ni a la hora de la ducha, a estar meando y tener a alguien aporreando la puerta para que se dé prisa…
Y ahora… Ahora tiene una habitación enorme para él, con cama de matrimonio, una televisión anclada en la pared y vestidor.
Está feliz y, al mismo tiempo, se siente un intruso que no se merece nada de todo esto.
Con esos pensamientos rondando por su cabeza, se deja caer sobre la cama.
Entonces, oye voces a través de la pared.
Austin parece estar hablando por teléfono en su habitación.
¿Estará hablando con Sarah? Sarah es la actriz que interpreta a Scarlett, y Jack tiene entendido que Austin sale con su compañera de reparto en la vida real.
Se queda bocarriba mirando el techo, con la voz del actor de fondo, hasta que empieza a sentirse tan cansado que, poco a poco, se le cierran los ojos.
«Solo cinco minutos».
Cuando los vuelve a abrir, no sabe qué hora es.
Todo está oscuro y en silencio. Enciende la lámpara y sale a la enorme terraza que comunica su dormitorio con el de Austin.
Está en la planta más alta de la mansión, es la única que tiene gárgolas de piedra —dos en las esquinas y dos en el centro—, y Jack se pregunta si, en un día nublado, las nubes podrían entrar flotando por las ventanas.
Ahora el cielo es negro y está bañado de estrellas.
Después regresa a su cuarto, se sienta a los pies de la cama y mira el reloj.
Ha dormido durante toda la tarde, se ha saltado la hora de la cena y la maleta sigue sin abrir.
Supone que, al ser su primer día, a Morgan no le importará que no se haya presentado en la cena.
Pero ahora el estómago le ruge, así que se pone de pie y baja en ascensor hasta la planta cero. Quiere picar algo.
Enciende la luz de la cocina. Todo parece normal hasta que oye un ruido a sus espaldas.
Es una persona.
Alguien lo estaba siguiendo en la oscuridad.
Pero ya es demasiado tarde.
Jack no puede darse la vuelta. No puede hacerlo, porque la persona que lo seguía le ha puesto una navaja en la garganta .