Cómo matar a un cisne 6
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J ack no sabe cuánto rato lleva metido en el coche. Una eternidad que podría ser menos de una hora en tiempo real. Los nervios por llegar hacen que empiece a mordisquearse una uña.

—No te muerdas las uñas —exclama Morgan, que agarra a Jack por la muñeca para retirarle la mano de la boca—. Tienes que tener las manos bonitas. Es importante.

A Jack no le parece importante, pero eso es porque no conoce cómo funciona el mundo de Morgan ni las exigencias de ser una leyenda. Todos están pendientes de hasta el más mínimo detalle. Y, dentro de esos detalles, también entran en el saco cada uno de sus hijos.

Si alguno de ellos se muerde las uñas, lo comentarán.

—Vale —se limita a responder.

Cada vez que los ojos de Jack chocan con los de la actriz, se da cuenta de que ella podría parecer una mujer atrapada en una película en blanco y negro de no ser por los labios rojos y la mirada azul.

Morgan no ha tardado en recuperarse de las heridas que se han abierto dentro de ella al enfrentarse, por primera vez, a los ojos del chico. Y ahora, como si después de pasar el mal trago hubiera tomado impulso, observa a Jack con una seguridad inquebrantable.

Él, por el contrario, se siente un perro callejero al que acaban de rescatar.

Se coloca un mechón rubio detrás de la oreja y apoya la cabeza en la ventanilla.

A su derecha se extiende un prado verde y amarillo cubierto por el sol.

El paisaje ha cambiado tanto que parece que han escapado de algo que los perseguía.

El chico no tiene ni idea de dónde están.

—Llegaremos a la Casa del Cisne en diez minutos —anuncia Henry.

«La Casa del Cisne», repite Jack en su cabeza. «¿Desde cuándo una casa necesita tener un nombre propio?».

Se ríe de su pensamiento e imagina que será una manía de los multimillonarios, eso de ponerle nombre a sus mansiones para que parezcan más majestuosas e imponentes de lo que ya se ven por fuera.

Pero, tres canciones más tarde, ve cómo aparece, donde antes no había nada, lo que es, sin lugar a duda, la Casa del Cisne.

No es una casa. No como las casas que él conoce. El chico no ha visto nada igual. Es… algo fuera de lo común. Una mansión tan grande que podría confundirse con un palacio.

Jack está tan absorto mirándola que apenas oye el alboroto.

Entonces baja la vista hasta la verja y encuentra una escena que le resulta familiar porque acaba de vivirla al salir del orfanato: hay coches, cámaras de televisión, periodistas y fans esperando en la entrada.

Todos se apartan para dejar pasar al Rolls-Royce con la esperanza de que se detengan a saludar, pero el coche atraviesa el portón y este vuelve a cerrarse tras su paso.

Con la boca abierta como un pez, Jack se baja del coche cuando Henry le abre la puerta y echa la cabeza hacia atrás para que sus ojos abarquen la totalidad de la residencia.

Avanzan por el caminito de piedra que los lleva a la entrada principal. Todas las puertas de la casa están revestidas por dos columnas y un arco de medio punto.

Al entrar en el recibidor, el chico se muerde el labio para no soltar una palabrota. No tiene otra forma de expresar lo que ve: suelos de mármol tan brillantes que reflejan toda la luz que entra desde los ventanales, una escalera a su izquierda, un ascensor a su derecha… ¡Un ascensor!

—¿Me permite llevar su equipaje? —Gus, un gorila trajeado de casi dos metros, levanta su maleta naranja como si estuviera vacía y pulsa el botón del ascensor.

La puerta metálica se cierra.

Jack parpadea incrédulo.

—Es… impresionante. La casa, el suelo, las puertas… Todo.

—Pues espera a ver el otro jardín —comenta Morgan con una sonrisa en los labios—. Eso sí que es impresionante.

Está encantada con la reacción de Jack. Se siente orgullosa de que el éxito de su carrera le haya permitido construir la casa de sus sueños y de poder vivir en este lugar con sus hijos, protegiéndolos de todas las cámaras y las críticas.

—¿De verdad hay otro jardín? —pregunta Jack. Y luego se siente tremendamente imbécil.

«¿Has visto unos techos tan altos alguna vez en tu vida? Por supuesto que esa casa tiene otro jardín más grande. Y seguro que también tiene piscina».

Oyen unos pasos. Se giran y ven que una mujer mayor se acerca a ellos sin quitar los ojos de encima a Jack. Tiene el pelo recogido en un moño lleno de canas, la piel tostada y arrugada por el sol y un uniforme con delantal. Está claro que es una asistenta.

—Bienvenido a la familia, Jack —dice la mujer, con una sonrisa de oreja a oreja—. Yo soy Rosario, me encargo de la comida y de ayudarles con las tareas del hogar. Y, por supuesto, siempre que necesite cualquier cosa, lo que sea , puede acudir a mí.

—Gracias. Encantado, Rosario.

Henry regresa al coche para meterlo en el garaje junto a otros cinco más, cada cual más excéntrico que el anterior.

Rosario, en lugar de volver a sus quehaceres, se queda absorta mirando a Jack y luego lo abraza. Rodea su cuello con sus brazos y lo aprieta contra su cuerpo.

A Jack le sorprende que la asistenta se tome esas confianzas, pero acepta el abrazo pese a lo poco que le agrada el contacto físico. Quizá sea porque la mujer, aunque no la conozca, le parece entrañable.

Sin embargo, Morgan no lo aprueba en absoluto.

—Rosario, ¿qué demonios haces?

La asistenta se ha extralimitado y no tarda en disculparse con Morgan. Y luego vuelve a mirar al chico. Le brillan los ojos. No puede evitarlo.

—Deberías irte. Ya has perdido bastante tiempo —le dice Morgan, perdiendo la paciencia—. Tienes trabajo, y yo tengo que enseñarle a Jack el jardín y la casa.

—Tiene usted razón. Discúlpeme. —Rosario mira por última vez a Jack antes de marcharse.

Morgan respira hondo y se explica antes de que el otro pregunte:

—Rosario se encariña demasiado rápido con vosotros.

Le encantan los niños. A veces siento que quiere robarme mi papel de madre, ¿sabes?

—Finge una carcajada, pero, para ser actriz, le sale demasiado forzada como para conseguir esconder la tensión—.

Aunque he de reconocer que es de las que se dejan la piel en su trabajo y nunca pierden la sonrisa.

«También les da el amor a mis hijos que yo no consigo hacerles llegar, porque a mí me criaron de otra forma», completa Morgan en su cabeza.

Después acompaña a Jack al jardín que hay al otro lado de la mansión.

Es un terreno inmenso que parece no tener fin.

El chico descubre, impresionado, una estructura de madera de unos veinte metros de altura envuelta en toboganes.

Hay columpios, una cama elástica y hasta un laberinto con estatuas de mármol.

Al fondo, una piscina infinita en la que los rayos de sol calientan el agua y la cubren de una capa de brillantina.

El césped, de un verde intenso, está perfectamente podado.

Hay rosales con rosas blancas, amarillas y rojas, y también árboles repartidos aquí y allá, aunque algunos se concentran en una parte del terreno formando una pared con la que parecen rodear algo, como el que quiere esconder un secreto para que nadie más lo vea.

Es un estanque en el que vive la mascota de Morgan, un precioso cisne blanco.

También hay una segunda vivienda —esta mucho más humilde— en una zona apartada. Allí duerme el personal que se encarga de que todo funcione y nunca falte nada: las asistentas, los cocineros, el jardinero, los dos guardaespaldas…

A Jack le da miedo que todo sea un sueño, que la mansión que se alza imparable en medio de la nada y el jardín imposible sean fruto de su imaginación.

Le da miedo descubrir que nada ha cambiado y que sigue compartiendo dormitorio en un orfanato lleno de niños que se pelean entre sí por llevarse el trozo de pan más grande a la boca, o que Susan le está gritando porque le ha escuchado cantar y va a castigarle.

Sabe que lo que está viendo, aunque parezca imposible, es real. Pero, por si acaso, no cierra los ojos. En lugar de eso, su mirada se vuelve hacia la enorme mansión, donde se encuentra un porche bajo el que aguardan dieciséis ojos que observan a Jack con una mezcla de recelo y curiosidad .